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Por. Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com
   
     

UN CAFÉ CON MILTON FORNARO

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La entrevista con el escritor Milton Fornaro tuvo lugar en febrero del 2011 y fue un semillero para entrevistas futuras. El lugar elegido fue su casa, frente a su mesa de trabajo y entre las pilas de libros y carpetas que la circundan. El café fue servido en una humeante cafetera, con cargo de que pudiéramos administrarlo a gusto, señal de que la charla se iba a prolongar por largo rato. La charla resultó conceptual, comenzada con una referencia a los cafés que había frecuentado en su juventud y rematada con reflexiones sobre el paso del tiempo y los cambios derivados en la sociedad. Empezó por el recuerdo sobre los cafés de Minas, su ciudad natal, durante la década de 1960. Eran dos, el “Oriental” y el “Almandós”. Al primero iba después del mediodía o a la tarde para conversar con amigos y compañeros de clase, fundamentalmente a tomar café, mientras que al segundo, el Almandos, lo frecuentaban de noche, a la salida del liceo o del cine, al que también concurrían los profesores. Estudiantes en unas mesas y profesores en las otras, en realidad fue su primer contacto “con los cafés como peñas, en los que se iba a aprender o a complementar lo que se aprendía en las aulas”. En tal sentido el concepto de café formador, como lugar de reunión donde se hablaba de diversos temas que no hacían únicamente al ocio sino a cosas más importantes, que tenían que ver con las inquietudes del momento, ya fueran culturales, políticas y sociales.
En el año 1976, a los 19 años, vino a Montevideo para continuar los estudios. Y continuó frecuentando los café, especialmente dos cafés emblemáticos de la época, hoy desaparecidos: el Sorocabana de la Plaza Libertad, tradicional café de intelectuales donde se reunía con historiadores como Reyes Abadie, críticos como Wilfredo Penco y escritores como Marosa di Giorgio, entre otros, y el Mincho, en la calle Yi entre 18 de julio y Colonia. Desde que llegó también se volvió asiduo a la oficina de la editorial Banda Oriental, por entonces sobre la calle Yí, casi vecina al Mincho.  Después de un rato iba con Isabelino Villa a tomar un café, empleado de la editorial, y más tarde se les sumaban Heber Raviolo y Alcides Abella. A veces iban algunos muchachos de Tacuarembó, como Eduardo Milán, un poeta que ahora vive en México y Víctor Cuña, entonces muy jóvenes. Y también participaban autores más consagrados como Héctor Galmés y Anderson Banchero, vinculados a Banda Oriental, es decir que se formaba una mesa relacionada con la editorial en la que se conversaba de temas literarios pero también, como se vivía la época de la dictadura, la política era fundamental. La falta de información, de noticias, llevaba a que en los cafés se intercambiaran los pocos datos que se conocían para tener más o menos un panorama de lo que estaba ocurriendo en el país. Otras veces, muy pocas, concurría al Outes, de la calle Mercedes y Yaguarón, otro lugar de encuentros, donde se encontraba el flaco Juceca, Bequer Puig, Enrique Estrázulas y muchas veces Alfredo Zitarrosa, antes del exilio o después del retorno a la democracia.
Respecto de otros cafés que hayan tenido significación en su trayectoria de escritor, dijo que todos los que frecuentó le han dejado alguna marca o señal. Porque para él el café no era un lugar para ir únicamente a tomar una copa o hacer tiempo antes de ir a otro lado, sino que se trataba de un rito “al que había que dedicar mucho tiempo, a veces hasta horas, con tranquilidad de estar, de conversar y de aprender de quienes eran mayores que nosotros”. Era muy aleccionador encontrarse con otras personas, no necesariamente intelectuales, no necesariamente escritores, simplemente que tuvieran alguna experiencia que resultara interesante de trasmitir o de aprender. Siempre hubo personajes especiales en los cafés, algunos llegaban, se acodaban al mostrador o se sentaban en sus mesas, uno los conocía de verlos, los escuchaba y los veía actuar. En el Mincho, por ejemplo, había un recitador al que le había pasado su momento de fama pero seguía comportándose como si lo mantuviera. Y todos lo respetaban y trataban bien. Había si una regla que debía cumplirse en la vida de boliche y era la del respeto, “respetar el tiempo del otro, respetar las actitudes del otro”. Si alguien se acercaba y se ponía pesado, estaba faltando a una de las normas más importantes de la convivencia.
Con respecto a la relación entre la literatura y los cafés hemos continuado la tradición española de las peñas literarias que se reunían en tertulias, generalmente en los cafés. La llamada generación del 45’ se reunía en el café Metro, mientras que Onetti se reunía con sus amigos en Los Estudiantes, un pequeño bar de San José y Barrios Amorím, cerca de la Intendencia Municipal, donde trabajaba. Pese a esta relación con la literatura, no hay en el Uruguay demasiada ficción que transcurra en los cafés. Hay sí algunos cuentos que ocurren en boliches, como en el Juntacadáveres de Onetti. Para Fornaro, eso sí, es relevante la relación entre los cafés y el desarrollo cultural de la ciudad. “Los cafés son como un apéndice de las instituciones”, es decir que en las cercanías de lugares emblemáticos como la Biblioteca Nacional o la Universidad, siempre encontramos un café representativo, en este caso el Gran Sportman, que está en 18 de julio y Tristán Narvaja. Pero también los hay cerca de los teatros, donde terminada la función se reúnen los artistas y se confunden con el público, generándose un diálogo del que participan los que actuaron y los espectadores. Frente al Teatro Solís se encontraba El Vasquito (hoy el café Bacacay), donde confluían los periodistas de La Mañana y El Diario con los actores, directores y escritores. “En la época a la que me refiero, fundamentalmente, hasta los años 90, el café cumplía una función de antesala, apéndice o adjunto a los centros de estudio, ll teatro, al cine, incluso Cinemateca y también a galerías de arte y salas de exposición”.
Respecto del papel de los cafés en la actualidad no tiene idea clara porque no los frecuenta como antes pero respecto del fenómeno de la paulatina desaparición de los mismos, entiende que lo que cambió es la forma de socializar de la gente. La generación actual, lo ve en sus propios hijos, más bien tienden a reunirse en casas de familia o salir a lugares concretos y luego regresan. Es decir que no participan de aquellas larguísimas tenidas de tiempos pasados, que prácticamente se tenían todos los días. Claro que también había otra manera de disfrutar el tiempo libre. Hoy en día está mal visto el ocio, hay como una exageración de la plena ocupación porque uno debe estar permanentemente ocupado. Para Fornaro la vida en los boliches era formativa, una forma de estar ocupado, una manera de complementar los aprendizajes. Los boliches han ido desapareciendo paulatinamente porque, digamos, los más jóvenes se reúnen de otra manera, en otros sitios, no tienen aquella avidez de conocer. Seguramente porque hay otras formas de llegar al conocimiento, como el mundo de internet. Los jóvenes de antes no tenían eso, en los años 60 la televisión estaba poco desarrollada y la información provenía de los periódicos y de la radio. Pero hoy la información parece estar toda al alcance de la mano, al teclado del ordenador. Y querer dar marcha atrás sería imposible porque la sociedad va en otro rumbo.
Respecto a alguna sugerencia para nuevas entrevistas, mencionó varias, en primer término a Guillermo Chiflet, un dirigente político socialista. En tiempos de la dictadura Guillermo era un diario concurrente del Sorocabana, al frente de una mesa de la que participaba mucha gente interesante. “Verlo a él nos mantenía viva la esperanza, como que “bueno, si Guillermo sigue libre la cosa no es tan grave”. Por entonces había tres mesas infaltables en las que se congregaban todas las noches entre 8 y 10 personas: la de Chiflet, de carácter político, la de Marosa di Giorgio, de carácter literario, de la que participaba Fornaro y la de Reyes Abadie, de temas históricos; claro que Reyes Abadie se movía entre todos y participaba de todas las mesas.

 

UN CAFÉ CON FELISBERTO BALSA
Por Juan Antonio Varese


La entrevista con el dueño del café y bar HOLLYWOOD resultó tan imprevista como espontánea. Como esas charlas que surgen de repente, sin previo aviso, pero que terminar por resultar más fructíferas que otras preparadas de antemano. De mi parte he pasado infinidad de veces por la esquina de Ejido y Uruguay, una de las más concurridas, sin haber reparado en la cargada marquesina ni en el interior del café, tan igual a los centenares de boliches que en otro tiempo llenaron la ciudad no solo en el centro sino también en los barrios apartados.  Pero apenas registro haber entrado dos o tres veces al bar, seguramente para prolongar alguna charla iniciada en el Foto Club Uruguayo, que se encuentra una cuadra más arriba, hacia 18 de Julio.
Pero bastó un aviso de remate aparecido en internet para que se encendiera la alarma y brotara un sentimiento de nostalgia. Al igual que le pasó a otros amigos o coleccionistas nacidos por la década de 1950, que nos preocupamos por rescatar y preservar los temas que consideramos tradicionales. Al ver el aviso, trasmitido por un forista, lo primero que sentí fue una sensación de angustia ante el cierre de otro de los típicos cafés. Otro más de la larga lista para la que no pasa un mes sin que desaparezca alguno, vencido por el cambio en las costumbres o descartado por la aparición de negocios que supieron reciclarse en su aspecto y modernizarse en sus servicios para atender a la clientela joven.
Me llegué hasta el local sobre las 10 de la mañana del mismo día del remate, el 14 de diciembre de 2016, -vaya la fecha como referencia- decidido a rescatar un trozo de memoria y echarle un vistazo, a suerte de nostálgico réquiem. Y tomar alguna foto representativa o, porqué no, seleccionar algún objeto sobre el que presentar alguna oferta. Porque siempre es bueno conservar algo de lo que se va. La nostalgia tiene su papel y juega su juego, sobre todo cuando el fin de algo se presenta irremediable. Un registro de la memoria para aprehender algo de aquello que se va. El acceso estaba cerrado al público pero tras explicar el motivo de la visita me fue permitido el acceso. Apenas dentro del local pude observar que ofrecía un aspecto casi surrealista, con el mostrador, las vitrinas, las máquinas y las mercaderías dispuestas en hileras. Y los lotes marcados con prolijas etiquetas para su individualización. Una cantidad de 2600 objetos se ofrecían para el remate, divididos en 173 lotes de diverso tamaño y disposición. El más valioso de todos lo era, seguramente, el mostrador de mármol que lucía impoluto como el primer día pero el que llamaba más la atención lo era el compuesto por una máquina registradora digna de museo o el de una vieja radio con consola de madera y baquelita. Las botellas cubiertas de polvo mostraban con orgullo desleídas etiquetas que delataban su antigüedad, en algunos casos de hasta de 80 años. Casi licores con valor patrimonial. Le seguían en espacio y utilidad las vitrinas refrigeradas, la consabida máquina de café de modelo clásico, licuadoras con cables remendados y algún que otro adorno más digno de una casa anticuaria que de un mostrador de bar. Las botellas de whisky, algunas de marcas no conocidas, alternaban con las de Gregson y El Espinillar y los vinos nacionales de tipo común. Y con carácter de rareza unas pocos botellones de Chianti con su inconfundible malla de paja. En un costado del salón se apilaban las mesas y las sillas para ganar espacio, todo escrupulosamente ordenado por el personal de la casa de remate, cuyo principal, Germán Di Cicco se movía al tanto de todo, repasando los lotes para que coincidieran con los números del catálogo.
Después de haber tomado algunas fotos poco menos que tropiezo con un señor que terminaba de sentarse para poner orden en una pila de papeles y recibos. Se lo veía serio, con expresión más bien resignada que triste. El tono de su voz al restar importancia a mi disculpa lo delató como procedente de Galicia por lo que tuve la intuición de que se trataba del propietario, de quien había sentido el comentario que tenía el apodo de “gallego”. Y luego de un saludo y explicar mi finalidad de entrevistarlo para un libro, me señaló una silla, ahí no más frente a una mesa ahora vacía pero que tiempo atrás habrá servido de apoyo a miles de tazas de café.
Claro que más que una entrevista se trató de una confesión. O tal vez de un desahogo porque fueron coincidentes su necesidad de contar lo que sentía con la mía de escuchar su testimonio. Tanto como del HOLLYWOOD me interesaba su historia personal, tal vez un calco de las centenares que he escuchado de otros de labios de dueños de café que dedicaron toda su vida al negocio. Empezamos por su nombre, como se supone debe empezar toda entrevista: Felisberto Balsa, “el que viste y calza”, nacido en Santiago de Compostela en el año 1938. Como miles de coterráneos suyos que vinieron de una Galicia empobrecida por la guerra civil al promisorio Uruguay en 1952 lo hizo con una mano atrás y otra adelante. Pero con muchas ganas de trabajar, al punto que no pasaron tres días sin que le ofrecieran empleo en el bar SIN BOMBO, de General Flores e Industria, el que subsiste todavía. De allí pasó a trabajar en otro de Colón y la Rambla portuaria y más tarde a otro ubicado en Andes y Paysandú, el primero que compró. Y para el año 1978, con 46 años de edad y amplio dominio del mostrador, compró junto con un socio el café y bar HOLLYWOOD, lo que representó un gran paso adelante, porque se trataba de una ubicación excelente, cerca de comercios y oficinas. El extraño nombre, que decidieron mantener, le venía de antes, seguramente de algún dueño amante del cine, “vaya uno a saber”.
Y desde entonces, de 1978 a la fecha, han pasado 38 años de trabajo y dedicación, media vida tras de un mostrador. En aquellos tiempos de mucho trabajo llegaron a tener cinco empleados, además de los dos socios que trabajaban como el que más. De la clientela recuerda la de los políticos, dado que se encontraba a media cuadra de la “Casa de los Lamas”. Muchos y varios personajes del Partido Nacional prolongaron las charlas partidarias en todo más íntimo en el ambiente reservado del café, entre ellos Carlos Julio Pereyra, Wilson Ferreira Aldunate, Gonzalo Aguirre y Luis Alberto Lacalle, por sólo mencionar algunos. El diputado de Rocha Juan José Amorín, solía decir que el HOLLYWOOD había sido un bastión en la lucha contra la dictadura porque se reunían en el café cuando la Casa de los Lamas estuvo ocupada. Los políticos solían venir al café pero muchas veces era al revés y le hacían pedidos de bebidas y sándwiches para las reuniones en el local partidario. Y años más tarde, cuando la sedes del Frente Amplio estaba ubicada en Uruguay y Barbato, se volvieron clientes sendos personajes como Fernández Huidobro y el propio Pepe Mujica. Conserva una foto abrazado con el Pepe antes de ser presidente y otra después, quien concurría seguido para tomar su cerveza o copas de vino.
Pero en la última década, tal vez los últimos 15 años, el negocio empezó a decaer. Por un lado la clientela venía cada vez menos mientras que por otro los impuestos y treparon en forma exponencial. El presupuesto del HOLLYWOOD supera los 75 mil pesos (U$S 2.500) entre los consumos, impuestos y aportes. Los números se pusieron en rojo y durante los últimos cuatro años llegó a sacar de sus ahorros para mantener el negocio abierto. Porque en cierto modo el negocio era su propia vida y no sabría que hacer sin trabajar. Hasta que, derrotado por la realidad, no tuvo más remedio que cerrar. Claro que busca hacerlo con dignidad bajo la forma del remate. Lo considera un final más digno y de mejores resultados que un simple cierre de puertas y bajada de cortinas metálicas. Un acto noble, algo así como “pelearla hasta el final”.
Para distender el ambiente pasamos a hablar de la clientela. Las características de un negocio de café y bar y/o similares depende de varios factores. Muchas veces depende de la personalidad de los dueños y su poder de convocatoria, otra de las características del lugar y en otros casos del tipo de clientela que se congrega. Es que entrar al HOLLYWOOD era como un pequeño oasis en el entorno del tráfico de arterias tan concurridas, un lugar en que se hubiera detenido la prisa y amortiguado el ruido exterior. Pero también subsistía un dejo de bohemia en la forma de ser de los clientes, muchos de los cuales se quedaban frente a una mesa todo el tiempo del mundo. Mientras que otros iban en busca de lo imprevisto, como buscando a Miriam, la bella e imaginaria protagonista de la canción que inmortalizó uno de los clientes más famosos del café, el cantautor Alberto Mandrake Wolf y la canción se llama Miriam entró al Hollywood. Esa misma noche llamé por teléfono a Mandrake Wolf, quien contó que la letra obedeció a un momento de inspiración, una mezcla de realidad y fantasía, en realidad una situación al revés. Un día que llegó al bar se sorprendió al encontrar en una mesa a una veterana cortejando a un jovencito. El hecho le llamó la atención pero no tuvo el talento para escribirlo por lo que prefirió dar vuelta las cosas y pensar en un hombre mayor, un “viejo verde” conquistando una jovencita, lo que le salió muy bien. Un lujo extra para el HOLLYWOOD, que podemos decir que tuvo su propia canción.
Noticia irremediable, que nos duele profundamente en un doble sentido: por el cierre de un café y bar más y porque el hecho representa un nuevo escalón en la pérdida de una de las costumbres más representativas de la ciudad.

Con este artículo sobre el HOLLYWOOD, se están cumpliendo 120 artículos relacionados con los cafés Montevideanos, imponente trabajo de recopilación en la investigación para cada uno de ellos. Agradecemos por el invalorable aporte a Revista Raíces por parte del escritor Sr. Juan Antonio Varese , así como al gran acuarelista Sr. Álvaro Saralegui Rosé por ilustrar con su talento cada uno de estos materiales, que sin duda quedarán como un gran aporte para las generaciones venideras.

 

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