linea horiz
LA REVISTA - PUBLICACIONES ANTERIORES - ARTÍCULOS DEL MES - MANDA UN ARTÍCULO - VÍNCULOS - DESTACADOS - CONTACTO - APOYAN - INICIO

 

articulos

 

 

 

 

linea

   
Por. Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com
   
     

CAFÉ Y BAR LOS BEATLES

Desde 1966, hace ya más de 50 años, que en la esquina de Pérez Castellano y Cerrito, a una cuadra escasa del Mercado del Puerto, abre sus puertas el café y bar LOS BEATLES. Debo confesar que durante los años que he frecuentado la zona, siempre llamó mi atención un nombre tan poco usual para un boliche montevideano de aspecto común y corriente. Nada de sicodélico ni extravagante en su fachada ni tampoco músicos famosos ni extraños pelilargos en su clientela. Desde afuera el café ocupa la planta baja de un edificio de dos pisos superiores que data del año 1926 y resulta conocido con el nombre de Edificio Vignale, según el apellido de su primer dueño. Solo un discreto letrero que dice “Bar Los Beatles” da cuenta de la naturaleza del lugar. Desde dentro nos recibe un sobrio mostrador y un mobiliario acorde pero llama toda la atención una pared prácticamente cubierta de afiches y fotos que representan el célebre conjunto musical que desde Liverpool salió a conquistar el mundo en la década de los sesenta. Hasta que un día decidimos entrar y averiguar el origen y motivo de su nombre. Después de mirar con detención los afiches, anuncios y fotos que mostraban el famoso conjunto, nos sentamos a tomar un café en una mesa contra la ventana. En realidad fuimos dos o tres veces, la primera de tarde para hablar con el encargado y las siguientes de mañana para entrevistar a la esposa del propietario, que lo atiende desde la enfermedad del marido. La historia del lugar se remonta a mediados del siglo pasado, de cuando existía un bar con el nombre de LOS CELESTES DEL 50, un seguro homenaje a los jugadores que coronaron la hazaña de Maracaná. El dueño sería un empedernido futbolero que buscaba perpetuar las glorias del Uruguay campeón del Mundo.
Hasta que en el año 1965, tras 10 años de permanencia y esfuerzos en el país, Serafín Fraga, un español trabajador como pocos, lo compró. En realidad Serafín había empezado de cero y luego de pasar un tiempo como socio en el bar EL GLOGO, (Colón y 25 de Agosto) y después en el legendario VACCARO de General Flores y Domingo Aramburú, pudo ahorrar lo suficiente para comprar su negocio propio. Así veía realizados sus sueños de inmigrante que con esfuerzo y tesón llegaba a propietario de un próspero café y bar en tiempos en que la Ciudad Vieja y en especial en las cercanías del Mercado, eran un punto neurálgico por el que pasaba todo el mundo. Todo el que iba y venía del puerto tenía que pasar por delante y la clientela era buena y consecuente. Pero al año siguiente de haberlo comprado, un incendio destruyó casi totalmente sus instalaciones. Sin desanimarse y tras semanas de arreglos y reformas Don Serafín lo reabrió con la novedad de un cambio de nombre: pasó a llamarlo Bar LOS BEATLES en alusión al conjunto musical que desde la británica Liverpool estaba revolucionando el mundo musical. Es que el buen hombre poseía un innato sentido del marketing, intuyendo que con ese título iba a despertar la atención de los curiosos que pasarían a preguntarse porqué un gallego le había puesto a su negocio un nombre tan distinto al que tenían los demás boliches atendidos por compatriotas. No es que Serafín fuera personalmente un fanático de Los Beatles sino que buscaba un efecto comercial para buscar la atención de los jóvenes en una época y un barrio en que existía un café en cada esquina. O a veces hasta dos o más.
No se equivocó y por muchos años LOS BEATLES fue un motivo de comentario y difusión, atendiéndolo personalmente hasta su fallecimiento en el año 2006. Pero eso sí, cuando su hijo José Luis hubo cumplido los 14 años, además de los estudios que realizaba, lo puso a trabajar con él en el café. No hay como el trabajo duro para templar la mente y preparar el futuro, era su lema. No debemos olvidar que ese y los demás bares de la ciudad trabajaban mucho por entonces, en especial con las pandillas de la estiba, grupos de trabajadores que debían permanecer en espera de ser llamados para la descarga o la carga de los barcos que llegaban o partían del puerto. Todo fue así hasta que los nuevos sistemas de transporte marítimo, los contenedores por un lado y las poderosas grúas de otro fueron cambiado la tónica del trabajo portuario suplantando la mano de obra.
Cuando murió su padre, José Luis Fraga pasó al frente del negocio, cumpliendo horario de mañana y tarde como lo había recibido por herencia. Hasta que pocos años después cuando la enfermedad lo mantuvo confinado en su casa, tuvo que venir su señora a suplantarlo. Rosa Manukian, rubia, vivaracha y de espíritu emprendedor pasó a atenderlo todas las mañanas, atenta a todo y en especial al buen trato con los clientes a quienes atiende con mano firme y buena disposición. Y, que sin ser devota de Los Beatles tuvo la habilidad de incrementar el tapizado de la pared con nuevas fotos y renovados afiches adquiridos en algún remate. Dicho sea de paso hubo clientes que le quisieron comprar algún poster con ofertas tentadoras, pero las rechazó porque entiende que las fotos forman parte del lugar y sirven para darle aire peculiar y de identidad al negocio. Algunos de los posters lucen amarillentos por el tiempo ya que datan de 1966 en que los consiguió su suegro y casi forman parte de las paredes. Y otros fueron regalados por los clientes o comprados por ella misma…

Al día de hoy existen dos tipos de clientes: los habituales del barrio que van diariamente a tomar su copita o para charlar con los amigos frente a un café bien “tirado” y los turistas casuales, de la época de verano, los “cruceristas”, es decir los que vienen en los cruceros que tocan Montevideo y se bajan en la terminal para caminar por la ciudad. Lo que lo ha convertido en una visita casi famosa por los turistas de varias partes del mundo, porque cuando ven el letrero con el nombre quedan sorprendidos y entran para curiosear. Apenas ven los afiches no piensan en otra cosa que en sacarse fotos y selfies contra la pared cubierta de posters. Y muchos insisten no solo en tomar alguna bebida sino en tomarse sendas fotos con la dueña o el encargado. O hasta en grupos cuando son varios los excursionistas. Y que luego aparecen en Facebook o comentarios en las redes sociales. Rosa llega a decir que si hubiera cobrara un dólar por cada foto que le sacan los turistas hubiera ganado una buena cantidad diaria, lo que no hubiera sido una mala idea porque el negocio del café no es hoy en día ni sombra de lo que era anteriormente. La prueba es que quedan muy pocos bares abiertos en la Ciudad Vieja.  El encargado, Raúl Velazco, quien hace muchos años trabaja en el lugar, se acercó a la mesa cada tanto que la clientela le dejaba algún respiro, para apuntar algún dato o rectificar alguna observación. En tono de conocedor saca la cuenta de que en la Ciudad Vieja y especialmente en la zona del puerto quedan muy pocos bares abiertos. Entre ellos EL PERRO QUE FUMA, en el Mercado y EL SIGLO, cerca del hospital Maciel. Y pare de contar porque EL HACHA, el tradicional almacén y café de la calle Buenos Aires también ha cerrado. Y muchos otros han ido bajando sus cortinas metálicas poco a poco: el café y bar LA PROA, frente al Mercado, LA MARINA en la esquina de 25 de Agosto y Pérez Castellano, el bar JOSELITO en Pérez Castellano y Cerrito, frente a Los Beatles, el café EL MAGO en Pérez Castellano y Piedras, el bar SAN LORENZO en Maciel y Washington, el bar LA COPA DE ORO, LOS BARRILITOS, el café VENUS en Pérez Castellano y Washington, EL PATRIOTA en Washington y Pérez Castellano y el café y bar EL TRIUNFO en Piedras y Colón, nada menos que donde nació Artigas y que hoy luce baldío. Otros boliches muy frecuentados lo fueron EL GLOBO, sobre la rambla 25 de Agosto, en la planta baja del hotel de su nombre y el BANCARIO, casi pegado a la iglesia de San Francisco.
Poco a poco empezó a arrimarse la clientela a nuestra mesa. A medida que llegaban los habituales se acercaban para formar rueda. Cada uno tenía algo para aportar, alguna anécdota o comentario, en especial sobre los clientes famosos que pasaron por el mostrador o las películas que se filmaron. Y en especial la anécdota del día en que LOS BEATLES actuaron en Montevideo y más tarde pasaron en remise por la calle Cerrito, deteniéndose un rato frente al bar para luego continuar su camino. Los músicos no bajaron pero los que se encontraban en el interior los reconocieron. Mientras tanto otros clientes empezaron a hablar de las glorias deportivas de la zona, tanto de los equipos como de los atletas. Varios clubes de fútbol y de básquetball nacieron en las inmediaciones, entre ellos RIVER PLATE y RAMPLA JUNIORS, este último pergeñado desde la barra de un viejo café ubicado en la entonces calle 25 de Agosto, hoy rambla costanera. Y también los clubes ATENAS Y OLIMPIA. Ruben Navata, cliente diario y un memorioso de ley, empezó a contar de las glorias del Waston, el legendario club del barrio. Pero eso quedará para otra historia.

 

Cafés y boliches entre el olvido y la memoria



Los vertiginosos cambios en las costumbres y formas de reunión y entretenimiento del mundo en general, y de los montevideanos en particular, pueden apreciarse en la desaparición o transformación de los cafés, bares, boliches y lugares de reunión y encuentro desde la década de los ochenta en adelante. Para observar este hecho en forma panorámica recurrimos a los foros y redes sociales, a fin de rastrear en los dichos y nostalgias de muchos uruguayos, de los que se fueron del país y de los que se quedaron. Gracias a estas opiniones, vertidas con espontaneidad, vamos a rescatar la memoria de algunos de los cafés y boliches que estuvieron de moda en décadas anteriores, la mayoría de los cuales ha cerrado sus puertas o se ha transformado. El libro del Foro Rodelú y a la página Allá lejos y hace tiempo, así como otros foros virtuales nos han deparado varias sorpresas, claro está que tomando en consideración que con la distancia todo se magnifica y se tiende a pensar que los tiempos pasados fueron mejores. Analizaremos los recuerdos y las nostalgias al vuelo de la pluma, ordenados conforme los fuimos recibiendo. En primer término se mencionan los cafés del barrio donde se vivía y luego los del encuentro con los amigos o los primeros amores. Recién después aparecen los del centro o los cercanos a los lugares de trabajo.
Tal vez y sin tal vez el más recordado sea la cervecería La Pasiva de la plaza Independencia ­―que todavía existe aunque con distinto nombre y aspecto― por la cantidad de panchos y la famosa mostaza, de fórmula secreta. Para otros, sin embargo, la más recordada es la confitería Dorsa, de la calle Convención casi 18 de Julio, muy cerca de la Imperial, que quedaba al lado, y para otros el mejor recuerdo lo eran las tazas de chocolate con churros y ensaimadas que se servían en La Verbena, sobre la calle Andes casi Mercedes.
La nostalgia campea en los recuerdos hacia el Sorocabana de la Plaza Libertad y hacia el Mincho, emblemáticos cafés desaparecidos, mientras que otras preferencias recuerdan al Chivito de Oro, en la esquina de 18 de Julio y Yí, y al café con billares Golden Pool sobre la calle Yí. Otros tienen presente a la confitería Soko’s, de 18 de Julio y Yi, tristemente famosa por haber prohibido el acceso a gente de color. Los mayores rememoran la confitería Lido en la galería del Polvorín, los bailes en la discoteca de la galería La Madrileña y el local de fiestas de la confitería La Mallorquina que funcionó en los altos de la Galería Central.
En el barrio La Aguada los recuerdos se centran en el Templo del Whisky, en Minas y Nicaragua, y en el bar Los Ideales, en Magallanes y Nicaragua, donde el fuerte eran los campeonatos de pool y la atención de Walter, apta para el armado de comilonas entre amigos para festejar los sucesos barriales y deportivos.
En el barrio del Cordón los nostálgicos nombran al Balón de Oro, sobre 18 de Julio y lindero al teatro El Galpón, mientras que otros al bar y pizzería Saroldi, de Rivera y 18 de Julio. Pero claro que la mayoría tiene presente la confitería Lyon D´Or, que todavía existe, frente a la tienda Aliverti de 18 de Julio al 2000.
Yendo para Pocitos algunos traen a colación el Mi Bar, de avenida Brasil y Zubillaga, y el cercano Mirador Rosado, en la esquina de Simón Bolívar y avenida Brasil, -con la apostilla del Club Social Mirador Rosado en la cercana esquina de Bartolito Mitre y Baltasar Vargas- y la también desaparecida confitería Anrejó, en la esquina de Avenida Brasil y Libertad. Nombran también al bar Prado, en bulevar España y Benito Blanco, y la Vitamínica, en Benito Blanco entre Avenida Brasil y Bulevar España ―con su célebre plancha que se decía construida con hierros del vapor alemán Tacoma― el bar Sporting en 21 y Libertad y el Los Dos Hermanos, boliche y venta de pizza al tacho por la ventana que daba a Libertad y Maeso. Otros recuerdan el Fray Mocho en Bulevar España y Libertad mientras que otros optaban por la confitería La Hacienda, sobre la calle Libertad. Muchas referencias se orientan hacia el Expreso Pocitos, que todavía existe, y al desaparecido Davito’s, en la esquina de Larrañaga y 26 de Marzo, lugar muy cotizado por su cómplice oscuridad en tiempos en que no existían ni el shopping ni las torres de edificios, retrotrayéndose a felices tiempos de soltería porque los pedidos se hacían desde los autos estacionados en la vereda, a los que concurría el mozo con su discreta linterna para atenderlos. Otros recuerdan el bar Carlitos, en Rivera y Luis Alberto de Herrera, gigantesco salón donde los jóvenes acostumbraban hacer la «previa» antes de ir a bailar. Y por supuesto que tuvo sus partidarios El Cubilete, una especie de cabaret de copas y mujeres “del ambiente”, cerca de la calle Pereira.
En la barriada de la Unión también flotan los recuerdos, en especial hacia el café y bar Los 8 Hermanos, en la esquina de 8 de octubre y Comercio (donde hoy está La Pasiva). Resulta unánime la cita de la tradicional confitería La Liguria, que arriba tenía salones de fiesta. Y en la zona de General Flores la nostalgia flota sobre el Gran Café Vaccaro, cerrado recientemente, y sobre el cercano bar y restaurante Caballero, de General Flores.
Pero la gran sorpresa que nos llevamos, sin duda, fue la nostalgia que despierta el recuerdo de las boites y boliches bailables. Vaya como muestra una lista somera, ordenada por barrios. En el centro El Sunset, arriba de los baños turcos en el edificio de Pluna, sobre la calle Colonia, y el Too Much, sobre Río Negro frente a la Plaza Fabini. En la zona del Parque Rodó la boite Magique, en Gonzalo Ramírez frente al parque, mientras que se ubicaban en Pocitos A Baiuca, casi frente a la Plaza Gomensoro, El Privée, en Benito Blanco y Pagola, Zum Zum ―lo máximo―, donde ahora funciona Océano FM, Caras y Caretas en Avenida Brasil y Berro, Clave de Fu en 26 de Marzo entre Massini y Martí, Midnight en Luis Alberto de Herrera e Iturriaga y Giorgio’s en la Rambla y Scocería. La lista continúa en la zona de Punta Gorda con Fantasía frente al Club Náutico, Lancellot en el castillito de Punta Gorda, Makao en el Hotel Oceanía de Punta Gorda, Tarot en Rambla y Motivos de Proteo, el New York New York abajo del Hotel Oceanía y Portofino, de nuestro propio recuerdo. En el barrio de Carrasco tal vez la gran mayoría recuerda Hipocampo en Basilea y Bolivia, a dos pasos de la rambla, La Casona de Carrasco en avenida Italia y Córcega, el Mar de la Tranquilidad en Gabriel Otero y la Rambla, Ton Ton Metek sobre el Lago, Break Dance sobre la Rambla entre Ferrari y Miraflores, el Clyde’s en Costa Rica casi Rivera, el Snacky en Sáez entre Arocena y Divina Comedia, La Base frente al Aeropuerto, Pueblo Gitano y Fuera de Tiempo, ambos cerca del Aeropuerto. Y por supuesto que no podían quedar fuera del recuerdo el Parador del Cerro, desde donde se dominaba la vista de la ciudad, y más afuera Zorba entre los pinos de Solymar, Barracuda en Floresta y Moonlight en la Barra de Portezuelo. Como dijo uno de los foristas «¡Qué lindos recuerdos…! Salir en grupo con amigas y amigos, en parejas, con buena música y buena onda. Qué época maravillosa que no supimos valorar…»

Estimados lectores: una última aclaración. Esta lista no es completa sino que la presentamos a vía de ejemplo. Sería bueno que cada uno de ustedes, lectores presentes o ausentes, formulen la propia con vuestros propios recuerdos y nos la envíen. Porque para cada uno la referencia más válida es la que tiene que ver con las propias vivencias y los lugares que haya frecuentado.

 

EL BILLAR EN LOS CAFÉS


Desde los tiempos de la Colonia que los almacenes, fondas, pulperías y cafés en el Rio de la Plata ofrecían la alternativa de juegos para entretenimiento de los clientes. Entre ellos, el billar era uno de los más solicitados pero también se jugaba a las barajas, los dados o a la taba en competencias que a veces terminaban en duelos a mano armada. Y más adelante aparecieron otros juegos tan populares como las bochas y los bolos.
Desde entonces y hasta mediados del siglo pasado los bares en general y los cafés en particular solían ser lugares de encuentro y de reunión social con miras de intercambio y diversión. Porque, salvo en la vida familiar, había pocos atractivos hogareños para pasar el tiempo y los hombres debían concurrir a esos espacios en busca de entretenimiento o de información. Porque en ellos circulaban las noticias, se enteraban de las cosas y, por además, existía la posibilidad de comentarlas. Y también compartir los desengaños, las penas y los aciertos. En tal entorno el juego o la competencia se convertían en un complemento de tanta importancia como la bebida o la comida misma.
Con el correr del tiempo, con especial acento en el Novecientos, las mesas de billar pasaron a ocupar un lugar de preferencia en los salones de café, al punto que la gran mayoría disponía al menos de una, a veces ubicadas en el fondo y otras en el piso superior o en el subsuelo. Y en otros la mesa ocupaba el espacio central porque fomentaba la concurrencia de clientes, lo que representaba un buen negocio para el propietario. Porque se valora la destreza y el lucimiento de habilidades personales tanto como el espíritu de competencia. La partida de billar demanda tanta destreza como desafío, lo que llevaba a organizar partidos o torneos entre los parroquianos y en ciertos casos a desafiar a los clientes de otra zona. A veces se competía por amor al arte, por satisfacción personal y otras por algún premio en metálico o por apuestas en las que el perdedor debía pagar la vuelta de bebidas o la cena del contrincante o de toda la concurrencia. Era ponerle un poco de adrenalina a los tacos de billar y a la valoración personal.
Claro que en otros rincones del café, sin tanta aparatosidad ni exhibición, se armaban tenidas de truco criollo, conga o tute cabrero, también rodeadas de un círculo más pequeño de espectadores. Y lo mismo los juegos más intelectuales del ajedrez o las “damas”, que continúan jugándose hoy en día. En la esquina de 18 y Convención podemos ver todavía alguna improvisada partida de ajedrez entre dos contendientes rodeados de publico que sigue las jugadas  en silencio.
La propia historia del juego de billar, que pasamos a resumir, cuenta con prosapia digna de estudio y con anécdotas dignas de contar. Sus referencias hunden las raíces en Egipto y en la antigua Grecia según el filósofo Anacarsis, que remonta a una práctica de juego de carambolas en el siglo IV antes de Cristo. Nada menos que Cleopatra se dice que gustaba de jugar una especie de partida con tacos de madera sobre una pista alisada.
Pero fue durante los siglos XV y XVI, prácticamente en el Renacimiento, que fue inventado oficialmente. Según fuentes francesas la iniciativa correspondió al hábil artesano Henry Devigne, a partir de lo que se logró la inmediata difusión en la Corte.  Para los ingleses, en cambio, fue inventado por un curioso personaje llamado Bill Year, de donde habría tomado su nombre.
La primera Sala de billar que registra la historia fue abierta en Paris en el año 1610, quedando tan entusiasmado el rey Luis XIII que permitió la difusión del juego entre los súbditos.
Con el paso del tiempo el juego pasó a desarrollarse y en 1835 el sabio Gustave de Coriolis publicó una primera explicación y desarrollo teórico con el nombre de “Teorema matemático del juego de billar”.
En España el juego se difundió primeramente entre la nobleza y pasó luego a expandirse en todas las provincias del reino. Fondas, cafés y demás pasaron a tener sus mesas y de allí se extendió a las colonias americanas, donde se volvió uno de los juegos más difundidos.
El billar llegó a Buenos Aires a comienzos del siglo XVII, conocido con el nombre de Truque, aunque basado en las mismas reglas y requisitos. Y hacia 1799 se había vuelto tan popular que el virrey Vertiz decidió reglamentarlo. En el mismo lugar donde se venía practicando desde tiempo atrás abrió, dos años después, el famoso Café de Marco, con autorización expresa para el juego de billar.
También en Montevideo se jugaba en las casas de “billares, cafeses, fondas y bodegones existentes” al punto de sorprender a los invasores ingleses, que le pusieron un impuesto especial para permitir el juego durante el breve tiempo en que estuvieron ocupando la ciudad.
En la propaganda de los cafés y bares que aparecían en las guías comerciales y en las revistas de actualidades se hablaba de “cafés y billares” en forma indistinta como que no podían existir el uno sin el otro. Y tiempo después la propaganda hacía hincapié en la cantidad o calidad de los billares con que contaba cada establecimiento, acentuando la marca de fábrica “Brunswick” como una de las mejores, como dando a entender que no había café que se preciara si no contaba con sus atractivos de juego. Como ejemplo, EL TROPICAL, en anuncio de 1929 anunciaba en un gran letrero “CAFÉ, BAR, BILLARES”.
Claro que por entonces todos los locales contaban con espacio para las mesas de billar. No más recordemos las del café BOSTON, en Andes entre Mercedes y Uruguay, casi frente al Estudio Auditorio del Sodre, las del TUPÍ NAMBÁ, tanto del viejo como del nuevo Tupí en que se contaba con un subsuelo dedicado al billar, el café AVENIDA donde jugaban sus partidas los muchachos “bien”, el café MONTEVIDEO con un subsuelo dedicado al billar, el café BON MARCHÉ con sus modernas mesas como atracción y el café ATENEO con su pista de baile pero sobre todo con sus famosas mesas de billar en el subsuelo.
Pero desde la década de 1970 en adelante, los grandes cafés con múltiples atractivos (hasta con peluquerías y cambios de moneda en su interior) se fueron convirtiendo en empresas inviables ante el cambio en las costumbres y cerrando sus puertas. El café dejaba de ser un lugar para socializar, para encontrarse y charlar en ruedas de amigos. La diversión pasó a otros ámbitos, la gente se encuentra cada vez más enfrascada en las pantallas, del televisor primero, de la computadora después y del teléfono celular en la actualidad. Quedan muy pocos cafés tradicionales en Montevideo y de seguro, salvo alguna excepción que no conocemos, han desaparecido de ellos las mesas de billar. Quedan solo las mesas de consumición, probablemente en los barrios más apartados de la ciudad y seguramente que se conservan en algunas localidades del interior del país.
Con todo la pasión por el juego se mantiene entre los entusiastas billaristas. Solo que ahora las mesas se encuentran en los clubes sociales y en algunos clubes especializados como el Silver Gate, en la calle Jaime Zudáñez y también y especialmente en el CLUB DEL BILLAR, que abre sus puertas en el segundo Piso del Palacio Salvo y funciona a pleno desde el año 1958, el 12 de octubre, fundado por 76 amantes del juego que pretendieron rescatarlo del ambiente popular de los cafés para darle un aire más solemne de deporte en un lugar especializado. (Tema digno de un próximo artículo).

 

 

UN CAFÉ CON EDUARDO CAÉTANO

caetano

Más de 15 años de visitas a la librería anticuaria Montevideo Casa de Arte, de Eduardo Caétano, en busca de material y datos sobre los cafés montevideanos, no podían quedar sin la correspondiente entrevista. Visitas casi semanales para conversar con el dueño, ver el material que pudiere haber entrado, comentar los artículos publicados y comprar los que tuvieran relación con el tema nos llevan a compartir centenares de anécdotas y vivencias. De mi parte siempre he tenido afición por recorrer las viejas librerías, si se trata de libros de viejo o librerías anticuarias mejor. Muchas de ellas han pautado mi ruta de investigador en los diversos campos transitados en busca de información y material de consulta. Lo mismo en el Uruguay que durante los viajes, sea donde sea la visita se vuelve obligada. Y, como recomiendo siempre, los mercados y librerías son lo primero que debe conocerse de cualquier ciudad.
En Montevideo soy asiduo de algunas interesantes como las de Linardi Risso, El Galeón y otras tantas en el entorno de la Feria de Tristán Narvaja. Y lo fui de algunas que han desaparecido dejando buenos recuerdos como Sureda y Oriente & Occidente, de Julio Moses, de las que supe y pude obtener valioso material. En principio de antiguas fotografías, –tanto retratos como vistas-, folletos, diarios y revistas de fines del siglo XIX, programas de teatro o de cine en los que solían aparecer avisos de cafés o confiterías. También han cerrado El Aleph sobre la calle Bartolomé Mitre casi Sarandí y la del Salvo, sobre la calle Andes, bajo el propio edificio del Palacio, con cuyos dueños mantuve buen diálogo y condición de buen comprador. Las menciono en especial porque en ambas se armaban espontáneas tertulias con los clientes que aportaban datos u brindaban información, cada uno desde su propio ángulo. Muchas veces era el propio librero el que dirigía la conversación e interactuaba con ellos para la búsqueda de material o el contacto entre los propios investigadores, se conocieran o no.
Pero en este caso quiero referirme a la nombrada Montevideo Casa de Arte. Típica librería de venta personalizada y material seleccionado, cuyo centro de interés radica en la figura y personalidad del librero. Que no se trata de un mero vendedor de libros sino de un amante de los mismos, que los compra, los limpia, los restaura y muchas veces casi los saborea. Claro, no tiene más remedio que venderlos porque es su negocio, tiene que vivir y con ello seguir adquiriendo nuevos materiales. En algunos casos hasta sufre con la venta de algunos libros o documentos que llegaron a sus manos por casualidad o por compra con carga de adrenalina. Porque no tienen reposición, son piezas únicas. Y le cuesta desprenderse de ellos, salvo que den con el precio justo y lleguen a manos de un lector que los valore y les saque provecho.
La librería de Eduardo Caétano se ubica en la Galería Central, la más antigua de Montevideo, con entradas por 18 de Julio, San José y también por Julio Herrera y Obes. La galería ocupa el mismo local donde funcionó entre 1926 y 1952 el famoso café y confitería AL TUPI NAMBA. El local de la librería se encuentra en el medio, en el recodo, donde antes se levantaba el palco para la actuación de las orquestas y después funcionó una academia de billares.
Desde el principio las charlas con Eduardo Caétano se orientaron hacia el tema del TUPÍ NAMBÁ, el Nuevo, en su tiempo el más lujoso café de América del Sur. Y que a principios de la década de 1950 bajó sus cortinas, como prueba de que se estaba en los comienzos de una nueva etapa en la vida de la ciudad. Después de algunos negocios intermedios el inmenso local fue transformado en una galería comercial al mejor estilo de las que existían en Buenos Aires. Pocas décadas después, sin embargo, también las galerías pasaron de moda y los modernos Shoppings Centers han vaciado el centro de la ciudad. Con todo la Central subiste como galería temática con locales especializados en material coleccionable, como ser filatelias, casas de antigüedades, hobbys, militaría, discos y hasta otra librería de viejo, El Ojo, de Salom.
Del tema del Tupí Nambá (el Nuevo) las charlas con Eduardo siguieron sobre el tema de los cafés, especialmente de los que ofrecieron la actuación de orquestas de tango. Es que además de librero es bailarín, profesor de baile de tango y curador de exposiciones de pintura, entre otras actividades.
Una tarde, vez encarada la entrevista, pasamos a hablar sobre los bares y cafés que frecuentó o que más influyeron en su vida. Nacido en el barrio La Comercial, sus recuerdos de pibe remontan a LOS OLÍMPICOS, un pequeño local ubicado en la esquina de Justicia y Pagola. Frente a la puerta, recostado siempre y con los brazos en cruz solía pararse uno de sus ídolos, el boxeador Dogomar Martínez, de quien se decía que era invencible e inolvidables las peleas que le ganó a Pocholo Burgues y a Pilar Bastidas. Era un “esgrimista de los guantes” y difícil de agarrar pero tenía la contra de una pegada blanda. El único que le ganó en buena ley fue Archie Moore, campeón mundial y famoso el abrazo que se dieron cuando el norteamericano vino de visita al Uruguay. Los pibes de la zona pasaban por la vereda de enfrente para verlo, pero nunca se animaron a saludarlo, tanto el respeto que le tenían. Ya de adolescente, con más de 16 años, recuerda muy bien los tres cafés y bares de la esquina de Justicia y Cuñapirú: el VENCEDOR, el NADOR y el FERNANDITO, éste último en el que paraba con una barra de amigos para comentar los amoríos y sus conquistas en el barrio. Y también recuerda el OLIMPIA, en la esquina de Justicia y Hocquart, que tenía un anexo con timba, juego de bochas y mesas de futbolito. Llegó a integrar el equipo juvenil de tercetos en los campeonatos de bochas federales, habiendo salido primeros en alguna oportunidad.
Fue en el OLIMPIA donde conoció a Osvaldo Fattoruso, con el que jugaban de compañeros al futbolito. Este, junto con su hermano Hugo fueron los fundadores del grupo de rock “Los Shakers”, de un estilo similar a Los Beatles. Recuerda que a una cuadra del Olimpia, más precisamente en Justicia y Pagola, al lado del café Los Olímpicos, pudo disfrutar de la actuación de Osvaldo, como baterista, Hugo con el acordeón piano y el padre de ambos que ejecutaba un instrumento que venía a ser una especie de contrabajo. Sonaban fantástico y el que más atraía los aplausos era Osvaldo por la calidad de su ejecución en la batería. Ellos vivían a dos cuadras, en Justicia y Lima, donde los padres atendían un comercio de venta de discos.
Respecto a su vocación por el tango y disposición por el baile comenzó por aquella época, cuando iba con sus padres al club de Residentes de Treinta y Tres, que estaba en la calle Yaguarón entre 18 de Julio y San José. Allí aprendió a bailarlo con cortes y quebradas y desde entonces que le apasionaron tanto la música como el baile. Al punto que terminó por enseñarlo e instalar una academia con el nombre de Raíces en forma paralela con la librería.
En el año 2002, después de varios trabajos y ocupaciones comerciales, decidió abrir una librería de viejo, un sueño que sentía de muchos años atrás. Un negocio donde pudiera estar rodeado de libros, interactuar en el mundo de la cultura y al mismo tiempo conversar con la gente sobre temas varios. Buscar el material que se le pidiera y orientar a los investigadores. Y capaz que, en la misma tarde, recibir a personas tan variadas como diferentes sus temáticas.
Desde que un día, ante la compra de una caja con cientos de fotos, cartas y partituras se acentuó su interés por la historia del tango. Del baile pasó a interesarse en la historia y la bibliografía. Y del contacto con investigadores y estudiosos a entusiasmarse con la trayectoria y evolución de los cafés, especialmente sobre los que ofrecían parte del local para la interpretación de música típica, con lo que le dieron un gran empujón a la difusión del género. De alguna manera la historia del tango y de los cafés se potenciaron mutuamente en un período fermental. Y por supuesto que gardeliano a muerte, con bibliografía especializada, y partidario del nacimiento del mago en Tacuarembó.
Para él , el café alude a una forma de vida, de sentir y de constituir una idiosincrasia y una identidad que nos define en forma única e inconfundible, artífice de nuestra forma de ser, nuestra cultura, mejores tradiciones y hábitos de vida.  Y dentro de ello reivindica el papel que merecen los mozos, muchas veces olvidados o dejados de lado. Y que muchas veces son ellos mismos personajes famosos por su bonhomía o su sapiencia, sabedores de todas las historias que se desgranan delante de su bandeja. “Muchas veces confidentes, cual curas tras un confesionario y otras como consejeros y guardadores de secretos no siempre felices y muchas veces terribles. Estos mozos le imprimían a los locales un sello inconfundible, y muchas veces eran la causa por la cual muchos parroquianos concurrían a determinados cafés y no a otros”.
Caétano ha venido escribiendo desde entonces artículos en el mensuario Ciudad Vieja, capital de Montevideo y en las revistas Propuesta y Raíces sobre temas de tango y sobre los cafés donde se interpretaba el tango. Hemos conversado muchas veces y sus aportes a mis artículos han sido importantes, baste citar las fotos del café y confitería LA GIRALDA, los avisos sobre el BON MARCHÉ y el artículo imperdible sobre el café LAS CUARTETAS.
Al final de la entrevista quedamos en que me entregaría, para la publicación, un artículo que había escrito sobre los cafés, a los que define como “ventana de Luz en la Noche” y el tango.

 

 

UN CAFÉ CON RICARDO SCANDROGLIO

Durante nuestra investigación sobre la influencia de los cafés en el desarrollo del tango en la orilla oriental, según la feliz expresión del escritor Juan Carlos Legido, -en realidad en ambas orillas del Plata- nos topamos varias veces con la referencia de Ricardo Scandroglio, eximio representante de la bohemia tanguera y uno de los más renombrados bailarines de la época. El “Pollo” Ricardo, como lo llamaban los amigos, fue un ícono y una presencia infaltable en los salones y pistas de baile desde el centro al “Bajo” y los suburbios.
La verdad que nos hubiera gustado haberlo conocido personalmente y haberlo podido entrevistar pero, como falleció a fines de la década de 1970, solo nos queda abordarlo en una crónica retrospectiva en base a las entrevistas que milagrosamente lo resucitaron tiempo atrás.
Nacido el 29 de setiembre de 1890 en el seno de una familia acomodada, desde su juventud se destacó en la vida bohemia y en las barras de los cafés de café. Según propia confesión solían frecuentar el POLO BAMBA, la GIRALDA, el SARANDÍ y el LONDRES, este último en el Cordón, donde se reunían los amigos para planear la noche. El café por entonces hacía las veces de lugar de encuentro para la “previa”, en términos de hoy en día, de donde arrancaban para los cabarets Royal Pigall o el Chanteclair, o iban directamente al Armenonville, gigantesco salón de baile donde hoy se encuentra el Palacio Legislativo, acaparando las bailarinas más codiciadas. Y de allí la seguían en los salones, pensiones o peringundines, según los casos, hasta liquidar la noche. En tal sentido vivieron con intensidad la etapa de las primeras décadas del siglo XX, que coincidió con la Belle Epoque entre nosotros, de gran brillo en ambas márgenes Plata.
En 1910, contando con apenas 20 años de edad, su amigo Luis Alberto Fernández, pianista de mérito y prosapia tanguera, le compuso y dedicó un tango en su honor al que llamó El Pollo Ricardo.
Scandroglio viajó cuatro veces a Europa y estuvo en Paris en los años 1915, 1919, 1927 y 1930, causando sensación en los cabarets y salones parisinos. Seguramente en los auténticos Moulin Rouge y Chanteclaire, resultando de alguna manera uno de los responsables de la difusión del tango. Al igual que los músicos, instrumentistas, cantantes y bailarines que lograron que el visto bueno en Paris significara la aceptación en los hoteles y bailes de sociedad rioplatenses.
Pero simultáneamente la vida de Ricardo Scandroglio se canalizó por los carriles que correspondían a un joven de la mediana burguesía y una buena educación. Entró a trabajar en la Administración Nacional de Puertos y luego pasó a la actividad bancaria, llegando a ocupar un puesto de jerarquía gerencial con sueldo acorde. Luego vino el casamiento y la vida hogareña, espaciándose las visitas al café y las pistas de baile.
Años más tarde, por la década del 60, pasados los fuegos de la juventud y las brasas de la madurez llegó la etapa de la jubilación.
Luego de enviudar empezó a pasar largas temporadas en el chalet que compró en Punta del Este sobre la avenida Francia. Largas caminatas, lecturas y arreglos en el jardín le apartaban un poco del recuerdo de los viejos tiempos. Vivía en compañía de su hija, buena compañera y para no perder memoria del pasado se rodeó de una discoteca de buenos tangos. Para completar le puso al chalet el nombre de El Pollo Ricardo e hizo colgar de la chimenea un gallo de metal recortado a modo de veleta.
Así, en la soledad del recuerdo y el olvido de sus amigos, que la mayoría estaban fallecidos o ausentes, hubiera seguido su vida a no ser porque una curiosa circunstancia lo volvió a poner en el tapete al tiempo que le daba las alas para un segundo tiempo. Todo gracias a la casualidad y la curiosidad de un joven fernandino, Alfredo Tassano, que se preguntaba sobre el porqué de tan curioso nombre para un chalet. Un día que Ricardo se encontraba cuidando el jardín el joven vecino lo saludó y ante su respuesta atinó a preguntarle que ver el nombre de la casa con el de un tango famoso. Fue como poner el dedo en el gatillo, Ricardo lo invitó a entrar y pasó a contarle de sus buenos tiempos.
De inmediato trabaron una cordial amistad y el veterano encontró en su interlocutor un atento oyente para abrir las puertas de su pasado. Lo interesante del caso fue que Tassano, perteneciente a una familia de arraigo y con antecesores en el servicio de diligencia del Este, sabía de la importancia de los recuerdos reconstrucción de una época y le propuso grabar la entrevista. Compró un grabador de cinta y luego de algunas pruebas tuvieron una larga charla que salvó y registró buena parte de la historia del tango en nuestro medio. Tal vez sin proponérselo se convirtió en una grabación de extraordinario valor testimonial para la historia del tango.
La noticia de la entrevista corrió como reguero de pólvora entre los estudiosos y amantes del tango y don Ricardo, el Pollo Ricardo volvió a vivir un nuevo período de fama. Esta vez se sucedieron las entrevistas de radio y las notas de prensa.
Consecuencia de su vuelta al ruedo, nuevamente como protagonista, esta vez no de las pistas de baile sino de las pistas de grabación, fue entrevistado en un memorable programa radial a cargo del comentarista musical Alberto Luces, uno de los más conocidos de la década de 1960, entre los que también descollaron los comentaristas y estudiosos del tango Lilian, Avlis y Enrique Soriano.
Tuvimos noticias de dicha entrevista radial , que tuvo lugar en la década de 1960 en CX 32, por boca del señor Boris Puga, a quien entrevistamos en abril de 2010. Pero mucho más interesante para la historia del tango y los cafés y para nuestro propósito que la citada entrevista lo fue la carta manuscrita que el propio Ricardo Scandroglio le dirigiera al comentarista Luces, agradeciéndole el momento grato que le había hecho pasar y que le permitió destapar el cajón de sus recuerdos. Por entonces Boris Puga era Presidente de Joventango y Académico correspondiente en Uruguay de la Academia Porteña del Lunfardo y en tal carácter hizo llegar al Presidente de la Academia argentina una copia de la carta. Y, en prueba de confianza, una vez terminada la charla con él, nos entregó un sobre con una copia de la carta, la que será transcripta en el Apéndice documental. Son cuatro páginas maravillosas con descripción de los amigos, pianistas, cafés, cabarets, pensiones y con comentarios de antología que nos permiten reconstruir la memoria de una etapa rica y emotiva.
Y para completar el cuadro recordatorio del Pollo Ricardo, tiempo después, cuando entrevistamos a Nelson Domínguez, Guruyense, y sacamos el tema, confesó que había entrevistado a su vez al Pollo Ricardo en el año 1971 y que se trató de la nota periodística que escribió con más emoción y entusiasmo. Fue cuando trabajaba en el diario La Mañana y que, enterado de los comentarios sobre el Pollo, decidió conocerlo y entrevistarlo. Allá marchó a su casa acompañado del fotógrafo del diario y estuvo varias horas. Le costó encontrar el ejemplar del diario entre su frondoso archivo donde conviven periódicos con libros, revistas, discos y afiches pero finalmente apareció el ejemplar del 29 de marzo de 1971. En una página entera revive el Pollo Ricardo en fotos y en texto. No duda en asegurar que fue una de sus principales entrevistas. Trabó inmediata amistad con don Ricardo, a quien volvió a visitar otras veces. El antiguo bailarín le confesó la felicidad que le daba esta oportunidad de revivir y refrescar sus recuerdos. Guruyense recuerda con una sonrisa que tuvo problemas en la redacción del diario, no solo por la desusada extensión de la nota (que hubiera podido ser más extensa todavía) sino por la la temática que suponía una reconstrucción prostibularia de un Montevideo de viejos tiempos.
Comprenderán los lectores de nuestra nostalgia en no haberlo conocido personalmente…

 

En tiempos actuales don Alfredo Tassano siguió preocupándose del rescate de la historia, en especial de su tiempo y su comarca fernandina, se desempeña como director de la Escuela Uruguayo Argentina. Y como rescate del pasado ha desarrollado una pagina con el nombre de “Banco de Historias Locales (Maldonado)” en uno de cuyos ítems se reproduce la entrevista del Pollo Ricardo. .

 

Un café con Guillermo Chifflet


Corría una tranquila tarde del mes de mayo del año 2010 cuando entrevisté a Guillermo Chifflet. En la puerta de su apartamento en un edificio de la calle Cuareim esquina Colonia me esperaba la cariñosa recepción de su esposa, la actriz Julieta Amoretti. Guillermo, con sus 83 años ―nacido el 15 de setiembre de 1926―, era hijo de un odontólogo de ascendencia francesa y de una italiana oriunda de las cercanías del Lago di Como.
Publicista, periodista y político, desarrolló varias actividades con entrega y fervor. De convicción socialista, fue fundador del Frente Amplio en el año 1971, siendo electo diputado en 1989 y reelecto en 1994, 1999 y 2004. Hombre de sólidos principios acorde con sus ideales, supo renunciar a la banca cuando enfrentó discrepancias con la marcha del gobierno. El día de la entrevista, afectado por problemas de salud, se apoyaba en un bastón para caminar.
De mi parte, recordaba haberlo conocido en la década de los ochenta por un tema muy distinto, cuando estaba investigando sobre la vida y obra de Alfredo de Simone. En tal oportunidad me citó en el café Sorocabana para contarme sobre ese pintor del Barrio Sur y decirme que tenía un cuadro suyo, que le había comprado para ayudarlo. En cambio, en esta nueva entrevista, el tema era por su experiencia con los cafés que había frecuentado y la importancia que tuvieron en su vida. Milton Fornaro y otros entrevistados me convencieron de llamarlo porque lo recordaban como uno de los más activos contertulios en las mesas del Sorocabana, donde tenía una reservada, casi propia, en la que se reunía con los compañeros de trabajo, amigos y correligionarios.
Lo confirmó con una amplia sonrisa y movimiento de cabeza. El Sorocabana tenía varias virtudes: muy bien ubicado, muy linda vista desde sus ventanas y le quedaba muy cerca del trabajo. Y, como tomar café era barato, las ruedas se formaban con facilidad: «Fíjese que con una taza de café uno podía pasarse horas, la verdad es que resultaba muy cómodo encontrarse en un lugar así». Era un recinto de charlas, de encuentros, de polémicas, de discusión y de participación en distintas ruedas. Las había de todo tipo: de militares, de sindicalistas, de gente de la publicidad, de modo que esta variedad facilitaba las afinidades y las perspectivas de conversación y de discusión sobre distintos temas. En tal sentido los cafés cumplieron un papel importante en las conversaciones y en el tratamiento de temas políticos. Para Chifflet también era un centro de polémica, fundamentalmente de gente de izquierda.
No obstante ello, aclaró, no concurría a los cafés por el café mismo. Lo hacía por reuniones de trabajo o de encuentro con amigos. El Sorocabana le quedaba cerca de la agencia de publicidad en que empezó a trabajar y también quedaba próximo de la agencia Ímpetu, para la que trabajó posteriormente. Era, simplemente, cruzar y llegar al trabajo.
Antes de ser asiduo del Sorocabana frecuentaba el café y bar San Rafael, en la esquina de San José y Cuareim ―hoy Zelmar Michelini―, que antes se llamaba El Olmo, porque allí se reunía la rueda de Emilio Frugoni. Los empleados y colaboradores del semanario El Sol se encontraban en el café para decidir los temas que saldrían en el próximo número, de modo que la mesa de Frugoni, a la que concurría todos los días, era un verdadero lugar de trabajo. En cierto modo, anotó Chifflet, se ha cometido una injusticia cuando colocaron un retrato o una placa en la pared del café con el nombre de Mario Benedetti, porque la mesa de Frugoni, anterior en el tiempo, congregaba mucha más gente: redactores de semanarios e invitados especiales entre los que se encontraban escritores y pintores que venían a entrevistarse con el político, que buscaba la forma de ayudarlos directa o indirectamente. Entre ellos volvió a citar a Alfredo de Simone, minusválido y bohemio a quien apoyaba e incluso le compraba cuadros para que pudiera subsistir. Frugoni tenía la virtud innata de conocer a la gente y fomentar sus vocaciones, como el día en que le presentó un joven dibujante de apenas 14 años, recomendando la publicación de sus dibujos en El Sol bajo el seudónimo de Gius. El joven resultó ser nada menos que Eduardo Galeano, quien destacó como periodista en El Sol y continuó su carrera en Marcha antes de consagrarse como escritor.
Respecto a su concepto sobre los cafés de aquellos tiempos insistió en su carácter de fermentales. Cumplieron un gran papel porque eran lugares de charla e intercambio de ideas y eso fue muy importante para el país. Recordó el caso de Eduardo Víctor Haedo, frecuentador del Jauja, que estaba en la calle Bartolomé Mitre, quien decía que muchos temas políticos se resolvían en los cafés y él mismo citaba a veces a los sindicalistas ahí.
Chifflet volvió a insistir en que él iba por motivos de trabajo, porque era el lugar de encuentro con una rueda de amigos que charlaban sobre los temas de actualidad, no para perder tiempo. Galeano en una oportunidad lo definió como un vicioso de los cafés, pero en realidad se refería a que tomaba varias tazas por día.
Respecto de su infancia en el Cerro recordó que fue determinante, ya que es una barriada obrera, de grandes luchas y de grandes influencias sobre sus habitantes. Recuerda el Ateneo Popular, de cuando ayudaba a repartir un volante que decía: «Joven cerrense: estudia y no serás cuando grande ni el juguete pulgar de las pasiones ni el esclavo servil de los tiranos». Fue una etapa de formación social, de fuerte influencia anarquista y socialista. La familia Chifflet vivía en una casa sobre la calle Grecia entre Rep. Argentina y Centro América, a media cuadra de un centro socialista que se convertía al atardecer en un centro de reuniones. En los años de la Guerra Civil Española, del 36 al 39, el joven Guillermo, que disponía de una radio, la ponía al máximo volumen en la puerta y los vecinos en rueda se ponían a escuchar las noticias que transmitía radio Ariel.
Vivió en el Cerro hasta los comienzos del liceo, luego se mudaron al Paso Molino e hizo el liceo en el Bauzá. Más tarde comenzó preparatorios de Derecho, pero luego de unos años y pocos exámenes optó por abandonar la carrera por sentirse tentado por el periodismo, al principio en el semanario El Sol y luego en el semanario Marcha.
Empezó a concurrir a los cafés al terminar el liceo. Recuerda que a la salida de preparatorios iban caminando desde el IAVA hasta la redacción de El Diario y La Mañana, por entonces sobre la calle 25 de mayo, para leer los pizarrones y enterarse de las noticias sobre la Segunda Guerra Mundial, y de allí marchaban al café para compartir y comentar las noticias.
Se reunían en mesas, que eran de los muchachos, y discutían los problemas de los jóvenes, de la juventud socialista y las relaciones con otros grupos políticos. «Participábamos en la juventud del Ateneo, distinto de lo que es hoy en día, entonces era un centro de personalidades progresistas. Ahí escuché a León Felipe cuando daba charlas y conferencias interesantes y a otras personalidades que visitaban el país».
Durante la dictadura misma las reuniones en los cafés fueron muy importantes. En tal sentido las mesas de los cafés oficiaban de tribunas libres y el Sorocabana, en especial, se constituyó en uno de los reductos de conversaciones sobre la libertad.

 

 

UN CAFÉ CON MILTON FORNARO

fornaro


La entrevista con el escritor Milton Fornaro tuvo lugar en febrero del 2011 y fue un semillero para entrevistas futuras. El lugar elegido fue su casa, frente a su mesa de trabajo y entre las pilas de libros y carpetas que la circundan. El café fue servido en una humeante cafetera, con cargo de que pudiéramos administrarlo a gusto, señal de que la charla se iba a prolongar por largo rato. La charla resultó conceptual, comenzada con una referencia a los cafés que había frecuentado en su juventud y rematada con reflexiones sobre el paso del tiempo y los cambios derivados en la sociedad. Empezó por el recuerdo sobre los cafés de Minas, su ciudad natal, durante la década de 1960. Eran dos, el “Oriental” y el “Almandós”. Al primero iba después del mediodía o a la tarde para conversar con amigos y compañeros de clase, fundamentalmente a tomar café, mientras que al segundo, el Almandos, lo frecuentaban de noche, a la salida del liceo o del cine, al que también concurrían los profesores. Estudiantes en unas mesas y profesores en las otras, en realidad fue su primer contacto “con los cafés como peñas, en los que se iba a aprender o a complementar lo que se aprendía en las aulas”. En tal sentido el concepto de café formador, como lugar de reunión donde se hablaba de diversos temas que no hacían únicamente al ocio sino a cosas más importantes, que tenían que ver con las inquietudes del momento, ya fueran culturales, políticas y sociales.
En el año 1976, a los 19 años, vino a Montevideo para continuar los estudios. Y continuó frecuentando los café, especialmente dos cafés emblemáticos de la época, hoy desaparecidos: el Sorocabana de la Plaza Libertad, tradicional café de intelectuales donde se reunía con historiadores como Reyes Abadie, críticos como Wilfredo Penco y escritores como Marosa di Giorgio, entre otros, y el Mincho, en la calle Yi entre 18 de julio y Colonia. Desde que llegó también se volvió asiduo a la oficina de la editorial Banda Oriental, por entonces sobre la calle Yí, casi vecina al Mincho.  Después de un rato iba con Isabelino Villa a tomar un café, empleado de la editorial, y más tarde se les sumaban Heber Raviolo y Alcides Abella. A veces iban algunos muchachos de Tacuarembó, como Eduardo Milán, un poeta que ahora vive en México y Víctor Cuña, entonces muy jóvenes. Y también participaban autores más consagrados como Héctor Galmés y Anderson Banchero, vinculados a Banda Oriental, es decir que se formaba una mesa relacionada con la editorial en la que se conversaba de temas literarios pero también, como se vivía la época de la dictadura, la política era fundamental. La falta de información, de noticias, llevaba a que en los cafés se intercambiaran los pocos datos que se conocían para tener más o menos un panorama de lo que estaba ocurriendo en el país. Otras veces, muy pocas, concurría al Outes, de la calle Mercedes y Yaguarón, otro lugar de encuentros, donde se encontraba el flaco Juceca, Bequer Puig, Enrique Estrázulas y muchas veces Alfredo Zitarrosa, antes del exilio o después del retorno a la democracia.
Respecto de otros cafés que hayan tenido significación en su trayectoria de escritor, dijo que todos los que frecuentó le han dejado alguna marca o señal. Porque para él el café no era un lugar para ir únicamente a tomar una copa o hacer tiempo antes de ir a otro lado, sino que se trataba de un rito “al que había que dedicar mucho tiempo, a veces hasta horas, con tranquilidad de estar, de conversar y de aprender de quienes eran mayores que nosotros”. Era muy aleccionador encontrarse con otras personas, no necesariamente intelectuales, no necesariamente escritores, simplemente que tuvieran alguna experiencia que resultara interesante de trasmitir o de aprender. Siempre hubo personajes especiales en los cafés, algunos llegaban, se acodaban al mostrador o se sentaban en sus mesas, uno los conocía de verlos, los escuchaba y los veía actuar. En el Mincho, por ejemplo, había un recitador al que le había pasado su momento de fama pero seguía comportándose como si lo mantuviera. Y todos lo respetaban y trataban bien. Había si una regla que debía cumplirse en la vida de boliche y era la del respeto, “respetar el tiempo del otro, respetar las actitudes del otro”. Si alguien se acercaba y se ponía pesado, estaba faltando a una de las normas más importantes de la convivencia.
Con respecto a la relación entre la literatura y los cafés hemos continuado la tradición española de las peñas literarias que se reunían en tertulias, generalmente en los cafés. La llamada generación del 45’ se reunía en el café Metro, mientras que Onetti se reunía con sus amigos en Los Estudiantes, un pequeño bar de San José y Barrios Amorím, cerca de la Intendencia Municipal, donde trabajaba. Pese a esta relación con la literatura, no hay en el Uruguay demasiada ficción que transcurra en los cafés. Hay sí algunos cuentos que ocurren en boliches, como en el Juntacadáveres de Onetti. Para Fornaro, eso sí, es relevante la relación entre los cafés y el desarrollo cultural de la ciudad. “Los cafés son como un apéndice de las instituciones”, es decir que en las cercanías de lugares emblemáticos como la Biblioteca Nacional o la Universidad, siempre encontramos un café representativo, en este caso el Gran Sportman, que está en 18 de julio y Tristán Narvaja. Pero también los hay cerca de los teatros, donde terminada la función se reúnen los artistas y se confunden con el público, generándose un diálogo del que participan los que actuaron y los espectadores. Frente al Teatro Solís se encontraba El Vasquito (hoy el café Bacacay), donde confluían los periodistas de La Mañana y El Diario con los actores, directores y escritores. “En la época a la que me refiero, fundamentalmente, hasta los años 90, el café cumplía una función de antesala, apéndice o adjunto a los centros de estudio, ll teatro, al cine, incluso Cinemateca y también a galerías de arte y salas de exposición”.
Respecto del papel de los cafés en la actualidad no tiene idea clara porque no los frecuenta como antes pero respecto del fenómeno de la paulatina desaparición de los mismos, entiende que lo que cambió es la forma de socializar de la gente. La generación actual, lo ve en sus propios hijos, más bien tienden a reunirse en casas de familia o salir a lugares concretos y luego regresan. Es decir que no participan de aquellas larguísimas tenidas de tiempos pasados, que prácticamente se tenían todos los días. Claro que también había otra manera de disfrutar el tiempo libre. Hoy en día está mal visto el ocio, hay como una exageración de la plena ocupación porque uno debe estar permanentemente ocupado. Para Fornaro la vida en los boliches era formativa, una forma de estar ocupado, una manera de complementar los aprendizajes. Los boliches han ido desapareciendo paulatinamente porque, digamos, los más jóvenes se reúnen de otra manera, en otros sitios, no tienen aquella avidez de conocer. Seguramente porque hay otras formas de llegar al conocimiento, como el mundo de internet. Los jóvenes de antes no tenían eso, en los años 60 la televisión estaba poco desarrollada y la información provenía de los periódicos y de la radio. Pero hoy la información parece estar toda al alcance de la mano, al teclado del ordenador. Y querer dar marcha atrás sería imposible porque la sociedad va en otro rumbo.
Respecto a alguna sugerencia para nuevas entrevistas, mencionó varias, en primer término a Guillermo Chiflet, un dirigente político socialista. En tiempos de la dictadura Guillermo era un diario concurrente del Sorocabana, al frente de una mesa de la que participaba mucha gente interesante. “Verlo a él nos mantenía viva la esperanza, como que “bueno, si Guillermo sigue libre la cosa no es tan grave”. Por entonces había tres mesas infaltables en las que se congregaban todas las noches entre 8 y 10 personas: la de Chiflet, de carácter político, la de Marosa di Giorgio, de carácter literario, de la que participaba Fornaro y la de Reyes Abadie, de temas históricos; claro que Reyes Abadie se movía entre todos y participaba de todas las mesas.

 

UN CAFÉ CON FELISBERTO BALSA
Por Juan Antonio Varese


La entrevista con el dueño del café y bar HOLLYWOOD resultó tan imprevista como espontánea. Como esas charlas que surgen de repente, sin previo aviso, pero que terminar por resultar más fructíferas que otras preparadas de antemano. De mi parte he pasado infinidad de veces por la esquina de Ejido y Uruguay, una de las más concurridas, sin haber reparado en la cargada marquesina ni en el interior del café, tan igual a los centenares de boliches que en otro tiempo llenaron la ciudad no solo en el centro sino también en los barrios apartados.  Pero apenas registro haber entrado dos o tres veces al bar, seguramente para prolongar alguna charla iniciada en el Foto Club Uruguayo, que se encuentra una cuadra más arriba, hacia 18 de Julio.
Pero bastó un aviso de remate aparecido en internet para que se encendiera la alarma y brotara un sentimiento de nostalgia. Al igual que le pasó a otros amigos o coleccionistas nacidos por la década de 1950, que nos preocupamos por rescatar y preservar los temas que consideramos tradicionales. Al ver el aviso, trasmitido por un forista, lo primero que sentí fue una sensación de angustia ante el cierre de otro de los típicos cafés. Otro más de la larga lista para la que no pasa un mes sin que desaparezca alguno, vencido por el cambio en las costumbres o descartado por la aparición de negocios que supieron reciclarse en su aspecto y modernizarse en sus servicios para atender a la clientela joven.
Me llegué hasta el local sobre las 10 de la mañana del mismo día del remate, el 14 de diciembre de 2016, -vaya la fecha como referencia- decidido a rescatar un trozo de memoria y echarle un vistazo, a suerte de nostálgico réquiem. Y tomar alguna foto representativa o, porqué no, seleccionar algún objeto sobre el que presentar alguna oferta. Porque siempre es bueno conservar algo de lo que se va. La nostalgia tiene su papel y juega su juego, sobre todo cuando el fin de algo se presenta irremediable. Un registro de la memoria para aprehender algo de aquello que se va. El acceso estaba cerrado al público pero tras explicar el motivo de la visita me fue permitido el acceso. Apenas dentro del local pude observar que ofrecía un aspecto casi surrealista, con el mostrador, las vitrinas, las máquinas y las mercaderías dispuestas en hileras. Y los lotes marcados con prolijas etiquetas para su individualización. Una cantidad de 2600 objetos se ofrecían para el remate, divididos en 173 lotes de diverso tamaño y disposición. El más valioso de todos lo era, seguramente, el mostrador de mármol que lucía impoluto como el primer día pero el que llamaba más la atención lo era el compuesto por una máquina registradora digna de museo o el de una vieja radio con consola de madera y baquelita. Las botellas cubiertas de polvo mostraban con orgullo desleídas etiquetas que delataban su antigüedad, en algunos casos de hasta de 80 años. Casi licores con valor patrimonial. Le seguían en espacio y utilidad las vitrinas refrigeradas, la consabida máquina de café de modelo clásico, licuadoras con cables remendados y algún que otro adorno más digno de una casa anticuaria que de un mostrador de bar. Las botellas de whisky, algunas de marcas no conocidas, alternaban con las de Gregson y El Espinillar y los vinos nacionales de tipo común. Y con carácter de rareza unas pocos botellones de Chianti con su inconfundible malla de paja. En un costado del salón se apilaban las mesas y las sillas para ganar espacio, todo escrupulosamente ordenado por el personal de la casa de remate, cuyo principal, Germán Di Cicco se movía al tanto de todo, repasando los lotes para que coincidieran con los números del catálogo.
Después de haber tomado algunas fotos poco menos que tropiezo con un señor que terminaba de sentarse para poner orden en una pila de papeles y recibos. Se lo veía serio, con expresión más bien resignada que triste. El tono de su voz al restar importancia a mi disculpa lo delató como procedente de Galicia por lo que tuve la intuición de que se trataba del propietario, de quien había sentido el comentario que tenía el apodo de “gallego”. Y luego de un saludo y explicar mi finalidad de entrevistarlo para un libro, me señaló una silla, ahí no más frente a una mesa ahora vacía pero que tiempo atrás habrá servido de apoyo a miles de tazas de café.
Claro que más que una entrevista se trató de una confesión. O tal vez de un desahogo porque fueron coincidentes su necesidad de contar lo que sentía con la mía de escuchar su testimonio. Tanto como del HOLLYWOOD me interesaba su historia personal, tal vez un calco de las centenares que he escuchado de otros de labios de dueños de café que dedicaron toda su vida al negocio. Empezamos por su nombre, como se supone debe empezar toda entrevista: Felisberto Balsa, “el que viste y calza”, nacido en Santiago de Compostela en el año 1938. Como miles de coterráneos suyos que vinieron de una Galicia empobrecida por la guerra civil al promisorio Uruguay en 1952 lo hizo con una mano atrás y otra adelante. Pero con muchas ganas de trabajar, al punto que no pasaron tres días sin que le ofrecieran empleo en el bar SIN BOMBO, de General Flores e Industria, el que subsiste todavía. De allí pasó a trabajar en otro de Colón y la Rambla portuaria y más tarde a otro ubicado en Andes y Paysandú, el primero que compró. Y para el año 1978, con 46 años de edad y amplio dominio del mostrador, compró junto con un socio el café y bar HOLLYWOOD, lo que representó un gran paso adelante, porque se trataba de una ubicación excelente, cerca de comercios y oficinas. El extraño nombre, que decidieron mantener, le venía de antes, seguramente de algún dueño amante del cine, “vaya uno a saber”.
Y desde entonces, de 1978 a la fecha, han pasado 38 años de trabajo y dedicación, media vida tras de un mostrador. En aquellos tiempos de mucho trabajo llegaron a tener cinco empleados, además de los dos socios que trabajaban como el que más. De la clientela recuerda la de los políticos, dado que se encontraba a media cuadra de la “Casa de los Lamas”. Muchos y varios personajes del Partido Nacional prolongaron las charlas partidarias en todo más íntimo en el ambiente reservado del café, entre ellos Carlos Julio Pereyra, Wilson Ferreira Aldunate, Gonzalo Aguirre y Luis Alberto Lacalle, por sólo mencionar algunos. El diputado de Rocha Juan José Amorín, solía decir que el HOLLYWOOD había sido un bastión en la lucha contra la dictadura porque se reunían en el café cuando la Casa de los Lamas estuvo ocupada. Los políticos solían venir al café pero muchas veces era al revés y le hacían pedidos de bebidas y sándwiches para las reuniones en el local partidario. Y años más tarde, cuando la sedes del Frente Amplio estaba ubicada en Uruguay y Barbato, se volvieron clientes sendos personajes como Fernández Huidobro y el propio Pepe Mujica. Conserva una foto abrazado con el Pepe antes de ser presidente y otra después, quien concurría seguido para tomar su cerveza o copas de vino.
Pero en la última década, tal vez los últimos 15 años, el negocio empezó a decaer. Por un lado la clientela venía cada vez menos mientras que por otro los impuestos y treparon en forma exponencial. El presupuesto del HOLLYWOOD supera los 75 mil pesos (U$S 2.500) entre los consumos, impuestos y aportes. Los números se pusieron en rojo y durante los últimos cuatro años llegó a sacar de sus ahorros para mantener el negocio abierto. Porque en cierto modo el negocio era su propia vida y no sabría que hacer sin trabajar. Hasta que, derrotado por la realidad, no tuvo más remedio que cerrar. Claro que busca hacerlo con dignidad bajo la forma del remate. Lo considera un final más digno y de mejores resultados que un simple cierre de puertas y bajada de cortinas metálicas. Un acto noble, algo así como “pelearla hasta el final”.
Para distender el ambiente pasamos a hablar de la clientela. Las características de un negocio de café y bar y/o similares depende de varios factores. Muchas veces depende de la personalidad de los dueños y su poder de convocatoria, otra de las características del lugar y en otros casos del tipo de clientela que se congrega. Es que entrar al HOLLYWOOD era como un pequeño oasis en el entorno del tráfico de arterias tan concurridas, un lugar en que se hubiera detenido la prisa y amortiguado el ruido exterior. Pero también subsistía un dejo de bohemia en la forma de ser de los clientes, muchos de los cuales se quedaban frente a una mesa todo el tiempo del mundo. Mientras que otros iban en busca de lo imprevisto, como buscando a Miriam, la bella e imaginaria protagonista de la canción que inmortalizó uno de los clientes más famosos del café, el cantautor Alberto Mandrake Wolf y la canción se llama Miriam entró al Hollywood. Esa misma noche llamé por teléfono a Mandrake Wolf, quien contó que la letra obedeció a un momento de inspiración, una mezcla de realidad y fantasía, en realidad una situación al revés. Un día que llegó al bar se sorprendió al encontrar en una mesa a una veterana cortejando a un jovencito. El hecho le llamó la atención pero no tuvo el talento para escribirlo por lo que prefirió dar vuelta las cosas y pensar en un hombre mayor, un “viejo verde” conquistando una jovencita, lo que le salió muy bien. Un lujo extra para el HOLLYWOOD, que podemos decir que tuvo su propia canción.
Noticia irremediable, que nos duele profundamente en un doble sentido: por el cierre de un café y bar más y porque el hecho representa un nuevo escalón en la pérdida de una de las costumbres más representativas de la ciudad.

Con este artículo sobre el HOLLYWOOD, se están cumpliendo 120 artículos relacionados con los cafés Montevideanos, imponente trabajo de recopilación en la investigación para cada uno de ellos. Agradecemos por el invalorable aporte a Revista Raíces por parte del escritor Sr. Juan Antonio Varese , así como al gran acuarelista Sr. Álvaro Saralegui Rosé por ilustrar con su talento cada uno de estos materiales, que sin duda quedarán como un gran aporte para las generaciones venideras.

 

artículos anteriores >

 

 
   
 


PÁGINAS AMIGAS