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Rumbos
Por Antonino Cabana
   
     

Don. ANTONINO CABANA ESTEVEZ

PREMIO NACIONAL A LA EXCELENCIA CIUDADANA

Es un orgullo para quienes componemos REVISTA RAICES, tomar conocimiento con esta distinción para uno de los GRANDES colaboradores de esta revista.

En comunicación de la INTENDENCIA DE LAVALLEJA , Don Antonino Cabana recibe tal comunicación de parte de la Dra. Adriana Peña Fernández actual Intendenta del Departamento.

Tengo el honor de informar a Usted que ha sido seleccionado por esta Intendencia para recibir “EL PREMIO A LA EXCELENCIA CIUDADANA” que otorga CELADE (Centro Latinoamericano De Desarrollo) , representando a nuestro Departamento a nivel Nacional por su gran aporte a nuestra Cultura.

El certificado correspondiente fechado el 22 de setiembre de 2015.

 

HERMANOS DE ALMA
Por. Antonino Cabana

Calixsto era hijo de una madre india y un padre gaucho nómade y muy difícil de sujetar. Ella se llamaba Aurora y él Timoteo. Eran épocas donde las chacras y las granjas iban ganando espacios a expensas de las estancias que se fraccionaban. Las codiciadas tierras fértiles se poblaban de humildes ranchos de barro y paja, albergando familias numerosas de agricultores. La mayoría de ellos , inmigrantes de las Islas Canarias. También los italianos que en algún momento, llegaron a superar a los canarios. En el joven territorio uruguayo, aparecieron otras costumbres y productos cosechados y elaborados, compitiendo en los paladares, con la clásica y costumbrista carne vacuna.
Junto a esa transformación molesta para los ganaderos, surgió el código del sedentarismo, los alambrados, las siembras y las crecientes chacras que protegían sus cultivos. Timoteo era entonces, el rescoldo del tiempo de gauchos y espacios sin límites. Con una sufrida guitarra que a veces le faltaba alguna cuerda y un caballo que cuidaba más que su persona, llegaba a las estancias, alguna yerra, bailes, partidos de fútbol, tabiadas y a las pulperías (su nombre deriva de “pulque”, bebida indígena con alcohol) donde se apreciaban sus versos y abundaban los convites.

La botella de caña y ginebra siempre alegraba corazones y desataba lenguas. Acompañaba con acordes los versos dirigidos al dueño del negocio, a los hacendados poderosos o narrando encuentros a facón, enfrentamientos con la policía y a algunos fatalismos amorosos. Era feliz recorriendo los campos, durmiendo a la intemperie, en algún monte o en los galpones con la peonada de la estancia. Era nómade, muy dócil, enemigo de discusiones, callándose o haciéndose el desentendido cuando alguien pretendía enojarlo. Él decía que su cuchillo solo era para churrasquear, cortar leña y matar alguna víbora. Agregaba que para un malo siempre hay otro malo, para un guapo, también hay otro guapo, pero para un bueno , siempre hay cien puertas abiertas, se sentía artista errante, una especie de juglar representante del gaucho.

Aurora, la madre de Calixsto, aseguraba ser india, hija de padre criollo y madre guaraní. Se había criado junto a su abuelo, entonces un cacique brujo, muy respetado y recordado. De él, desde niña fue aprendiendo el arte de curar con yuyos, vencer gualichos, predecir, interpretar vaticinios y castigar perjurios. Era en la zona rural donde vivía, muy consultada y hasta temida. Sus familiares fueron desapareciendo hasta quedarse sola en un rancho de piedras con techo de paja y ramas, ubicado en un pequeño valle, junto a un arroyo y rodeado de cerros. Había nacido en el año 1900 y cuando nació su único hijo, tenía 30 años. La estancia de Don Gregorio en la zona de caperuza, rodeada la vivienda de Aurora, compuesta de valles y varios cerros. Timoteo tenía 40 años cuando conoció a Aurora. En sus ocasionales visitas, como lo hacía de tiempo en tiempo, llegó a la estancia de Don Gregorio. El dueño era Portugués y apreciaba mucho a las visitas de gauchos y criollos.

Fue en una tarde de lluvia, que en un galpón de la estancia, ayudado por el estómago satisfecho de asado de capón gordo y abundante caña, la música y la poesía fluía incontenible. El estanciero, seducido por la música y los líricos poemas, lo invitó a la sala de su casa para que la familia también disfrutara del arte de Timoteo. Aurora también se encontraba ese día en la vivienda del estanciero. Hacía unos días que estaba curando a uno de los hijos del hacendado, con una mezcla de hierbas que siempre llevaba en un bolsito de cuero atado a la cintura. Ya sea por la música o el amor a primera vista, Aurora se llevó a Timoteo a dormir en su cama. Parecía que el matrero trotamundos había encontrado un refugio estable viviendo por 5 años junto a la India.

En el primer año de pareja, nació Calixsto. El estanciero le había dado trabajo y le cumplía honestamente. Cuando todo el mundo pensaba que el nómade artista había perdido las alas, Timoteo, fiel a sus raíces desapareció sin dejar rastros. Conmovido por la situación y agradecido de los servicios de la curandera, Don Gregorio se hizo cargo de Calixsto. Cuando el muchacho tenía 12 años, nació un potrillo todo blanco. El jovencito se hizo cargo de él y nació entre potrillo y niño una amistad tan profunda que la peonada cuando los veía siempre juntos, decían : - Mirenlos, si parecen hermanos por lo unidos!
El potrillo, bien cuidado y alimentado con lo mejor por Calixsto, mostró un vigor y agilidad asombrosa. En una oportunidad, el hijo mayor del estanciero, estudiante liceal sentenció el nombre que llevaría el Albo Equino.

Dijo delante de Calixsto que el animal era como el caballo de Napoleón. Desde ese día, como un bautismo, llevó ese nombre. Don Eusebio era un vecino cercano, con almacén de ramos generales, canchas de fútbol, taba, bochas y una pista bien cuidada para las pencas mensuales. Cuando conoció al potrillo Napoleón, acostumbrado a ganar casi siempre las carreras, convenció al estanciero para que se lo vendiera. Nunca imaginaron la resistencia de Calixsto que para no separarse de ese hermano de alma, prometió trabajar gratis de por vida. Don Gregorio al ver ese sentimiento tan profundo, decidió no venderlo pero si intervenir en las pencas. Desde ese día y por mucho tiempo Don Eusebio no pudo ganar ninguna carrera.

 

 

 

LA CONVOCATORIA
Por. Antonino Cabana

-¡Viejo!...Si no le parece mal, voy a usar su poncho…, si me lo presta!
¡Pero hijo, cómo no te voy a prestar! Úsalo nomas, lo único que te pido es que lo cuides mucho, es un recuerdo de mi padre, tu abuelo!
-¡Si papá, no me separaré de él en ningún momento! También me llevaré su facón, el lazo trenzado por usted y ese viejo sombrero de gaucho!
-¿Acaso vas a alguna revolución? – No papá, ayer estuvo Eulogio con mi primo Andrés tranquendo en el boliche de Siboldi, y le dijo que me avisara para que me presente hoy a las nueve de la mañana, vestido de gaucho y con los aperos más antiguos en el caballo!. A esa hora, tengo que estar en la casa de él sin falta! Del baúl donde usted guarda todos esos recuerdos de mozo, llevaré las botas, las espuelas, el lazo, el cinto ancho, el facón y su viejo talero!.

¡De gaucho no tengo problemas con lo que a mi me gusta vestirme así!
Me voy a poner el chiripá que me hizo mamá para las comparsas de carnaval!.
Estamos a veinte y tres de setiembre y como tenemos adelantadas las tareas para las siembras de primavera, probablemente me quede unos días en Piriápolis con mi primo Andrés! ¡Si a usted no le parece mal papá!.
-¡No hijo…, vaya nomás que por ahora no hay nada urgente en la chacra!
Lo que me parece raro, es todo esos aprontes gauchos para ir a la ciudad!.

No sé si nos veremos hijo, Indalecio nuestro vecino me dijo que pasaría por mi en la camioneta para que lo acompañara a Piriápolis!  El padre detiene su mirada tierna en la imagen robusta de su hijo Antonio. Es consecuente, trabajador responsable, solidario y respetuoso. A su vez, su hijo mira al padre, ya encanecido y con algunas “nanas”, sentado en ese banquito de madera, cortando y trenzando tientos. Aquellas manos sarmentosas, de gruesos dedos y muchos callos, algo lentas parecen torpes sin negar la virtud de sobar cueros con asombrosa habilidad. No solamente por ser su hijo, admira infinitamente a ese hombre que siempre lo condujo por la senda de las personas decentes.
A pocos pasos de él, muchos trabajos que esas manos incansables, supieron modelar. Rodeando el ombú, tres piletas talladas a hachuela en troncos. Yna para el agua de las gallinas y los perros, otra para la comida y la tercera para remojar la paja para las escobas y los mimbres para los canastos y cestas.

Antes de montar, miró a su padre encorvado en las tareas y que parecía no observarlo pero que lo hacía en todo momento. Recordó que cuando era niño, estando su padre de espaldas, le reprendía alguna travesura. Era como si tuviera ojos en la nuca. Cuando Antonio llegó a la casa de su primo en las afueras de Piriàpolis , se encontró con otros jinetes jóvenes como él, bien montados y con atuendos gauchos. Su primo lo recibió con alegría y mientras le alcanzaba un mate, le dijo: - ¡Estamos organizando un desfile de gauchos! El presidente de la Sociedad Criolla me pidió que convocara a cuanto jinete con caballo que conociera. Tomamos unos mates más y nos vamos a la Plaza de Piriápolis. Estamos cerca y en quince minutos llegamos. Ellos nos están esperando al lado del pabellón de las rosas y desde allí armamos un gran desfile gaucho alrededor de la plaza!

La convocatoria es para todo el pueblo por lo que allí habrá mucha gente.
Tomamos unos pocos mates más y salimos. Cuando la caballería llegó a la plaza, brotaron varios aplausos. Antonio vio a su padre junto al amigo que lo había traído y desde la cabalgadura lo saludó con un grito : -¡Papá…, tu también viniste…, sabías que hoy es el aniversario de la muerte de nuestro Artigas, pero no me dijiste nada!. La convocatoria era para rendirle el más merecido homenaje!. Luego el desfile de la caballería vestida a lo gaucho, siguió circunvalando la plaza, con rostros serios y silenciosos, acariciados a veces por el ondear de banderas.

 

DE PROFESIÓN - CARRERO
Por. Antonino Cabana

-¡Papá! , hoy voy a prender la carreta… ¿Qué vas a hacer, hijo , hoy es viernes Santo y bien sabes que tu madre no quiere que se trabaje?
-¡Pero, Papá, yo también como los días santos…!
-Replica Eustaquio, el hijo menor de los Gutiérrez. Eran ocho varones y dos mujeres. Una decena de herederos de las chacras. Pocas cuadras bien aprovechadas, la cría de cuanto animal era posible de mantener para utilizar los sub productos de la granja; las malezas, el suero de los quesos, los sobrantes de frutas y cereales y las siembras renovadas de parcelas de avena y maíz al “boleo”. Toda una producción que paraba la olla y con la venta de huevos, pollos, patos, pavos, etc. Se vestían los 10 hijos y sus padres. Es más, habían empezado con 40 cuadras arrendadas, luego las compraron y cada 5 a 6 años, le compraban al estanciero vecino, otro pedazo más.

Ahora que los hijos eran grandes, el más chico con 12 años, eran todos potenciales brazos para producir. Ya tenían como propietarios, 80 cuadras y las pregonaban con orgullo. - ¡Si no fuera por mis muchachos, estaríamos comiéndonos las uñas! – decía el padre con agradecimiento. – Las chacras avanzaban, los latifundios retrocedían y cada día más familias poblaban la campaña y producían abundante riqueza para la Patria.
Eustaquio, el menor, tenía pasión por trabajar con la carreta. A los ocho años de edad, uncía los bueyes y durante el día, desde la madrugada hasta entrada la noche, acarreaba cosechas, herramientas, piedras para arreglar los caminos y los pasos de las cañadas. Cuando llegó a los 12 años, el se autodefinía como “carrero”.

Era algo más poderoso que otro instinto, era pasión y voluntad unida a la ilusión de un futuro con muchas carretas. El vecindario aún desde muy lejos, lo contrataba para transportar sus cosechas. En la zafra del trigo, mientras la trilladera recorría las numerosas chacras, su carreta estaba al servicio de cuanto transporte era necesario.
A veces una yunta pertiguera, dos o tres se la carga era pesada. Luego de la trilladora, casi dos meses de ir y venir desde las chacras hasta los molinos harineros. Las noches se fueron reduciendo tanto, que dormía sobre las bolsas, en las horas de espera de las filas de turno.

No era solo un carrero pasivo, hombreaba bolsas, manejaba la pala cuando cargaba y descargaba arena y piedras, levantaba cosechas de zapallos y boniatos, como peón y carrero a la vez. – Así son mayores las ganancias y se puede cobrar menos!! – decía con orgullo de empresario. El día que no “prendía” la carreta y no tenía la dicha de recorrer caminos y chacras con su ya inseparable compañera, sufría molesto e impaciente. -¿Si yo como todos los días, porque hay días para no trabajar? , repetía desaprobando algunas costumbres. Sus hermanos iban los domingos al boliche, a las pencas o alguna tabiada.

El no uncía sus bueyes a la carreta y arreglaba los caminos del vecindario, rellenándolos con piedras y arena. Regresaba a la noche, agotado pero feliz como un niño con sus juguetes y algunos pesos en su bolsillo. Los vecinos eran agradecidos.
“El Negro” Timoteo, era una especie de sirviente o esclavo de la estancia vecina. Trabajaba por la comida y algún trapo. Siempre estaba mal vestido y jamás tuvo en su bolsillo un peso. Era tan fuerte como infeliz y cuando se conocieron con Eustaquio comenzó a nacer una gran amistad entre ellos. El carrero le propuso un día mientras estaban pescando, que se viniera a trabajar con él. Le enseñaría el oficio de carrero y con sus ahorros le compraría la carreta a don Cipriano, que la tenía abandonada igual que a la chacra. Sus hijos se le habían ido para la capital. Un político les había conseguido trabajo en una fábrica. Así fue como en el pago, Eustaquio fundó la primer empresa de “Carretas”. Su afán y celo por esas dos moles de pesadas ruedas y armazón de madera dura, hacía que a cada poco tiempo, las llevara como quien lleva un auto al mecánico, a la herrería del “Meco” Quintana para revisarlas y ajustar algún desperfecto. Cuando los padres de Eustaquio se jubilaron, decidieron repartir sus tierras y otros modestos bienestares entre sus hijos. El aceptó sólo como herencia, la carreta con sus tres yuntas de bueyes. En la esquina de un potrero, junto al camino, construyó su rancho para vivir él y Timoteo y los dos galpones para sus carretas.

Con el progreso, los camiones invadieron las chacras, los tractores suplantaron a los bueyes y los transportes con las carretas, cada día se espaciaban más. Luego vino la emigración chacarera, de nuevo el latifundio, la miseria, el endeudamiento en moneda extranjera y la quiebra total en el uso de nuestros recursos naturales. ¿Para qué hornos de pan a leña, cocinas, crías de aves y otros animales? Si los transportes modernos, con un simple “bocinazo” , te traía hasta tu puerta, el kerosene y supergas importado, el pan de la ciudad , la fruta , las hortalizas y las verduras. Empezamos a importar maíz, trigo, girasol, papas, boniatos, zapallos, tomates, etc.

Otro tanto se hacía por contrabando. El mundo y la tecnología nos llenó hasta con los juguetes para nuestros niños, de un modelo y una cultura distinta, con violencia, sexo, drogas, intolerancias y apetitos materiales de riquezas rápidas y sin esfuerzos. Allí, entre los yuyales, entre los galpones que el tiempo hizo volar sus techos, descansan solitarias y derruidas dos viejas carretas y un empedernido carrero, de barba blanca y agobiado por la nostalgia, mate en mano junto a su deformado rancho, sueña con un pasado lleno de felicidad, trabajo y familias que se sostenían en los pilares del amor y la moral.

 

 

 

 

TOTI 
Dedicado a mi amigo “El Pocho” Brum
Por. Antonino Cabana

El concepto de fidelidad, amor y espíritu de sacrificio, después del nivel insuperable de Ansina como representante de los humanos, solo es posible encontrarlos en los perros. Especialmente hoy día donde el corazón se ha tornado dura roca y el pensamiento del disfrute personal, la ventajita, la saña, el robo y cuanto medio de corrupción se practica. Son las metas a que nos empuja, el resplandor de la ciencia con sus avances tecnológicos, la deformación del concepto de familia, la intolerancia y el egoísmo con todos sus matices. Cuando conocí la historia de servicios y abnegada responsabilidad de Toti, a través de uno de los inolvidables amigos que tengo la suerte de tener, que ya jubilado al igual que yo, se fue a vivir a Rocha junto a sus queridos recuerdos en los inolvidables ranchos paternos.
Conversábamos sobre los partidos de pelota en el frontón y los enfrentamientos casi a diario con otras entidades de Minas. Estábamos sentados sobre unos cajones, en el depósito y clasificación de huevos del sector avícola del Parque de Vacaciones para Funcionarios de Ute y Antel. Toti, un perrito bajito, de cuerpo grueso y corto, sin raza definida como hoy le gusta a la vanidad humana cuando se vanagloria de tener un “chicho” puro, aunque duerma por lo general en mantas de gamuza, tenga capita carmín , collar de fino cuero, con adornos de costoso metal, brille su pelo por el fino champú, coma churrasco de lomo a medio cocer, sea llevado periódicamente al veterinario, al peluquero y a pasear en automóvil para que en los árboles del parque, trate de recordar ancestros instintos y no deje de ser “perro” No!!
Que esperanza….Toti, era un perro vulgar, sin raza, que dormía sobre bolsas en un calentito rincón, que comía huesos y sobras, que no conocía peluquero, veterinario, perfumados y suavizantes champú, que vigilaba al igual que el más eficiente policía, que se ganaba la comida, el aprecio y la categoría de insobornable servidor de la empresa, ladrando cuando era necesario y cuidando el establecimiento, especialmente en la noche, cuando todos dormían, incluso las posibles víctimas, las aves. Ni el calor, el frío y las lluvias eran motivos para la ausencia de su eficaz vigilancia.
El día de la narración de esta hazaña que enorgullecía a su dueño “El Pocho” Brum , Toti dormía agotado y maltrecho por las cuarenta y ocho horas de un servicio que no le permitía comer, tomar agua y que le había agotado las fuerzas para seguir ladrando. Mi padre siempre nos decía que los perros son mas fieles y más compañeros del hombre cuando se les enseña al igual que a los niños, a ser responsables, trabajar por el pan de cada día y no caer en el vicio degradante de la pereza y la abúlica condición de parásito. Toti tenía en su haber, distinguidas y múltiples acciones en la foja de servicios. Recorría el predio de las instalaciones matando y ahuyentando comadrejas, intimidando mano-peladas y zorros, gatos montes y hasta algún zorrillo que por varios días, pese a los continuos baños en la cañada, lo mantuvo agresivamente perfumado.
El Pocho decía:  - Hace unas dos noches lo oí ladrar con insistencia. Era una noche muy fría de junio y no quise levantarme. Tenía ciega confianza en la eficacia de Toti. Fueron varias horas de oírlo y noté como que se alejaba y cada vez eran más leves sus ladridos. Luego me dormí, al amanecer, cuando me levanté no lo vi junto a la puerta donde infaltablemente me esperaba con unos cariñosos gemidos, moviendo su rabito a la espera de mi caricia y saludo. La verdad que nunca conocí a un perro tan servicial y amigo. Lo quería como a un hermano y lo respetaba por el derecho ganado de la fidelidad.
Lo llamé varias veces pero no apareció. En el patio blanqueaba la helada y el frío me hizo volver a la cocina para aprontar el mate. Una hora después y luego del desayuno, bien abrigado salí a recorrer y racionar. Tampoco Toti apareció en ningún lugar. Cuando tuve tiempo, cerca del mediodía, fui hasta su “echadero” , pero estaba vacío. Durante el día lo llamamos varias veces con mis compañeros de trabajo. Como al oscurecer tampoco había aparecido, comenzamos a revisar cuanto rincón y a recorrer los alrededores. Llegó la noche con su ausencia y las más inverosímiles suposiciones sobre los motivos causales. Como al día siguiente, se repite el misterio de la desaparición de Toti, apenas tenía un tiempito, me internaba en los montes, llamándolo a todo grito y buscándolo. También en la noche había helado y pese a un atardecer soleado y cálido, se avecinaba otra noche igual.
Urgía encontrarlo por lo que me fui alejando por el enmarañado monte, bordeando una cañadita con el trillo de las visitas y las caminatas que hacía Pedrito, hasta alejarme varias cuadras del establecimiento. Aún no se las causas que me impulsaron a seguir por la tupida maraña de la vegetación. Caminaba con dificultad, en silencio, preocupado mientras oscurecía rápidamente entre aquel tajo de cerros cubiertos de un bosque bajo y cerrado, alternado por álamos, plátanos y canelones que sobresalían varios metros por encima. De pronto vi apenas un bulto que se movía junto al tronco de un canelón. Lo llamé por el nombre de Toti y quedé asombrado al verlo avanzar llegar a mi y lamerme las manos, separarse rápidamente y volver a su puesto de guardia. Llegué a él y lo noté agotado y casi al borde de la resistencia. Como si me quisiera decir algo, gemía y miraba hacia la copa del alto canelón. En la altura había algo más de luz, permitiéndome ver a una agotada comadreja trepada a una rama inalcanzable para el perro. Era evidente por el pasto trillado y los arañazos en el tronco de que Toti la persiguió hasta allí y la vigiló sin pausas, esperando el momento que bajara.
Volví al establecimiento por ayuda y herramientas, mientras tozudamente Toti no abandonó su puesto de espera. Una hora más tarde, estábamos aquí en este depósito y este fiel y noble perrito que no titubié en besarlo, antes de comer, tomaba agua con avidez. Luego se echó a dormir pero no por el esfuerzo antes realizado, faltará esta noche a cumplir con sus eficaces rondas donde el oído, el olfato y el desarrollado instinto de una inigualable responsabilidad, hará que su presencia supere a la del hombre.

 

 

REPOBLAR EL CAMPO
Por. Antonino Cabana

En Uruguay aún no hemos aprendido que la riqueza más importante es nuestro maravilloso suelo. Nada iguala la calidad productiva de la tierra, casi en el 100 % ; las aguas más puras del universo; un clima y la periodicidad de lluvias ideales para una producción variada y abundante, cuyas posibilidades explotadas actualmente, se estiman en poco más del 30%. El resto de este prodigioso recurso es refugio de inversionistas o de apenas pequeños intentos ociosos de aprovechamiento. Las posibilidades nacionales de producir alimentos a granel de inmediato consumo humano, escapan a toda imaginación de nuestra sociedad y aún, en los últimos treinta años, del respeto, apoyo y conocimiento de los poderes gobernantes.

Ha sido este peregrinaje político una inacabable secuela de abandono para nuestros recursos genuinos y una apología protectora de todo lo extranjero. El éxodo del Campo a partir del año 1960, ha significado para nuestra riqueza, un desbarrancamiento progresivo y acelerado. Prueba de ello son los guarismos comparativos de este negligente y penoso suceso. Desde el año 1860 al 1960 vivió nuestro campo, las chacras, las granjas, la diversidad de la explotación agropecuaria y la aparición de diversas industrias como las de conservas, harineras, fideeras, frigoríficas y varias de apoyo como las fabricantes de insumos, herramientas, envases, muebles, etc. , que complementaban a casi un 30% de la población rural.

Desde el año 1960, la desidia y desconocimiento de los poderes, los intereses materialistas de los malos uruguayos y los “genios” de las importaciones, sedujeron a los campesinos con prédicas de maravillas que desde los países industriales llegaban devorándonos cuanta riqueza había logrado esta “Suiza de América” , empobrecimiento al pequeño productor y empujándolo al limbo de las ciudades, para mendigar, criar hijos resentidos, cuyas esperanzas eran la violencia y la corrupción.

Actualmente , de ese 30% de los uruguayos que componían con sus familias, un estamento positivamente productivo, solo sobrevive un 4%. Cayó verticalmente aquella producción  que generaba cada familia rural, abundante en todos los rubros necesarios y de freno para los agiotistas y especuladores. Entonces nuestros mercados se saturaron de productos extranjeros importados, aún de países imposibles como papas de Polonia, hortalizas que con solo tirar una semilla en nuestro suelo, crecían y fructificaban; provenientes de Brasil, Argentina, China, etc.

Junto con este caos económico, amparado en los costos progresivamente elevados, nació el voraz contrabando desde cuanto rincón existía, amparado por la venalidad de aduaneros corruptos, la indiferencia de los gobiernos y el apoyo ciudadano. Creció el desempleo, se fueron olvidando las técnicas, las costumbres y los hábitos de producir, nos fuimos endeudando con préstamos cada día más onerosos y atentatorios para nuestra soberanía, se fueron cerrando nuestras fábricas, nació un consumismo sin freno y despiadado y un costumbrismo cómplice y antipatriótico por todo lo extranjero.

Como si fuera poco ese afán por devorar nuestras reservas y las divisas que cada día más pocos generaban, nos invadieron “milagrosos” productos químicos con grifas de insustituibles, capaces de los éxitos jamás conocidos, como pesticidas, fertilizantes y hasta tierra de otros países que muy promocionadas se exhibían en algunos comercios. Solo conseguimos otro daño más  a nuestro suelo, destruyendo los agentes naturales sostenedores de la biodiversidad sustentable y renovadora sin traumas biológicos. Las posibilidades de nuestros recursos agropecuarios, jamás tuvieron la protección ni la evaluación  social del afincamiento, solidez familiar, escuela del conocimiento heredado y de los aprovechamientos de los sub-productos y la economía de un recurso genuinamente nacional.

Tampoco hubo una visión de paz y justicia, ya que las consecuencias actuales, nos muestran una fábrica creciente de inadaptados, cuyas actividades nos horrorizan por la falta de respeto y piedad , al extremo de que muchas familias, para defenderse permanecen encerrados en sus hogares que se han transformado en cárceles. Los costos para controlarlos, insumen al erario público, cifras varias veces superiores a las que hubieran correspondido para evitar el éxodo del campo, promoverlo y estimularlo. También vemos con asombro, aunque tampoco es un hecho aislado a esa política de visión a las utopías extranjeras, que siendo nuestro suelo, el más valioso y preciado recurso, solo haya en todo el país, tres escuelas agrarias, dos de lechería y una agropecuaria.

Hace años que deberían existir una o más por departamento, o de lo contrario, aprovechando los salones de las escuelas de primaria en horas nocturnas; dictar allí cursos sobre producción  y cuidado de la tierra. Eso es urgente antes que desaparezcan los pocos uruguayos cuyas ricas experiencias se deberían aprovechar. También nos asombran las prédicas y el consecuente afán de gobernantes y algunos organismos por importar miles de computadoras y llenar todo el país de ellas para que nuestros hijos se parezcan a los de esos países que nos las venden. El afán se extiende, se apoya y se subvenciona sin retaceos para que el niño, apenes deje la teta, aprenda computación.
No está mal, pero como un complemento de los muchos otros conocimientos muy necesarios. No sea cosa que nuestra juventud, en forma masiva , mida su futuro en las computadoras.

Luego muchos especializados tendrán una oportunidad más para eludir a través de ellas, todo control de esa interminable inmundicia deformante que el progreso nos vende en pornografías, drogas, juegos violentos, un derecho mal aconsejado y una forma de vivir sin esfuerzo y sacrificio. De lo que estoy seguro, es que luego no corregiremos esas crisis donde hay más culpables de los que señalan, con arengas políticas, sesudos discursos, apologías de partidos y hombres, resentimientos de ayer y de hoy que queremos vengar, sin comenzar ya a buscar todos los medios sanos para que de una vez por todas, encontremos el camino perdido, nos hermanemos todos los uruguayos y la tolerancia  y la amistad se practique como único recurso para la paz , el pensamiento libre y el derecho nacional.

 

 

 

LOS CHANCHOS RABONES
Por. Antonino Cabana

¿Qué les pasa a tus cerdos, Alejandro? Todos los años te compro veinte y treinta chanchos y hoy es la tercera vez que todos…toditos están rabones. ¿Acaso crías una raza especial?  Tú sabes muy bien lo difícil que es lidiar a estos animales gordos si no tienen cola. Y aún es peor con este barro. Parece que estuvieran enjabonados. ¿Dime Alejandro, pero de donde los agarras para pesarlos y cargarlos al camión? Alejandro el dueño de la piara medita perplejo. La verdad es que no encuentro explicación. Cuando los traemos al chiquero de engorde todos vienen con cola. Luego no se porqué se les desaparece. Cuando le comenté a un vecino lo que les pasaba, me dijo que muchas veces los chanchos se comen la cola unos a los otros! ¡No digas pavadas Alejandro! Yo le compro a todo el vecindario hace más de veinte años y solo los tuyos son rabones!  El diálogo de Juan García y Alejandro era escuchado en silencio por dos muchachotes, hijos del dueño de casa, dispuestos para ayudar. Juan era el comprador de Don Gil Prando, un conocido y honesto acopiador de granos y cerdos. En estas transacciones jamás existían inconvenientes económicos. Se pagaban los precios establecidos por el mercado, infaltables en las páginas del Diario “El Día”. Este experto comprador era un fanático fumador de pipa. Nunca se la quitaba de la boca, manteniéndola del lado izquierdo de los labios. El tiempo hizo que ese lado se le quedara torcido. Los muchachos en cuestión, cuando lo veían venir gritaban: ¡Papá allá viene Juan García, el de la boca “torcía” !
Los cerdos gordos eran animales muy pesados y difíciles de lidiar para pesarlos y cargarlos en el camión. Había que sujetarlos entre dos o tres personas fuertes, asiéndolos por la cola y las orejas. Luego se les pasaba una coyunda por el vientre y entre las patas, anudadas diestramente unos veinte centímetros sobre el lomo, formando un ojal para enganchar el mecanismo de la balanza con un largo brazo estriado y pesas. Una palanca improvisada de madera levantaba al cerdo del suelo. Cada vez que se procuraba pesar un animal las protestas airadas de Juan García se reanudaban y esas palabrotas surgían de su boca aferrada siempre a la pipa. Muchas veces era derribado entre el barro del chiquero. Los dos muchachos descalzos y cubiertos de esa suciedad reían disimuladamente cuando oían vociferar al comprador. De vez en cuando una mirada de complicidad los unía en el misterio de los chanchos rabones. Cansado de no encontrar explicaciones en las respuestas de Ajendro, Juan García arremetía contra los muchachos: ¡Ustedes dos, no se queden mudos como bobos! Supongo que saben porqué esos animales se vuelven rabones. Ellos lo miraban, sonreían levemente meneando negativamente la cabeza. Luego le daban la espalda y simulando hacer algo se miraban de reojo y reían. Terminada las tareas, Juan García se alejaba raudamente por el angosto camino polvoriento en el ruidoso camión con su carga viviente de chanchos rabones. El padre regresaba feliz con sus dos hijos, comentando la importante ganancia con la venta de los cerdos gordos. Se criaban mas de sesenta cerdos por año, con la limpieza de malezas de los cultivos, los cereales de mala calidad, los desperdicios de la cocina, como càscaras, el suero de los quesos, frutas hortalizas sobrantes. Luego, un mes de riguroso engorde a maíz , trigo y cebada y cada cerdo se aproximaba a los 200 kilos. Tampoco faltó el comentario del padre sobre la misteriosa desaparición de la colo de los cerdos. Un profesor de filosofía aseguraba que en la mente quedaban grabados los recuerdos, especialmente los de la infancia. Esa es la razón por la cual aparecen etapas de la vida en los primeros años, con más nitidez que las secuencias en la madurez. Pasado mucho tiempo, de pronto, el recuerdo de los chanchos rabones, suceso acaecido por los años 1940 a 1945, brota al igual que un manantial en una cachimba. Esos acontecimientos infaltables en aquella época, propios de los muchachos de tierra adentro, no carecen de cierta crueldad. Eran sindicados como arteros, término que pretendía ilustrar travesuras en general. En los meses de verano, antes de las cosechas de estación, los padres agotados por las largas jornadas de trabajo , después del almuerzo, acostumbraban una hora o tal vez dos, para hacer una siesta. Los humildes ranchos de terrón y barro con gruesos techos de paja, eran excelentes aislantes tanto en los fríos del invierno, como en los tórridos calores del verano. A la muchachada sana, robusta y pletórica de energía, no les gustaba sestear. Se les permitía quedarse levantados con sus juegos y algún entretenimiento, severamente advertidos para no perturbar la siesta de los que lo hacían. Entonces se alejaban de los ranchos, hasta la sombra de algún árbol o en los montes. Allí se entretenían dando rienda suelta al ingenio y la habilidad, construyendo juguetes con latas, madera, cartón, barro , y cuanto material consideraban útil. La arcilla de las cañadas, era muy preciada para hacer bolitas y diversas esculturas, las que cuidadosamente secaban a la sombra y luego las quemaban. Otros de sus entretenimientos era la pesca de mojarras, dientudos y castañetas, con anzuelos hechos de alfileres y alambre, perfeccionados cada vez mejor. Esas actividades no estaban comprendidas entre las denominadas como arterias. Las últimas eran prohibidas y sus autores las ocultaban con códigos secretos, muy difícil de violar, especialmente entre hermanos y vecinos del pago (comarca). Los chanchos rabones fueron comentarios por muchos años, por lo misterioso y localizado en un solo lugar, entre numerosos criadores del vecindario. El suceso y sus consecuencias nacen de una de esas horas de ocio, juguetes caseros, bolitas y esculturas en las horas de siesta de los mayores. A un hijo de Alejandro se le ocurrió hacer apuestas con bolitas, entre ellos, utilizando a dos cerdos por vez, como contendores. El plan era ir al chiquero de engorde, alejado como dos cuadras de los ranchos, unir con alambre de quinchar por las colas, a dos cerdos, supuestamente similares de tamaño. Mientras se hacían las apuestas, se sujetaban a los animales, dispuestos en distintas direcciones. Luego se les hacía avanzar y en la puja, los animales unidos, luchaban titánicamente por separarse, entre esfuerzos y gruñidos, al final, uno resultaba ser el ganador, pero el alambre que les ligaba las colas, se ajustaba de tal manera que era imposible desatarlos. Al final, se rompía con el desesperado forcejeo ; ligando las colas, hundido entre el pelaje y la piel quedaban los dos anillos que poco después, terminaban por cortarla.
Pasaron los años y cuando los arteros hijos de Alejandro y Juana se hicieron hombres, en esas intimidades propias de las familias unidas por lazos de sangre, amor y culturas, develaron el misterio de los chanchos rabones, primero sonrieron , pero fieles a la sabiduría de los comportamientos, casi a coro respondieron: ¡Debería de darles vergüenza tanta maldad!.

 

 

 

EL SOBORNO


La mano tímida del niño, cautelosamente se acerca a la cabeza de un hermoso perro.

El animal permanece inmutable y silencioso, instintivamente seguro de la caricia inocente y pura del visitante. La madre que permanecía distraída mirando los cuadros de la pared en la sala de espera, advierte el intento de su hijo y le grita:

-¡cuidado Jorge, no lo toques que te puede morder!

- El perro parece una estatua erguida en el pulcro y brillante piso de cerámica encerada.


El soldado uniformado, también como un estatua, está sentado al extremo del largo asiento donde también está la mujer y el niño. A la derecha, la gran puerta de la oficina del Director de Ute, observada a cada instante por los visitantes, a la espera que aparezca el secretario llamándolos por su nombre. De nuevo la mirada paciente de la mujer, observando paredes, las luces del techo, las columnas revestidas de lustrosa madera y el piso bastante gastado en algunos lugares. De nuevo la mano del niño que avanza algo temblorosa hasta la cabeza del perro.


De nuevo el grito de la madre:


-¡Hijo! , ya te dije que no lo toques…, te puede morder!! , la repetición de la misma escena, el perro y el soldado que no miran, se mueven, ni parecen respirar. La señora por un largo minuto observa la quietud del militar y el animal que parecen ignorar todo a su alrededor.


Entonces se atreve a preguntar :

-¿Señor, el perro muerde?

La rigidez de la cara del soldado no cambia cuando contesta:

-Este perro no muerde sin una orden!

-La mujer se tranquiliza y autoriza al niño para que acaricie al animal.

Media hora después, el pequeño confiado totalmente, juega con el hermoso can, abrazándolo, colgándose del cuello, acariciando su cabeza, las orejas, el hocico y tironeándolo por el grueso collar donde pende una chapa de bronce identificándolo. El perro no muestra contrariedad ni complacencia, sometiéndose pacíficamente a las caricias y sin variar su estática postura.

Ya pasado los temores, la madre se acerca con un paquete de galletitas, le da algunas a su hijo y luego le acerca a la boca del perro, otras más. El perro ni las olfatea siquiera por lo que se las coloca en el suelo. Tampoco el animal acepta el obsequio. El niño intenta también la misma invitación, pero todo resulta inútil para la aceptación del presente. Ante esa inusual situación, la mujer le pregunta al soldado:

-¿Al perro no le gustan las galletitas? – El militar contesta: - Al perro le gustan todas las comidas pero jamás acepta una sin una orden mía. Puede estar desesperado de hambre y sed y hasta se puede morir si no se le ordena como o beber!

-La mujer admirada exclama: -¡Increíble! …es como un ser humano!!

El soldado responde: ¡No señora, es diferente a los humanos. No acepta jamás un soborno!!


A MI PADRE

Mi padre era un chacarero rústico, que hablaba poco y trabajaba mucho. Por eso, sus manos ásperas y con duros callos de tantas manceras y tantas siembras, siempre tenían partículas de esa tierra que amaba como a su familia. No sabía escribir ni leer y como muchos de su época, la firma de algún documento lo hacía con el dedo. Pero nosotros lo amábamos, lo respetábamos y creíamos todo en él. También admirábamos ese tesón de hormiga para producir, protegernos y darnos los mejores ejemplos. Sus consejos eran verdad absoluta y recuerdo entre los muchos vividos y también inolvidables dos de ellos que nos dicen cuanta abnegación, responsabilidad y conocimientos había acumulado en su contacto con la naturaleza. Uno de esos recuerdos y que siempre lo menciono, es aquel que cuando llovía y teníamos que ir a racionar a los animales nos decía :

  • ¡ Uds. No son ni de sal , ni de azúcar (refiriéndose a que si nos mojábamos, no nos derretíamos)

  • El otro estaba referido a la consistencia y olor de la tierra donde se iba a sembrar. Tomaba un puñado, lo comprimía, luego lo deshacía con un dedo y olía ese puñado. Entonces decía:

¡Está en condiciones para sembrarla o aquí todavía no es conveniente!

En cierta oportunidad le pregunté al ingeniero agrónomo Ignacio Larrea, sobre esa actitud y me dijo: ¡¡ Sí, para un hombre con mucha experiencia y conocedor del suelo, esa es la forma., si la tierra se deshace con el dedo y tiene su humus, las transformaciones necesarias, el olor es característico del estado ideal o no para la siembra!! Para finalizar, un ejemplo de esa escuela de la humildad, la fe cristiana que hace su apego incondicional a la tierra. Un día nos dijo que el hombre bueno , no teme vivir ni teme morir. El ejemplo narrado probablemente enseñado por sus padres es el siguiente: -Un día un agricultor contemplaba con alegría un hermoso sembradío cuando llegó hasta él, un hombre joven humildemente vestido y descalzo. El forastero le dijo : - Mañana es mi cumpleaños, ¿qué me puedes dar?

El agricultor le dijo: -de todo lo que tengo en mi granja, puedes llevarte lo que quieras.

-Quiero que me des algo más.

-Te doy mi afecto, mi amistad y mis conocimientos.

-¿No puedes darme algo más?

-Te doy mi carreta, el arado, los bueyes y mi casa.

-¿Pero acaso no tienes algo más para darme como ser tu vida?

-La vida que tengo no me pertenece, es de mi Dios y por eso no te la puedo dar.

-¿Qué me dices de tus pecados, acaso no los tienes?

-Sí, los tengo pero no quiero darte algo tan desagradable!

Entonces el forastero puso su mano sobre su cabeza y le dijo: - Solo quiero tus pecados así los puedo redimir. Luego mientras se alejaba le gritó: Soy Jusús Cristo y no solo pido, también doy. Cuando nosotros éramos chicos, muchas veces mirábamos al cielo con la esperanza de que Jesús se nos apareciera.


VENTANA DE LOS RECUERDOS

La luna llena, en la mitad del aparente arco espacial, entre el cenit y el horizonte occidental, alumbraba casi nítidamente el camino por entre las chacras, que a paso ligero recorrían los dos jovencitos hermanos. Casi no hablaban, como si reservaran las energías para llegar pronto al trabajo. Tenían diez y doce años de edad, eran robustos y fuertes, aclimatados al medio y con la experiencia necesaria, fruto de la disciplina y enseñanza de sus padres. Todo se hacía con amor, responsabilidad y una vigilancia llena de reconocimientos y estímulos. Ya a esa edad, parecían jóvenes mayores, aparentando el menor, el mismo desarrollo corporal del mayor, por lo que en el medio, donde cumplían varias tareas de apoyo vecinal, los llamaban “Los mellizos”. La luna en menguante, a dos días en esa fase, en un cielo sin nubes de fines de febrero, parecía pronosticar un día caluroso. La distancia de una legua y media al lugar del trabajo contratado, era lo más común. La brisa suave a esa hora de las cero-tres de la noche, acariciaba con su frescura, los dos rostros juveniles – recordaban - . En el día anterior, apareció montado a caballo en los ranchos de la familia de los dos jovencitos, su vecino Don Ángel Olascoaga. Después del alborotado recibimiento de los perros, calmados por la autoritaria voz del dueño de casa, el saludo cordial y acostumbrado entre los vecinos. La voz algo apagada por la cruel enfermedad padecida por Don Ángel, la excusa y el motivo. ¡Usted discúlpeme Don Alejandro que no me baje del caballo. Si lo hago, no puedo montarlo de nuevo sin ayuda! Esta enfermedad me está matando. Pero el motivo de mi visita, es para contratar alguno de sus hijos para que me corten un pedazo de maíz que hace días está muy seco. Son unas dos cuadras, enchocló muy bien y sus hijos tienen fama entre el vecindario, de la eficacia y prolijidad con que hacen los trabajos!.- ¡Está bien cuanto les falta, pero allí son como doce cuadras. Están desde hace cuatro días metiéndole desde la madrugada a la noche y es muy difícil que en ese bajo de muy buen maíz, puedan cortar más de una cuadra cada uno por día! Minutos después, Don Ángel conversaba con los dos hermanos. No solo fue un pedido sino que lo acompañaba un ruego. Los dos jovencitos, conmovidos por la urgencia de cosechar esa siembra que no resistía más en la tierra, considerando que lo que les faltaba en la chacra de Don Quintero podía esperar unos días más, convinieron para ir a cosecharle esas dos cuadras, al día siguiente. La luna aún a una hora para desaparecer por el oeste, seguía alumbrando el paisaje rural. Los dos hermanos, el “toto” el mayor y el “lolo” el menor, sin decir una palabra, desprendieron sus respectivas, hoces de la cintura y encorvándose lo necesario, comenzaron la corta del maíz, a una prolijada y uniforme altura. El siseo de las bruñidas hoces y el ruido repetido y monótono de los fustes resecos, fueron durante unas tres horas sin pausas, la única alteración en el silencio de la noche. La luna había desaparecido y las estrellas se habían diluido casi en el espacio celeste, dándole lugar a la luminosidad del día. A la salida del sol, se detuvieron, enderezaron lentamente sus cuerpos y bebieron agua de una botella que habían llevado. Casi de inmediato, reiniciaron la corta de maíz. Avanzaban en luchas de seis surcos, para evitar desplazamientos y rendir más. Al retorno de una de sus idas y venidas, se encontraron con Don Ángel que los estaba esperando. Después del cordial “buenos días”, el asombro del propietario: - ¿Pero…, cómo han cortado tanto? - ¡Es que vinimos temprano Don Ángel! - ¡Si …, pero así y todo, casi han cortado la mitad del maizal! - continuó – ustedes que son buenos conocedores …, será buena la cosecha…., habrán unos cuatro mil kilos? - Los zafreros miran detenidamente el sembradío, como buscando la respuesta. Sonríen pensando que Don Ángel les está haciendo una broma. Éste insiste: - ¡Enserio muchachos, la verdad que aprendí muchas cosas en la vida pero nunca fui un gran plantador de maíz! Apenas unos surcos con el peón, para choclos y granos para el caballo y las gallinas. La mayoría de las veces, tuve que comprárselo a los agricultores. Nunca había sembrado tanto como ese que están cortando. Los dos jóvenes, ya mas tranquilos, opinan: ¡En este bajo, la tierra es buena y las plantas de maíz, casi todas tienen dos choclos bien granados. Por lo menos, hay de seis a siete mil kilos! ¡Tanto! Si, Don Ángel, su maíz es muy bueno! ¡Está bien muchachos; muchas gracias pero ahora quiero saber que le traemos para el desayuno! Nosotros trajimos pan y salchichón, pero un poco de leche si tienen, no nos vendría mal. Sí hay leche! ¿La quieren con cocoa, café o té? - ¡No Don Ángel, la leche nos gusta sola y si es cruda mejor. En nuestra casa la preparamos con gofio, boniatos cocidos o polenta! - ¡Con razón son tan fuertes! Mi familia solo toma la leche con cocoa o té. ¡Bueno, la culpa es mía porque los acostumbraré así. Para mediodía, poco más de las bien Don Ángel, para nosotros no hay comida fea. Todas nos gustan con o sin carne! – Para mediodía, poco más de las bien Don Ángel, para nosotros no hay comida fea. Todas nos gustan con o sin carne! Para el mediodía, ya estaban cortadas las dos cuadras. Después del almuerzo y un pequeño descanso en el monte de sauces, los emparvarían. Cuando los dos jovencitos zafreros estaban saboreando un rico flan con dulce de leche, postre casi desconocido por ellos, Don Ángel se le acercó: -¿Si ustedes no tienen algún otro compromiso urgente, les pido que se queden otro día más y el maíz que cortaron, lo emparven cerca de las casas? – Claro que les pagaré lo que pidan! ¡Está bien Don Ángel , ya está tarde empezamos a “cincharlo” ! ¿Tiene rastrón y bueyes? ¡Si, el peón hizo una rastra y los bueyes, solo una yunta, están en el potrero! – Cumplido el almuerzo y después del pequeño descanso en el monte, el “toto” y el “lolo” prepararon el equipo para la “cincha del maíz” (se le llama así al traslado del maíz segado desde la chacra al lugar donde se emparva) Al poco de empezar el acarreo, tuvieron que suspenderlo. El rastrón tenía las patas muy juntas y se volcaba. Después de un par de horas para acondicionarlo, continuaron la “cincha” y el emparvado. Ya en la cena junto al dueño de casa, se inició una charla amena y muy cordial. Los muchachos contaban sus aventuras y Don Ángel aludía a lo porfiado que son los vascos. El era vasco y decía que en el mundo, a porfiados nadie los iguala. Para ilustrar esa condición, narró dos supuestas anécdotas : Decía que un vasco había concurrido a la casa de un vecino y amigo para ayudar en la desgrana de maíz como era costumbre. Al terminar la jornada del día, cada vecino se despidió con un “hasta mañana si Dios quiere” . El vasco solo dijo “hasta mañana”. La dueña de casa que era muy católica, lo corrigió : ¡Será si Dios quiere! . El creador que lo escuchó, los castigó transformándolo en sapo. Desde ese día, pasaron meses sin que nadie supiera de él. Dios lo quería castigar por un tiempo breve pero se olvidó que lo había dejado en el bañado. Cuando se acordó de él, de apuro lo volvió gente. Poco tiempo después apareció en el pago , pero no dijo nada del castigo. De nuevo al despedirse, dijo solamente hasta mañana. Cuando lo volvieron a corregir para que agregara “si Dios quiere”, tozudamente contestó : “¡Es hasta mañana, quiera Dios o no!...

GARRA CHARRÚA A VERSUS VIVEZA FORANEA

Don Gumersindo Saravia, era un productor rural, mezcla de chacarero, granjero y ganadero. Su inteligencia lo fue llevando a través de todas las modalidades productivas que por los años 1920 al 1960, se explotaban en las tierras uruguayas. No atado a determinadas tareas, entendía que combinadas entre sí, eran el mejor camino al progreso y la riqueza. Incansable luchador, fanático del orden , la modestia y las sabias inversiones para cada pesito que agenciaba, trató siempre de invertirlos, comprando más campos. Cada vez que nacía un hijo varón, sentenciaba : ¡ Ahora necesito 60 cuadras más. Esa fue la cantidad que heredé y quiero lo mismo para que ellos puedan formar sus familias, sin apremios económicos y con una fuente de recursos! . Las partes más altas de las tierras que compraba, eran para el ganado de vacunos y ovejas. Los valles, para producir granos, frutas y hortalizas. Paralelamente y para aprovechar mejor esa producción, la cría de cerdos, aves y huevos. Ese aprovechamiento integral de los excedentes, anualmente se transformaban en muy buenos pesos. Había aprendido mucho de sus abuelos españoles, continuados por sus padres y ahora, por un deseo interior de conocer más y mejor, las maravillosas virtudes de la tierra. Cuando araba un campo o un rastrojo, toda la vegetación superficial debía ser sepultada y luego esperar el tiempo necesario para que se transformar en riqueza orgánica, mullido colchón del suelo y esponja absorbente de las lluvias. Solo así, las siembras no sufrían los fríos de estación porque esa combustión orgánica, liberaba calor. Tampoco las sequías ya que las galerías formadas por los recicladores, le permitiría al suelo con más profundidad, conservar el agua de las ocasionales lluvias. También las capas de aire mezcladas con la tierra suelta, evitaban mayores evaporaciones. Decía Ufano : - ¡En la tierra hay un mundo de seres que no los puedo ver y muchos insectos y lombrices que veo, que día y noche, sin descanso trabajaban para mí! Solo tengo que alimentarlas con las hierbas , hojas y todo lo que queda después de cada cosecha. Don Gumersindo era igual para todo tipo de negocios. Honesto, perseverante, cauteloso y seguro. Jamás compraba algo que no conocía. Decía : - ¡ No obligo a nadie, tampoco voy contra mi bolsillo! - como buen productor ,vendedor y comprador , le gustaba conservar los mismos clientes o frecuentar los mismos comercios. Se había hecho un cliente fuerte de la tienda de un inmigrante llamado “Isaías”. Su familia numerosa , siempre estaba necesitando bienes de esa gran tienda bien surtida. El tendero hablaba en Español con verbos a destiempo, limitado y sintetizado. Pero como buen comerciante, sabía hacerse en tender y captar hasta los clientes más difíciles. Tenía viveza foránea, parecida a la criolla pero más eficaz. Cuando se conocieron con Don Gumersindo , fue el enfrentamiento hipotético de la garra charrúa con la viveza comercial de esos consuetudinarios pioneros, con olfato especial para los clientes cumplidores y honestos. En negocios distintos pero con procederes similares. Tal vez el tendero Isaías exageraba un tanto a favor de mucha mercadería con tentadora apariencia pero no tan leal como se le promocionaba. Casi no existía industria nacional, por lo que los abastecimientos de ropas, bienes para el hogar, herramientas. Etc. Llegaban a diario de una Europa necesitada de la producción nacional. Cuando la esposa de Don Gumersindo había apartado lo que creía necesario aparecía el tendero cargado de otras que promocionaba sus virtudes. Además , con su Español limitado y preciso , agregaba : ¡Lleve Doña Sofía…, lleve y “pagar” cuando pueda! No haber apuro…, no recargos, usted tener crédito sin límites! - Don Gumersindo intervenía : - ¡Ya es suficiente!

Hágame la cuenta para saber cuánto tengo que pagar! Además mucha ropa que le hemos comprado, encoge con el primer lavado. No le reclamamos porque como la familia es grande, la ropa le sigue sirviendo a los mas chicos! Isaías no perdía su aplomo y menos el olfato comercial traducido en gestos desinteresados y amistosos. ¡Le creo Don Gumersindo, hoy venir ropa buena, mala y regular. Yo hacer descuentos para usted. Saber que es un luchador , trabajar duro y ser honesto y cumplidor! Yo hacer descuentos, no importa no ganar! – así siguieron las cosas y las ropas encogían cuando se mojaban. Pero un día , Martín el hijo mayor de Don Gumersindo y Patricia la hija de un estanciero vecino, se enamoraron con esa pasión que no sabe de barreras sociales. Conocido el romance, los dos matrimonios decidieron que Martín iniciara los cortejos domingueros acostumbrados . Doña Sofía, Don Gumersindo y toda su familia, no tenían palabras para expresar el beneplácito que los distinguía en todo el pago. Consecuente con la jerarquía del evento, Don Gumersindo decidió comprar el mejor caballo, aperos y ropas de buena calidad para su hijo. Por esa razón, llevando a Martín, concurrió temprano a la tienda. No solo compraría de lo mejor para vestirlo sino que hablaría con Isaías para que le garantizara la calidad deseada. Después de casi una hora de recomendaciones, exigencias y promesas, el tendero llevó a Martín a una habitación dónde lo visitó como a un príncipe. Traje azul oscuro con chaleco, camisa de seda, corbata al tono, sombrero a la moda, zapatos de calidad y un pañuelito con tres puntas. Afuera en el bolsillo superior del saco. Dirigiéndose a Don Gumersindo, Isaías sentenció : - ¡ Todo es de calidad, yo garantir no encoger. Ser más caro pero buena tela. El pañuelito y la corbata, ser regalo de la casa! Su hijo ser buen mozo, enloquecer a la novia! Casi un mes después, al regreso de una visita dominguera, una lluvia empapó a Martín. El pantalón y el saco ya no se pudieron abotonar y el pantalón, encogió por encima de los tobillos. Don Gumersindo, irritado y furioso y a los tirones con su hijo, se bajó del ómnibus en la plaza, a una cuadra de la tienda. Iba vestido con ese traje garantido, caro y seguro de no encoger. Isaías que disfrutaba feliz de un hermoso sol en la puerta de la tienda, los vio venir apurados y agresivos. Entonces avanzó a su encuentro y abriendo los brazos a pocos metros, casi gritó : - ¡Pero amigo Gumersindo, que alegría verlos! Miró a Martín y agregó : ¡Pero…, pero como ha crecido tu hijo!


DE LA GLORIA AL INFIERNO

Por. Antonino Cabana

 

De las miles de especies animales que pueblan la tierra, los humanos somos los únicos que fabricamos letales e incontrolables polvorines y nos sentamos sobre ellos. Somos los únicos que con plena conciencia, consumimos drogas sin ninguna razón biológica. Los únicos que violan, asesinan por placer, odian y actúan por venganza. También somos los únicos que no aportamos beneficio alguno para las transformaciones, sustentabilidad renovable y estabilidad físico-química del planeta. No obstante, la soberbia, la pedantería y el egoísmo, nos hace creer que somos una especie superior, los únicos con inteligencia y que toda la contaminación que logramos , es progreso. Veamos pues, uno de los millones de ejemplos negativos, protagonizados repetidamente. La secuela de daños destructivos que deja a su paso, no solo avanza y se multiplica, transformando a las sociedades altamente vulnerables, en especial a niños, jóvenes y a los más débiles, en la inseguridad, peleles y suicidas. Mi hermano Juan, tenía a su disposición, una cabaña en Punta del Diablo. Era la generosa atención de un amigo, para que periódicamente se alejara de su empresa y pudiera descansar. En una oportunidad, concurrí por una semana, en especial, para pintar los hermosos paisajes costeros. Junto a esa cabaña, estaban los dueños en otra. Al fondo del terreno había una casa rodante, habitada por un joven de unos treinta años de edad. Desde el primer día nos llamó la atención verlo sentado afuera, fumando un cigarro tras otro. Cuando nos encontramos con los dueños, un matrimonio bastante joven, le preguntamos por ese joven. Mi asombro no tuvo límites cuando me dijeron que ese fumador compulsivo, era su hijo. Narraron una historia muy triste sobre ese muchacho, que de la gloria cayó en el infierno. Una casi mortal dosis de drogas, le destruyó parte del cerebro. Pudieron tratamientos mediantes, alejarlo de esos letales venenos, pero la recuperación de su mente para una medianamente normal, les fue imposible. Lo llevaron a escuelas de arte, gimnasios, centros profesionales de recuperación, pero todo fue inútil. La ansiedad y desesperación que le quedó como secuela, solo la calmaba fumando cigarros , tras cigarros de tabaco. Había aprendido algo en el taller de pinturas, usando tres colores; blanco, negro y ocre, pintaba siempre el mismo ranchito. Las razones no tenían explicación. Eran paredes grises oscuras, aberturas negras, techo de paja desordenada sobre un suelo ocre. Al día siguiente, lo visité cuando se encontraba fumando fuera de la casa rodante. A su costado, en el suelo, un paquete de tabaco y un librillo de papel. También un recipiente para los puchos. La razón de vivir allí, fuera del hogar de los padres, era para evitarles que sufrieran el humo del tabaco. La madre lo visitaba varias veces en el día. No obstante, él iba al hogar de sus padres para desayunar, almorzar y cenar. No podía imaginar cómo recibiría mi visita. Me sorprendió porque me ofreció asiento, en forma amable y con una sonrisa, mientras escondía con la mano izquierda, tras de sí, el cigarro. Me presenté como el hermano de Juan, quien en cada visita, siempre le traía algún presente. Le dije que pensaba pintar y hacer algunos dibujos en la costa en la playa. Me mostró sus ranchitos pintados, hablándome del maestro que lo enseñó. Estaban realizados sobre un cartón sin preparar, usando solo tres colores, el blanco y negro y el ocre. Nos sentamos a conversar, mientras me pedía disculpas por su adicción al tabaco. Fumaba más de un paquete por día. Mientras charlábamos, traté de no herirlo con sus tristes recuerdos, pero con la esperanza de oírlo sobre la razón que lo llevó a ese deplorable estado. Nuestra comunicación fue abriendo brechas, tabúes y miedos al ridículo. También fue un disimulado tema, los errores que cometemos y nos transforman en peleles subordinados a ese infierno que no prevemos. Fue un breve sondeo propio de un encuentro de personas casi sin vinculación alguna. Lo invité para ir juntos a las costas de la playa distante unas ocho cuadras. Aceptó con alegría, por lo que convenimos pintar en el puerto de los botes y dibujar algún otro motivo. Me confesó que él no podía abandonar su domicilio más allá de una cuadra porque se perdía y no sabía cómo regresar. Según los doctores tratantes, el flagelo de las drogas le había destruido las neuronas de la orientación. También olvidaba rápidamente lo conversado, las visitas y toda recomendación. Era como si el veneno letal de la drogadicción, destruyera el razonamiento para que no se interpusiera en su acción desbastadora. Fuimos por la mañana temprano a la playa y mi invitado, parecía un niño entusiasmado por todo lo que veía, apreciando la belleza del mar con sus olas, la arena, los botes y toda la gente que visitaba la costa. Decía que nunca había estado allí porque de hacerlo, no sabría como volver. Regresamos al medio día y después del almuerzo y una siesta, ya de tardecita, empezamos a pintar. Le enseñé el manejo de otros colores y su entusiasmo, lo alejó por más de dos horas del fatídico tabaco. Comenzamos a evaluar esos períodos sin fumar y encontramos que durante las cuatro horas de visita a la playa, tampoco lo había hecho. Eso lo sorprendió, admitiendo que no había sentido esa necesidad. En el tercer día de encuentro, cuando hicimos una pausa, aproveché ese instante para indagar sobre las razones de su adicción a las drogas. Resumiendo, esta es su narración: - “Cuando tenía veinte años, ingresé al banco como auxiliar. Después de seis años, tuve un ascenso a auxiliar contable. Entonces ya tenía novia, una hermosa joven que trabajaba en una clínica. A un año del noviazgo, comenzamos a planificar nuestra boda. Ella iba comprando cosas para el hogar y yo tenía veinte mil dólares ahorrados. Los fines de semana, íbamos al cine, al teatro, museos, conferencias etc. Queríamos mejorar en todo porque los hijos estaban en los planes. En muy pocas veces nos reuníamos con amigos. Siempre en alguna confitería o restaurant. Todo sucedió cuando fui a la despedida de soltero en esa fiesta, habían varios muchachos, algunos conocidos y otros no. Yo no tomaba bebidas con alcohol ni fumaba. Eso , al parecer los molestaban, ya que no concebían una fiesta sin embriagarse y fumar algunos “porros”. Ellos estaban enviciados y adaptados para resistir sin aparentes consecuencias los efectos posteriores. Para reírse de mí, hicieron una mezcla de varias bebidas con alcohol y me incitaron a tomarla, argumentando que no me haría daño. Que si era suficiente hombre, tenía que probar las drogas. Creo que algo le agregaron a la bebida porque casi de inmediato me tumbó. Estando medio inconsciente, también fumé porros. Siempre incitándome porque de lo contrario, era poco hombre y un anticuado como los viejos que protestan por todo y no saben vivir como nosotros. Luego no recuerdo nada más. Me recobré dos días después en un sanatorio. Mi padre estaba furioso y mamá lloraba. Nunca antes había hecho cosa así. Después de esa despedida de soltero, todo cambió para mí. Cuando fumaba esos porros, me sentía bien. También desde entonces, tenía problemas para recordar. Mi novia se enojaba y me decía que estaba raro, que ya no era el mismo. Empecé con la marihuana pero pronto, para calmarme, recurrí a la cocaína y la pasta base. Como faltaba mucho al trabajo y no cumplía con el cargo, me despidieron. Mi novia me dejó, mi padre no hacía más que reprocharme y mi madre sufría sin saber qué hacer. En poco más de un mes, era una piltrafa humana. Una noche terminé en un hospital porque la policía me encontró tirado. Cuando salí de esta última crisis, casi no recordaba quien era. Los exámenes médicos comprobaron que parte de las neuronas del cerebro, estaban destruidas y eran irrecuperables. Me llevaron a varias instituciones para rehabilitarme, especialistas para curar los daños ocasionados por las drogas, pero según ellos, las secuelas no tenían solución. Mi vida ya no tiene solución y comprendo lo mucho que estoy haciendo sufrir a mi madre. Perdí todo lo que significaba los deseos de vivir. Mis padres gastaron hasta lo que no tenía en ese afán de recuperarme. Solo queda de mi un inútil refugiado en el tabaco y preso de una cárcel que yo construí. Tengo muchas deficiencias pero como un castigo, me doy cuenta de todo!. Vi lágrimas en sus ojos y creo que por un momento se sintió aliviado por ese desahogo. No sabía cómo aconsejarlo, pero lo insté a que pintara y pintara de la misma forma que lo hacía fumando el tabaco, pero sin un solo cigarrillo. Al despedirme lo hice con un abrazo de varios minutos. Parecía no querer desprenderse de mí. Sentí toda la desesperación, dolor y frustración en un ser que desde la gloria, cayó en el infierno. Volví a mi casa en silencio, aplastado por el trágico recuerdo de la destrucción de una vida joven, no por la fatalidad natural sino por la poca inteligencia humano, tan común en las sociedades modernas que cuando no tienen un problema, lo buscan. Traía conmigo, el cuadro de un ranchito pintado por quien necesita hoy, de la comprensión de todos y del máximo esfuerzo de la humanidad sin distingos, para frenar y erradicar el mundo solapado de las drogas. En mi hogar, en el lugar más visible, ese ranchito logrado por la mano de un condenado al sufrimiento por el resto de sus días, como un símbolo de advertencia que las sociedades se niegan asumir, será mojón del dolor, espíritu de esperanza y grito de protesta.


EL JUEGO DE LA PAPA

Por. Antonino Cabana

Octubre de 1936 quería ser fiel al periodo primaveral. El viento soplaba con insistencia, desde la noche a la mañana del día siguiente. Próximo al mediodía, comenzó a oírse el ronco bramido de los truenos, acercándose cada vez más. Dos horas antes, el camino vecinal, surcado por huellas de carros, pezuñas y herraduras, se había poblado de cabalgatas con niños y niñas, muchos enancados. Todos de túnicas blancas y almidonadas, sacudidas por el viento, cual banderas de pureza. Bajo el mentón, el nudo prolijo de una gran moña azul, armado con amor por las tiernas manos de una madre. La comarca rural, con más de treinta familias de chacareros, vertía ese caudal de casi setenta escolares. Eran como la siembra en tierras bien labradas, también la reposición generacional, llena de sueños y esperanzas, que se preparaba para el logro de un futuro mejor. Por caminos y campos vecinales, muchos tenían que recorrer varios kilómetros para llegar a su amada escuelita rural, número sesenta y seis, ubicada al borde de la ruta ocho. La maestra, Doña Emilia Burgueño de Hernández, más que docente, era la prolongación de las demás madres para ese nutrido auditorio de niños, necesitados de conocimientos. Impartía con sabiduría, paciencia y cariño, las clases específicas a los tres grupos de escolaridad. Llegaban niños a primero, con diez y doce años de edad y salían del tercero, muchos menores que aquellos. Cuando se aproximaba la hora del recreo, con cancha de fútbol y bolitas para los varones y espacios independientes para los juegos de las niñas, la tormenta comenzó hacer notar su presencia. Desde las ventanas cerradas, los niños observaban inclinarse los árboles y el ruido de cada trueno, que producía comentarios en voz baja. La maestra había detenido la clase y observaba por el vidrio de la puerta, la oscura presencia de la tormenta. De pronto la lluvia apareció con fuerza, produciendo un ruido ensordecedor en el techo de chapa de la escuela. La hora del recreo se había truncado para quedar protegidos en el salón de clase. Un trueno hizo temblar el piso y se miraron alertados. La maestra, elevando la voz por encima de la crepitante lluvia, habló : - ¿ Alguien de ustedes siente miedo? - a coro la clase contestó: - ¡No maestra! Los niños campesinos, acostumbrados a los meteoros, no solo no tienen miedo, sino que los aceptan como parte del equilibrio necesario de la naturaleza. Se les enseña desde pequeños, que esos fenómenos tienen una razón de ser y nada está demás ni de menos. Después de una pausa de escuchar llover, la maestra les habló de nuevo. - ¡Hoy no tendremos recreo y por tal razón, trataremos de conocernos un poco más! Todos vendrán al lado mío y cada uno de ustedes, si tiene algún recuerdo importante o alguna anécdota, nos la contará! Por espacios de más de media hora, todos escucharon las aventuras con un zorrillo de los mellizos De Armas. También las toreadas del “chito” Álvarez, quien provocaba a un toro malo de un campesino y cuando el animal enfurecido lo perseguía, corría refugiándose en una zanja. Reían de las aventuras de los Vegas, pillando camuatíes y picados por las avispas. También de las pequeñas guerrillas con hondas y granos de maíz entre los Pérez, García y Fernández. De pronto, Ramón Giménez, el que creían más tímido de la clase intervino: - ¿Usted maestra, porqué no nos cuenta algo de su vida? – Todos quedaron en silencio, pensando que esa pregunta podría ser un atrevimiento. – La maestra sonrió y aceptó el desafío de aparecer con alguna debilidad en su aparente perfecta profesión. Entonces, rodeadas por sus impacientes alumnos, comenzó esta historia: - ¡Yo también fui como ustedes! Tuve que aprender muchas cosas, cometí errores pero tuve la suerte de tener unos padres que me enseñaron el camino correcto. De las muchas cosas que tuve que aprender, voy a elegir la que nos ayudaban más a comprender cuales son los mejores valores en la vida de las personas. Parece algo sin importancia, y ese es el error máximo de los humanos porque lo descuidamos y no lo analizamos racionalmente. Reconozco que estudié con pasión para ser maestra, para poder enseñar y serles útil a tanta gente del campo que necesitaba ese apoyo. Ya señorita, con más de veinte años, empecé a soñar con un marido, tener un hogar, hijos y no defraudar a mis padres que tanto se sacrificaron por mí. Cuando me recibí, ese título me llenó de vanidad y hasta pensé, que por esa razón, tenía derecho a elegir un hombre adinerado. Soñaba con un estanciero o un acaudalado empresario, tal cual nos muestran muchas novelas que llevan a la felicidad a través del mozo lindo y rico, sin tener en cuenta los principales valores de la persona. En campaña, a fin de año, era muy común un juego de la suerte, llamado el de la papa. También se hacía en junio, en el día de San Antonio y San Juan . Era un aparente sondeo para saber qué nivel económico tendría el hombre que sería nuestro esposo. En la noche de San Juan, mi madre colocaba debajo de una cama, tres papas, atadas cada una con un hilo que salía a la vista de las hijas mayores y de la edad permitida para ennoviarse. Una papa pelada, otra a medio pelar y una tercera con toda la cascara, se encontraban dentro de una caja, ajenas a la vista de las que tentábamos nuestra suerte o el sueño de ser ricas por el destino y no por el esfuerzo. El intento comenzaba por la mayor. En cada oportunidad si éramos más de una, la madre mezclaba de nuevo a las papas. Yo me consideraba sin suerte y contrariada porque a cada año, me tocaba la papa pelada. Para burlar la sentencia del juego, en cada baile o encuentro con mozos, antes de cualquier entusiasmo, averiguaba su situación económica. Este irracional afán duró dos años. Pero en un baile, quedé prendada de un joven alto, elegantemente vestido, de cabellos rubios y sus ojos azules. Se dio cuenta que yo lo miraba y me sacó a bailar. Era tímido, hablaba poco pero era cortés y educado. Se llamaba Honorio. Yo no quería averiguar por su situación económica. Fuimos pareja toda la noche y al verle sus grandes manos, tenía la ilusión de que fuera algún artista. Después de ese baile, seguimos viéndonos pero me cuide al máximo para no averiguar si era rico, acomodado o pobre. No quería romper el hechizo de nuestros encuentros. Cuando formalizábamos el noviazgo me entenderé que pertenecía a una familia modesta. Pero ya era tarde para retroceder y menos cuando estas enamorada. Hoy el es mi esposo, tenemos tres hijos, un hogar solido, una familia unida dónde todos luchamos para sostenerla así. Honorio sigue siendo gentil como cuando éramos novios, es muy trabajador y o tiene vicios como el del tabaco y el alcohol. Lo cierto fue que el juego de la papa, sin creer que sea un vaticinio infalible, me enseñó algo que no debemos descuidar nunca. El dinero puede ser necesario pero jamás podrá compararse al amor, el respeto y la moral. Tampoco el dinero puede comprar nada de eso. Porque su esencia es espiritual como el alma y no admite los condicionantes del soborno ni la fuerza. Calmada la tormenta, quedó en la atmosfera húmeda y perfumada por los árboles y las siembras, el invisible aroma de vida sana y pura. El nutrido enjambre de túnicas blancas, regresó en silencio, meditando el ejemplo del juego de la papa, a cada hogar. Apenas iban llegando, como si fuera un recitado aprendido, les decían a sus padres. -¡Tengo algo hermoso que hoy aprendí en la escuela, para contárselos!


 

CUESTIÓN DE URGENCIA

Por. Antonino Cabana

El hombre se paró en medio de la carretera con los brazos extendidos en cruz.

El automóvil rojo que avanzaba desde Minas a Montevideo comenzó a aminorar su marcha. La figura grotesca en medio de la ruta, seguía moviéndose a ambos lados para evitar el paso. El conductor del auto miró preocupado a su esposa y comentó:

-¿Quién será ese loco, o suicida? Ella respondió : - ¿Por qué no lo esquivas y pasas por su costado? ¡No…., imposible, corro el riesgo de atropellarlo! ¡Seguro que es un loco o un desesperado! .

El auto se detuvo a unos diez metros de distancia con el motor en marcha, el chofer abrió la gaveta y disimuladamente retiró el revólver, colocándolo en el asiento debajo de su pierna. La mujer lo miró alarmado y alarmada casi gritó. ¡Noo Martín, no uses el arma! , más pausada continúa, ¡Deja la puerta cerrada y levanta apenas el vidrio, parece un hombre de campo…, ves, tiene botas, bombachas, un cinto grueso de cuero, sombrero de gaucho! No pudo seguir porque el hombre comenzó a golpear el vidrio de la ventanilla. Era una persona madura, robusta y fornida. El sombrero con barbijo no podía cubrir su larga y negra cabellera. El bigote casi ocultaba toda la boca y tenía la barba espesa y crecida. La enorme mano parecía cubrir todo el vidrio cuando lo golpeó suavemente. Martín abrió un poco más la ventanilla y preguntó. ¿Por qué se para en el medio del camino? ¿Qué está pasando señor? El extraño mostrando nerviosismo y preocupación respondió: ¡Ud. perdone, tuve que hacerlo porque el otro auto no se detuvo! ¡Necesito con urgencia que me lleven hasta el Pueblo Solís, tengo un enfermo grave y si no traigo un doctor, la cosa es fea! Martín miro a su esposa y ella asintió con la cabeza. Entonces abrió la puerta trasera y el extraño, agachado y tropezando torpemente con el techo se sentó. La mujer preguntó : ¡Señor! ¿Es un familiar suyo el enfermo? Hubo una breve pausa como dudando , el hombre contestó: ¡Noo…, sí, es algo así. Me llamo Alfredo y vivo en el valle del cerro Soria de Aguas Blancas, pero lo que sucedió no es una enfermedad, sino la mordedura de una víbora de la cruz! La mujer gritó espantada: ¡Jesús…, es terrible, que horror!


Luego más calmada inquirió: ¿Por qué no lleva al mordido con el doctor? ¿No estará perdiendo tiempo y arriesgando su vida? Alfredo contesta: No señora, dice el curandero indio que no conviene correr ni caminar porque el veneno se activa más rápido. Yo lo até bien y le hice una sangría con el cuchillo, justo en la picadura. Además le vendé la mano para detener el veneno que no salió con la sangre . Voy al doctor porque dicen que ahora hay una vacuna para cada tipo de mordedura de víboras. Esta era de la cruz, porque al pisarla la mató! La mujer de nuevo se cubre el rostro con las manos y exclama: ¡Dios mío…! Le tengo terror a las víboras! Son tan peligrosas y siempre están escondidas entre los pastos y las piedras! Yo no podría vivir en el campo porque se meten hasta en las casas! Alfredo se mueve impaciente en el asiento e interviene dirigiéndose al chofer : ¡No le pido que viole la ley, pero vaya lo más rápido que pueda! En cuanto al peligro de las víboras, no es tanto.

Ellas huyen cuando nos ven, pero si las pisamos, creen que las estamos atacando. Yo hace treinta años que vivo en las sierras de Aguas Blancas y no tuve problemas con ellas hasta hoy. He visto muchas víboras, pero siempre mantuvimos la prudencial distancia. Sucedió porque íbamos por la costa del arroyo Mataojo y sin advertirla, la pisamos!

La mujer cortó la conversación: ¡ Por favor, no habla más de víboras, porque con solo oírlo me aterrorizo! Espero que su familiar supere esa mordida! Llegados al pueblo, Alfredo se despidió rápidamente del matrimonio, agradeciéndoles repetidamente. Al bajarse del auto tropezó de nuevo con el techo y la angosta puerta. El consultorio del doctor estaba cerrado, Alfredo golpeó repetidamente la puerta. Pasaron unos minutos de creciente impaciencia hasta que apareció la sirvienta de la casa. Sin saludar le dijo: en estos momentos el doctor está almorzando! Alfredo sin escucharla, con impaciencia argumentó: ¡vengo por el doctor…es muy urgente y si no nos apresuramos se puede morir! Ella le señaló un asiento en la pequeña sala de espera. Apenas pasado un minuto el galeno apareció aún con la servilleta en la mano y limpiándose la boca. De nuevo Alfredo, que no se había sentado lo abordó con desesperación: ¡Es urgente doctor se trata de un mordido por una víbora de la Cruz! Yo le hice una sangría en la picadura, lo ligué un poco más arriba de la mano y lo até bien para que no se levantara ni caminara. Está en el patio de mis ranchos, allá en aguas Blancas! El doctor lo mira y lo escucha asombrado y piensa que ese hombre rústico y desconocedor de las mínimas asistencias para estos casos, pudo cometer un error fatal en su afán por salvar al accidentado. Se apresura preguntándole: ¿Cómo sabe Ud. que la víbora era de la Cruz? Sin titubear Alfredo contesta: porque las conozco doctor, vivo entre ellas y conozco a todas las víboras. Hace más de treinta años que recorro a diario ese lugar donde abundan, especialmente las de la Cruz. El mordido la pisó sin verla y la mató con las manos. Está colgada en una rama de paraíso justo a mi rancho, allá en Aguas Blancas. Sin pérdida de tiempo el doctor consigue la dosis del suero apropiado y en el automóvil se dirigen rápidamente al lugar. En la ruta un camino angosto y firme los lleva a destino. Allí en el patio, maniatado yace un hermoso caballo. Alfredo señala el remo delantero que aún sangra levemente en el corte practicado, pese a la hinchazón. Luego señala la rama donde cuelga la víbora muerta y dice: ahí tiene al mordido, doctor! Sálvelo que para mi es como un hermano y mi deuda con él es enorme!


LAS COMPARSAS

Por. Antonino Cabana


Cuando se festeja la noche de las nostalgias, todo se vuelve más de lo mismo. De lo mismo que estamos viviendo con el sello de “progresismo” y culturas avanzadas. ¿Qué se hicieron, dónde fueron a parar aquellas costumbres tradicionales que no tienen cabida en el festejo recordatorio? La cultura del ocio, la riqueza fácil, las drogas, el alcohol y el impúdico manoseo sexual apuntalado por el vulgarismo degradante de la más sucias palabras, solo permiten repetir un siempre insatisfecho afán de diversión, joda y alteración del orden. Se habla de revivir por unos instantes, los recuerdos de costumbres sociales que fueron de nuestros abuelos. Pero los modelos actuales, amparados en la liberación de los instintos, de la practica moral sin los antiguos tabúes, han esclavizado todo intento hacia el pasado y haciendo que solo se cambia su nombre. Cada día parece más difícil zafar de la dialéctica y las fórmulas psíquicas que unos pocos someten a su voluntad, a las grandes masas de un mundo cada vez más indiferente y conducido como rebaños.


El fin de semana anterior y los días siguientes de carnaval, cambian el chirriar de arados, carretas y e silbo madrugador de las chacras. Desde días previos, las hermanas mayores y algunas madres se esforzaban preparando los disfraces más llamativos. Metros de paños de varios colores, son transformados en chiripaes, vestidos antiguos, pañuelos, cintas para que ondeen al viento cuando las comparsas, al galope de carga, llegaban a los locales de bailes y escenarios de los tablados. Se pedía entre el vecindario, todo aquello que pudiera servir en la confección de los disfraces. Ponchos viejos, botas, cintos anchos, sombreros viejos, calzoncillos largos que la habilidad de las costureras, lo transformaban con sus puntillas en el bajo, complemento del chiripá. Las populares comparsas de entonces (años 1920-1970) , eran formadas por cuatro, seis y hasta ocho parejas, necesarias para los bailes con relación del pericón y la ranchera, la mitad eran gauchos con barbas de cuero de oveja y cabelleras confeccionadas con las crines de los caballos. La otra mitad, se suponían mujeres, gordas y flacas con exageración, rostros deformados, pintados y con mascaras grotescas para mostrarse lo más feas posibles. Casi todos los hombres llevaban acordeones, cuya destreza para memorizar los acordes musicales, le permitían un ritmo casi perfecto. Se juntaban al anochecer y al galope tendido, con gritos estridentes y aullidos, llegaban a los ranchos de algún vecino. Golpeando los taleros sobre las botas y armando remolinos con las cabalgaduras y una gritería salvaje, hacían huir a los perros que con el rabo entre las patas, se refugiaban en los galpones y la cocina. Los niños más chicos, llorando se prendían en la pollera de la madre. De la misma forma que llegaban, desaparecían en la oscuridad de la noche. A veces se armaban dos y tres comparsas y cuando se encontraban en el mismo lugar, remedaban duelos criollos entre los más expertos en el arte de “barajar”. Alguien de la otra banda, simulaba cortejar a una dama, siempre eligiendo la más fea. Así surgía el duelo por la “prienda”. Estos grupos disfrazados, eran muy bien recibidos por los organizadores de los bailes y por los comerciantes que tenían tablados. Alegraba la fiesta carnavalera, bailando el pericón y rancheras, formando ruedas donde incluían a los demás bailarines. Alguien hacía de “bastonero” , dirigiendo la formación, haciendo las pausas precisas para que pareja a pareja, encerrada en el ruedo, hiciera alarde de sus picarescos versos. Todos eran exagerados, ridiculizando las intenciones pero sin palabrota ni sucio comentario. Reflejaban la filosofía criollo. Siempre comenzaba el hombre y le respondía la mujer, quien era la más aplaudida por la concurrencia. Los más experimentados, improvisaban sus versos en el momento. Algunos al no encontrar la ritma, hacían gestos hasta que algún agitando pañuelos celestes, con un bastonero que advertía las modalidades del baile e indicaba el turno de cada pareja al centro del círculo humano y daba la voz de “alto” , que detenía la música para dar lugar al verso. En ese tiempo, casi todas las familias memorizaban algunas de esas poesías picarescas, que arrancaba aplausos y gritos, victoreando la de las damas. El gaucho, revivido e imitado, jamás renunciaba al gentil y cortez comportamiento para la mujer. Sin ser los mejores, como fantasmas, diluidos en el tiempo e incomprendido para las actuales sociedades, este encuentro en un tablado de Solís de Mataojo, hizo furor el carnaval de mil novecientos cincuenta. Ingresada la pareja al centro del ruedo, iniciaba la poesía el hombre : PAREJA 1 : “El día que te vi/ quedé como abobado/si tú me das el sí/ seré el más afortunado. Ella : Solo te doy un no/gaucho bobo y abombado/mirate bien en el espejo/y veras que sos pasmado. PAREJA 2 : (EL) Tu madre me dijo/que naciste pa´mi/si tu quieres nos unimos/pa´un final feliz. Ella : No creas lo que te digan/ni estés soñando despierto/ yo nunca seré tuya/ ni tu sembraras en mi huerto. PAREJA 3 : (ÉL) Consulté a una gitana/leyó mis manos y me dijo/ no busques mas paisano/esta es la madre de tu hijo. Ella: Consultá a tu gitana/consulta a la madre cata/ya tienes diplomas de bobo/te falta el de papanatas. PAREJA 4: (ÉL) Tengo vaca, tengo ternero/tengo rancho, tengo chiquero solo me falta una paloma/ para armar mi conejero. Ella: Si es que sos gaucho presumido/a tonto te gana/ antes de llevarme a tu nido/ estarás blanco en canas.

PAREJA 5: (ÉL) Pa´mi eres lindaza/aunque digan que sos fea/así naides te arrastra el ala/ni se anima a mi casa. Ella: Si soy fea es porque si/pero es un no para ti/mi belleza está por dentro/y es como miel de camoatí . PAREJA 6: (EL) El día que yo te vi/sofrené a mi bagual/ porque enseguida comprendí/ que sos flor pa´mi ojal. Ella: si serás tonto y presumido/así llegarás hasta viejo/ se ve que nunca has tenido/pa´ mirarte un espejo. Las comparsas también se fueron, perdiéndose en las llanuras de la patria y olvidadas de la historia. No busques en las nostalgias, el recuerdo de sus glorias.

LOS COMPADRES

Por. Antonino Cabana


Augusto detuvo la yunta de bueyes, justo en la franja lindera de su chacra con la de su compadre Antonio. Lo había visto venir, carpiendo una melga de maíz tardido, sembrado en diciembre. La tierra seca, levantaba una polvareda fina y espesa que casi hacía desaparecer la imagen de bueyes, arado y hombre. Augusto haciendo tiempo para el encuentro con su vecino, volcó el arado de mano y con la rejilla de la picana, fue raspando la reja y el aletón, quitándole algún pasto adherido. Se arrimó a su yunta de bueyes, palmeándolos suavemente y agradecido. Apoyando su espalda en uno de ellos, comenzó a armar un cigarro. Cuando su compadre llegó , el saludo casi calcado con el de siempre, primero se refirió a la salud de las familias y luego a lo demás. El diálogo es lento, igual que la “pachorra” del labrador. Augusto detiene su mirada en los surcos y las sufrientes filas del maíz y comenta : -¡La pucha que no quiere llover! La siembra está sufriendo la sequía y para carpirla y no arrimarle la tierra muy caliente, hay que hacerlo bien temprano y con la fresquita de la mañana! A las diez, el sol ya está muy bravo y hay que suspender la carpida hasta la tardecita! Antonio lo escucha y como si le costara hablar, va asintiendo con la cabeza. Armados los cigarros, los encienden y el humo de color acre y olor penetrante, se diluye lentamente en el espacio. Hecha la pausa, Antonio interviene : - ¡Tiene razón compadre, el verano nos trae casi siempre, algún período de sequía. Pero los maíces son fuertes y es un misterio como resisten tanto. Hace como tres días que el viento norte no afloja. Está de la “cachimba” y eso nos trate alguna esperanza! - Augusto asiente y agrega : - ¡Pienso que las lluvias no van a demorar. Los patos están volando hacia el norte, las hormigas trabajan sin pausas, los perros se revuelcan panza arriba y las ranas arman un alboroto bárbaro de noche. Si observas todo eso, es muy difícil que se equivoquen! - Antonio opina: - Otra cosa, creo que la luna se hace nueva mañana. Siempre en esas fechas se arma alguna tormenta. Ojalá sea con agua porque sino, tenemos toda una luna seca! – Augusto cambia el tema: el otro día, Gregorio Santos estuvo en casa. Andaba tras maíz temprano. Ahora vale mucho y se coloca muy bien. Yo le dije que el mío, en cuanto lo des chale y se “oree” , puede venir no más. Lo mandé a tu casa porque sabía que tu ya lo tienes casi pronto! - ¡Si Augusto, la semana que viene le avisaré a los vecinos para desgranarlo! No lo hice antes porque quería carpir este “mai” , antes que crezca mas y no pueda hacerlo porque se quiebra! – Compadre Antonio, cómo anda Adolfito, tu hijo mayor que el mío me dijo que estaba faltando a la escuela. Mi hijo le trae los deberes que le manda la maestra para que no se atrase. – si compadre, tu hijo le trae los deberes y lo ayuda en las cuentas que es lo más difícil. Pero ya está casi “curao” . El empacho de peras calientes se lo está curando la curandera. Y la Rosilla ya tuvo cría? La vi el otro día en el potrero y estaba que la panza y ubre no le daba más. Te lo pregunto porque el toro que la sirvió , es de raza. Ya ha servido a varias vacas del vecindario. El dueño, el estanciero Manuel, presta el toro de raza con la condición de que si es ternera, es para el dueño de la vaca y se es macho, al destete es para él. Augusto que lo escuchaba asintiendo, opina : - ¡Creo que el trato es justo. Lo mismo pasa cn el cancho padrillo de Ignacio. Te sirve tus chanchas a cambio de dos lechones . Es un padrillo de raza que compró el Salus. Yo tengo a tres chanchas con lechones de ese pastor. Nacen de doce a catorce y son sanos y fuertes. Los chanchos me vienen muy bien, aprovechas las malezas de la limpieza del trigo y el maíz. Además, siempre hay zapallos, melones y sandías que no puedes consumir y para ellos es una fiesta. Luego, el maíz de descarte, los boniatos y todas las sobras como cascaras y el suero de los quesos. Nadie imagina que ese aprovechamiento, significa muchos pesitos para la casa. Ayer nomas, solté los chanchos en la quinta de frutales porque la cosecha de duraznos fue tan grande, que cuando estaban maduros se caían. Los chanchos limpiaron todo, ni los carozos dejaron! – Antonio intervino : -¡ Ahora que me lo recuerdas, te quería decir que allá en el albardón del bajo, hay sandías y melones pa´ tirar p´arriba. Si no tienes maduras, puedes ir a buscar las que quieras! -¡Gracias compadre Antonio, yo estos sacando sandías y melones desde los primeros días de febrero, algunas antes. – Antonio mira el sol y apunta : - Ya son las once, mejor dejamos los arados en las cabeceras, soltamos los bueyes y nos vamos a tomar unos mates!

Es más, te invito a mi casa que la mujer está preparando capón gordo con boniatos en el horno! –No …, hoy no…, te lo agradezco y lo dejamos para otro día. Hoy en mi casa , la mujer está preparando unos bagres y unas tarariras que anoche pescaron los hijos. La hermana de mi mujer que está en el pueblo, le enseñó un preparado para acompañar el pescado y le llaman “guarnición” o algo así. Es una mezcla de choclo desgranado, arvejas, tomates, repollo y otras cosas más. Es comida de puebleros pero es rica! Cada uno se fue alejando, envuelto por una nueve de tierra. Silbando alegremente la tonada de una décima conocida. En el espacio, algún cuervo aparecía planeando. El calor, próximo al de la hora de la siesta, iba deteniendo el fragor de la lucha para producir. Las franjas doradas de los rastrojos y los espacios verdes de las siembras de verano, si iban fundiendo sin pausas en el horizonte. Era el año mil novecientos sesenta y más de un millón de uruguayos, cultivando miles de chacras, sostenían el patrimonio de numerosas familias, cuyo esfuerzo y sacrificio, nos identificó como “la Suiza de América”. Lo que vino después es lo que llamamos “el progreso”.




EL MILAGRO DE LA TIERRA Y LA VIDA

Por. Antonino Cabana


El milagro de la vida está en cada átomo de la tierra. Es la obra suprema del creador de toda materia y energía. La vida sea animal y vegetal, reguladoras y transformadoras, sostienen los equilibrios vitales de cada especie. Cada una de ellas, tiene sus códigos genéticos específicos y diferenciales. La materia llamada estática o inerte, actúa gradualmente como sostén inagotable para todas las transformaciones que regulan el equilibrio natural del planeta. Los códigos físicos y químicos, sostienen las funciones renovables y sustentables específicas. Por esa razón, no debemos dañar ni alterar el propósito del creador de la biodiversidad. No respetar esos códigos, modificando compuestos y adulterando las genéticas, nos conducimos a la anarquía en el hábitat potable. Las secuelas se vuelven impredecibles, la estabilidad de las funciones se alteran , las especies se extinguen y el caos se hace insostenible. Las enmiendas que el hombre puede ofrecer a través de la ciencia, son imperfectas, apresuradas y con secuelas cada vez peores. Se daña la tierra, el aire y el agua y las levaduras naturales específicas del orden, mueren, se mutan o reaccionan con mayor virulencia. En el milagro de la tierra, conservando su paternidad biológica, están todos los equilibrios vitales. Hagamos que cada tonelada de alimentos, signifique respeto para el suelo, paz y esperanza para todas las familias del planeta. Abramos nuevos surcos, aplicando las técnicas menos destructivas para no dañar la biodiversidad. Que el egoísmo y la soberbia, no nos transforme en jueces y verdugos para determinar, que especie debe vivir y cual desaparecer. El milagro de la tierra, es y seguirá siendo eterno cuando la educación, prepare y concientice a las generaciones de relevo. Ni por un solo segundo, la humanidad debe eludir la responsabilidad conferida por el creador, al dotarnos de inteligencia para razonar. No olvidarnos que cada átomo que compone nuestro cuerpo es parte del planeta, al igual que el de todos los seres sabiamente creados. Nosotros nada podemos crear porque lo que somos y nos rodea, ya ha sido creado. Solo podrá el hombre, alterar, modificar y transformar compuestos, mediante alternativas artificiales, pero jamás podrá incorporar un nuevo elemento. La destrucción parcial de la flora mediante alternativas artificiales, pero jamás podrá incorporar un nuevo elemento. La destrucción parcial de la flora mediante la aplicación de potentes pesticidas y herbicidas , junto a la desforestación, quemas de residuos y la alteración de los bosques naturales incorporando especies extrañas, motivaran los desequilibrios ambientales y la regulación potable de sus compuestos. Es más, la tierra privada del colchón de hierbas y deshechos , desviación de cursos hídricos e impermeabilización de grandes extensiones, no tendrá la capacidad de absorver la gran parte de las lluvias, retener la humedad un mayor tiempo por falta de las galerías que los micro y macros organismos logran mediante su acción de las transformaciones. La humedad de las lluvias durararan menos tiempos, las aguas dispararan desde cañadas, arroyos y ríos hacia los mares y las capas freáticas de reservas, mermaran su potencial. Esos desequilibrios, producen inundaciones y contaminaran grandes extensiones y reservas debido a los constantes arrastres de pesticidas. La proliferación, renovación y aumento del potencial agresivo de los pesticidas a medida que pierden su eficacia, solo favorecen la cadena destructiva del medio ambiente. Aumentan los guarismos residuales, la virulencia y el exterminio de la biología de la tierra, aire y agua, transformando toda la producción a la acción química de los compuestos de laboratorios, carentes de la mayoría de los nutrientes. Las lluvias, no solo resbalan por un suelo que ha perdido gran parte de la absorción, arrastran los pesticidas, contaminando cañadas, arroyos, ríos y los océanos, haciendo tóxicas las aguas potables, tanto las de cielo abierto, como las freáticas. La tala destructiva de los montes naturales, creadas como verdaderos pulmones y filtros purificadores, albergues de miles de especies que controlan la pureza del agua, aumenta la aceleración contaminante. Las grandes ciudades, tan contaminantes o más que las grandes fábricas y los gases de millones de motores que día y noche, sin respiro ni pausa, emiten gases, derrames y acumulan chatarra y residuos letales para el orden biológico. Se calcula que la producción de los laboratorios, incorporan mas de un millón de nuevos compuestos por año, vertiéndolos mediante las tentadoras propagandas de indispensables para los hogares, en el consumo familiar. Desfilan los aromáticos, limpiadores, bactericidas, acondicionadores, conservadores, colorantes, suavizadores etc. , cuyos vertederos de cloro, azufre y muchos compuestos más, desde cada hogar, componen una cadena permanente de contaminaciones hídricas. El uso del cloro por las sociedades modernas, se debe medir en toneladas diarias. Los pesticidas en manos inexpertas, de ignorantes e irresponsables, causan imprevisibles estragos, favorecido su consumo, por la avidez materialista de la cadena de sus comerciantes. Esta reseña breve y microscópica comparada con la cadena de irresponsabilidades humanas, solo es herencia de análisis, estudios y comprobación que el paso de la vida y sus observaciones, nos nutre y nos aconseja divulgarlos. Causa espanto, comprobar que la mayoría de las personas manipulan específicos químicos, para destruir malezas, desbrozar caminos, destruir insectos en forma indiscriminada, sin ningún control de venta ni con los debidos consejos sobre sus consecuencias. No olvidar que la piedra que se arroja hacia el cielo, cuanto más grande y mas alta se eleve, mayor será el daño al caer sobre tu cabeza.


(Queridos amigos de Raíces, este es un tema muy serio, la forma de tratarlo en este artículo por parte del GRAN colaborador Antonino Cabana, nos pone a reflexionar sobre el mismo…todos de alguna manera podemos contribuir a


EL ZAPALLO GRANDE

Por. Antonino Cabana

En las chacras ya se había cosechado el trigo, la cebada, la avena y el lino. El maíz sembrado temprano, había sido cortado y emparvado. Los tardíos, algunos aún verdes y otros sazonando sus choclos, mostraban el amarillo pálido veteado, anunciando el fin de su ciclo. Las plantas de girasol, amarronadas, inclinaban sus grandes discos de semillas madurando. Las huertas, de melones y sandías en un extremo del maizal del valle, competían en verdor y frutos, con la huerta de zapallos en el otro extremo, para que al polenizarse, no se “casaran”. Las melgas de porotos y boniatos, estaban prontas para la cosecha definitiva. En la “quinta” de árboles frutales, habían duraznos, ciruelas, higos, peras ya maduros y los manzanos con frutos “pintones”. Las cañadas con lagunas y correntadas de agua pura, no contaminada entonces por los letales pesticidas serpenteaban por las llanuras bordeadas sus orillas, por sauces, álamos, carquejas y cardos. También en muchas chacras allí plantaban mebrilleros y criaban patos. Era época de familias numerosas, rastras, arados y carretas, caballos y bueyes. En los domingos de tarde, desde algún potrero, surgía un grupo de jóvenes del vecindario, para jugar fútbol en canchas con arcos de piedras. Cuando llegaba la noche, se reunía la familia en la cocina para comentar las aventuras y planificar las tareas del día siguiente. La llegada de la “semana Santa” trae un respeto y austeridad especial. Trabajo normal hasta el viernes santo y pausa doliente y sin ningún juego hasta el domingo. También era comunes las visitas entre familiares. En la semana santa del año 1936 la familia de Alejandrino y Juana, recibieron la visita de un sobrino. Había venido cruzando campos, arroyos y alambrados en un recorrido a pie de casi dos leguas. Según sus dichos, había salido de su casa bien tempranito para llegar al mediodía. Se llamaba Francisco pero todos le decían “el coso”. Los motes o sobrenombres, eran muy comunes entre los chacareros. Se hacían tan comunes que muchas veces se olvidaban los nombres verdaderos. Ese día vino cargando un enorme zapallo que pesaba próximo a los 30 kilos. Toda la familia quedó asombrada al ver esa berrugüienta cucurbitácea y aun más al comprobar ese pesos transportado al hombro desde tanta distancia. Juana, la esposa de Alejandrino le pregunta :

-¿coso..y ese zapallo? – mientras intenta clavar la uña sobre su dura cáscara. El sobrino le contesta sonriendo : -¡ tía, lo traje a mi casa para que usted haga dulce a cuadritos. Elegí el más grande sazonado porque nadie hace ese dulce mejor que usted!

¡Pero.., “coso” , aquí hay zapallos siempre y no debiste cargarlo desde tu casa. – El sobrino hace un ademan como restándole importancia:

  • ¡ Tía … yo estoy acostumbrado a cargar bolsas con el doble de peso! Además , salí tempranito, descansando de a ratos en el camino!

  • Como siempre lo hacía, el dulce preparado por Juana, quedó con ese color ambarino de sus cuadritos nadando en un almíbar a punto de miel, perfumado por clavos de olor. Pocos días después de la semana santa, consumido el apetitoso dulce y ausente la visita del “coso” , Alejandrino regresó del acostumbrado recorrido por la chacra y las siembras, con una sonrisa enigmática y jocosa. Había visitado la huerta de zapallos y algo le llamó la atención. Se sentó en su silla especial de cuero vacuno mate en mano y mirando a su esposa dijo:

  • ¡La verdad que el dulce de zapallo que hiciste la semana pasada, estuvo más sabroso que otros anteriores! El resto de la familia lo miró intrigado por esa lejana opinión y respondieron a coro :

  • ¡Sí…, sí es cierto, se ve que mamá puso toda su habilidad para compensar el esfuerzo del “coso” , al traer ese zapallo grande y sazonado desde tan lejos!! – el padre los miró detenidamente y con la misma sonrisa picacesca, acotó : -¡Hoy cuando estuve recorriendo la chacra, estuve primero en la huerta de sandías y melones. Hay una cantidad enorme, muchas ya maduras y se van a rebuscar hasta los chanchos. El maíz, los porotos, y la melga de los boniatos, hace mucho que no estaban también. Va a ser un año bárbaro, vamos a cosechar hasta para tirar p´arriba; la tierra es buena y generosa cuando se le cultiva con amor y dedicación es un premio que no debemos olvidar y que nos sirve de ejemplo para los agradecidos. Pero también fui a la huerta de zapallos. Hay muchos a punto de cosechar y las plantas siguen dando más. Como hago siempre, elijo uno de los mejores zapallos tempranos, lo marco y lo guardo para semilla. Siempre es el mejor y el más grande. Sucede que hoy cuando fui a verlo, solo había donde estaba, un hueco en la tierra y pisadas alrededor. No había dudas que el “coso” , también pasó por la huerta y todos nos comimos el rico dulce del zapallo grande para semilla.


 

EL ÁLAMO SOLITARIO
Por Antonino Cabana

 

DON GONZÁLEZ  (Parte I)

Los dos jovencitos no superaban los diez y seis años de edad respectivamente. Su lucha era con la pobreza económica  y los medios didácticos para estudiar. En esa época para la gente radicada en las chacras, eran casi nulas las posibilidades de superar la escuela rural con sus solo tres años de preparación. El afán de “ser alguien” , como se decía, en algunas ocasiones forjaba rebeldías. Solo se distinguían los que tenían estudios más allá de la escuela primaria. Carentes de medios económicos, el traslado a las ciudades para el liceo las distancias a las rutas y los escasos transportes hacían nulos los nobles propósitos. No existía ningún otro apoyo económico, salvo la enseñanza gratis de maestros y profesores. Vivienda, transportes, alimentación, libros y los complementos para los estudios, eran inaccesibles para las modestas y numerosas familias de chacareros de los años mil novecientos cuarenta y dos. Estos dos jóvenes aventureros, alejados del medio que los sostenía, se transformaban en una sacrificada carga para el resto de la familia. Eran una especie de zánganos, hasta la culminación de una carrera o de una mediana preparación. Resumidas algunas de las infranqueables posibilidades, los padres de los jóvenes, consideraron como la mejor solución, el alquiler de una modesta vivienda en el barrio estación de Minas. Podían dedicarles más tiempo a los estudios, menos horas perdidas en los prolongados viajes y poder concurrir a bibliotecas para preparar las materias. La modesta casa alquilada no era muy espaciosa, pero tenía para los acostumbrados muchachos, la construcción necesaria para protegerlos. Además, y muy importante, un hermosos terreno de casi mil metros cuadrados. La tierra allí, era muy fértil y les posibilitaba la obtención de numerosos y variados productos de granja. Antonio era el experto en cultivos, aprendido de sus padres y hermanos desde los cuatro años de edad en la chacra de la familia. Aparte de esos conocimientos, la valoración de la tierra el premio al esfuerzo y la fortaleza espiritual para lograr recursos. Pocos meses después de afincados, ante el asombro de sus vecinos y la satisfacción personal, los dos inquietos y perseverantes jóvenes, habían transformado aquel predio de pastizales y basura, a punta de pala de dientes, en bien formados canteros y almácigos de renegrida tierra. Al fondo de la casa, junto al pequeño cuarto de la letrina, construyeron un gallinero para la cría de pollos y gallinas. La abundancia de pasturas, los excedentes de las cocechas y sobras de la cocina, serían suficientes para la obtención de carne y huevos. La escuela de las chacras, a través de la casual presencia de los dos estudiantes, se sumaba en los barrios de la ciudad, a los números emigrantes del campo hacia los centros poblados. Hebert y Antonio, eran los dos tenaces jovencitos, unidos por la misma causa y amistad, que ya ocupaba los comentarios positivos de sus vecinos. Eran mencionados como “los canaritos estudiantes”. Las veinte cuadras al liceo , las cumplían todos los días a pie. Esa travesía de sacrificio y voluntad los unía cada día más. Hebert es hijo de una familia de arroceros y Antonio de chacareros. También las febriles horas diarias dedicadas a su floreciente quintita remedo productivo de las chacras, los sostenía en voluntad y esfuerzos para solventar y atenuar en algo, los esfuerzos y privaciones de sus familiares para costear sus estudios. El ahorro de algunas moneditas, significaban la posibilidad de algún libro y vestimenta. Ellos no querían defraudar a quienes en la distancia, trataban de sostenerlos lo mejor posible
Vecina a la vivienda de los estudiantes, estaba la del matrimonio González. Sin hijos, su esposa María, sentía por los dos liceales admiración y cariño. Ellos habían venido al barrio desde la zona rural del Santa Lucia. Chacareros también hasta su jubilación. Habían decidido vivir en la ciudad. Con los bienes logrados, compraron varios terrenos y algunas modestas casitas que alquilaban. Por esa razón y la austeridad en los gastos su situación era holgada y muy estable. Don González, casi a diario, aprontaba el mate y visitaba a los estudiantes. Sentía real admiración por la dedicación chacarera y de los estudios de los dos jóvenes vecinos. Casi todas las tardecitas, departía diversos temas de las costumbres chacareras, muy afines con la de su época. Decía que el olor a tierra cultivada y el aroma fresco de las hortalizas rememoraban su niñez y juventud junto a sus padres. Solo el que cultiva la tierra, comprende ese sutíl aliento del suelo y las plantas. Hace que jamás la olvide y el nostálgico recuerdo no te abandona. Para el matrimonio vecino , no pasó desapercibida la extrechez económica y los sacrificados esfuerzos de los dos estudiantes. Discretamente, cada visita era acompañada , tanto por Don González o de Doña María, con bizcochos caseros, buñuelos, tortas fritas y hasta exquisitos postres; otras veces aparecía con la ollita de hierro fundido, repleta de un buen guiso. Los muchachos al verla exclamaban:  “¡Otra visita de la negrita!” El veterano vecino, envejecido por una lesión de cadera aparecía siempre sonriendo feliz, restándole importancia a sus presentes. Lo más meritorio de esa acción generosa y solidaria, era la modesta condición económica del matrimonio amigo. Nunca faltaba los paternales consejos, estimulantes y valorativos…

 DON GONZÁLEZ  (Última Parte)

Al poco tiempo los estudiantes sentían gran cariño y agradecimiento a ese singular matrimonio. Como complemento a la generosa asistencia, Don González les conseguía en el vecindario, tareas zafrales como limpieza de predios, jardines, pintadas de casas, colocación de tejidos, podas, arreglos de parrales. El fijaba el precio a pagar por los trabajos, como si los jóvenes fueran su personal. También los conocimientos liceales, les permitía obtener algún dinero, sumando las libretas de ventas a créditos a los clientes por los crecientes comercios del barrio. La importancia de esas numerosas tareas, eran los valiosos recursos económicos que aliviaban los sacrificados aportes de las familias de los estudiantes. Culminado los años liceales, la necesidad de un mejor futuro, separó a los dos amigos. Hebert Almeida consiguió trabajo en Montevideo en una farmacia. Antonio se quedó en Minas, pintando letreros comerciales en muros y haciendo cuanta “changa” surgía hasta que ingresó como funcionario estatal. Los primeros años se visitaron entre sí y con la familia González. Las razones familiares y las tareas zafrales en las chacras, fueron espaciando esas visitas. Un día Antonio concurrió a la casa de Don González y no los encontró. Habían vendido la propiedad y vuelto al viejo pago en el Santa Lucía. Almeida se fue a la Argentina , se casó y formó su familia. Pasado veinte años de aquellos inolvidables momentos de estudiantes, la presencia de Don González y de María, solo son hermosos recuerdos. En algunos momentos Antonio sentía amargura y culpa por no haber devuelto tantos favores recibidos por ese matrimonio. La vida tiene etapas inolvidables, ejemplos sublimes y la generosidad de algunas personas que disminuyen en algo, el egoísmo y la inmoralidad de otras. El corazón de los honestos y agradecidos, se siente compensado si puede retribuir en algo las acciones recibidas. Antonio escuchó los repetidos timbres del teléfono. Despertó murmurando : - “¿Quién será a estas horas? . Son las dos de la noche y debe ser algo importante”. Levantó el tubo y escuchó atentamente en silencio. Luego contestó : - Enseguida salimos para ahí. -¿Quién te llamó a estas horas?  Preguntó despertando su esposa. –Llamó alguien del hospital…dice que hay un paciente grave que necesita sangre de su mismo tipo para operarlo. - ¿Pero por que te llamaron a ti?  - Parece que al revisar  los archivos de los donantes para compararlos con el grupo de sangre del enfermo solo encontraron a dos personas posibles donantes. Una de ellas es una señora que hace pocos días tuvo familia y el otro soy yo! 
Así que tengo que ir urgente porque hay una persona a quien podría salvar. Pocos minutos después Antonio subía unos escalones hasta donde lo espera la enfermera. Muy solicita y cortes la funcionaria lo atendía : - Le agradecemos que hay venido tan pronto. Ha tenido alguna enfermedad contagiosa en estos días?  -¡No…, no señorita, gracias a Dios estoy lo más bien!!  - Entonces le voy a sacar sangre. Si no tiene inconveniente, un poco más de lo habitual porque la operación del paciente es riesgosa y complicada!  Antonio se envalentona contestándole : -¡Si el paciente necesita más sangre, saque la necesaria. – Cumplida la extracción la enfermera regresa dirigiéndose al donante : - El paciente quiere pagarle la sangre!  - No!  …, yo no cobro por eso! – Está bien, pero además quiere saludarlo y agradecerle. Venga, dentro de unos minutos lo operan y después probablemente por varios días, no tendrá visitas.  – Antonio siguió a la enfermera hasta la salita del paciente. Desde la cama el anciano giró su cabeza al notar la presencia del visitante. Antonio quedó como paralizado mirando al envejecido enfermo. Luego extendió su mano y no pudo evitar el grito : -¡Don González - ¿Es usted? . ¿Cómo puede ser tanta casualidad?  Luego el apretado abrazo, lágrimas en ambos rostros nacidas de lo más profundo del corazón. Parecían no separarse nunca porque una fuerza invisible de emocionada gratitud y recuerdos los mantenía inmovilizados. – La enfermera intervino : - Antonio…, Tiene que retirarse ya porque vienen por el paciente!
Fuera del hospital, Antonio sintió el aire fresco en sus húmedas mejillas, miró el cielo estrellado y casi gritó : -¡Hebert, amigo mío, encontré a nuestro querido Don González!   Don González le salvó la vida en ese trance tán difícil, gracias a la feliz intervención y su fortaleza física y espiritual. Pese al desgaste de sus ochenta años y la operación vivió otros once más. Cuando falleció, dejó en las huellas de su vida, el imborrable recuerdo de su siembra generosa y que estas modestas letras, hacen revivir el ejemplo solidario de uno de los tantos que desinteresadamente nos tienden esa mano que jamás está vacía. En las sociedades humanas son los dignos aquellos que sostienen valores  en forma anónima. Muy lejos en amor, piedad y sacrificios de los ídolos que fabrica “La Bota” y la mercenaria promoción, cultora de la vanidad, soberbia y egoísmo. Al fin, los Don González, son el cimiento y el equilibrio que sostienen la esperanza de los seres humanos.

 

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir con los hermosos materiales de Antonino Cabana , con Raíces de Noviembre-2015, ofreceremos el final de este trabajo.)

 

UN VELORIO

Allí estaba Don Luciano, tendido a lo largo sobre la cama. Lo rodeaban flores recién cortadas en desorden alternándose con hojas verdes. Su piel cobriza curtida por el rigor de la naturaleza campesina ahora estaba oscura en partes y casi negra en otras. Resaltaba el pañuelo blanco, que por debajo del mentón, pasando por las mejillas, se remataba anudado en la parte alta de la cabeza. Lo habían peinado con esmero y desde el nudo del pañuelo salían dos puntas opuestas que parecían cuernos. Un vecino de chacarero, que tenía un viejo auto, había traído al doctor para certificar su muerte. Así lo había pedido el comisario del pueblo ante las graves lesiones que a la postre resultaron mortales del occiso. Ya en la sala velatoria dispuesta en el dormitorio del rancho, el galeno observó unos instantes al fallecido, con curiosidad y sin tocarlo preguntó a la llorosa viuda, rodeada por sus vecinas, en un rincón del cuarto.
-¿Doña…, usted es la esposa del muerto?. La palabra “muerto” sonó como algo desagradable entre los concurrentes. Para ellos era un “fallecido” o un “finado” . Pero el doctor era un doctor, culto y un ser superior, por lo que podía llamarlo como se le antojase.
-¡Si! …, - Dijo la llorosa mujer y sin poder contenerse se abrazó a una vecina mientras entre el llanto repetía : “¿Porqué, porqué…, Dios mío te lo llevastes? Entonces apareció un joven de unos veinte años y acercándose al doctor le dijo :  ¡Soy Emiliano, el hijo del finado!  Mamá está muy afligida y todo la hace llorar! – El galeno miró al jovencito, al parecer indiferente al dolor de las circunstancias y le preguntó:
- Pues…, bien …, ¿Qué le pasó a tu padre? Emiliano callado por unos instantes, busca las palabras más adecuadas y responde :  - Lo pateó un novillo…, casi le partió la cabeza!  - El doctor sacó una libretita y una lapicera, comenzando a redactar el parte de defunción , apoyándose en una mesita. Recababa datos de Emiliano mientras escribía las causas de la muerte. Finalizado el parte se lo entrega al joven que no se había apartado de su lado.  - ¡Tengan este documento que se lo va a pedir el sepulturero! – Emiliano lo toma con torpeza, lo mira unos instantes y comienza a leerlo : “Muerto por la coz de un novillo”.
El joven murmura en voz baja :  ¡Si se ve que el doctor es un pueblero!  No sabe distinguir la “patada” de un novillo con la “coz” de un caballo!  - Durante la presencia del facultativo, la concurrencia guardó un respetuoso silencio. Alguna tos sofocada con la mano y el sisseo de alguna voz al oído. También permitía destacar el notorio llanto de la viuda, combinado por algún suspiro profundo. Cuando el doctor se fue, varias vecinas reiniciaron el coro de lamentos. Había que ser solidarias con la afligida viuda. La historia repetía casi con las mismas características, el antiguo teatro de “las lloronas” asistentes contratadas para hacer vivas esas horas de dolor que producían las muertes. Por más que algunos quieran renegar de esos atávicos comportamientos humanos, amparados en los llamados progresos, con modificaciones aparentes, repentinas emociones sometidas a ese duende invisible que gobierna la simulación, la vanidad y la soberbia. El aparentar y engañar, muchas veces mentiras es el pan diario de la sociedad, lo importante es empapar los pañuelos enrojecer los ojos, llenar la sala de suspiros para el que diran : ¡Como sufrió la gente la desaparición de fulano!! – La noche para los vivos llegó como lo hacía siempre, pero la del infortunado Luciano sería eterna. Los hombres en el patio, cuidando el capón que se asaba y que por culpa de la patada del novillo, en forma indirecta, también le tocó perder la vida. A medida que pasan los minutos la conversación se incrementa y el mate circula sin pausas, de mano en mano. El humo de los gruesos cigarros armados manualmente, mezclan su olor a tabaco con la grasa y carne asada. Algún trago de caña, desata timideces y brotan anécdotas, cuentos y recuerdos de su vecino el refinado. Se interpolan en las narraciones comentarios de siembras, cosechas, carretas y arados. Reviven los recuerdos del amigo ya ido para siempre cuidadosamente ensamblados en todo aquello que no fuera negativo. El afán es revivir lo que jamás volverá, reconocer méritos que en vida se disimulan. Contribuir en la imagen positiva de alguien que nunca más estará presente, es una forma disfrazada del egoísmo humano para buscar el perdón divino y descargar emociones reprimidas en el reconocimiento de los valores ajenos. El ser humano es sincero hasta el “pero” . En el pasaje dialéctico que abarca las virtudes de un semejante la sinceridad llega hasta el “pero”, para sucederle las críticas por sus supuestos y perdonables errores. Ahora el amigo se había ido y debían acompañarlo en su último viaje. Era la obligación cristiana y de conciencia. Atreverse a mencionar un error del finado en vida era un sacrilegio que merecía el repudio de los presentes. En los análisis finales sobre su existencia, devoción y amor familiar, aparecía como un “Santo”. La muerte no está solo en el féretro, se siente en el alma de cada uno de los presentes, advirtiendo la fragilidad de los humanos que solo toman conciencia de ella, cada vez que fallece alguien. Al día siguiente llegó la carroza negra, esmeradamente pulida, agorera y fatídica como un ave carroñera. El equipo actuante para el traslado de cadáver también de vestido de negro oscuro. Solo la parte exterior de ese cortejo  se asocia al dolor de los familiares. Pero sin miramientos metieron el modesto cajón cerrado para siempre, al oscuro recinto de la carroza. Mientras lo cubren con flores crecen los llantos los reproches y lamentos. Cumplida la santa sepultura solo queda en el cementerio , silencio, flores marchitas y el olvido progresivo como advertencia para los creídos eternos.

 

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir con los hermosos materiales de Antonino Cabana , con Raíces de Setiembre-2015)

 

TEODORO “EL RENGO”  (Parte I)

La estancia de diez mil seiscientas hectáreas, recostada sobre las costas del Cebollatí ostentaba  un elevado casco colonial. Las construcciones de piedra se destacaban visiblemente entre el paisaje verde y la tupida arboleda que la rodeaban. Había pulcritud en los alrededores, con llanuras de óptimas tierras, profusas pasturas y un ganado excelente. Un cinturón de humildes ranchitos con negras chimeneas humeantes, rodeaban la estancia. Parecía el séquito rodeando al rey. La paz silenciosa de las quietudes coloniales, se rompía cada amanecer, con el grito que azuza a los bueyes el rítmico silbar y canto de tonadas detrás de los arados. El verde tapíz de las nativas pasturas ganaderas, se vestía de surcos , siembras y doradas cosechas. En los crecientes ranchitos de barro y paja, se escuchan risas de niños amparados y protegidos por la sólida formación familiar. Cada amanecer nacía con el mugir de vacas, berrear de terneros, ladridos de perros y el multisonoro enjambre de animales domésticos. Solo cesaba al anochecer, para dar paso al monótono concierto de ranas y grillos. La campaña se poblaba de brazos vigorosos, animales domésticos y productores incansables, procurando los inagotables recursos de la tierra. La mayoría españoles de las islas Canarias y sus descendientes, cultores  de la labranza, técnicas productivas, semillas y la filosofía sedentaria capaz de forjar la solidez de las familias.
Don Felisberto Carmona, estanciero de turno de herencia ancestral rezongaba:

-¡Estamos cada día más rodeados de incultos chacareros llenos de hijos que cuando crecen, se multiplican y reclaman más tierras!  El estanciero criaba solo ganado vacuno y su personal estable, era un indio curandero, un mulato grande y fuerte como un toro, un peón criollo y un domador que era guasquero y tocaba bastante bien la guitarra. Otro integrante del equipo, era el rengo Teodoro Villagran, hombre de confianza de Don Felisberto. Cuando jóvenes, habían sido compañeros en los enfrentamientos revolucionarios al servicio de Saravia. Era el más viejo de la estancia, experto en ganadería, consejero sabio y compañero leal. Una cuchillada le había abierto una pierna, salvándose milagrosamente después de varios días al borde de la muerte. Don Felisberto tenía un solo hijo, quien estudiaba abogacía en Montevideo. Su padre le compró una casa en la capital y le contrató una sirvienta para que lo atendiera. En los primeros años de escuela y liceo, el muchacho se lo pasó en la estancia junto a su padre. El propósito de su progenitor, era que aprendiera a manejar la hacienda que heredaría. La vida en la ciudad, lejos de las costumbres, sacrificios y privaciones de los pobladores rurales, conspiró con la filosofía del criollo, amante de la amistad y la solidaridad. El dinero y el título, lo situaron en un elevado pedestal, más notorio y pronunciado entre los campesinos. Los códigos de la convivencia, estaban muy alejados de los vividos y aprendidos en la sociedad culta cosmopolita, la amistad y admiración sentida para el indio curandero cuando era niño, ahora la despreciaba y se mofaba de sus supersticiones y curas de yuyos y venceduras. También aprendió a odiar a esa “elite inculta” de los agricultores gradualmente al ir conociéndolos aprendió a tolerarlos e incluso a comprenderlos y admirarlos.  Por razones de negocios con cereales y otros productos de las granjas la vinculación le fue descubriendo el generoso respeto y seriedad en el trato y lo comercial, la contracción al trabajo, la honestidad y la responsabilidad  familiar, generó cierta admiración. En cambio su hijo Indalecio se alejaba cada día más de ese medio. Se fue transformando en un severo crítico de sus costumbres “primitivas e incultas” , como las juzgaba. Teodoro “El rengo”, amigo de los agricultores, había comprendido que eso de producir cada día más y mejor, era bueno para la sociedad floreciente y para el afincamiento en el campo de las familias. La vida le había enseñado que la población del campo, los sacrificios y la tenáz lucha para producir y mejorar a una soberanía joven, en paz, orden y solidaridad, era lo mejor para crecer y dignificar la herencia libertaria necesitada de la estabilidad social. El rengo había visto crecer al niño Indalecio pero a su regreso de la capital con el título de abogado la vanidad y el porte soberbio, había cambiado la humildad de la enseñanza primaria. Ahora pretendía cambiar ancestrales costumbres, despreciándolas y catalogándolas de anticuadas, obsoletas y perniciosas para el progreso de una cultura moderna. Su polémica postura estaba saturada de adjetivos desconocidos para los humildes, pobladores de estancia. Con su título y el progreso adquirido en la gran ciudad, había sometido a la voluntad paterna… continuará

TEODORO “EL RENGO”  (Parte II)

…Teodoro quiso aconsejarlo, diciéndole que detrás de la humilde e inculta presencia de esos abnegados trabajadores, habían personas capaces de sacrificarse por él. El joven profesional lo miró con desprecio, respondiéndole:

  • ¡Qué sabes tú de la gente? , rengo parásito!  Deberías  callarte y aprender de que si no fuera por mi padre que te mantiene, ya estarías muerto! ¡Gente como tú, es la que paraliza el progreso y el avance de las sociedades a una meta mejor!
  • Teodoro bajó la cabeza y como perro maltratado, rengueando se fue hasta los galpones. Tenía los ojos brillantes y volteando el sombrero se mesó con ambas manos, sus escasos y blancos cabellos. El Indio curandero al verlo tan afligido se acercó preguntándole:
  • ¿Qué le pasa Don Teodoro? Lo veo muy preocupado y casi lloroso! No es nada mi amigo! Es que los hombres somos como somos…con títulos y sin títulos!

 

El rengo Teodoro ya había cumplido los 85 años. Pese a su pierna derecha rígida, se mantenía fuerte y ayudaba en la estancia en incontables tareas de apariencia menores. Carpía y limpiaba el jardín, barría con escobas de chilcas que él fabricaba. Ayudaba en la cocina, al guasquero, preparaba leña, racionaba a los caballos y hacía todos los mandados. Él había vinculado a su patrón y amigo con los chacareros. Comenzaron a adquirir productos de las granjas, casi desconocidos en los clásicos abastos a las estancias. Don Martín Segovia, un agricultor vecino, le suministraba el maíz y la avena para racionar los caballos. Ese vínculo comercial, fue creando otros valores como la amistad el respeto y las valoraciones personales. Don Felisberto, antes enojado por la invasión creciente de los chacareros, comenzó a valorar en ellos, un complemento productivo tan valioso como necesario. Al día siguiente del encuentro con el doctor Indalecio, Teodoro visitó a Don Martín. Era otro viejo como él, cuyos hijos se habían responsabilizado de la chacra. Don Martín, ayudaba en cuantas tareas le eran posible, especialmente aconsejando y asesorando los mejores manejos para los cultivos, sin dañar el ecosistema productivo renovable y sustentable; era un anciano muy querido y respetado en el pago. El doctor Indalecio, ya a cargo de la estancia, conocedor de los méritos ponderados de Don Martín, se sentía molesto e irritado contra todos los que alabaran las virtudes de ese viejo inculto, ignorante y mentiroso como lo catalogaba con soberbia. Teodoro el rengo, lo visitaba muy seguido para matear y recordar épocas idas y añoradas. Se sentía cada vez más ligado en la amistad con el chacarero, de la misma forma que lo fuera con el padre del abogado. Educado en la filosofía del respeto a sus semejantes, en especial con los mayores, sentía en su interior una emoción indefinida de angustia y desesperación. Para el anciano Martín, no pasó desapercibida la actitud perturbada de la visita. Hubo un momento de silencio mientras el anfitrión le alcanzaba el mate. Intuía que algo andaba mal en su amigo que emocionalmente, parecía no encontrar las palabras adecuadas.
Entonces rompió el molesto silencio:

-¡Amigo Teodoro, lo noto diferente con su modo de ser! . No olvide que soy su amigo en las buenas y en las malas! Si algo le molesta, suéltelo nomás que yo no me ofenderé!
- Mire Amigo Martín…, con ustedes no tengo más que agradecimientos por brindarme amistad y compartir en familia, estos momentos finales de mi vida. Sucede que ya soy un viejo inútil, pero que conservo algo de la dignidad que siembre sembré. Un mocoso que se cree superior por tener un título y una estancia heredada, me faltó el respeto, me insultó y prácticamente me cerró las puertas! Prefiero morir antes de permanecer un minuto más en la estancia. No vine a traerle amarguras y problemas ajenos! . Vine a despedirme del amigo para que sepa que no me fui de callado y sin el debido agradecimiento por su amistad! Yo sé como lo sabe usted que se mofan de nuestras botas, bombachas, sombreros y hasta cuando hablamos. Somos las lombrices de la tierra, despreciados, incultos y parásitos que no dejamos avanzar el progreso. Hasta miran para otro lado cuando nos ven, para no saludarnos. Sin embargo, nosotros seguimos trabajando de sol a sol, sin enojos, resentimientos y sin faltarle el respeto a nadie. Pero cuando se nos insulta como lo hicieron conmigo, quedarse no es de hombres. Esos que tanto opinan y nos juzgan como basura, usan zapatos lustrados, trajes importados, corbatas y moñitas en cuellos almidonados de camisas de seda. Usan guantes finos, caminan apretaditos, hablan amanerados, no les gusta la tierra, las heladas y el barro, pero llenan la panza con lo que nosotros producimos. Son según ellos, una clase superior, con títulos adornados de palabras que nosotros no las entendemos. Parecen olvidados de los criollos rocosos, negros esclavos e indios rebeldes que nos dieron esta patria al precio de sus vidas. Yo no estoy enojado con ellos y ni me importa una pisca que se crean los salvadores del mundo. Pero ya soy un viejo mañero, ataviado a la antigua, que mientras viva, no me quedo callado. Comprendo a mi amigo Felisberto, compañero de lucha que un día me hizo vender mis ranchos para que lo ayudara en su enorme estancia. Hoy está viejo y quebrado en su voluntad por el doctorcito, su hijo. Para esos mocitos que hablan fino y bonito somos la parte bruta de esta patria joven, avergonzándose si alternan con nosotros. A la mayoría se les puede perdonar porque no saben como trabajamos. Si vinieran a las chacras, no resistirían las polvaredas, una jornada arando o lidiando novillos, cortando maíz, alambrando, plantando boniatos y todas las tareas al frío, con lluvias, heladas, barro y espinas. Se morirían de vergüenza y hasta los repudiarían sus compañeros, si usaran tamangos, pantalones remendados y tuvieran callos en las manos como nosotros. Dios los libre de comer guisos de porotos, charque y pucheros de capón. En la gran ciudad, no hay barro, se viaja en cómodos transportes, apretando un botón hay luz, calefacción, ventilación y mucho tiempo para el ocio. El agua es abundante y no hay que buscarla en las cachimbas ni en las lagunas. Los días de lluvia no se trabaja y siempre hay un techo para guarecerse. Para las heladas, gruesos y abrigados guantes y ropa de categoría. Cuando falta alguna cosa, no importa si se puede pasar sin ella, se junta a protestar, presionando para que las importen de otros países. En la ciudad les barren las calles, les llevan la basura, le instalan luz en vías y plazas públicas para que no anden a oscuras. Hay lugares para las jodas y entretenimientos en todas las esquinas. Las jornadas de trabajo son limitadas, con horas y fines de semana para los descansos. Nadie se acuerda de nosotros los que nunca protestamos, molestamos, ni dejamos un solo día del año de trabajar. Solo se acuerdan del campo cuando algún impedimento arruina cosechas, reclamando con enojo los faltantes para sus bien servidas mesas. Si el sueldo no alcanza, se hace una huelga, se amenazan los servicios, se presionan a los políticos, y chau, todo se consigue. En el campo no hay nada de eso ni las queremos así por eso los jóvenes sueñan con irse a los pueblos donde el jornal es seguro, fácil y de poco esfuerzo, mucho ocio y todo al alcance de la mano…

TEODORO “EL RENGO”  (Ultima Parte)

…estaría bien si todos agacharon el lomo, respetáramos el alcance de los derechos y protegiéramos con incentivos justos el sacrificio y esfuerzo de cada ciudadano. Teodoro hizo una pauta y miró a su amigo como profunda amargura en el desahogo de la visita. Observa a su amigo que parece horrorizado mirando el suelo. En la pausa el mate parece dormir en la mano del dueño de casa. Ya calmado Teodoro rompe el silencio : - ¡Perdóneme usted que me haya desembuchado todo esto!. Algunos nos creen tan brutos e incapaces que les parece que no sabemos las cosas ni pensamos! Martín interviene : - A usted le faltó el respeto quien por su educación, debe saber cómo viven los trabajadores rurales y procurar en base a esa preparación que les da la universidad, la cual financiamos todos con la esperanza de que quienes se preparan allí, puedan fortalecer las esperanzas de un mundo más justo y solidario. Por eso, ese doctorcito no tiene perdón y menos aún, el argumento de no conocer sus antecedentes. Sin nosotros la producción de la tierra no funciona y los humildes tamangudos y botudos, jamás le faltan el respeto a alguien y con hidalguía, nos quitamos los rotosos y sucios sombreros para saludarlos. Debió comprender que con el dinero de “las lombrices de la tierra” y “los parásitos ignorantes” , pudo llegar a ser doctor! El rengo Teodoro, mira con agradecimiento a su amigo mientras sorbe el mate. Pareció aliviado del peso del insulto recibido y aprovechando la pausa de Martín comentó: ¡Mire amigo, las cosas suceden sin saber porqué! Le agradezco que piense así y este de acuerdo en lo que yo opinaba! .  Como le decía al principio, estoy decidido a abandonar la estancia. Tengo una hermana que vive en el pueblo, es la menor y los únicos que quedamos vivos en la familia. Ella no pudo tener hijos y vivió en Aguas Blancas hasta que falleció su marido. Vendió la chacra y se fue al pueblo. Tiene un enorme terreno y entre los dos, seguiremos fieles a la tierra con una quintita. Siempre quiso que me fuera con ella, pero mi amigo Felisberto, no se resignaba a que lo abandonara. Decía que éramos un equipo hasta la muerte. Vine a despedirme y luego de la mateada, arreglaré mis cosas que me las va a traer el indio y partiré a caballo hasta el pueblo, lugar donde nunca pensé morir. Es como un castigo para mí, pero “el señor” , sabrá porque las cosas suceden así! .Está bien lo que usted me está diciendo, pero Don Teodoro, no tiene porque irse del pago! Comprendo su dolor por abandonar el campo! A mí me pasaría lo mismo. Yo le digo a mis hijos que son unos santos de buenos, que el día que yo no pueda caminar, me lleven en carretilla o en el “tumbero” a recorrer la chacra. Yo tengo la solución que usted necesita. Alambramos un pedazo del potrero con el monte que da al río un poquito mientras tanto se queda con nosotros. Hay comodidad de sobra y los hombres como nosotros, no necesitamos grandes espacios ni lujos!.  Un mes después, el rancho para Don Teodoro el rengo estaba pronto. Pese a los ruegos de su viejo amigo Don Felisberto, hizo su mudada al nuevo domicilio. No se vino solo, lo acompañó el indio curandero. Imposible quedarse en la estancia, cuando oyeron al hijo del estanciero, gritarle a su padre : ¡Déjelos que se vayan, son estorbos y no sirven para nada! Ni siquiera para morirse de viejos inservibles!! Dos años después, los nuevos vecinos de los agricultores, recorrían el pago de chacareros, ayudando en las múltiples tareas de la variada producción. También ellos, habían criado algunos animales y cultivaban una creciente quinta de hortalizas y árboles frutales. Como el indio era un experto pescador de río, muchas tardecitas disfrutaban en silencio, sentados al borde de las lagunas, caña en manos, el premio a la paciencia y la habilidad. Indalecio el nuevo patrón de la estancia, había renovado su personal y contratado albañiles para hacer un edificio más cómodo y más moderno. Decía que en sus fiestas, no podía recibir a colegas y amigos de la alta sociedad, en ese vestusto casco de estancia. Casi a diario, recorría su campo montado siempre en un hermoso caballo y vestido pulcramente, con botas de cuero bien lustradas y un recado que había mandado hacer para él. Cuando llegaba al costado del tío, se detenía junto al alambrado lindero con el rancho del rengo. Observaba por varios minutos y sin disimulo, aquellas modestas construcciones y el verde esplendor de la floreciente quinta. Una mañana, próximo a la hora diez de un día de noviembre, mientras Teodoro y el indio carpían una huerta de zapallos, oyeron gritos provenientes del río. Cuando llegaron al lugar, encontraron al doctor Indalecio, revolcándose y tomándose el brazo. Había sido mordido por una víbora, cuando pretendía apartar un montón de resaca delante de su camino. Distraído, no siguió el trillo de los vacunos; la marca de los colmillos de la víbora, aparecía nítidamente encima de la muñeca. Rápidamente el indio le ligó el antebrazo con su pañuelo mientras comentaba : ¡Es picadura de crucera, se nota por la distancia en la marca de los colmillos! Hay que cortar y hacer sangrar donde está el veneno antes que se vaya todo a la sangre. Tú, Teodoro, corre hasta los ranchos de Martín para que prenda el caballo al Sulky! Tenemos que llevarlo al pueblo lo más pronto posible!  Yo le aplicaré unos yuyos después que sangre para neutralizar el veneno. Cuando quedaron solos, miró a Indalecio y sin el mínimo rencor, le dijo : ¡Tranquilícese doctor! No se va a morir tan joven, tuve suerte que estuviéramos al lado para socorrerlo! De lo contrario seguro que había velorio! Pocos minutos después, apareció el Sulky y los dos veteranos, ayudaron al casi desmayado doctor a subir al transporte. Lo cargaron como si fuera una bolsa de papas, y con rapidez, lo llevaron al pueblo. Una hora después de ser asistido por el médico, calmado el dolor y la desesperación Indalecio escuchaba al doctor : ¡Tuvo mucha fortuna que estuvieran cerca suyo esos dos hombres experimentados. El corte sabiamente practicado sobre la mordedura y esos misteriosos yuyos, actuaron beneficiosamente. Le pido que cuando esté bien, me traiga algunos para averiguar que contienen! En esos momentos llegó el padre de Indalecio. Tranquilizado por el médico, preguntó : ¿Quién asistió y trajo a mi hijo hasta el pueblo? Fueron tres hombres viejos en una Sulky! ¿Dónde están ahora? ¡No sé, fueron enseguida para la chacra!

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir con los hermosos materiales de Antonino Cabana , con Raíces de Agosto-2015)

 

SIESTAS Y TORTUGAS

 ¡Toto! …,Ya llegó Pedro y el Cholo! , con voz pausada el Lolo su hermano le avisaba la presencia de los dos amigos y vecinos.
Era la hora en que los padres y algún hermano mayor disfrutaban del reparador descanso de la siesta veraniega. Los más jóvenes o “más chicos” como se decía entonces procuraban entretenimientos lejos de los ranchos para no perturbar el sueño de los sesteadores. La madrugada en los veranos prácticamente ocupaba la mitad de la noche, y luego las duras tareas de las chacras agotaba a los responsables y consecuentes labriegos; quienes después del almuerzo, sesteaban un par de horas.
Era siempre momento de mayor calor, las chicharras ejecutaban sus ásperos conciertos, ocultas, mimetizadas entre las hojas de los árboles del monte. En esas horas, la reverberación parecía mover en ondas a la atmósfera, interrumpida periódicamente por algún remolino que levantaba pastos secos en los rastrojos y polvaredas en los caminos y en la tierra arada. Para los más chicos que nunca querían sestear, era el momento en que, sentados a la sombra de un árbol, armaban sus juguetes de lata, marlos y maderas ; hacer y cocer bolitas de arcilla, remedos escultóricos de animales domésticos y figuras humanas. En la amplia y llana laguna del paso en el arroyo, las aguas bajaban en esta época y se puede ver el fondo muy claro, donde se distingue la parte oscura de varias tortugas que semejan piedras.
Periódicamente cada jovencito de la familia lleva hasta unas piletas con agua en sus casas, una tortuga que elije entre las que le parecen más vigorosas. Hábilmente, con fuertes hilos, les forman una especie de arreos afirmados en el caparazón, a los que luego le acoplan unos carritos armados con latas vacías y ruedas de madera. A las latas las abren arriba para luego cargarlas y en los juegos de entretenimiento de las siestas, hacen que las tortugas seleccionadas las arrastren. Las alimentaban bien, y las tenían durante un tiempo hasta que las devolvían al arroyo para seleccionar otra. Las tortugas de los arroyos, similares a las de otros lugares, son pacientes, sumisas y con una extraordinaria resistencia. Comían de todo, desde hojas de hortalizas , cáscara de papas y boniatos picadas finas y maíz tierno, hasta cuanto insecto se ponía a su alcance. Pero su plato preferido eran las lombrices, muy abundantes en los estercoleros de los vacunos, cerdos y aves de corral. La lombriz necesita un hábitat con mucha humedad para crecer y reproducirse, por lo que en los períodos de sequía, cavan galerías más profundas, a una profundidad asombrosa, para protegerse y sobrevivir. Abundan en las chacras donde la gran cantidad de desechos orgánicos y el aporte de las tierras aradas crean un hábitat propicio para la lombriz, transformándose así en los auxiliares más potentes para el reciclado y formación de compuestos indispensables para la agricultura. Junto con cierto tipo de insectos y micro-organismos logran modificar favorablemente el suelo, aportando riqueza, la aireación y permeabilidad, facilitando reservas de agua subterránea proveniente de la lluvia , logrando prolongar la humedad del suelo. La mayoría de los seres beneficiosos y recicladores de materia orgánica, diseñados con sabiduría superior, para sostener la biodiversidad y sustentabilidad a través de transformaciones naturales, son muy sensibles a la acción mortal de los pesticidas y fertilizantes artificiales, de fórmulas limitadas y parciales , que generan en su fabricación gran cantidad de residuos químicos de la avasallante agroindustria. El hombre cree superar el orden establecido por el creador, con ésta, una de las tantas modalidades destructivas que tiene el progreso; atentatoria mortalmente contra casi la totalidad de las especies naturales. Las quemas de la materia orgánica en rastrojos y potreros, la destrucción selectiva de la vegetación no deseada, con potentes herbicidas, incontrolables y de un alcance imprevisible, es en la actual modalidad de grandes extensiones de monocultivo, un sistema depredador de los suelos y el hábitat de sus especies.
Pero volviendo a las tortugas y los juegos de los jovencitos campesinos, todo se vuelve actividad en la preparación de los carritos tirados por estos mansos quelonios. Pedro y el Cholo llegan, saludan a sus amigos, el Toto y el Lolo, y de inmediato miran los dos “carritos” de lata, tirados por dos hermosas tortugas. Cargan los dos insólitos equipos y los llevan hasta una pequeña colina, distante una cuadra del arroyo. Antes de empezar la competencia se hacen las apuestas con bolitas. El evento definitorio de un ganador, consistía en dejar libres a las tortugas para que ellas tiraran lo más velozmente de los carritos hacia el arroyo. Ellas cuando se siente libres, avanzan sabiamente por ese instinto natural que poseen, rumbo a su cañada, arroyo o laguna de origen. En esa carrera chocan con matas de pasto, piedras y deformaciones del terreno ; a medida que se aproximan al agua, aceleran sus desplazamientos, que son festejados por los apostadores, ansiosos de ganar las bolitas. Si por alguna casualidad que casi nunca sucede, llegaran al agua al mismo tiempo o con alguna duda en quien es el ganador, las volvían a la colina y la carrera se hacía de nuevo. La tortuga ganadora era liberada de su carrito y devuelta a la laguna, como premio a su comportamiento. Muchas tardes de domingo las competencias se realizaban con varias tortugas, traídas por los jóvenes vecinos, transformando el evento en una verdadera fiesta de apuestas de bolitas. Pero lo más importante para los inventores de las carreras, el Toto y el Lolo, era mantener invicta la condición de tener en su localía las tortugas más veloces. Lo que no sabían sus amigos visitantes, era que las tortugas locales, tenían por ese instinto natural, bien definido el lugar de su laguna y no titubeaban en el rumbo a emprender, no como sus congéneres traídas por los vecinos que demoraban en orientarse antes de iniciar la marcha. Hoy ese mundo de lagunas, arroyos no contaminados, población con numerosas familias productivas, el ingenio personal y estimulante de los jovencitos creando sus juguetes y juegos, son devorados por el progreso de la ciencia que cada día nos “robotiza” más y más y nos esclaviza económicamente en una carrera de consumismo creciente con las consecuencias de una devastadora contaminación. Han desaparecido las lagunas, los arroyos, el agua pura, el mundo vegetal y animal nativo; la moral de costumbres solidarias, fraternas y del respeto mutuo. Ver una tortuga o un pez en nuestras cañadas, arroyos y lagunas es una “asombrosa” novedad. En cambio no tenemos protección alguna para la nube de mosquitos hematófagos, que ni a los animales dejan en paz. El progreso de los humanos ha conseguido romper el equilibrio natural del control biológico para la mayoría de las especies nocivas más resistentes a los envenenamientos, destruyendo a los controladores de la biodiversidad. Lo más triste y deplorable, es que a la hora de reconocer culpas y errores, el humano parece tener todo el derecho , hasta de destruirse.

 

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir los trabajos de Antonino Cabana con   RAICES de Mayo-2015,)

 

DIALOGO DEL ABUELO CON SU NIETO

“ ¿Dónde está mi nieto querido?” – dice el abuelo Martín al llegar a la casa de su hijo.
“¿Así que cumples 16 años , no Darío?” . “Sí, hoy me tocó cumplir años a mi”
El ómnibus que pasaba por la Estación Andreoni, había traído al Abuelo hasta Minas. En el viaje, el anciano comentaba con varios pasajeros, la alegría de poder estar un día más con su amado nieto.
Casi gritaba : “¡Todo el mundo se fue de las chacras, no sé qué será de este país si sigue así! Éramos como 100 vecinos, tierras aradas, maíz, trigo, frutas, verduras, pollos, gallinas, cerdos, …de todo.
¡Había gente trabajando por todos lados, los almacenes, las canchas de fútbol, siempre llenas los domingos, de muchachos sanos, fuertes y educados. Apenas amanecía y hasta la noche, todo era arados, carretas , bueyes, cantos y un silbar alegre que daba gusto!. Hoy en mi pago he quedado solo en mi rancho, con dos perros y un viejo ombú.
¿Yo quisiera saber que va a ser de mi país, la gente de las ciudades y los muchos que no les gusta trabajar, cuando las chacras no nos abastezcan?”
Don Ezequiel que lo escuchaba atento, ríe y lo palmea diciendo: “¡No se aflija tanto amigo! , deje que pasen hambre y ya saldrán a buscar quién les dé de comer”.
Martín medita un instante, no está conforme pero cambia de tema iluminándosele los ojos. “¡Hace casi un año que no veo a mi nieto! Hoy cumple años, creo que 16 y quiero darle una sorpresa” . Ezequiel pregunta : “¿Ud. quiere mucho a su nieto?”. Martín lo mira con asombro : “¡Claro que lo quiero, más que a mi propia vida!. ¡No sé cómo podría vivir sin él”
El anciano bajó del ómnibus y caminó unas cuadras por la calle desierta del barrio España. Cuando llegó a la casa de su hijo, su nieto estaba solo. Cuando salió a recibirlo lo abrazó, apretándolo con sus fuertes brazos. Su cara junto a la de él, no se separaba y la piel arrugada, rozaba la suave y tersa mejilla del nieto. Darío permanecía estático, permitiéndole a su abuelo, ese devoto saludo, ya que conocía el cariño auténtico que el anciano sentía por él. Darío hablaba poco de su abuelo y menos entre sus compañeros de estudio. Ellos siempre se estaban refiriendo a ellos como “viejos cavernarios”, “aborígenes retrógrados”, prepotentes y autoritarios. Cuando estaban reunidos, hablaban de ser una sociedad diferente, con modas, vestiduras extravagantes, para llamar la atención, de no respetar las privaciones, de ser libres y con muchos derechos, de pedir y pedir sin dar nada a cambio. Darío escuchaba y aunque no estuviera de acuerdo, callaba para no ser segregado y repudiado. Lo que más le dolía a Darío, era la consigna de no permitir la presencia paterna en “sus” reuniones. Plantear la del Abuelo era el suicidio social entre sus compañeros. Muchas veces el nieto se sentía injusto con el abuelo ante tanta dedicación e infinito amor demostrado por el consecuente abuelo. A veces no podía evitar nombrarlo y entonces surgía la mortificante pregunta: “¿Acaso tu quieres a tu abuelo, a ese viejo ermitaño, que vive hundido en la mugre del campo? . Como si la pregunta lastimara su orgullo y decir que se afectaba esa versión moderna que no comulgaba con la moral aconsejada por sus ancestros. El jovencito buscaba acomodar lo mejor posible su respuesta:   “Bueno…, no sé si lo quiero, pero siento lástima de él, es tan viejo, solitario y anticuado que no se da cuenta que el mundo cambia”. Imposible encontrarle otros defectos a quién le brindara a la tierra, los mejores años de su vida. Muchas veces le oía a su padre comentar que todo lo que poseían y esa desahogada posición económica que disfrutaban, era gracias al trabajo honesto y sacrificado de su abuelo. Darío miró un instante a ese montón de huesos, pellejos y arrugas que acababa de abrazarlo y que tenía dos ojos tiernos y brillantes que parecían humedecidos por la emoción. Luego escuchó su voz algo inculta, aún fuerte y vibrante, propia de la vida campesina: “¡Así que hoy cumples 16 años! La pucha que te vas haciendo mocito”. Darío reprocha : “No abuelo, eso era antes en tus tiempos, yo ya soy mocito desde los 12 años”. El abuelo acepta la opinión y continúa: “Bueno; está bien, yo ya soy un viejo chocho, pero …¿Cómo te va en tus estudios?  ¡Estoy esperando que pronto seas un Doctor!  No quiero que seas un ignorante como yo, tamangudo, con callos hasta en los pies y tierra en todo el cuerpo!”  El nieto lo mira con impaciencia y le contesta : “Abuelo aún me falta mucho para eso. Es capaz que ya no estés vivo para entonces” El anciano no se resigna y filosofa: “¡Dios lo dirá!” No aceptando el destino que le prive de ver a su nieto. “Pero dime, ¿Por qué cuando eras más chico me visitabas seguido, te gustaba andar a caballo, pescar, asar choclos, pasar varios días en la chacra conmigo?  Recuerdo que hasta llorabas cuando te iban a buscar. ¡Ahora ni en las vacaciones me visitas!” Darío lo observa con impaciencia y comienza su alegato de explicaciones. “¡Abuelo!” . Tú pareces no entender que la vida cambia y que yo ya no soy un niño bobo como antes. Tengo otros amigos. Ya me hice hombre y me gusta pensar por mí mismo. En la ciudad se adquieren otros compromisos y si no sigues el progreso, te mueres. Aquí no es como en tu aburrida chacra, llena de animales sucios. Tenemos discotecas todos los días, maquinitas para divertirte, computadoras, internet, porno, juegos electrónicos y reuniones de jóvenes donde no meten las narices los padres y viejos anticuados como tú. Hacemos nuestras bebidas mezclando vinos con cuanto jugos se te ocurran. Fumamos porros y nos olvidamos de todas las porquerías de este mundo. En el campo donde tu vives o vegetas mejor dicho, no hay videos, cable, ni televisores, compactos musicales, chicas y chicos para divertirse o un boliche bailable. Todo es chato, aburrido como un cementerio. El campo está muerto y casi todo el mundo ha huido de él como si tuviera peste. Es un cadáver que para nadie sirve  y los pocos que quedan como tú, son viejos anticuados que no saben vivir. Solo hablan de trabajo, siembras, cosechas y moral, cuando eso ni siquiera vale recordar. Aquí en la ciudad, tengo todo al alcance de la mano, la ciencia, la tecnología, el confort, mil formas para disfrutar y entretenerse para no aburrirse. Tú sigues entre yuyos y tierra, trabajando de sol a sol, esclavo de tus animales, sin energía eléctrica, con agua de una cachimba, comiendo “sancochos” preparados en una cocina a leña que te cubre de humo. Te acuestas apenas oscurece y te levantas cuando es la mejor hora para dormir. Yo uso ropa importada y a la moda, que allí en tu chacra, nadie te vería ni se daría cuenta. No tienes auto, viajas a caballo y sigues arando con una yunta de bueyes.
¡Abuelo! , ¿Cómo es posible que no te des cuenta de esa vida aburrida e insoportable, es peor que la de una cárcel?”  El abuelo escucha callado, parece cada vez más hundido en el asiento. La alegría que trajo con esas misteriosas fuerzas que da el espíritu, lo van abandonando. Siente la impotencia de no saber porque los jóvenes han cambiado tan rápidamente y de no comprenderlos. Tan alejados de las bondades de la tierra, de la pasión de los chacareros que desde niños, dejaron en los surcos, toda su juventud y vigor, para producir y ser familias unidas.

 

DIALOGO DEL ABUELO CON SU NIETO  (Ultima parte)

Está mudo, afligido, y no encuentra las palabras para no herir a su amado nieto. No sabe explicarle las razones de su permanencia en la chacra, junto a sus vetustos ranchos, el ombú, la carreta abandonada, el arado casi olvidado, su querido perro, fiel compañero de su solitaria permanencia en el campo. No puede explicarle lo que significa su caballo. Que cuando lo ve, corre a su lado, con relinchos cortos y rozándolo con su hocico. Se levanta sin saber porqué e intenta una defensa de su pasado que es presente, ya convencido de que su nieto no lo comprenderá e incluso, lo oirá sin escucharlo: “Yo respeto tu sentir y no pretendo cambiar ese modelo de vida, que los viejos anticuados como yo, no la compartimos. Las costumbres han cambiado tan rápidamente que siento hasta miedo. Es probable que el progreso como tú lo llamas, nos haya …! El nieto interrumpe : “ No abuelo, no es solo el progreso, es que tu no despiertas! Las personas mayores no se han dado cuenta que ya salimos de la edad de piedra. Papá es casi como tú, pero lo vamos cambiando. Está todo el día trabajando y cuando tiene libre, se lo pasa en la casa o va a la Iglesia con mamá. Cuando prende el televisor, es para ver esos aburridos partidos de fútbol y los informativos. Yo lo “jodo” bastante porque así, me da unos pesos y corro a reunirme con mis amigos. Un poco de alcohol, un porrito para levantar el ánimo, alguna película porno con las amigas. Cuando eso ya no nos divierte, tiramos piedras, rompemos algún vidrio, insultamos a algún “milico”, porque ellos saben que no nos pueden tocar. También organizamos alguna manifestación callejera donde los “idiotas” que hacen reclamos, nos dan algunos pesos para que los acompañemos y metamos mucha bulla. ¡Para que veas abuelo, solo así los gobiernos terminan dándoles lo que piden porque necesitan sus votos! Nos divertimos viendo los “milicos” correr, a los políticos pelearse y a los comerciantes cerrar sus puertas. ¡Ves abuelo, aquí nos respetan, nos tienen miedo y somos los dueños del mundo y nada nos pueden hacer porque somos menores”. El abuelo se estremece y le cuesta creer lo que está oyendo. Con voz baja y temerosa reprocha : “¡Hijo eso no está bien, los demás tienen sus derechos como los tienes tú!” Observa a su nieto que está tomando alguna bebida sin control. Está cada vez más eufórico y comunicativo. Invita con la bebida al abuelo , pero él se disculpa : “¡No Darío…, yo solo tomo mate!” El jovencito reprocha : “¡Ves abuelo como Uds. no saben disfrutar de la vida. Nacen y mueren  como mulas de carga, trabajando para que los políticos y sobados de lengua se enriquezcan!”
El abuelo se atreve : “No sé si está bien lo que opinas, pero alguien tiene que trabajar la tierra, para que las familias coman, se vistan y generen impuestos para pagar los estudios que tú y tus amigos reciben”. “No abuelo, despierta y verás que solo trabajan los “giles” , los esclavos como tú. Lo demás es un invento de los anticuados para atemorizarnos y no dejarnos disfrutar. Cuando  falta algo, lo traemos de otro país y lo vamos a comprar a los supermercados, tú no lo sabes porque no vas nunca a un supermercado. Allí está siempre lleno de conservas, frutas, cereales, bebidas, zapatos, ropas, películas, discos, tornillos, clavos, herramientas, perfumes, jabones, golosinas, cosméticos, pinturas, electrodomésticos y miles de cosas más, todos importados. ¡Ves abuelo, que lo que tú haces no sirve para nada y a nadie le interesa. Deja la tierra que se pudra entre el pasto; si no vé a un supermercado y verás semillas “especiales” , tierra “especial” , fertilizantes, venenos, pesticidas, cepillos, escobas, todo importado por los dueños modernos de nuestra riqueza. ¿Y todavía quieres que trabajemos y nos privemos de todo ese cómodo progreso, donde desde el asiento y la cama, haces funcionar los equipos?  No precisamos trabajar, otros lo hacen por nosotros para que no nos falte nada. Lo nuestro no vale y no sirva para nada. Los músicos, poetas, escritores y todos los artistas, vienen de otros países, porque a los nuestros no los aguanta nadie. Ellos llenan los teatros y espectáculos, bailan, gritan, muestran los traseros, dicen palabrotas y todo el mundo los aplaude a rabiar. Eso es el progreso, cultura de avanzada, sin las limitaciones que los antiguos nos quieren imponer. Es muy distinto cuando un uruguayo lo hace, no sabe modernizarse, ni aprenden los valores de la cultura progresista”. Darío continúa imparable en su perorata defensiva de los valores importados. El abuelo ya no lo oye, no puede asimilar tantas diferencias, no puede comprender tantos cambios en aquel tierno niño de ayer, que jugaba con los pollitos y recorría las siembras de su chacra jubiloso y feliz , al extremo de llorar cada vez que tenía que regresar a la ciudad.
Era de tardecita cuando el abuelo retorna a su rancho. Sus pasos son más lentos, el cuerpo está más encorvado y un velo cristalino opaca su mirada. Enciende la cocina a leña y prepara el mate. Mientras el agua se calienta, piensa : “¿Estaré tan equivocado?”  ¿O acaso el mundo ha cambiado tanto? ¿El trabajo, los sacrificios y las esperanzas de la continuidad de la familia chacarera fue sólo un sueño? ¿El futuro de este mundo será una locura de satélites, armas atómicas, aviones supersónicos, fábricas que oscurecen el cielo con el humo de sus chimeneas, clonaciones, transgénicos y residuos letales contaminando el cielo, aire, mares y tierra?  ¿Es este el precio que la humanidad deberá pagar por el disfrute de tanto progreso sin control? ¿Así que nosotros los viejos hemos vivido errados?”  Mira a Cacique su fiel perro, que no deja de hacer fiestas de alegría por su regreso como si fuera su Dios, por la puerta abierta entra la gallina con varios pollitos. Los pequeños pían a coro, buscando afanosamente alguna miga en el piso de la cocina. Al verlos, el abuelo exclama: “¡La pucha! ¡Si se me había olvidado darles de comer! . Sale hacia el galpón rodeado por ellos. Vuelve con las manos llenas de maíz quebrado. Lo rodean, saltan y se trepan a sus pies, buscando sus manos. Se sienta en el suelo y les permite  que toquen su rostro, sintiendo el cosquilleo de sus picos y patitas. Hay suavidad y tibieza en esos cuerpecitos llenos de vida. Se levanta y mira hacia el horizonte donde el sol se ha perdido. No puede evitar las lágrimas que mojan su rostro, una emoción extraña lo aplasta después de su visita a un mundo que no entiende ni siente. El es parte del ombú, la carreta, los ranchos y de todo lo que hay y vive en la chacra. No en otro lado, es un estorbo, una dimensión silenciosa entrando en el mundo del olvido. Le habla a los pollitos y su voz alterada por la emoción, parece una plegaria. “¡A la finadita María, le encantaba darles de comer en su falda sobre el delantal!” Camina hacia la cocina. La puerta abierta tragó su cuerpo junto con el perro. La luz mortecina del farol deforma su rostro y los huesudos dedos de una mano gastada de sembrar, parece una tenaza adherida al mate.

(Queridos amigos, los invitamos a seguir los trabajos de Antonino Cabana con   RAICES de Abril-2015,)

 

 

UN POLIZÓN  (Parte I )

El jovencito mal vestido, de piel aceitunada, con apenas catorce años, estaba agazapado a la sombra de la noche, en el puerto de Beirut. Apenas un bolsito con un poco de pan, frutas y pasas, era su equipaje. Nervioso y con temor, observaba el barco en el muelle que partiría para América. Era una nave vieja, oscura y adaptada para transportes de cargas. Había marineros que trajinaban de un lado a otro, cargando bultos e intercambiando apenas algunas palabras. Era el año 1930 y el Líbano, la patria de ese jovencito, estaba convulsionada por las guerras, la pobreza y la inseguridad. Las mujeres rezaban en las iglesias y los hombres luchaban en los frentes. Los más jóvenes soñaban con un futuro mejor. El muchacho esperaba el momento propicio para abordar el barco. De a ratos, sacaba un Cristo crucificado de un bolsillo y lo besaba con pasión. Huiría de su patria como polizón, para buscar en América, un lugar sin guerras. Pero volvería ya consolidada su estadía para llevar a los suyos. Esperaba las horas de la madrugada cuando la vigilancia cedía al sueño y al cansancio. Confiaba que a esas horas, podría ocultarse en el barco sin ser visto. No quería olvidar su tierra, los ranchitos de su familia en la ladera del cerro donde cultivaban patatas, cacahuetes, olivos, bananas, uvas y hortalizas. Eran varios hermanos dependientes de esas cosechas y de los pocos animales que podían criar. Su padre, hacía días que estaba con otros compañeros luchando en los frentes. Recordaba a su patria, allí en el oriente medio y la escuela donde le enseñaron su origen histórico, su cultura y la importancia de ser cuna de la humanidad. Fue la antigua Fenicia donde se fue poblando de semitas, árabes y franceses. Quería retener en su mente esa larga tira de valle con más de doscientos cuarenta kilómetros de costas sobre el mar mediterráneo. Paralelo al valle, la cadena montañosa de alturas medianas, cuya máxima elevación correspondía al cerro “cornet assauda” de 3.000 metros. Siempre le hablaban de ser un país chico, culto, tolerante y amante de la familia. Eran unos 10.000 kilómetros cuadrados cuyos pobladores querían vivir en paz, cultivando las artes, las ciencias y el respeto en la actividad comercial. Sin vanidad, su maestra les enseñaba que por razones estratégicas se sembraron y cultivaron culturas diversas, expresiones permanentes de las visitas y poblaciones costeras. Los monumentos líticos son testimonios generacionales del progreso de la humanidad. Eran más de 6000 años de experiencias, sacrificios e intercambios de visitas y pobladores para una herencia de valores ejemplares. El jovencito meditaba, recordaba como para aprisionar en su mente el suelo natal, pero no dejaba de estar atento en el acecho de la oportunidad propicia para abordar clandestinamente aquel oscuro barco de carga. Algo temía pero era más el deseo de emigrar que los demás miedos que muchos compatriotas comentaban. También se hablaba de un lugar en América de tierras excelentes, necesitado de mujeres y hombres que la poblaran y la hicieran producir. Los que llegaban a ese lugar, jamás volvían a su patria y terminaban llevándose también a su familia. Cuando el jovencito le confió a sus amigos el propósito de viajar de polizón a ese remoto lugar, advirtieron que si los del barco lo descubrían lo arrojarían al mar como lo habían hecho con otros viajeros clandestinos. Pero el afán de buscar una solución para su familia, fue superior al temor de perder su vida. Trataría de esconderse en alguno de los varios rincones del carguero. Más importante que algún alimento era la provisión de agua. Mucha no podía transportar pero llevó toda la que más pudo. Su obsesión era llegar a ese lugar paradisiaco , trabajar con toda dedicación y esmero, hacer la máxima economía y volver por su familia para llevarla a un lugar seguro…

 

UN POLIZÓN  (Parte II )

…En ese entonces, antes del año 1941 cuando el Líbano logra su independencia, su población era de dos millones, compuesta por cristianos, ortodoxos, católicos, griegos, armenios, maronitas, sírios, caldeos y latinos. Ese amor a la libertad , el trabajo y la familia, era una inextinguible llama del corazón del jovencito aspirante a una aventura desconocida. Tenía apenas catorce años pero su madurez prematura exigida por los acontecimientos en el oriente medio forjaban su ideario de responsabilidad. Las abundantes narraciones escuchadas a visitantes y compatriotas, de prometedoras tierras pobladas por gauchos, negros, chinas e indios conquistadas a punta de lanza y coraje con el legítimo propósito del derecho y la libertad. También recordada el nombre de un país llamado Uruguay. De alguna manera llegaría allí, sabedor del afincamiento de muchos libaneses. Convencido de su habilidad y al amparo de las sombras y el descuido de los guardias, subió al barco y se escondió en el hueco de una estiba de bultos. Al tercer día de navegación en un descuido el polizón fue sorprendido por un marinero. Llevado ante el capitán, un hombre duro y severo, propio y producto del medio y de los hombres a su mando, esperó impaciente las explicaciones del joven intruso. Notando valentía y atrevimiento en las pretensiones del polizón, intervino:

¿Así que aún no sabes lo que le pasa a los que se esconden en mi barco? - ; Claro que lo sé, pero mi vida vale tan poco que no me importa si se arroja al mar! – Quién te dijo que a los intrusos se los tiramos a los tiburones? . Replica el capitán en tono agresivo - ¡Claro que lo sé, es lo que repiten todos mis vecinos y amigos!  ¿Entonces por qué lo haces?. Dónde piensas que va a este barco? A América…., quiero ir a un lugar llamado Uruguay allí donde puedo trabajar hasta que me caiga muerto para ayudar a mi madre y a mis cinco hermanos más chicos que yo. Nuestro padre que está luchando por la libertad del Líbano, ahora no nos puede ayudar y tampoco sabemos si está vivo o no! . - ¿Viajas solo o hay alguien más escondido en algún rincón?  - ¡Si, viajo solo! - ¿Cuántos años tienes, cómo te llamas? – Me llamo Josef Simón y tengo 18 años. Mintió. – No pareces con esa edad…., déjame ver tus documentos. - ¡No…, no los tengo. – El capitán se suavizó un poco y se sentó observando detenidamente al muchacho que no parecía asustado. Tal vez algo insolente en su mirada y sin temor por su futuro. - ¡Esta bien, sé que me has mentido con tu edad pero ya poco importa, a los tiburones le sirves igual y sin importarles si eres joven o viejo! . Tú lo quisiste así, te arrojaremos al mar y si consigues hacerte amigo de esos tragones y te perdonan la vida, debes ser un gran nadador para sortear varios cientos de kilómetros de aguas profundas y bravías. También existe una muy remota posibilidad que te encuentre otro barco que no sea como el nuestro!. Pero por ahora, te perdonaré unas pocas horas de vida y te daré algo de comida si la ganas trabajando en la cocina, en la limpieza y donde te lo ordene. Cuando el barco llegó a Buenos Aires, Josef fue bajado junto con las mercaderías. En la nave hacía todos los trabajos indicados con incansable voluntad. Ya en las calles de esa ciudad desconocida, su máximo problema era la comunicación.
Hablaba bien el francés pero el español le era totalmente desconocido. Unas mujeres que no los entendían al ver que era extranjero le indicaron la vivienda de un francés. Cuando logró que lo recibieran, el dueño de casa pudo entenderse con él mediante su idioma. Conmovido por su historia, decidió llevarlo a una hacienda rural donde explotaba la ganadería. Al poco tiempo, la laboriosidad y tenacidad de Josef, conquistó el aprecio de sus patrones. Junto a otros peones, la mayoría gauchos, fue aprendiendo el español. En los ratos libres, para escucharlo y reírse un poco, todos le hablaban y le explicaban el significado de cada palabra. Cuando ya había aprendido a comunicarse le decían que la risa era igual en español que en francés. Con una fonética cómica para el gauchaje y ese lenguaje desfigurado, fue ganando simpatías y el profundo aprecio de sus virtudes. Josef comprendió que allí se trabajaba mucho, se comía casi solamente carne y se ganaba poco. Pese a todo y el lacerante deseo de mejorar, ya habían pasado tres años al servicio de los patrones franceses. Su vivacidad y la buena disposición para toda tarea, le facilitó muchos viajes a Buenos Aires para el cuidado cultural del enorme jardín de la lujosa vivienda que su patrón tenía en la ciudad. Los hijos del francés eran estudiantes universitarios, amanerados, que soñaban con palacios y reinados. Rememoraban culturas europeas, suntuosas y de refinadas formas de vivir. Predicaban el romanticismo enfermizo y tenían un gran desprecio hacia el gaucho, el criollo, los mestizos, la servidumbre y la clase obrera. Los trataban con dureza, creídos que el hecho de pagarles unas monedas y darles techo y alimentación lejos de sus lujosos comedores con sirvientes negros enfundados en ridículos uniformes, les daba el derecho irrestricto para disponer de sus vidas y sentimientos. Un día la hija mayor del estanciero recorría el jardín, abstraída totalmente con un libro de poesías de Ruben, sin advertirlo, tropezó con Josef, agachado junto a un rosal que podaba. Ella exclamó algo sin sentido ya que su educación, no les permitía pedirle perdón  a la servidumbre. Josef se levanta rápidamente, corta una rosa y se la entrega con una sonrisa y una reverencia. ..

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con la última parte de este trabajo  con  RAICES de Diciembre-2014)

 

UN POLIZÓN  (Parte III )

Entonces ella sonríe y para “El turquito” como lo llamaban en la estancia, esa presencia es tan bella como la flor. Sin poder  contenerse y en francés, le dice:

¡No sabía que hoy me visitaría un hada en el jardín! Al día siguiente, los dos hijos mayores del patrón lo llevaron al establo y mientras uno lo encañonaba con un pistola, el otro lo azotó con violencia y crueldad repitiéndole:

Esto es para que aprendas a distinguir las categorías de la gente y no regales flores ni te hagas el poeta!  Pocos días después Josef cruzaba el río hacia Uruguay, con un grupo de contrabandistas. A si llegó a la tierra soñada y por la que arriesgara su vida como polizón. Con sus pocas cosas en un atado , avanzó durante varias horas por un camino polvariento. Entre varias chacras sembradas, eligió otro camino que se introducía por un gran monte de frutales. Cuando llegó al portón de una hacienda que le pareció próspera, golpeó repetidamente las manos. Todo el patio estaba enrejado y con tejido. El portón estaba cerrado y sin candado pero a pocos metros estaban en actitud agresiva tres enormes perros. Uno ladraba y los otros dos gruñían, como aconsejando prudencia. Al poco rato, apareció un hombre ya maduro, alto y flaco, rubio y huesudo. En un correcto español pero con un acento de extranjero, preguntó:
¿ Qué desea usted aquí? - ¡ Yo soy Josef Simón y vengo desde Buenos Aires. Llegué porque necesito trabajar y pensé … se detuvo mirando alrededor y continuó : - Vi que hay grandes plantaciones de frutales y a lo mejor, necesitan peones! Notó que era un extranjero con un modesto y enredado idioma español. Calmó a los perros que gruñían desconfiados e interrogó al visitante :  - Por lo que veo, no eres un “Nacional” , además, si estuviste tres años en Buenos Aires, porque se vino usted de allí?  ¿Acaso cometió algún delito?  - No señor, le diré toda la verdad. Solo le regalé una flor de jardín que podaba, a la hija de mi patrón. Cuando dos de sus hermanos se enteraron, me dieron una paliza tremenda!!  Se remangó la camisa y mostro laceraciones del látigo. - ¡Tengo muchas más por todo el cuerpo! El dueño de casa sonrió mientras le decía :  - ¿Así que te la tirastes de “Don Juan” de dónde eres, cómo te llamas y cuántos años tienes?  - Me llamo Josef Simón y tengo diecinueve años!  - Mintió de nuevo ya que solo tenía diecisiete, el granjero lo miró detenidamente por unos minutos preguntó: ¿ Tienes Documentos?  - No señor, me los quitaron  en el barco y como era polizón, estuvieron a punto de arrojarme al mar!  - ¡Que bárbaros!! Creo que has venido en el momento preciso. Estamos cosechando la fruta y hay mucho trabajo para clasificar y acondicionarla para le mercado. Así comenzó Josef una nueva etapa de su vida en su tan ansiado Uruguay. No demoró mucho en demostrar sus excelentes conocimientos adquiridos desde muy niño, en su amada y lejana patria. Además su carácter pacífico la tenacidad laboral que no medía horarios ni discriminaba tareas hiciera frío o calor, conquistaron rápidamente las simpatías del patrón y de todos los peones. En el altillo del galpón donde se guardaban el tractor y las herramientas agrícolas, armó su dormitorio al cual siempre mantenía prolijo. En una lata con tapa, iba guardando monedita a monedita, suma que crecía junto a las ahorradas en Argentina. Hacía más de un año que trabajaba en la granja “La esperanza” , cuando decidió consultar a su patrón, una tardecita de una jornada, se acercó al dueño del establecimiento que se encontraba revisando el tractor:

¿Patrón…, me permite que le pida algo?  - ¡Bueno!  Siempre que no sea plata! - ¡No, no es plata, eso no se pide, se gana trabajando!  - Esta bien hijo, que es lo que te pasa?

Nada me pasa a mi pero es un problema personal que no sé como encausarlo!  Como usted hace muchos años que vive aquí, tal vez pueda ayudarme a resolverlo. - ¡Está bien, está bien, dime cuál es ese problema!  - ¡Mire …, tengo algunos ahorros y mi familia está pasando muchas privaciones allá en el Líbano.  Mi venida a Uruguay fue para poder ayudarla!  Por eso quisiera saber cómo puedo mandarles algún dinero!  El patrón se detuvo en la revisación de la herramienta y lo mira conmovido por esa actitud tan solidaria como generosa…

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con la última parte de este trabajo  con  RAICES de Enero-2015)

 

UN POLIZÓN  (Ultima Parte )

¡Me alegra haberte dado trabajo!  Yo nací aquí en Uruguay, y soy patriota de este país que supo hacer feliz a mis padres que con ilusión y sacrificio, pasaron penurias de hambre, frío en el barco que los trajo de las Islas Canarias. Comenzaron con un pequeño pedazo de tierra donde volcaron todo su empeño y conocimientos para progresar. Se encontraron con una naturaleza tan buena como generosa, que jamás los defraudó y fue la madre fortuita que les correspondió siempre a ese amor que mis padres le brindaron. Según les oía comentar, jamás se olvidaron de sus familiares que no pudieron venir con ellos. También estaban pasando mal como los tuyos, y de alguna manera los ayudaron. Gracias a este trocito de suelo donde nací, recibimos la recompensa que le brinda a toda la gente laboriosa como tú. Por eso el nombre que tiene este establecimiento donde construyó los primeros ranchitos de terrón y paja. Hoy a muchos años, después de criar una hermosa familia, comprendo que la vida sin una esperanza, es imposible de sostenerla equilibrada. En cuanto a lo que deseas, hablaré con las autoridades del pueblo. Entonces veremos lo que podemos hacer. Hacía casi veinte años que Josef vivía en América. Cuando se habían cumplido los diecisiete años en la granja “La Esperanza” Don Guido patrón que había querido como a un padre, falleció repentinamente. Ya no tenía más compromisos allí, por lo que decidió independizarse. Conocedor inteligente de las necesidades de la creciente población del campo, decidió transformarse en un abastecedor comercial. Cargado de enormes valijas de cuero, cumpliendo agotadoras jornadas y recorriendo cientos de kilómetros, llegaba a cuanto rancho aparecía. Las modestas mercaderías suministradas le evitaba a los pobladores rurales abandonar preciosas horas de trabajo para concurrir a los comercios de los pueblos. Rápidamente mejoró su situación económica, permitiéndole comprar unas cuadras de campo, dos caballos y un carro. Así aumentó la seguridad de la mercadería, las distancias a recorrer y la mejor disponibilidad de tiempo. Afincado en la estación Las Flores de Maldonado, teniendo además, una ocasional compañera. No tenía documentos y tampoco se preocupó por obtenerlos. Su actividad no se los exigía y el dinero de sus ganancias, lo giraba a sus familiares y lo que reservaba para comerciar, lo tenía bien escondido. Cuando en los años 1960 empezaron a aparecer pequeños grupos de delincuentes, Josef era muy astuto y precavido para evitar algún saqueo o riesgo de vida. Para evitar sorpresas, tenía escondites lejos de la vivienda donde resguardarse él, las mercaderías y el dinero. Sus escondites, seguros y desconocidos para los eternos amigos de lo ajeno, fueron un misterio permanente. A pesar de su vida sacrificada, siempre fue muy generoso con las familias con problemas económicos. En la estación Las Flores, el señor Villalba, vecino de Josef, me relató esta historia. Aún lo recuerdan con afecto, propio de los hombres cuyas conductas, son ejemplares y dignas de las buenas familias. Esos comportamientos, no importan las razas, la condición social ni el lugar donde nacen. Cualquier territorio, cuando se ama y cultiva con respeto, puede significar en el corazón del agradecido, una nueva patria. El creador nos ubicó en el planeta, para que los honráramos y fuéramos cuidadosos de ese hogar patrimonial. Las fronteras deben ser simples mojones imaginarios para el hombre que se cree su dueño. Es el que marca a su paso, la huella de humildad o soberbia tras un llamado progreso, que hoy mira más  a las utilidades que a las almas. Por eso los sentimientos podrán tener matices como un paisaje, pero las pasiones, debilidades, miedos y sueños, serán siempre nuestra siembra y eternos en los humanos. Lo material no siempre generoso con las virtudes, carece de dueños específicos, mutando a través del tiempo, gestando placeres pero también violencia, que nos horrorizan por momentos, pero las olvidamos cuando no nos llegan.

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con la última parte de este trabajo  con  RAICES de Febrero-2015)

 

 

LAS BOLITAS

“Se arman las “Troyas” , con muchachos alrededor de miradas muy ansiosas mucho pulso sin temblor : son las canchas de bolitas en los tiempos del candor.”

 

En la tierra pareja de un patio, un camino o un lugar sin pastos y alisado para que las bolitas corrieran sin impedimentos allá por el 1920 al 1950 , en cada uno de los numerosos
Hogares campesinos, las escuelas y los “boliches” , siempre se veía a un grupo de muchachos marcando la cancha, haciendo la raya y exhibiendo la bolsita de género repleta de bolitas.
También estas escenas se repetían en los barrios de las ciudades y en los pueblos chicos. Especialmente junto con el fútbol, el juego entretenimiento y pasión de las numerosas familias, de niños y muchachones de las clases más humildes y modestas. No habían regalos de “reyes”, “papá Noel”, las muchas fechas del “día del niño”, los cumpleaños y de toda esa promoción comercial que venden remedos de armas, destellantes objetos que incitan a la violencia, juegos traumatizantes, propicios para los encierros y negativos para desarrollar la imaginación. El juego de las bolitas tenía su enorme beneficio para una generación que se formaba. Junto con la disciplina del trabajo que desde muy niño se enseñaba, el valor de la moral y el esfuerzo, el amor al mundo que lo rodeaba, lo nutría y le brindaba los grandes placeres de los domingos de tarde. Las bolitas fortalecían lazos de amistad, destreza, disciplina creativa y los códigos del honor, inviolables en casi la totalidad de los jóvenes de entonces.
Las primeras bolitas eran de barro quemadas y pintadas con brillantes colores. Luego aparecieron las de vidrio veteadas y tentadoras. Se guardaban en bolsitas de género con un dobladillo y una tira pasante en la boca para cerrarla. Al poco tiempo en la campaña los muchachos no solo se entretenían jugando con ellas, sino que las fabricaban con arcilla bien amasada, secadas a la sombra y quemadas en el horno para el pan. Luego fueron aprendiendo a pintarlas. La muchachada de entonces aprendía con imaginación y habilidad a confeccionar todos sus juegos remedos de carretas, máquinas trilladoras, camiones, autos confeccionados con latas, marlos, carretes vacíos, ruedas de madera y la arcilla de las barrancas de las cañadas. En los patios de las escuelas, los recreos se poblaban de canchas de bolitas para los niños varones. El juego de la “rueda rueda” , la rayuela, la mancha, canciones aprendidas en los libros de clase para las niñas. Eran horas de risas francas, abrazos fraternos festejos de las habilidades y el cultivo de una fraternidad que luego, cuando mayores, formaban hogares, se apoyaban en la colaboración para las duras tareas y fortalecía los lazos afectivos necesarios en la moral, respeto a las ideas y la paz social.

“Borradas en el tiempo, ya muerta su pasión eran juegos sin los vicios de la cibernética de hoy, donde en cuartos oscuros los niños no ven el sol…”

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con otro de los hermosos cuentos de Antonino Cabana con  RAICES de Octubre-2014)

 

LA VACA PINTADA  (Primera Parte)
“Memoria de las campañas políticas”

Los altavoces tronaban en la quietud de los barrios de la ciudad de Minas. Allí casi no regían los horarios dispuestos para esas jornadas que a gritos estridentes y cortos mensajes musicales pugnaban para convencer a los pobladores de las notorias y evidentes virtudes de los candidatos. El control municipal y policial permitía un respiro cómplice en esas zonas dónde el ciudadano jamás se queja por algo. A medida que se acerca la fecha de las elecciones, aumentaban las horas de los repetidos slogans de virtudes propias y de críticas preventivas sobre la eficacia y moral de los adversarios. En ninguna otra actividad existía tanta agresividad y libertad para los juicios y calificativos que por costumbre consuetudinaria, superan el limbo del derecho. Es más grave cuando el pueblo se transforma en cómplice y defiende airadamente a “sus candidatos” severamente criticados en año electoral. Aumentan los ruidosos escenarios, los decibeles de los altavoces, las arengas salvadoras de todos los desastres y las promesas desmedidas que jamás se cumplen. Retornan las eternas burlas a los ciudadanos, se repiten los mismos apellidos en una herencia que no tiene fin. Es algo que todos los políticos saben hacer y dirigir a través de una elite de iluminados y la complicidad seductora de filosofías que lavan cerebros. Un niño de escuela observa a su maestra cuando les dice que no existe nada eterno. El alumno aseguraba que existían dos cosas eternas, pues, su padre que era diputado, decía que son eternos los impuestos y los políticos. Volvamos al tema de la propaganda política, su desmedida acción, los enchastres y agresividad sin censuras ni límites. Esta evocación en los recuerdos de mi juventud, ilustra de alguna manera esa fiebre electoral seductora contaminante y hasta irracional. Sucedió allá por el año 1960 y pico, cuatro meses antes de la elecciones. Comenzaron a aparecer por todos lados latas, cubiertas, pasacalles, troncos de árboles, piedras, muros y hasta gorros, buzos, adhesivos pintados e impresos con números que identificaban los personajes más capaces y virtuosos de cada partido. La sagacidad inteligente de los coordinadores de propaganda era encontrar la idea más sobresaliente, el enganche filosófico y el slogan de mayor impacto emocional en las masas que se dejan conducir complacientes pese a las falsas promesas y las renovadas ausencias de méritos. La culpa es el argumento más eficaz, siempre recayendo en los demás, como causa de un supuesto y fallido propósito. Hay una elite eterna, dueña de la oportunidad de los cómodos y mullidos asientos de las cámaras. Encima del poder, una extraordinaria posición económica que no exige condiciones de conocimientos y hasta de moral. En esa euforia del carnaval electoral, aparece una inocente “vaca pintada”. Llego a plena zona rural, poblada de chacareros ajenos a los comités de los pueblos y ciudades donde se remozan muros abandonados y aparecen en cada local, retratos históricos que apuntan a los candidatos. La euforia propagandística, muestra bandera, viejos sobretodos, ponchos, imágenes de guerrilleros, filósofos y héroes foráneos. Clavos alambres y cuerdas, afirman por doquier, carteles, banderas y retratos que gritan el pregón de los iluminados, capaces de todas las soluciones…

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con la última parte de esta historia con
 RAICES de Agosto-2014)

 

LA VACA PINTADA  (Última Parte)
“Memoria de las campañas políticas”

Son las horas donde no importan los antecedentes e insólitamente el ayer vapuleado dirigente de un partido, por arte de magia se transforma casi como un héroe cuando cambia de partido. Son las cosas insólitas y difíciles de aceptar entre los seres que nos creemos inteligentes. Aún más grave es cuando ese tiene la oportunidad de castigar las promesas incumplidas en el cuarto secreto donde somos rey y juez, se olvida todo, se tapa los oídos, cierran los ojos y se repiten errores. Es como si una droga inhibiera las facultades racionales. En la segunda sección de Lavalleja, llegó el día programado para una pintada, colgada de afiches y ruedas. Al paso de los cuatro muchachos encargados de la propaganda, pinturas y pinceles en mano, parecía no salvarse nada por varios kilómetros de la ruta 8. Joaquín y Miguel eran los encargados, cada uno con un ayudante. En un viejo automóvil, remozada la chapa y cubierto de propaganda, transportaban todo el material previsto para la jornada. Cumplida la agotadora travesía ya entrada la noche, el equipo regresaba a sus casas. Abandonando el auto prestado por el candidato y que volvía a Minas, los tres jóvenes restantes, aún con un resto de pintura, cruzaron campos, chacras y alambrados, muy felices comentando la tarea. Cuando llegaron al potrero de la familia Romero, vecinos de los tres muchachos, una vaca blanca con algunas manchas negras, dejo de mordisquear el pasto para observarlos con curiosidad. Joaquín se detuvo con una sonrisa de oreja a oreja y les dijo a sus compañeros. Vengan con la lata de pintura y los pinceles y pintamos el nombre y el número de nuestro candidato en los costados de la vaca!  Uno de ellos acariciaba al manso animal mientras el otro encastraba el pelaje blanco de la vaca. Culminada la tarea uno de los jóvenes comentó : ¡Pero si el señor Romero es del partido Blanco!!! No importa, el es buenísimo y no se enoja por nada! Cuando yo le critico a sus candidatos se ríe como un bobo ¡Nos contesta! Ustedes sí que son anormales pierden el tiempo para esos candidatos desprestigiados que les mienten y los engrupen con las mismas promesas que nunca les cumplen. Aparecen próximo a las elecciones y luego si los he visto no me acuerdo. Yo por lo pronto, no peleo por nadie no comprometo mi voto ni cargo con sus promesas!
Los muchachos decidieron madrugar y esconderse en un cañaveral próximo al corral de ordeñe. Querían festejar la reacción de Romero cuando viera a la vaca. Cuando en el oriente aclaraba, desde el escondite oyen el lejano grito de su vecino, azuzando la yunta de bueyes mientras carpía el maíz. Los picaros arteros se miran desilusionados. Gorgoroso hace un ademán de espera y los tres vuelven la vista hacia la vaca. Unos diez minutos de expectante espera, ven venir a la esposa de Romero hacia el corral. Cuando la mujer vió a la vaca, queda unos instantes paralizada. Luego mira hacia la chacra donde su marido esta carpiendo y le grita: ¡ Viejo….vení enseguida!!  Alertado Romero, llega apresuradamente hasta el corral. Ella sin decir una palabra, señala a la vaca. El hombre mira con sorpresa al manso animal pintada groseramente de ambos lados, aparentemente indiferente a la curiosidad humana y comenta después de una ruidosa carcajada. ¡ Esos fueron nuestros vecinos los Fernández. Los muchachos están envalentonados con su caudillo y creen un triunfo seguro. ¡Dejálos nomás, se van a llevar un chasco!! Ni aún pintando vacas para que también los vote, van a poder ganar!!.

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con otro de los hermosos cuentos de Antonino Cabana con  RAICES de Setiembre-2014)

 

TOTI

El concepto de fidelidad, amor y espíritu de sacrificio, después del nivel insuperable de Ansina como representante de los humanes, solo es posible encontrarlo en los perros. Especialmente hoy día donde el corazón se ha tornado dura roca y el pensamiento del disfrute personal, la ventajita, la saña, el robo y cuanto medio de corrupción se practica cotidianamente. Son las metas a que nos empuja, el resplandor de la ciencia con sus avances tecnológicos, la deformación del concepto de familia, la intolerancia y el egoísmo con todos sus matices. Cuando conocí la historia de servicios y abnegada responsabilidad de Toti, a través de uno de los inolvidables amigos que tengo la suerte de tener, que ya jubilado al igual que yo, se fue a vivir a Rocha junto a sus queridos recuerdos en los inolvidables ranchos paternos. Conversábamos sobre los partidos de pelota en el frontón y los enfrentamientos casi a diario con otras entidades de Minas. Estábamos sentados sobre unos cajones, en el depósito y clasificación de huevos del sector avícola del Parque de Vacaciones para Funcionarios de Ute y Antel. Toti, un perrito bajito, de cuerpo grueso y corto, sin raza definida como hoy gusta a la vanidad humana cuando se vanagloria de tener un “chicho” puro, que duerme por lo general en mantas de gamuza, con capita carmín, collar de fino cuero con adornos de costoso metal, brille su pelo por el fino champú, coma churrasco de lomo a medio cocer, sea llevado periódicamente al veterinario, al peluquero y a pasear en automóvil para que en los árboles del parque trate de recordar ancestros instintos y no deje de ser “perro”. No!! Que esperanza…Toti, era un perro vulgar, sin raza, que dormía sobre bolsas en un calentito rincón, que comía huesos y sobras, que no conocía peluquero, veterinario, perfumados y suavizantes champú, que vigilaba al igual que el más eficiente policía, que se ganaba la comida, el aprecio y la categoría de insobornable servidor de la empresa, ladrando cuando era necesario y cuidando el establecimiento, especialmente en la noche, cuando todos dormían, incluso las posibles víctimas, las aves. Ni el calor, el frío o las lluvias eran motivos para la ausencia de su eficaz vigilancia. El día de la narración de esta hazaña que enorgullecía a su dueño “El Pocho” Brum, Toti dormía agotado y maltrecho por las cuarenta y ocho horas de un servicio que no le permitía comer, tomar agua y que le había agotado las fuerzas para seguir ladrando. Mi padre siempre nos decía que los perros son más fieles y más compañeros del hombre cuando se les enseña al igual que a los niños, a ser responsables, trabajar por el pan de cada día y no caer en el vicio degradante de la pereza y la abúlica condición de parásito. Toti tenía en su haber, distinguidas y múltiples acciones en la foja de servicios. Recorría el predio de las instalaciones matando y ahuyentando comadrejas, intimidando mano-peladas y zorros, gatos monteses y hasta algún zorrillo que por varios días, pese a los continuos baños en la cañada, lo mantuvo agresivamente perfumado. El Pocho decía : - Hace unas dos noches lo oí ladrar con insistencia. Era una noche muy fría de junio y no quise levantarme. Tenía ciega confianza en la eficacia de Toti. Fueron varias horas de oírlo y noté como que se alejaba y cada vez eran más leves sus ladridos. Luego me dormí, al amanecer, cuando me levanté no lo vi junto a la puerta donde infaltablemente me esperaba con unos cariñosos gemidos, moviendo su rabito a la espera de mi caricia y saludo. La verdad que nunca conocí a un perro tan servicial y amigo. Lo quería como a un hermano y lo respetaba por el derecho ganado a la fidelidad. Lo llamé varias veces pero no apareció. En el patio blanqueaba la helada y el frío me hizo volver a la cocina para aprontar el mate. Una hora después y luego del desayuno, bien abrigado salí a recorrer y racionar. Tampoco Toti apareció en ningún lugar. Cuando tuve tiempo, cerca del mediodía, fui hasta su “echadero” , pero estaba vacío. Durante el día lo llamamos varias veces con mis compañeros de trabajo. Como al oscurecer tampoco había aparecido, comenzamos a revisar cuanto rincón y a recorrer los alrededores. Llegó la noche con su ausencia y las más inverosímiles suposiciones sobre los motivos causales. Como al día siguiente, se repite el misterio de la desaparición de Toti, apenas tenía un tiempo, me internaba en los montes, llamándolo a todo grito y buscándolo. También en la noche había helado y pese a un atardecer soleado y cálido, se avecinaba otra noche igual. Urgía encontrarlo por lo que me fui alejando por el enmarañado monte, bordeando una cañadita con el trillo de las visitas y las caminatas que hacía Pedrito, hasta alejarme varias cuadras del establecimiento. Aún no se las causas que me impulsaron a seguir por la tupida maraña de la vegetación. Caminaba con dificultad, en silencio, preocupado mientras oscurecía rápidamente entre aquel tajo de cerros cubierto de un bosque bajo y cerrado, alternado por álamos, plátanos y canelones que sobresalían varios metros por encima. De pronto vi apenas a un bulto que se movía junto al tronco de un canelón. Lo llamé por el nombre de Toti y quedé asombrado al verlo avanzar, llegar a mí y lamerme las manos, separándose rápidamente y volver a su puesto de guardia. Llegué a él y lo noté agotado y casi al borde de la resistencia. Como si me quisiera decir algo, gemía y miraba hacia la copa del alto canelón. En la altura había algo más de luz, permitiéndome ver a una agotada comadreja trepada a una rama inalcanzable para el perro. Era evidente por el pasto trillado y los arañazos en el tronco de que Toti la persiguió hasta allí y la vigiló sin pausas, esperando el momento que bajara. Volví al establecimiento por ayuda y herramientas, mientras tozudamente Toti no abandonó su puesto de espera. Una hora más tarde, estábamos aquí en este depósito y este fiel y noble perrito que no titubeé en besarlo, antes de comer, tomaba agua con avidez. Luego se echo a dormir, pero no por el esfuerzo antes realizado, faltará esta noche a cumplir con sus eficaces rondas donde el oído, el olfato y el desarrollado instinto de una inigualable responsabilidad, hará que su presencia supere a la del hombre.

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con la última parte de esta historia con
 RAICES de Julio-2014)

 

LA LUZ MALA

Aún hoy, “la luz mala”, ya incorporada a nuestro folklore nativo, sigue siendo una aparición misteriosa. El prodigio de la mente humana, fue, es y sigue siendo, el reproductor incansable de ese mundo, donde las explicaciones científicas rebotan sin poder romper el hechizo, que probablemente por necesidad espiritual, nuestra especie se niega a develar. La luna por ejemplo, sigue siendo para muchos románticos y soñadores, la serenidad misteriosa de la sublime y pálida belleza de un mundo, ya sea místico o el inspirador poético de la musa que es capaz de sublimar la sensibilidad del alma. Nos resistimos a admitir, la crueldad científica, que nos habla de un desierto inhóspito, sin vida aparente, como un páramo de rocas, polvo y carente de atmósfera y clima capaz de admitir alguna especie conocida en la tierra. La controversia sigue siendo, si la luz mala, resplandor fijo o errante que aparece en las noches oscuras, brotando entre los montes, bañados y en alguno de los solitarios lugares del campo, es real, sobrenatural, producto de la combustión de elementos recicladores del suelo, protección de la ignorancia, los miedos o el respeto exagerado hacia el desconocido mundo “del más allá”. De todas maneras, aún con el temor de ser ridículos, anticuados y resistentes al progreso avasallador que todo lo explica y todo lo justifica, seguimos escuchando a “algún trasnochado”, narrándonos con total convencimiento, haber vivido un encuentro con este misterioso fenómeno. También leemos con indisimulada pasión, esa literatura criolla, tan pura como fantasiosa, que pese a todas las explicaciones, nos negamos íntimamente a reconocer ese misterioso fenómeno, a cuya razón escapa a las consideraciones de los mortales. Es por eso, junto a la solitaria presencia humana en la inmensidad del campo, falta de cultura, el respeto visceral a la creación y sus reglas normativas, nosotros aún casi unos niños, ingenuos e inocentes, jamás hemos podido olvidar, el episodio narrado por un hermano de nuestro padre, en el teatro de una noche oscura, cuyo rostro al expresar sus miedos, se volvía grotesco a la pálida luz de un candil. Es probable que lo exagerado del encuentro y lo fantasioso del relato, hoy sea motivo de risas incrédulas, para una generación, que a la hora de juzgar no tiene en cuenta las épocas, modelos culturales y los avances científicos que muchas veces superan a la imaginación. La novedad la trajo un hermano mayor de nuestro padre. Cada vez que nos visitaba, nos deleitábamos escuchando sus increíbles aventuras, llenas de supersticiones, miedos, respeto por lo desconocido, especialmente cuando se refería a “almas en pena” o a seres que nos rodean, nos vigilan, pero que no vemos, ni sabemos donde están. Nuestro tío, era una persona predispuesta a la fantasía, que transformaba en representaciones su temeroso mundo interior. Estábamos todos en la cocina y anochecía cuando llegó muy agitado, el hermano mayor de catorce años. Casi sin saludar, comentó: “¡Acabo ver desde el monte, a una luz en el bañado, al lado del arroyo!”  Se movió por dentro del pajonal y el caballo se asustó, casi volteándome! Luego, como estaba solo con medio bozal, casi no lo pude detener!”. Silencio unos instantes, luego el padre responde:  “¿Andaría alguien con un farol por el arroyo?. Otra cosa no pudo ser”. Íntimamente, nadie descartó un hecho sobrenatural, esos que no tienen explicaciones racionales. El tío, adoptó una posición sería, casi temeraria y le dijo a su hermano: ¡”Mirá Alejandro, si el caballo se asustó, fue porque no era un farol”.
Los animales ven las cosas más lejos que nosotros!  Vaya uno a saber, a quién enterraron en ese bañado cuando las guerras civiles. De pronto es la de algún alma en pena o la de un pecador que Dios no lo ha perdonado!”  Nosotros, los más chicos, con los ojos mas abiertos que de costumbre, tuvimos la sensación de que algo poderoso se estaba manifestando porque no tenía paz. Miramos a nuestra madre y ella , discretamente nos sonrío. El Tío continuó : “Yo conozco muchos casos reales que la gente ignorante no cree en ellos. Son el alma de los maldecidos por los brujos, a los que han asesinado o han muerto sin saber porqué…

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 RAICES de Mayo-2014)

 

LA LUZ MALA  (Última Parte)

Yo conozco un hecho muy comentado, en un bañado próximo al Río Santa Lucía, que tenía enloquecida a toda la vecindad. Esa alma en pena, luz diabólica o fantasma, podía enfermarte, enloquecerte o causarte una muerte horrible”. Silencio aplastante que solo se oía la respiración. Un miedo indefinido corrió por los cuerpos de los más jóvenes, acompañado de una impotencia fatalista. “Yo conocía ese lugar, porque acostumbraba a tropear por allí. Recuerdo que en una de mis visitas, había conocido una moza que al final, es la que terminó siendo mi esposa. La visitaba un domingo sí y otro no, era lo acostumbrado. Un poco antes del bañado del paso, había un boliche donde llegaba a tomar unas cañas. También  jugábamos algún truco, por lo que, algunos domingos, rumbeaba para mi casa, a medianoche o más. Cuando pasaba frente al tupido pajonal, con árboles secos con los gajos levantados al cielo, como brazos desesperados, se me ponían los pelos de punta y el caballo bufaba”. El tío sigue exagerando su relato: “ ¡Allí había tantos apereaces que se estorbaban al caminar!. Por lo general, el caballo tomaba agua en el paso y yo armaba un cigarro. Sucedió en una noche muy oscura, sin luna y con tormenta de relámpagos y truenos. Cuando llegué frente al bañado, el caballo empezó a escarcear y dar bujidos. Los ojos le brillaban como carbones del miedo y reculaba a pesar de mis espuelas y las órdenes que le daba. De pronto, oí unos ruidos raros, como de cadenas o ruedas chirriando. Casi me voltea el animal, que ya no quería saber nada de ese lugar.Eché mano al revolver que nunca se me caía y miré para el pajonal. Quedé paralizado cuando vi brotar desde los matorrales, una luz amarillenta verdosa que me encandiló. Esa cosa, me miró, con unos enormes ojos rojizos y empezó a dar brincos como un demonio, rumbo a mí. ¡La pucha que era espantosa! , no pude sujetar el caballo que disparó como “alma en pena”. Cuando llegué al boliche y conté lo sucedido, algunos “canarios” como yo, se sacaron el sombrero santiguándose, otros parecían rezar, pero los más jóvenes que son los más imprudentes, comenzaron a reírse de mí. Me fui para un rincón donde había un viejo solitario y me senté junto a su mesa. Me temblaba la mano y no podía sostener la copa. El viejo tenía más arrugas que carnero merino, se dio vuelta y le reprochó a los muchachos su falta de respeto. Luego me dijo: soy un curandero indio y conozco todos esos misterios. Aquí nadie me conoce ni sabe donde vivo. Se arrimó más a mí, me palmeó un hombro y me dijo: ¡Usted es el elegido de Dios, para ayudarle al descanso eterno a esa pobre alma, en garras del Diablo!. Esas “luces malas” , son almas en pena que buscan ayuda. Lo eligieron, porque saben que es valiente y capaz de enfrentar a Satanás. Acompáñeme por la orilla del río, hasta un monte muy espeso, donde tengo mi rancho. Allí le daré una cruz, mojada con agua bendita. Luego vuelva a ese lugar, busque a esa “luz mala” y le arroja la cruz encima. No sé agarré tanto coraje. Tal vez porque le creía a ese indio curandero, o con algún santiguado me dio algo. Poco rato después, estaba en el pajonal, persiguiendo a esa pobre alma poseída por el Diablo. Tuve que ir a pié porque mi caballo no quería saber nada de fantasmas. De pronto, esa luz se me apareció y se me vino encima. Levanté la mano con la cruz y se la arrojé encima. ¡Nunca vi cosa igual, ni creo que volveré a ver! . Fue algo espantoso sus gritos y quejidos. Cayó revolcándose en el suelo como quemada con grasa y se fue despedazando. De pronto, se elevó al cielo como un cohete, un resplandor azulado. Quedé como una hora paralizado mirando el pajonal. Me di cuenta que estaba allí, cuando comenzaron a cantar las ranas y todo el bicherío del pantano.Ahora estaban contentas, porque antes no se animaban. Miré al cielo y me pareció ver la cara de Dios que me sonreía. Regresé al monte para darle las gracias al curandero, pero…, ¿a que no saben lo que pasó? No había rastros de él ni de su choza! ¡Nada…, nada!! Ni una rama del rancho, ni siquiera el rastro del lugar!! Había desaparecido y nadie lo volvió a ver jamás después de esa noche”

 

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 RAICES de Junio-2014)

 

VIEJA MINA VALENCIA  (Parte I)

Aquel verano de 1952, llegó a las serranías del Parque de Vacaciones, con días largos y calientes. El calcinante sol, muy pronto tiñó de ocre los duros pastos de las laderas y alturas. Los cuervos planeaban silenciosos por encima de los blancos edificios de techos rojos. Tres grandes valles llenaban de aventuras y sueños a los numerosos funcionarios que día a día, lo visitaban en grandes caravanas, al son de los tambores o en silenciosas parejas, para llenar sus corazones de dicha y los ojos de luz y color. Al Este, la vieja Mina Valencia, ahora silenciosa y acogedora, recomponiendo las profundas heridas de otrora, el hombre tras la aventura del oro, infligiera en sus serranías. Aquel estruendo de máquinas y barrenos, había pasado como una tormenta y su ruido enloquecedor, se trocó por canto de pájaros y zumbar de insectos. Un atractivo especial, parecía emanar de sus montes y quebradas. Nadie quería regresar del Parque, sin visitarla. El misterio de sus túneles, el hechizo de sus pozos y canteras, germinaba en la mente de los visitantes, las más increíbles aventuras y leyendas. La vieja Mina Valencia, cual sirena mitológica, embriagaba la mente y tejía con hilos invisibles, fantasías de un pasado desconocido y misterioso. Era un paseo obligado, irresistible y casi necesario para vivir…
Hacía varios minutos que el joven esperaba escondido, junto a unos arbustos, en un recodo del camino. Como una mariposa sutil y fragorosa, apareció una hermosa jovencita. El cabello largo, castaño cobrizo, rimaba a su paso. Un poco antes del joven, se detuvo.
“Creí que no vendrías” -, dijo él – “¿porqué no iba a venir?” – contestó ella avanzando paso a paso – “No sé, pensé que te habrías olvidado o no podías…! “Ya junto a él, notó a la luz del día, que era mucho más hermosa. Había un leve rubor en sus blancas mejillas y sus labios apenas rosado, parecían los pétalos de una rosa. Todo era pequeño y menudo en ella y su vestido de color verde claro, sólo se ajustaba en su pecho y cintura. La fina tela insinuaba los bien torneados muslos. El joven suspiró hondo y pensó que era demasiado bella para ser cierto ese encuentro pactado el día anterior.
“¿te animas a ir a la mina como lo planeamos?” – dijo él
“¡Si …! ¿Por qué no?”  , y avanzó decidida a su lado. El joven la condujo por un breve trillo, saliéndose del camino.
“¿Adónde vamos?” “A la mina, por aquí es hermoso el camino y nos lleva a la altura del cerro, y desde ese lugar podemos ver todo el valle, el arroyo San Francisco y hasta Minas”.
Por unos minutos contemplaron extasiados el inmenso paisaje a sus pies. Desde la altura, les parecía poder tocar las nubes con las manos.
“¿Eso que es?” – pregunta ella señalando una enorme construcción de hormigón.
“Es el tanque de reserva de agua que las bombas traen desde el valle. Su capacidad es de trescientos mil litros. Un poco más arriba, puedes ver la sagla de UTE realizada con arbustos decorativos y tiene cada letra cinco metros de largo por dos metros de ancho.” Ella se vuelve lentamente y señala hacia el Sur, la enorme cadena de serranías y dice :
“¡Nunca había visto algo tan hermoso!” El se acercaba más y sus cuerpos, apoyados en la misma piedra, se tocaron y el perfume de su carne, lo dejó inmovilizado. Unos minutos después, penetraban en un hermoso bosquecillo de coronillas, canelones, ceibos y madreselvas. En la fresca sombra de la vegetación, brotaba un chorro de agua desde las profundidades de un piso de rocas.
Se sentaron en las piedras más altas, uno frente al otro, casi tocándose. Hubo unos minutos de silencio, como si buscaran las palabras. Ella rompió el silencio, con una pregunta quemante: “Porque me miras tanto en el comedor?”
“¿Quién? ..Que yo te miro?” “¡Si, no lo niegues, hace días que no sacas tus ojos de mí!
Mamá y papá ya se dieron cuenta. Un día mamá me pellizcó y me dijo : - “¡come y déjate de mirar!”
Papá le contestó algo así como: “Es el llamado de la naturaleza!”
“¡Si , te miro!” , Dijo el joven, avergonzado y agachando la cabeza. Luego como disculpa, agregó. “¡Eres tan bonita…no sé, no pude dejar de mirarte! . Pero no te enojes…, te prometo no mirarte más!”
Ella reaccionó con inocente naturalidad. “¡Quiero que me mires…yo también lo hago!”. “Mis padres son muy buenos, mamá me preguntó si yo sabía quién eras tú y de que lugar?”.
Nos vio bailar la otra noche cuando te dije que estaba cansada y me fui. No estaba cansada, sino que no sabía que me dirían mis padres. “¿Y?, que les dijiste?”.
“Bueno, les dije que te llamabas Manuel…, mi padre también se llama así, que trabajas en el parque y …bueno, les dije otras bobadas que no te las voy a contar!”
-“¿Tú te llamas como tu madre?” – “¡Nooo…! Ella se llama Eloisa, yo Laura!”.
“¿Cuántos años tienes?” Laura lo miró unos segundos y sonrió.
“¡A ti te voy a decir la verdad, tengo solo 14 años, pero quisiera tener más!”
“Ya los tendrás, no te apures, tienes lo mejor, tu sinceridad y tu belleza!”.
Ella cambió rápidamente el tema: “¿De dónde viene esa agua?” , señalando la fuente cristalina.
“¡Este lugar es el chorrín y viene mucha gente. El agua es una vertiente o manantial que brota desde la profundidad de la tierra. Aquí los que llegan, hacen promesas y deseos, arrojando simultánemente una piedrecita pequeña!” . “¿Podríamos nosotros hacer un pedido?”.
“¡Claro que sí, no nos iríamos sin hacerlo!”.
Manuel advirtió ansiedad en los ojos de Laura e indicándole como se hacía , la invitó a beber de la fuente, apoyándose en las rodillas y palmas de las manos, ella lo imitó, sumergiendo casi todo el rostro en el fresco cristal del agua. Ambos levantaron su rostro, casi simultáneamente, casi tocándose. Hubo un instante sublime que pareció dominar todo temor. Un impulso desconocido hizo que el joven besara los labios húmedos de Laura. Ella permaneció sin respuesta, como sorprendida por el atrevimiento de sus acompañante. Al separarse, ambos se sentaron, agitados, como si el esfuerzo quitara el aire de sus pulmones. A su alrededor, salpicando las rocas, danzaban en forma de monedas, los chorros de luz que el sol filtrara por los espacios de las perfumadas hojas. Hasta ese instante, el desconocido zumbar de abejas y mangangaes retumbaban en sus oídos. Hasta el revoloteo de las mariposas parecían romper el silencio. Una lucha interior, los fijaba al suelo e íntimamente no deseaban romper el hechizo.
Manuel la ayudó a levantarse tomando su mano. Quedaron con los cuerpos casi tocándose. De nuevo el joven se inclinó besándola casi salvajemente. Ella mantuvo sus manos caídas al costado del cuerpo, sin mostrar emoción. De pronto, como si despertara de un sueño separó su rostro y lo hundió en el pecho de Manuel y empezó a llorar. El joven estremecido, solo atinaba a acariciar sus cabellos…

 

VIEJA MINA VALENCIA  (Parte II)

Después de un instante, ella le dijo: “¡No me beses más por favor!” . – “¿No te gustan mis besos?” – “Noo…no es eso, no quiero que lo hagas, promételo!” – “Tranquila…tranquila! No volveré a besarte, no sé porque lo hice, fue un impulso y nada más!”
“¿No te vas a enojar conmigo porque te lo pida?” – “¡No, claro que no…no deseo hacerte daño, ni …quiero perderte!” Ella replicó apartándose : - “¡Ves, soy una tonta! , ¿No te vas a reír de mí?” – “¡Claro que no, si eso fue lo más dulce que me ha pasado en la vida!” Laura lo miró con valentía – “¡yo también temo perderte…no me dejan tener novio…!”
“¡Entonces, esto será nuestro gran secreto!” , le contestó Manuel.
Comenzaron a caminar en silencio, con la mirada en los pies, tomados de la mano, rumbo a las casonas y galpones de piedra de la vieja Mina Valencia. Por la ladera, se veían cientos de piezas y hierros retorcidos. También los oxidados esqueletos de máquinas desguazadas. Grupos de rocas emergían de los pastos ocrecinos y desaparecían en los valles y los pequeños montes indígenas. Se sentaron sobre unas rocas, a la sombra de un añoso coronilla. Por más de una hora, conversaron de sus vidas, los estudios, los sueños y las familias. El padre de Laura era ingeniero en UTE y ella estudiaba en un colegio católico. Manuel había suspendido sus estudios para trabajar, pero los reanudaría para ser médico. Las situaciones íntimas se fueron develando gradualmente como la vida del joven en el parque y las peleas de los padres de Laura cuando él regresaba de algún viaje. De pronto Manuel le preguntó : “¿Alguna vez, alguien te besó?”  Ella inclinó su rostro y demoró en contestar. – “Sí …, una vez en un cumpleaños, bailábamos y un jovencito, sorpresivamente me besó. Me dio asco y fui a lavarme al baño. Y tú ¿cuántas chicas besaste?” – “¡Las he besado varias veces, imitando las películas, pero sin sentir nada. El que te dí a ti fue diferente a todos. Sentí algo extraño al contacto de tus labios, no lo podría explicar!”. Ella lo miró conmovida y tomó la mano de Manuel entre las suyas. Y le dijo:  -“Hubiera preferido que tu primer beso, fuera el que me diste hace un rato” , Luego desvío su mirada y comentó : “Este lugar es tan hermoso, hay un silencio y una paz llena de vida, todo aquí es distinto, es como si estuviera en otro mundo. Me gustaría no regresar nunca más y quedarme aquí, junto a ti”. Manuel entusiasmado, extendió su mano describiendo con pasión, los paisajes de montes y serranías, los pálidos amaneceres y los fulgurantes atardeceres. Ella lo miraba  conmovida como queriendo atrapar en su corazón, tanta belleza y ensueño. Caída la tarde cuando se pusieron de pie para el regreso. Él colocó sus manos en el pecho de Manuel diciéndole : -¡Quiero que sepas que el beso que me diste, fue algo hermoso y que no creo vivir otro igual…! ¡bésame de nuevo!!! Fundiendo casi los cuerpos aquel beso pareció eterno. Había agitación en los pechos y el silencio, por unos instantes, pareció absoluto. Un zumbido extraño no les permitía coordinar. Luego, como avergonzados, regresaron en silencio. A la mañana siguiente, Manuel se asomó a la gran escalinata del edificio de los comedores. La enorme campana retumbaba perdiendo sus tañidos, serranías adentro. Al igual que cuando el aperitivo, el almuerzo, la cena y la llegada de los pasajeros, repetía melancólicamente la despedida de los que se iban. Allí por la ventanilla del ómnibus, una blanca y pequeña mano se agitaba. Había lágrimas en los ojos y angustia en el corazón. Esa despedida para Manuel, era diferente a las demás. Pasó el tiempo y la correspondencia, traía y llevaba recuerdos, promesas  y juramentos. Se contaban los días para un nuevo encuentro, cuando aquella carta de Laura, trajo la noticia de que su padre haría un curso en Estados Unidos e iría con él, toda la familia. Luego las cartas de la joven, para desesperación de Manuel, se hicieron más espaciadas y menos apasionadas. Las imágenes parecían ir esfumándose en el tiempo y la distancia. Después, muchas no fueron contestadas. Los años se sucedieron y ya no hubieron más respuestas. La vieja Mina Valencia revivió de nuevo al estruendo de máquinas y retumbar de barrenos. Se abrieron nuevas heridas en las rocas y el mundo de paz y ensueño quedó emulado por la dolomita. Doce años después, con lagrimas en los ojos, Manuel leía y releía la que sería la última carta de Laura:

“Manuel, inolvidable amor mío ¡ Perdóname por haberte hecho sufrir tanto! El mundo de la civilización me atrapó en un espejismo y creí que ahí estaba la felicidad. Hoy día, a tanto tiempo y distancia , estoy sufriendo el castigo merecido. Cambié la pureza de tus besos, el romántico sueño de tu mundo, por el resplandor de una sociedad sofisticada y artificial. Creí amar a un hombre y luego de casarme, conocí su egoísmo y sus miserias espirituales. Mi padre falleció y mi madre se casó de nuevo. Yo me divorcié y con un hijo, que lo llamé Manuel, me escondí de este mundo que yo misma busqué y que hoy tengo de castigo. ¡Cuánto desee ser tuya y de nadie más!. Este será mi eterno castigo. Te amaré siempre y jamás podré olvidarme de tu vieja Mina Valencia. (Laura)

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 RAICES de Abril-2014)

 

 

LAS BOLITAS

“Se arman las “Troyas”, con muchachos alrededor de miradas muy ansiosas mucho pulso sin temblor: son las canchas de bolitas en los tiempos del candor”

En la tierra pareja de un patio, un camino o un lugar sin pastos y alisado para que las bolitas corrieran sin impedimentos allá por el 1920 al 1950, en cada uno de los numerosos hogares campesinos, las escuelas y los “boliches”, siempre se veía a un grupo de muchachos marcando la cancha, haciendo la raya y exhibiendo la bolsita de género repleta de bolitas. También estas escenas se repetían en los barrios de las ciudades y en los pueblos chicos. Especialmente junto con el fútbol, el juego entretenimiento y pasión de las numerosas familias, de niños y muchachones de las clases más humildes y modestas. No habían regalos de “reyes”, “papá Noel” , las muchas fechas del “día del niño” , los cumpleaños y de toda esa promoción comercial que venden remedos de armas, destellantes objetos que incitan a la violencia, juegos traumatizantes, propicios para los encierros y negativos para desarrollar la imaginación. El juego de las bolitas tenía su enorme beneficio para una generación que se formaba. Junto con la disciplina del trabajo que desde muy niño se enseñaba, el valor de la moral y el esfuerzo, el amor al mundo que lo rodeaba, lo nutría y le brindaba los grandes placeres de los domingos de tarde. Las bolitas fortalizaban lazos de amistad, destreza, disciplina creativa y los códigos del honor, inviolables en casi la totalidad de los jóvenes de entonces. Las primeras bolitas eran de barro quemadas y pintadas con brillantes colores. Luego aparecieron las de vidrio veteadas y tentadoras. Se guardaban en bolsitas de género con un dobladillo y una tira pasante en la boca para cerrarla. Al poco tiempo en la campaña los muchachos no solo se entretenían jugando con ellas, sino que las fabricaban con arcilla bien amasada, secadas a la sombra y quemadas en el horno para el pan. Luego fueron aprendiendo a pintarlas. La muchachada de entonces aprendía con imaginación y habilidad a confeccionar todos sus juegos remedos de carretas, máquinas trilladoras, camiones, autos confeccionados con latas, marlos, carretes vacíos, ruedas de madera y la arcilla de las barrancas de las cañadas. En los patios de las escuelas, los recreos se poblaban de canchas de bolitas para los niños varones. El juego de la “rueda rueda” , la rayuela, la mancha, canciones aprendidas en los libros de clase para las niñas. Eran horas de risas francas, abrazos fraternos festejos de las habilidades y el cultivo de una fraternidad que luego, cuando mayores, formaban hogares, se apoyaban en la colaboración para las duras tareas y fortalecía los lazos afectivos necesarios en la moral, respeto a las ideas y la paz social.

“Borradas en el tiempo, ya muerta su pasión eran juegos sin los vicios de la cibernética de hoy, donde en cuartos oscuros los niños no ven el sol…”

 

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Febrero-2014)

 

ALAMO SOLITARIO
Por Antonino Cabana

SIESTAS Y TORTUGAS (Última Parte)

Pero volviendo a las tortugas y los juegos de los jovencitos campesinos, todo se vuelve actividad en la preparación de los carritos tirados por estos mansos quelonios. Pedro y el Cholo llegan, saludan a sus amigos, el Toto y el Lolo, y de inmediato miran los dos “carritos” de lata, tirados por dos hermosas tortugas. Cargan los dos insólitos equipos y los llevan hasta una pequeña colina, distante una cuadra del arroyo. Antes de empezar la competencia se hacen las apuesta con bolitas. El evento definitorio de un ganador, consistía en dejar libres a las tortugas para que ellas tiraran lo más velozmente de los carritos hacia el arroyo. Ellas cuando se sienten libres, avanzan sabiamente por ese instinto natural que poseen, rumbo a su cañada, arroyo o laguna de origen. En esa carrera chocan con matas de pasto, piedras y deformaciones del terreno; a medida que se aproximan al agua, aceleran sus desplazamientos, que son festejados por los apostadores, ansiosos de ganar las bolitas. Si por alguna casualidad que casi nunca sucede, llegaran al agua al mismo tiempo o con alguna duda en quien es el ganador, las volvían a la colina y la carrera se hacía de nuevo. La tortuga ganadora era liberada de su carrito y devuelta a la laguna, como premio a su comportamiento. Muchas tardes de domingo las competencias se realizaban con varias tortugas, traídas por los jóvenes vecinos, transformando el evento en una verdadera fiesta de apuestas de bolitas. Pero lo más importante para los inventores de las carreras, el Toto y el Lolo, era mantener invicta la condición de tener en su localía las tortugas más veloces. Lo que no sabían sus amigos visitantes, era que las tortugas locales, tenían por ese instinto natural, bien definido el lugar de su laguna y no titubeaban en el rumbo a emprender, no como sus congéneres traídas por los vecinos que demoraban en orientarse antes de iniciar la marcha. Hoy ese mundo de lagunas, arroyos no contaminados, población con numerosas familias productivas, el ingenio personal y estimulante de los jovencitos creando sus juguetes y juegos, son devorados por el progreso de la ciencia que cada día nos “robotiza” más y más y nos esclaviza económicamente en una carrera de consumismo creciente con las consecuencias de una devastadora contaminación. Han desaparecido las lagunas, los arroyos, el agua pura, el mundo vegetal y animal nativo; la moral de costumbres solidarias, fraternas y del respeto mutuo. Ver una tortuga o un pez en nuestras cañadas, arroyos y lagunas es una “asombrosa” novedad. En cambio no tenemos protección alguna para la nube de mosquitos hematófagos, que ni a los animales dejan en paz.
El progreso de los humanos han conseguido romper el equilibrio natural del control biológico para la mayoría de las especies nocivas más resistentes a los envenenamientos, destruyendo a los controladores de la biodiversidad. Lo más triste y deplorable, es que a la hora de reconocer culpas y errores, el humano parece tener todo el derecho, hasta de autodestruirse.

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Enero-2014)

LAS HORNERAS  (Parte I )

Eustaquio se levantó de la siesta, salió del rancho que aún conservaba el “frescor” de aquellas horas tórridas del verano. Lo abrazó un vaho caliente como de un horno. El resplandor del sol lo cegó por unos instantes y tambaleándose se dirigió hasta el tanque con agua que siempre tenía a la sombra del ombú. ¿Qué diablos les pasa a estos bichos? , murmuró en voz alta. Los estridentes chillidos de tres horneras saltando de rama en rama lo habían despertado de la siesta. Al acercarse al lugar las avecillas se calmaron en sus desesperados chillidos. Eustaquio miró al interior del tanque y también en voz alta exclamó: ¡Ya sé …, se me olvidó tapar el barril con la bolsa!! ¡Casi de inmediato gritó ¡Con razón armaron tanto alboroto!! Metió la mano por la boca del tanque, que aún tenía agua por la mitad y sacó a una empapada y agotada hornera. ¡Pobre bicho…, si no me despierto, ustedes estarían en velorio!! Pocos minutos después las cuatro horneras volaban totalmente calmadas. Eustaquio arrimó un banquito al lugar de mayor sombra, tomó una lata y regó el suelo a su alrededor. Siempre hablando sólo, monologó: Esta agüita moja el polvo y refresca algo el calor!. La actitud de hablar sólo y en voz alta ya era costumbre repetida. Sentado, cabizbajo y meditabundo comenzó a recorrer la historia de su familia. Hacía unos años que su esposa y los cuatro hijos se habían ido para Montevideo. Caraciolo, el mayor trabajaba en Ancap. Un año después se fue Ruperto para UTE. Se los habían llevado los políticos con las promesas de “la platita segura”, menos horas de trabajo, licencia, descanso, aguinaldo y poco esfuerzo. Mariana y la menor, Isabel, estudian, habían alquilado una casa en la capital y la madre se fue con ellas. Argumentaba que las hijas la necesitaban más que él. Total, estaba viejo y podía vivir solo. El argumento consolador era que las familias, después que crecen se van. Eustaquio no quiso vender la chacra. Repetía: ¡alguien tiene que hacerla producir. Es la despensa de la familia, solución de los suministros básicos para alimentarse, vestirse y no pasar graves privaciones. La tierra es generosa y jamás te abandona cuando la proteges, le dedicas los mejores esfuerzos y la amas como a tu madre.Por eso Eustaquio no quiso abandonar ese paraíso terrenal, saturado de recuerdos y la inversión de sus mejores años de vida. Allí formó su nido, al igual que las horneras, de barro y paja sobada con las manos de su compañera y las de él. Allí nacieron sus hijos, corrieron por el patio, recorrieron las siembras, crecieron en el ámbito sano del campo y se forjaron mujeres y hombres en la escuela del trabajo, la tolerancia, el amor y la solidaridad. Ya pichones con alas, volaron en busca de sus propias familias. Cuando vendía las cosechas les giraba el dinero por el banco. Siempre le decía la cajera: ¡Yo no preciso esa plata!!. Para mí es un estorbo, por eso se las mando a mi familia en Montevideo! El cajero lo miraba de reojo y con un gesto reprobatorio. No lo entendía ni compartía ese criterio. Cuando Eustaquio se alejaba, comentaba con sus compañeros: ¡Ahí se va uno de los tantos viejos locos que van quedando en el campo!! Son los que terminan muriéndose en la tierra sin saber lo que es la felicidad!!. Eustaquio pensaba distinto : ¡Para mí no hay mayor felicidad que sentir el olor a la tierra arada, sembrar, ver crecer a las plantas, cuidar los animales y poder ayudar a mi familia. Estoy seguro que cada vez que les llega dinero y los paquetes con los productos de la chacra, dicen con orgullo : ¡ Esto nos manda papá, él siempre se acuerda de nosotros, es el mejor padre!! Repetía su acostumbrado monólogo: ¡ Algunos viven olvidándose del mundo que los rodea! Cuando les llega la hora, sin amigos y con la familia disputándose la herencia, desaparecen sin dejar un solo buen recuerdo!! El lujo y el dinero no son para mí y no me acostumbraría a ellos.Vuelve a la cocina, calienta agua y arrima el brasero con la caldera a un costado del banquito. La brisa caliente y calma de a ratos fabrica remolinos de polvaredas en el camino y el patio. El calor enmudece el entorno haciendo más nítido el chirriar de las chicharras. El mate, de vez en cuando hace oír su canto de vacío. Cuando sus hijos fueron a Montevideo, Eustaquio ya no pudo seguir sembrando sus ochenta cuadras. Alambró la mitad con las aguadas en el potrero, su inagotable cachimba, sus ranchos y el montecito de sauces y álamos que él con sus hijos plantó. Llenó el potrero con vacunos y ovinos y todos los días desde muy temprano lo recorría a caballo. Se detenía por horas frente a su amado montecito y lo llamaba “Matilde” , en homenaje a su esposa. Recordaba cuando empezó a crecer y él se lo recordaba a su esposa. Eustaquio no permitía  que se les cortara una sola rama. Ahora era el refugio preferido de los pájaros, camoatíes y las ásperas chicharras. Eustaquio chupó con fuerza el mate y miró hacia las ramas altas, donde habían vuelto las horneras. Sonriendo comentó en voz alta: ¡A ver cómo está mojadita! Pero si ya está sequita! No es para menos con este calor! A Eustaquio le parecía que a su manera las avecillas le trasmitían agradecimiento. Se sintió tierno y protector de ese mundo vivo que lo rodeaba. Se levantó y trajo la palangana desde el patio. La llenó de agua y la puso en el suelo a pocos pasos de su asiento y en la sombra. Sabía que las horneras buscarían de inmediato ese refrescante presente.
(Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Octubre-2013)

LAS HORNERAS  (Última Parte)

El abastecedor del pueblo acababa de comprarle a Eustaquio los treinta novillos gordos cebados en el potrero. Cerrando el trato le hizo un cheque con el importe. Luego con un tropero que lo acompañaba se perdieron con la tropilla por el polvoriento camino. Eustaquio como hipnotizado los observó alejarse. Luego se quitó el sombrero y rascándose la cabeza miró detenidamente el cheque, comentando en voz alta: ¡Lo que es el progreso, en este papelito lleno de garabatos, están mis treinta novillos! Mañana voy al banco, lo cobro y se los giro a mi familia! Les va a a caer de perilla, ya que siempre se necesita plata en el pueblo. Aquí vivo como un rey, sin ruidos, mentiras, ni apuro alguno!! Y todavía pretenden que venda todo y me vaya a morir de ocio y tristeza a Montevideo!!. Al día siguiente madrugó para aprovechar la fresquita de la mañana, carpió varias melgas de maíz y antes del mediodía ya estaba tomando mate bajo el ombú. Apenas llegó, las horneras apreciaron con su repetido y habitual parlotéo. Él las miró sonriendo y les habló : ¡Sí , ya sé que me están agradecidas por salvar a la pícara que se metió en el barril! Almorzó algo, ensilló su malacara y partió rumbo al boliche de Alfredo. Allí dejaría su caballo y tomaría el ómnibus para el pueblo. La mayoría de los vecinos conocían la austera vida de Eustaquio. Decían y comentaban: ¡Es un “burro” para trabajar, siempre tiene algo para vender y no gasta casi nada del dinero!. Otros más suspicaces agregaban : ¡Debe tener una fortuna escondida bajo el colchón!! ¡ Ahora con la venta de los novillos es seguro que la “ollita” quedó repleta!! Eustaquio conocía esos comentarios, pero no les decía que todo el dinero se lo enviaba a su familia. Cuando estaba carpiendo el maíz saludó a Crispín, uno de los hijos mayores de Martirena. El muchacho había pasado toda la mañana molesto y renegando. Su ira la descargaba contra los bueyes, insultándolos y lacerándolos con el clavo de la picana. Eustaquio estaba conmovido por la crueldad, por lo que se acercó a Crispín saludándolo cortésmente, agregando: ¡Me permites que de dé un consejo. Osco y malhumorado asintió, apenas con la cabeza. Eustaquio lo miró un instante y le dijo: “No sé qué te pasa; pero no te desquites con los bueyes! Crispín ni lo miró, hizo un gesto de desagrado y murmurando se alejó. ¡Viejo metido! Agrediendo con más furia a los bueyes.
Eustaquio razonó en voz alta. ¡Ese muchacho va por mal camino, ha peleado varias veces en el boliche, no le hace caso a los consejos de su padre y lo peor es que no le gusta trabajar, pero si, jugar al gofo y a la taba! Eran las tres de la tarde cuando se bajó del ómnibus y caminó hacia el banco. Cobró el cheque comentando mientras acomodaba el dinero. ¡Miren en lo que se transformaron mis novillos! Hizo el acostumbrado giro a su familia, siempre hablando en voz alta. El cajero, que ya no conocía, no esperó que traspusiera la puerta. Sin pudor comentó: ¡Miren, de nuevo ese viejo loco!!.
Había tormenta y estaba oscureciendo más temprano. Eustaquio llegó a sus ranchos en la penumbra. Notó que su caballo estaba inquieto y algo advertía. También notó el inusual revoloteo de las horneras armando tremendo bochinche. Se detuvo cauteloso junto al barril con agua. Caminó ocultándose detrás del grueso tronco del ombú, porque había observado una sombra desplazándose por el patio. Comento en voz alta: ¡Pero si tengo que racionar los cerdos. Alejó el caballo por las riendas y luego lo montó rumbo al boliche. Desde allí llamaron a la policía. Sospechaba que alguien estaba oculto esperándolo. Rápidamente los agentes rodearon la casa y encontraron escondidos entre los matorrales a dos personas. Una de ellas era Crispín, quién no pudo justificar su embozada presencia. Admitieron que pensaban torturar a Eustaquio para que les dijera donde tenía escondido el dinero. Luego, como los conocía, lo matarían y le prenderían fuego a los ranchos. Días después, Eustaquio le hablaba a las horneras. ¡Gracias pequeñas amigas, estoy en deuda con Uds. por salvar mi vida!!

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Noviembre-2013)

SIESTAS Y TORTUGAS

-¡Toto!..., ¡Ya llegó Pedro y el Cholo! . con voz pausada, el Lolo su hermano le avisaba la presencia de los dos amigos y vecinos. Era la hora en que los padres y algún hermano mayor disfrutaban el reparador descanso de la siesta veraniega. Los más jóvenes o “más chicos” como se decía entonces procuraban entretenimientos lejos de los ranchos para no perturbar el sueño de los sesteadores. La madrugada en los veranos prácticamente ocupaba la mitad de la noche, y luego las duras tareas de las chacras agotaba a los responsables y consecuentes labriegos; quienes después del almuerzo, sesteaban un par de horas. Era siempre el momento de mayor calor, las chicharras ejecutaban sus ásperos conciertos, ocultas, mimetizadas entre las hojas de los árboles del monte. En esas horas, la reverberación parecía mover en ondas a la atmósfera, interrumpida periódicamente por algún remolino que levantaba pastos secos en los rastrojos y polvaredas en los caminos y en la tierra arada. Para los más chicos que nunca querían sestear, era el momento en que, sentados a la sombra de un árbol, armaban sus juguetes de lata, marlos y maderas; hacer y cocer bolitas de arcilla, remedos escultóricos de animales domésticos y figuras humanas. En la amplia y llana laguna del paso en el arroyo, las aguas bajaban en esta época y se puede ver el fondo muy claro, donde se distingue la parte oscura de varias tortugas que semejan piedras. Periódicamente cada jovencito de la familia lleva hasta unas piletas con agua en sus casas, una tortuga que elije entre las que le parecen más vigorosas. Hábilmente, con fuertes hilos, les forman una especie de arreos afirmados en el caparazón, a los que luego le acoplan unos carritos armados con latas vacías y ruedas de madera. A las latas las abren arriba para luego cargarlas y en los juegos de entretenimiento de las siestas, hace que las tortugas seleccionadas las arrastren. Las alimentaban bien, y las tenían durante un tiempo hasta que las devolvían al arroyo para seleccionar otra. Las tortugas de los arroyos, similares a las de otros lugares, son pacientes, sumisas y con una extraordinaria resistencia. Comían de todo, desde hojas de hortalizas, cáscara de papas y boniatos picadas finas y maíz tierno, hasta cuanto insecto se ponía a su alcance. Pero su plato preferido eran las lombrices, muy abundantes en los estercoleros de los vacunos, cerdos y aves de corral. La lombriz necesita un hábitat con mucha humedad para crecer y reproducirse, por lo que en los períodos de sequía, cavan galerías más profundas, a una profundidad asombrosa, para protegerse y sobrevivir. Abundan en las chacras donde la gran cantidad de desechos orgánicos y el aporte de las tierras aradas crean un hábitat propicio para la lombriz, transformándose así en los auxiliares más potentes para el reciclado y formación de compuestos indispensables para la agricultura. Junto con cierto tipo de insectos y micro-organismos logran modificar favorablemente el suelo, aportando riqueza, la aereación y permeabilidad, facilitando reservas de agua subterránea proveniente de la lluvia, logrando prolongar la humedad del suelo. La mayoría de los seres beneficiosos y recicladores de materia orgánica, diseñados con sabiduría superior, para sostener la biodiversidad y sustentabilidad a través de transformaciones naturales, son muy sensibles a la acción mortal de los pesticidas y fertilizantes artificiales, de fórmulas limitadas y parciales, que generan en su fabricación gran cantidad de residuos químicos de la avasallante agroindustria. El hombre cree superar el orden establecido por el creador, con ésta, una de las tantas modalidades destructivas que tiene el progreso; atentatoria mortalmente contra casi la totalidad de las especies naturales. Las quemas de la materia orgánica en rastrojos y potreros, la destrucción selectiva de la vegetación no deseada, con potentes herbicidas, incontrolables y de un alcance imprevisible, es en la actual modalidad de grandes extensiones de monocultivo, un sistema depredador de los suelos y el hábitat de sus especies…

 

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Diciembre-2013)

 

 

EL GRAN PREMIO  (Primera Parte)

Era un pueblo pequeño. Tenía apenas unas mil personas. Las casas eran casi todas muy modestas pero limpias y confortables. El progreso, la tecnología y las nuevas costumbres hasta allí no llegaban. Todas las casas tenían un aljibe en un bello patio poblado por un jardín esmeradamente cuidado. No faltaban los parrales de variadas uvas y los enormes naranjos, grandes como ombúes, donde los muchachos de cada hogar, se trepaban hasta sus copas, comiendo las grandes, dulces y perfumadas naranjas. Al fondo de cada terreno, el infaltable huerto que proveía a toda la familia, de verduras, guisantes y tubérculos. También había un horno de barro para el pan y a su lado, un pequeño gallinero con dos o tres gallinas, alimentadas con lo que proveían el huerto y las sobras de las comidas. Ellas compensaban a las familias, con los codiciados huevos de yemas rojas. Aparte de las autoridades constitucionales, los vecinos nombraron una comisión de varios vecinos, para apoyar la escuela y la policlínica, el Ministerio les había enviado un destacamento Policial, pero como nunca había problemas u otros delitos, al fin quedó un solo policía que casi no usaba su uniforme porque aprendió las costumbres de los pobladores y también hizo su huerto, su aljibe, sus frutales y muchas veces integró la Comisión Rotativa de Vecinos. Pero el pueblo tenía una costumbre que provenía de los primeros pobladores. Todos los años, en la noche víspera de Navidad, después de la Iglesia, se reunían en la escuela para otorgarle al poblador más meritorio, en moral, apoyo a los semejantes y buenos ejemplos, el más distinguido y codiciado premio. Este objeto de arte que distinguía virtudes, era colocado junto a la puerta de entrada del hogar, como la placa del mayor mérito. Era un gran disco de bronce, marginado al igual que el Escudo Nacional, por un lazo de Laurel y Olivo que simbolizaban a la madre tierra, luego en el centro, el sol, mensajero de la inteligencia, la cultura y la vida. Bajo el sol, con sus manos extendidas hacia él, la figura de dos niños de ambos sexos, como los destinatarios de los buenos ejemplos de sus mayores, caso distinguido, los del premiado. Otra costumbre que el pueblo sostenía, era la humildad y la igualdad de todos los derechos y obligaciones. Allí no había ricos ni pobres, la sociedad costumbrista mantenía junto al orden y la justicia, el apoyo indispensable para los imposibilitados. No era una obligación ni se consideraba una limosna. Era la voluntad solidaria y moral que nacía desde el corazón, apoyada por la razón propia de una hermandad sentida y practicada. Para ellos, los valores de las personas, se medían por lo que se daba y no por lo recibido. En el pueblo vivían dos abuelitos entre los muchos que habían llegado a esa edad, pero ellos, Lucio y su esposa Clara, padecían algunos problemas. Lucio casi no veía y Clara caminaba solo con dos bastones. Pero con ellos vivían dos nietos, Tulio y Rosita. Los nietecitos estaban al cuidado de los abuelos, eran tan buenos y obedientes y jamás se separaban de los dulces viejitos. Gracias a los dos niños, los ancianos vivían felices y la vida tenía un significado muy importante. Era tanto el amor y gratitud de la compañía, que sus padecimientos no los preocupaban. Los dos nietecitos iban a la escuela y a su regreso, en los días especiales, Rosita ayudaba a la abuela en el jardín y la preparación de las comidas. Clara hacía unos bizcochos de harina de maíz con pasas y cáscaras de naranjas, que a los niños les gustaba mucho. Un día llevaron algunos a la maestra y fue tanto el éxito que la educadora concurrió al hogar de los ancianos para aprender cómo se elaboraban. Tulio, en cambio, siempre estaba junto al abuelo, ayudándolo en el huerto, a preparar leña, al extremo que el niño había aprendido muchos de los secretos para preparar la tierra y las fechas de siembra de las distintas hortalizas. También tenían sus horas de juegos, entre el césped del jardín, junto a los muchos animalitos que confiados de no ser agredidos, compartían esas horas felices. A los niños les encantaba las sabrosas comidas que hacían los abuelos y que ellos, no solo los ayudaban descascarando los frescos granos de las arvejas, habas, chícharos, porotos y deschalando las dulces mazorcas de maíz cosechadas en el huerto, sino que aprendían el arte de cocinar y valorar la eficacia de los alimentos. Para ellos era un deleite, en el desayuno y la merienda, aquellas rebanadas de pan casero, cubiertos por las ricas mermeladas de duraznos, higos, ciruelas, frutillas, etc. Prodigiosos alimentos sanos y puros elaborados por la abuela y la gran taza de leche, sin aditivos ni conservantes. Siempre había, tanto en invierno como en verano, verduras frescas y frutas variadas.

ULTIMA PARTE

en los meses fríos, abundaban las espinacas, acelgas, remolachas, repollos, coliflores, naranjas, nísperos, macachines y luego, las tempranas uvas, frutillas, moras, duraznos, peras, manzanas, etc. No tenía rival para el paladar, el dulce de zapallo en cuadraditos, de color ambarino y con almíbar casi como miel. Para el invierno, todos los veranos la abuela llenaba varios recipientes con pasas de uvas, orejones de duraznos, ciruelas e higos, secados sabiamente con los excedentes de las cosechas. Los nietitos hacían todos los mandados y era común verlos caminar por las calles y en la plaza, los abuelos en el centro tomados de la mano, Tulio y Rosita flanqueándolos. Cuando cobraban la jubilación, los niños les guardaban sus pasividades en las carteras escolares hasta las casas. Pero la noche de Navidad, llegó como siempre, con la misma alegría y expectativa de los pobladores. Era un reencuentro sagrado, emotivo y pasional. No importaba ser Teísta o Ateo, pertenecer a un gremio, religión o partido diferente. Tampoco ser negro, rubio o amarillo, ser alto o enano, ser hermoso o feo. Esa cáscara material que formaba los cuerpos con nombres distintos, era superada por la emoción espiritual de vivir un momento distinto, de sentir la sorpresa de verse por dentro y la infinita pasión que despertaba el alma, a través del rostro y los ojos. La abuela había vestido cuidadosamente a sus nietitos, con ropas humildes, pero prolijamente arregladas. Puso unas gotitas de aquel frasco de perfume inacabable y que casi no lo usaba, en las mejillas de los niños. Cuando llegó la hora de entrega del gran premio, todo fue silencio, emociones contenidas, nerviosismo y expectativa. Los dos nietitos, casi abrazados a sus abuelos, recorrían ávidamente con sus inocentes miradas, a la enorme concentración de público. Pronto la Comisión otorgaría el premio cien a un ciudadano del lugar, que sería distinguido con el máximo reconocimiento a sus virtudes. ¿Quién será el digno depositario? – Se preguntaban Tulio y Rosita. También esa interrogante invadía el silencio de la sala. La Presidenta apareció en el escenario y habló sobre esa fecha, la felicidad de que en la población eran muchos los merecedores y que además, ese premio era el número cien. Luego se despidió del público, diciendo que la secretaria y los otros miembros, entregarían el premio. Que los destinatarios, por primera vez, serían dos personas y en algo distintas a las acostumbradas. Cuando la Secretaria se presentó con el Gran Premio y dos paquetes adicionales, nadie se atrevía ni a toser. Desplegó el gran pergamino que acompañaba al premio, donde se establecía el nombre del triunfador y leyó : “esta comisión, con la soberanía que le otorga la población, analizando con los ciudadanos más notables, autoridades y nuestros propios integrantes, sin ninguna dificultad y por primer vez, evaluando virtudes, méritos y sentimientos de amor, considera que son los más dignos del premio, los niños-nietos , Tulio y Rosita”. El aplauso duró varios minutos y de pie. Los niños además del premio, ambos recibieron una colección de cuentos infantiles editados por la Fundación “Lolita Rubial”. Los nietitos, todos los días se turnaban para leerles un cuento a sus abuelitos. Luego, antes de acostarse, con una franela que siempre mantenía limpita, le sacan brillo al Gran Premio.

 

 

 

Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Agosto-2013)

 

LA PELOTA

Fue en el año 1962, en una mañana de playa en Atlántida, era domingo de enero y Santiago concurrió con familiares y amigos en un camión para pasar un día disfrutando de la arena y de la hermosa costa de Canelones. Próximo al mediodía, aún quedaban con Santiago dos o tres amigos, adolescentes como él, jugando con una pelota en la arena. Los demás, unas veinte personas estaban en el campamento preparando todos los enseres de un ansiado almuerzo. Los baños, el aire y los ejercicios acrecentaban los apetitos. Santiago decidió sumarse al campamento cuando sorprendió a un jovencito que le robaba su pelota. Lo corrió unos metros para quedar de pronto rodeado por más de una docena de hombres. El joven ladrón se refugió entre ellos. Con buenos modales Santiago le reclamó la pelota. ¡Aquí no hay ningún ladrón! Le contestaron a coro. Santiago insistió señalando al jovencito y la pelota. Uno de los integrantes de ese grupo se adelantó y le gritó : ¡Mi hijo no es ningún ladrón y tus eres una basura que lo está acusando! Acto seguido y por sorpresa lo derribó de un puñetazo. Santiago era un hombre fuerte, acostumbrado a los rigores del campo donde se crió sanamente y cultivador de todas las gimnasias que practicaba con celo y disciplina para cumplir con eficacia su puesto de golero en “Granjeros”, el cuadro de fútbol que defendía. Tenía gran fortaleza física, resistencia y sus enormes mano jamás se habían cerrado para peleas, cosa que nunca había hecho. Antes que el agresor lo golpeara de nuevo ya se había levantado. Su puño como una catapulta derribó al agresor, motivando de inmediato que le cayeran encima todo el grupo, buscando su cuerpo para golpearlo con los puños y los pies. Como fiera acorralada derribaba uno tras otro a los  integrantes agresivos. Era imposible salir de ese corral humano y estaba solo. A pocos metros su hermano Juan observó la trifulca sin advertir al principio, que quién se defendía desesperadamente era Santiago. Cuando reconoció al agredido gritó hacia el campamento y corrió a su encuentro. Atacó al numeroso grupo con coraje y furia inaudita. Para sorpresa de la patota ese nuevo personaje golpeaba con fuerza y furia, caía y se levantaba derribando adversarios. Pocos segundos después dos mujeres hermanas de Santiago y Juan se sumaban a la trifulca, con tanta valentía y eficacia que casi de inmediato el grupo agresor era diezmado en la arena. Nunca habían visto a dos mujeres pelear con tanta furia y eficacia. La mayoría huyó dejando a sus compañeros caídos en el suelo, cubriéndose su cabeza con los brazos. Santiago y Juan, junto a María y Marta regresaron tambaleantes al campamento. Sangrando por varias heridas y hematomas en todo el cuerpo. La inocente pelota quedó por el resto del día arrumbada entre los bolsos, como en penitencia por su culpa en la trifulca.

 

Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Julio-2013)

 

LOS CHANCHOS RABONES

¿Qué les pasa a tus cerdos, Alejandro? Todos los años de compro veinte y treinta chanchos y hoy es la tercera vez que todos…., toditos están rabones. ¿ Acaso crías una raza especial? Tú sabes muy bien lo difícil que es lidiar a estos animales gordos si no tienen cola. Y aún es peor con este barro. Parece que estuvieran enjabonados. ¿Dime Alejandro, pero de donde los agarras para pesarlos y cargarlos al camión? Alejandro el dueño de la piara medita perplejo. La verdad es que no encuentro explicación. Cuando los traemos al chiquero de engorde todos vienen con cola. Luego no sé por qué se les desaparece. Cuando le comenté a un vecino lo que les pasaba, me dijo que muchas veces los chanchos se comen la cola unos a otros! ¡ No digas pavadas Alejandro!! Yo le compro a todo el vecindario hace más de veinte años y solo los tuyos son rabones! El diálogo de Juan García y Alejandro era escuchado en silencio por dos muchachotes, hijos del dueño de casa, dispuestos para ayudar. Juan era el comprador de Don Gil Prando, un conocido y honesto acopiador de granos y cerdos. En estas transacciones jamás existían inconvenientes económicos. Se pagaban los precios establecidos por el mercado, infaltables en las páginas del Diario El Día. Este experto comprador era un fanático fumador de pipa. Nunca se la quitaba de la boca, manteniéndola del lado izquierdo de los labios. El tiempo hizo que ese lado se le quedara torcido. Los muchachos en cuestión, cuando lo veían venir gritaban:
¡¡ Papá allá viene Juan García, el de la boca “torcía”!!
Los cerdos gordos eran animales muy pesados y difíciles de lidiar para pesarlos y cargarlos en el camión. Había que sujetarlos entre dos o tres personas fuertes, asiéndolos por la cola y las orejas. Luego se les pasaba una coyunda por el vientre y entre las patas, anudadas diestramente unos veinte centímetros sobre el lomo, formando un ojal para enganchar el mecanismo de la balanza con un largo brazo estriado y pesas. Una palanca improvisada de madera levantaba el cerdo del suelo. Cada vez que se procuraba pesar un animal las protestas airadas de Juan García se reanudaban y esas palabrotas surgían de su boca aferrada siempre a la pipa. Muchas veces era derribado entre el barro del chiquero. Los dos muchachotes descalzos y cubiertos de esa suciedad reían disimuladamente cuando oían vociferar al comprador. De vez en cuando una mirada de complicidad los unía en el misterio de los chanchos rabones. Cansado de no encontrar explicaciones en las respuestas de Alejandro, Juan García arremetía contra los muchachos:  ¡Ustedes dos, no se queden mudos como bobos!!  Supongo que saben por qué esos animales se vuelven rabones. Ellos lo miraban, sonreían levemente meneando negativamente la cabeza. Luego le daban la espalda y simulando hacer algo se miraban de reojo y reían. Terminada las tareas, Juan García se alejaba raudamente por el angosto camino polvoriento en el ruidoso camión con su carga viviente de chanchos rabones. El padre regresaba feliz con sus dos hijos, comentando la importante ganancia con la venta de los cerdos gordos. Se criaban más de sesenta cerdos por año, con la limpieza de malezas de los cultivos, los cereales de mala calidad, los desperdicios de la cocina, como cáscaras, el suero de los quesos, frutas y hortalizas sobrantes. Luego, un mes de riguroso engorde a maíz, trigo y cebada y cada cerdo se aproximaba a los 200 kilos. Tampoco faltó el comentario del padre sobre la misteriosa desaparición de la cola de los cerdos…

 

 LOS CHANCHOS RABONES (Última Parte)

Un profesor de filosofía aseguraba que en la mente quedan grabados los recuerdos, especialmente los de la infancia. Esa es la razón por la cual aparecen etapas de la vida en los primeros años, con más nitidez que las secuencias en la madurez. Pasado mucho tiempo, de pronto, el recuerdo de los chanchos rabones, suceso acaecido por los años 1940 a 1945, brota al igual que un manantial en una cachimba. Esos acontecimientos infaltables en aquella época, propios de los muchachos de tierra adentro, no carecen de cierta crueldad. Eran sindicados como arteros, término que pretendía ilustrar travesuras en general. En los meses de verano, antes de las cosechas de estación, los padres agotados por las largas jornadas de trabajo, después del almuerzo, acostumbraban una hora o tal vez dos, para hacer una siesta. Los humildes ranchos de terrón y barro con gruesos techos de paja, eran excelentes aislantes tanto en los fríos del invierno, como en los tórridos calores del verano. A la muchachada sana, robusta y pletórica de energía, no les gustaba sestear. Se les permitía quedarse levantados con sus juegos y algún entretenimiento, severamente advertidos para no perturbar la siesta de los que lo hacían. Entonces se alejaban de los ranchos, hasta la sombra de algún árbol o en los montes. Allí se entretenían dando rienda suelta al ingenio y la habilidad, construyendo juguetes con latas, madera, cartón, barro, y cuanto material consideraban útil. La arcilla de las cañadas, era muy preciada para hacer bolitas y diversas esculturas, las que cuidadosamente secaban a la sombra y luego las quemaban. Otros de sus entretenimientos era la pesca de mojarras, dientudos y castañetas, con anzuelos hechos de alfileres y alambre, perfeccionados cada vez mejor. Esas actividades no estaban comprendidas entre las denominadas como arterias. Las últimas eran prohibidas y sus autores las ocultaban con códigos secretos, muy difícil de violar, especialmente entre hermanos y vecinos del pago (comarca). Los chanchos rabones fueron comentarios por muchos años, por lo misterioso y localizado en un solo lugar, entre numerosos criadores del vecindario. El suceso y sus consecuencias nacen de una de esas horas de ocio, juguetes caseros, bolitas y esculturas en las horas de siesta de los mayores. A un hijo de Alejandro se le ocurrió hacer apuestas con bolitas, entre ellos, utilizando a dos cerdos por vez, como contendores. El plan era ir al chiquero de engorde, alejado como dos cuadras de los ranchos, unir con alambre de quinchar por las colas, a dos cerdos, supuestamente similares de tamaño. Mientras se hacían las apuestas, se sujetaban a los animales, dispuestos en distintas direcciones. Luego se les hacía avanzar y en la puja, los animales unidos, luchaban titánicamente por separarse, entre esfuerzos y gruñidos, al final, uno resultaba ser el ganador, pero el alambre que les ligaba las colas, se ajustaba de tal manera que era imposible desatarlos. Al final, se rompía con el desesperado forcejeo ; ligando las colas, hundido entre el pelaje y la piel quedaban los dos anillos que poco después, terminaban por cortarla. Pasaron los años y cuando los arteros hijos de Alejandro y Juana se hicieron hombres, en esas intimidades propias de las familias unidas por lazos de sangre, amor y culturas, develaron el misterio de los chanchos rabones, primero sonrieron, pero fieles a la sabiduría de los comportamientos, casi a coro respondieron : ¡ Debería de darles vergüenza tanta maldad!

 

Queridos amigos, los invitamos a seguir con las lindas historias  ANTONINO CABANA con RAICES de Junio-2013)

 

 

UNA CHARLA SIN IMPORTANCIA (Añoranza) Parte I

Mientras caminábamos rumbo a la huerta de sandías y melones, por el trillo junto al alto maizal con dos choclos casi todas las plantas, retomamos la charla anterior. Miré la figura encorvada pero ágil, flaca y musculosa de Secundino. Sus pasos eran mas ágiles y diestros que los míos, que habían perdido en la ciudad y las calles, la destreza para los terrenos chacareros. Mirando las altas matas de pastos y espinas del borde del camino, pregunté: - ¿Este maíz es transgénico, híbrido o de esas mentadas semillas que venden las poderosas multinacionales? ¡No son ninguna de esas mi amigo! No niego que también las sembré cuando me engatusaron con el tractor y las maravillas de fertilizantes y pesticidas. Hasta nos aconsejaban no agacharnos más para arrancar los yuyos y traérselos a los cerdos y vacunos. Según los nuevos expertos, eso era trabajo de bobos, anticuados y de los que no quieren el progreso. También venían importadas, máquinas fumigadoras que cubrían con sus brazos de aspersores, varios metros del terreno, rociándolos con un potente herbicida, selectivo para las también semillas importadas y mataba todo otro tipo de vegetal! . Suspira y me mira como horrorizado, luego continúa: - ¡Yo creo que tampoco quedaban insectos vivos. Si eso sucedía, luego con los productos para curar las semillas, los que se aplicaban según un calendario que nos recomendaban, morían hasta los pájaros!. Como yo era muy bruto y desconfiado como me decían, por precaución guardé unas bolsas de maíz criollo en el galpón y sembraba una melga lejos de las promocionadas para los choclos de la olla y el gofio. Ese es el que tú ves plantado ahí y el que me rinde buenas cosechas, llueva mucho o haya sequías, porque tiene fortaleza y está adaptado. Es un maíz que almacena la humedad del rocío en esa planta alta que nos decían que no era necesaria, guarda aún en las sequías mas bravas, el agua necesaria. Volviendo al tema cuando mateábamos bajo el parral, me comenzaron a alertar, mis viejos vecinos cada vez mas endeudados, que no podían pagar los préstamos de los créditos “blandos”. Esos créditos en dólares, una moneda que no conocíamos, crecían de la noche a la mañana. Además en un año, su valor en pesos uruguayos era el doble o más. Llegaban a la chacra todos los días, una nube de compradores, rematadores y prestamistas con la hipoteca. Por unos pocos pesos, se llevaban a nuestros bueyes, terneros y vacas lecheras para la industria. Se vaciaban las chacras y lo que no mataban y destruían los letales pesticidas, terminaba en un frigorífico o un desguazadero. Los chacareros habíamos perdido el rumbo, acuciados por las deudas, responsables del honor enseñado por nuestros padres y abuelos, vendíamos cualquier cosa para no tener la vergüenza de ser deudores. Para poder pagar ese tractor nuevo que guardo en un galpón, tuve que vender por unos miserables pesos, la mitad de mi chacra. No lo uso porque con el precio de los combustibles, sus respuestos, la atención de los costosos mecánicos, si lo hago me arruina. No había posibilidad de quejarse porque todo estaba amañado legalmente con Escribanos, Abogados, Ingenieros y hasta los Gobiernos nos dieron la espalda. Luego de la aparición de los que nos trajeron el “progreso”, aparecieron doctores y ricachones, comprando chacras fundidas, pagando por ellas precios miserables. Lo que le había costado a miles de familias, casi en cien años, agendar unas cuarenta o cincuenta cuadras mediante sacrificios, privaciones y ahorros, pasó en pocos días, a manos de los acaparadores inversionistas que las alambraron y las dejaron que se llenaran de chilcas. Aquí, en este pago, éramos unas treinta y cinco familias con un promedio de diez hijos cada una. Hoy solo quedamos tres familias de dos viejos como yo, porque los hijos fueron los primeros en huir. El que me compró las veinte cuadras, con la mejor laguna del arroyo, le compró las chacras a doce vecinos míos. Yo pregunto: - ¿Esa gente que ha comprado el 90% de los miles de chacras familiares; las siembra con nosotros, cría ganado y animales domésticos o que hace con ellas? - ¿Sabes tu si esos, “comegentes” que han comprado el 90% de las miles de chacras que habían en todo el país, piensan hacerlas producir o son los que se han enriquecido y hacen solo las inversiones seguras de sus fortunas? – El que me compró a mi y a otros vecinos, las alambró, puso letreros de “Prohibido Pasar” , se hizo construir una hermosa casa próxima a la mejor laguna y la usa para el ocio del verano. Contrató a un peón donde antes trabajaban  unas cien personas, para vigilar esos campos vacíos, que los recorre a caballo, matando con un rifle, cuanto vicho se le aparece. Ese es el mentado progreso. Lo que dejan vivo los venenos, los termina ese experto tirador. Alguna persona que por casualidad, cruza por el camino a caballo, cuando me ve arando con el aradito de manceras y mis yuntas de bueyes, en vez de felicitarme por haber sobrevivido, me grita: ¡Viejo, deje el arado…está fuera de tiempo!!  Y otras cosas como “anticuado” y “loco”. Los demás, pasan en autos, camionetas, motos, camiones y  todo lo que consume nafta…

Queridos amigos, los invitamos a seguir con los cuentos de  ANTONINO CABANA con RAICES de Febrero-2013)

 

 

UNA CHARLA SIN IMPORTANCIA (Añoranza) Parte II

Lo miro sonriendo porque cada vez que se refiere a los problemas suicidas de los chacareros, se detiene, mira hacia los lugares como su hubiera fantasmas, gesticula como un hombre de teatro, exponiendo sus argumentos, llenos de pasión y amargura. Pienso que tal vez está sobreviviendo con ese bagaje, que ni histórico es, porque casi nadie los recuerda y menos le da importancia, y por esas razones fortuitas que tiene los sucesos, pendientes de algún testigo. Si habla, nadie lo escucha, porque los humanos, no queremos reconocer errores que siempre los justificamos y menos privarnos de las comodidades, el ocio y la euforia de un progreso que nos hace sentir superiores y modernos. Las quejas y charlas de algún pionero que aún queda junto al modesto ranchito de barro, paja y la antigua carreta, es propia de un “viejo nadaptado”, cuya presencia es insignificante y sus charlas, son sin importancia. Cuando llegamos a la huerta, selecciona dos hermosas sandías, les corta la guía después de golpearla con un “tinguiñazo” para evaluar la madurez, me alcanza una y avanza hasta el borde circundante del alto maizal. Coloca la suya en el suelo, se sienta sobre ella y me invita a hacer lo mismo. Filosofía: - ¡Siéntese nomás sobre ella!. Son como nosotros los viejos que aún quedamos en las chacras, sembrando como nos enseñaron padres y abuelos. Aguantamos cualquier peso encima, pero los golpes nos machucan como a ellas. Por eso la naturaleza las hizo ovaladas y con una cáscara gruesa. También nosotros los antiguos chacareros somos tozudos y soportamos en paz y con paciencia a los que nos convencen y se nos sientan arriba. Solo los golpes nos destruyeron y nos llenó de taperas, chatarras y chircales las tierras que antes siempre estaban sembradas!.  Allí, sentados se renuevan esos silencios que parecen necesarios para rescatar recuerdos. Pregunto: - ¿Secundino…, cuántos años tiene?. Sé que somos casi de la misma edad, íbamos a la escuela juntos, jugábamos al fútbol en el mismo cuadro cuando la campaña estaba llena de muchachos, de arcos, boliches, arados, carretas, bueyes y herrerías. Responde sin mirarme : - Tengo ochenta y un años, cumplo el diez del mes que viene y si me prometes venir, carneo un lechón para esperarte.
¡Te prometo venir y traigo la botella de Whisky y de vino! – El vino si es uruguayo, tráelo pero el whisky no , yo tomo caña o grapa!  - Soreí complacido y le palmeé el hombro. Luego agregué: - Es asombroso ver no solo esta hermosa huerta de sandías y melones, sino aquel cuadro de porotos de manteca y azufre y las sierras de boniatos tapadas de guías!.
Sonríe feliz de esas siembras que lo hacen sentir vivo y útil, a unas cuatro cuadras, está la huerta de zapallos criollos, que ya tienen algunos de casi veinte kilos. Las huertas mías las abono con las bostas de los corrales y jamás quemo ramas y pastos secos. Ellos van a la tierra para devolverles lo mucho que me dan. Desde que dejé de usar fertilizantes y estos mentados venenos, la tierra mejoró, es más permeable, más suelta y crece todo lo que le siembro. Tampoco tengo costos, en el Tala, aún vive un amigo herrero que me fabrica las rejas, las calza y las estira, repara las herramientas, las manceras y los timones. Es un amigo que a veces viene a visitarme y pasamos unos días inolvidables. Cuando la campaña murió por las herramientas y equipos importados, mi amigo cargó su herrería en una carreta, compró una casita en las afueras del Tala, construyó un galpón que yo le ayudé y allí instaló la fragua con todos los implementos. Como no me cobra el trabajo, le llevo de todo lo que produce mi chacra. Hasta las vacas lecheras le presto. Tiene un terreno de unos dos mil metros y allí la tiene ordeñándola todo el período. Cuando deja de dar leche, yo le presto otra. Él tiene familia y mantiene a una hija con nietos. Pedrito uno de sus nietos de trece años, trabaja con él en la antigua herrería y es una luz para aprender. Muchas veces me visita para que le enseñe todas las tareas de la chacra. Creo que desde los siete años , comenzó a interesarse en la tierra y la herrería…

 

Queridos amigos, los invitamos a seguir con los cuentos de  ANTONINO CABANA con RAICES de Marzo-2013)

 

UNA CHARLA SIN IMPORTANCIA (Añoranza) Última Parte

…eso lo mantiene con responsabilidad, lejos del ocio y los vicios. Es la mejor escuela porque construye al hombre del futuro, templado como sus hierros, productivo como toda nuestra tierra, respetuoso y solidario como nos enseñaban nuestros padres y abuelos. Yo lo ayudo todo lo que puedo porque se parece a nosotros cuando éramos chicos. Pedrito quiere mucho a su abuelo lo escucha atentamente y se siente orgulloso de parecerse a él. Por suerte no cayó en las garras de los cinturones de la ciudades. Está estudiando y quiere ser Ingeniero Agrónomo para luchar contra el progreso que nos contamina y está destruyendo todo! . Yo te puedo asegurar, que de cada mil niños de los de hoy, hay uno como Pedrito. Los demás en su mayoría, gastan los “fundillos” de los pantalones junto al televisor y la computadora, viendo, escuchando y aprendiendo cuanta porquería nos trae ese progreso que los destruye física y moralmente. Encerrados en sus cuartos y reunidos en “barritas”, envenenados por la invasión de juguetes y programas sucios y violentos, sin padres que les enseñen y orienten, aprenden en la calle y con los equipos modernos que nos saturan desde el extranjero, sus derechos solamente que nadie los puede tocar y a tomar sea como sea, aun matando, todo lo que necesitan para sostener el vicio y la corrupción que auspician los nuevos modelos morales. De la generosidad de la tierra, de lo que es capaz producir, de esa inmensa riqueza que pisamos sin conmovernos, no saben nada, nadie les enseña y desde el hogar, escuela, televisión y computadoras, no hay el más mínimo espacio que les advierta de esos valores ignorados. Pregúntenle a un niño de siete u ocho años, si sabe que los pollos que ven en el horno, tienen plumas, si la lana es de un animal, el algodón de un vegetal, en que época se siembra y así, nada saben ni les interesa por los que nos alimenta, abrigan y nos protegen. Solo saben de oro, petróleo, ocio, violencia y sexo. Saben lo que se les enseñan las modernas tecnologías para que consuman sus nefastos productos y sean los esclavos modernos de los llamados “avances científicos”. Algunos creen que soy un viejo loco e ignorante. Se ríen de mi cuando les digo estas cosas, pero estoy seguro, que después recapacitan y se dan cuenta que tengo razón. Es que nadie quiere apearse del confort y las comodidades que les dan ocios y una continuidad de fiestas y “jodas” que les llaman “saber vivir”. Con esa escuela, con ese abandono a las buenas costumbres, con la indiferencia e irresponsabilidad que se predica, no pretenderemos sostener a una sociedad justa, una soberanía ejemplar y una Patria estable. Por eso defiendo tanto a Pedrito y admiro a su abuelo, que desde niño pequeño, lo fue educando con amor y paciencia. Si seguimos así, cuando sea hombre, será digno representante de nuestros antepasados, su trabajo mantendrá a muchos vagos y corruptos y será para los que “saben vivir” , un bobo o un “esclavo” , o un “pobre diablo” inadaptado al progreso y a la evolución moral, donde todo está permitido!.  Escuché a Secundino con admiración y asombro. No podía creer que en esa cabeza con pocos cabellos blancos, se almacenara junto a los recuerdos de una época, todos los tristes acontecimientos que estábamos padeciendo. Es que el escuchar la radio todos los días y además, veía en la noche, programas en su televisor en blanco y negro. Por sus tareas a la antigua, por su empecinado uso del viejo arado de mancera, la carreta y los bueyes, por producir valiéndose de los elementos orgánicos, aparentaba ser un caprichoso e ignorante productor chacarero. Por eso le gritaban desde la calle, se mofaban de esas anticuadas herramientas y la pasión de un anciano invencible al tiempo y las costumbres. Llegamos a los ranchos con los brazos acalambrados por las sanas y pesadas sandías. Luego almorzamos casi sin pausas para esa charla sin importancia y cuando caía la tarde, me despedí con un abrazo y la promesa de una próxima visita. En el retorno a mi casa, casi no se diluía la imagen de un Pedrito pintado por Secundino y una sentencia que me hizo meditar por mucho tiempo. ¡Mire mi amigo! , cuando guardé el tractor en el galpón  recomencé a cultivar con bueyes, estuve más horas en la chacra, sembré menos de la mitad, pero gané al final con las cosechas tres o cuatro veces más de la que perdía por cuadra con los costos modernos. Tanto es así, que les mando dinero a mis hijos en la ciudad, producto de los cultivos y a mí no me falta nada. Siembro mis semillas, protejo la tierra y cosecho bueno , sano y natural. Además soy feliz porque sigo fiel a lo que me enseñaron mis padres, y que Dios los tenga en la gloria!!.

Queridos amigos, los invitamos a seguir con los cuentos de  ANTONINO CABANA con RAICES de Abril-2013)

 

 

 

CHARLAS EN EL CAMINO  (Parte I)

Cuento premiado en el certamen “Con el alma en el pago” por la Federación de Residentes del Interior – Año 2008

Sebastián y Liborio eran dos grandes amigos, pero amigos de verdad, en las buenas y en las malas, en las fáciles y las difíciles. Cuando el vecindario se refería a ellos decían: “¡Ni hermanos que fueran para llevarse bien!!” . Eran vecinos y las chacras apenas separadas por un alambrado en los potreros, se distinguían  por un trillo las parcelas de labranza. Cuando araban se encontraban en las cabeceras de las melgas, armaban sus cigarros, comentaban las tareas, recordaban los bailes y a las muchachas que les gustaban. En los domingos de truco siempre eran compañeros , de lo contrario no jugaban. La primavera los sorprendió preparando la tierra para los infaltables cultivos de verano. Amanecían y anochecían, día a día, infaltables y constantes detrás del arado, la rastra, la carreta y el responsable cuidado de los animales. Esa mañana, cuando ya el día era claro, se encontraron como siempre en la zona lindera de la chacra arada. Sonriendo felices por el encuentro y los importantes avances en la tierra preparada, se recostaron ambos sobre el costado de los bueyes, conversando y armando los acostumbrados cigarros.
Liborio, como al descuido, pregunta: “¿Sabías que mañana sábado en la noche hay un baile en lo de Noya? Hay orquesta, discoteca de primera y …, ahí van las hijas de Teodoro, las puebleras de Migues y Solís y muchas canarias como nosotros. ¡ Va a estar “gûenazo!” . Sebastián ríe enigmático y complacido, respondiendo: “Estamos bastante adelantados en las tareas, le hemos metido sin asco, ¡ creo que nos merecemos unas caricias de las chicas! . Los caballos están muy ociosos y los bueyes muy cansados, les aflojamos a éstos y hacemos sudar un poco a los “pingos”. ¡Además hace unos días que tengo ganas de tocar algo mas suave que las manceras!. ¡Pues, si estás de acuerdo, mañana nos vemos en el baile!”.
Cruzaron el paso, sofrenando a los caballos para que el agua no les salpicara las botas recién lustradas. Eran parte del atuendo gauchesco; bombachas de gabardina bien planchadas, camisa blanca, pañuelo celeste y chaleco gris, bordado con hilos de seda. Los sombreros oscuros, aludos, cubrían parte del rostro tostado y bien afeitado con navaja. Eran dos cuerpos jóvenes, fuertes, fornidos, con manos grandes y poderosas. Pasaron junto a los ranchos de Aparicio Montesdeoca cuando oscurecía. Ya se veía el resplandor del farol en la cocina. Los perros les salieron al camino, ladrando y acompañándolos un largo trecho. El cielo estaba despejado y comenzaban a insinuarse las estrellas. Sebastián apunta: “¡Creo que será mejor ir por la cortada. Es como una legua menos! . ¡Don Martín me dijo que cuando fue con Falero al velorio de Jesús Pereda, fueron por esa cortada!. ¡El paso del Solís está bajo y solo hay un par de porteras! ¡Por aquí echaremos unas tres horas; por el Camino Real y la carretera unas dos horas más!. ¡Vale la pena, en especial por los caballos!” Apenas se oye un : “¡Está bien!” de Liborio. Él no era muy práctico parta esos caminos, ni para las cerrazones. Luego silencio, pausa con recuerdos y el trotar de los caballos. Desfilan otros bailes, ilusión del próximo y un mundo de encuentros fantasiosos. Media hora después, Liborio rompe el silencio: ¿Recuerdas aquellas dos amiguitas de Migues?”. “¡Si…, a Manuela y Sofía!, ¡es probable que estén las dos!”. “No me refería a eso!, si a Sofía la recuerdas bien ¿o ya te olvidaste de ella y de todo lo demás?” Sebastián detiene el caballo que en la noche apenas es una sombra mas oscura, chupa el cigarro excitado y la braza rojiza ilumina levemente las salientes de su rostro. Se dirige a la sombra de su amigo y casi le grita: “¿Qué si la recuerdo? . ¡Imposible olvidarla y tampoco lo que me paso por tu culpa! ….

 

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con la segunda parte de este cuento de  ANTONINO CABANA con RAICES de Diciembre-2012)

 

CHARLAS EN EL CAMINO  (Ultima parte)

Cuento premiado en el certamen “Con el alma en el pago” por la Federación de Residentes del Interior – Año 2008

 

…por ellas y tu, me ligué la mejor paliza de mi vida”. Tras un breve silencio, retoman el camino avanzando por un sendero surcado por huellas de carretas y animales. Liborio empieza de nuevo: “¡Claro que me refería a eso que te pasó hace tres años en el baile del pueblo de Migues!. Nunca me enteré bien como fue porque cuando te lo mencionaba, te volvías furioso y terminabas hablando del incidente y no de las causas. ¡Pero si me lo dijiste se me olvidó y no quisiera que en el baile de esta noche, se vuelva a repetir!” . Sebastián le reprocha : “¡Tu te habrás olvidado, pero yo no! No creo que me olvide, aunque llegue a viejo y pierda la memoria. Pues bien, ahora te lo voy a contar de nuevo y por última vez. A mi me parece que te haces el olvidado para escucharme y reírte un poco! . Para empezar, te diré que me lo tenía merecido. Con Sofía habíamos bailado toda la noche y ella estaba cada vez mas provocativa. No hacía mas que apretar  mis músculos  y meter su mano por la camisa, recorriéndome el pecho. En todo nos entendíamos y ella, cada vez mas mansita se dejaba tocar, acariciar, apretar y a todo eso que nosotros los hombres bobos nos creemos haber conquistado. Sofía, había ido, creo que a maquillarse. Tú sabes muy bien que yo, desde la escuela, jamás había perdido una pelea, luchas y esas camorras de muchachos y jóvenes. Como en el boliche también era el campeón de las pulseadas, estaba convencido de que era el hombre mas fuerte. Me sentía el “Tarzán” del pago y aún más, cuando en la lucha con extraños, los vecinos y amigos apostaba a mi favor. ¡Nunca perdí una lucha cuerpo a cuerpo, con o sin zancadillas, de la cintura o del cinto nadie lograba derribarme! Los baños estaban en un corredor del patio y yo estaba esperando a Sofía, junto a una enredadera, con la esperanza de “agarrar” para el monte. Mientras tanto, tú te sacudías de lo lindo con Manuela en el salón. Desde donde yo estaba, por la enorme puerta abierta, se veían a las parejas bailando. Yo te estaba mirando que entusiasmado, sacudías tus botas creyéndote un gran bailarín. Me acerqué a la puerta y de pronto, un tipo moderno con pinta de pueblero, junto a otro melenudo y flaco, comienzan a mirarte y a hablar groserías de ti! ¡Ese canario botudo con bombacha que parece pollera, se está creyendo que es un personaje! ¡Mírelo como sacude a esa pobre infeliz, debe ser como él, una canarita sucia que ni el c….sabe lavarse!. Como seguían muy felices disfrutando sus críticas, le toqué el hombro y le dije: ¡Ese canario como yo , tozudo y sucio como tú dices, solo vino a divertirse sanamente, después de semanas de madrugar, pasar  frío , mojarse, sembrar y cosechar para que tengas comida en la mesa!! El melenudo me hizo un gesto obceno con las manos y dijo: ¡Ufff…, que olor a m…de vaca siento!!  Ya no pude más y me despaché con varias groserías. Su compañero me empujó mientras me decía; ¡ Si eres tan macho, vamos al patio y arreglamos las cosas como hombres! Nos sacamos los sacos y nos trenzamos a puño limpio. Le lancé no se cuantos golpes, pero él nunca estaba allí. En cambio yo recibía los suyos como patadas de caballo! ¿Recuerdas como me dejó la cara? Hasta tuve que mentir diciendo que me había caído del caballo. Ese día, creo que debo recordarlo como algo especial. Me bajó de ese pedestal como invencible “Tarzán” , Supe después de que iba a una academia de boxeo. Eso fue hace tres años, pero, un después de que me diera la paliza, cuando ya estaba todo olvidado, mi hermana que iba al liceo, presentó en nuestra casa al mismo tipo como su novio. Me enojé con ella, le dije que ese joven era un sucio y ordinario, pendenciero, que lo dejara por alguien decente como ella. Me contestó con aplomo y calidad: ¿Hermanito, porque te preocupas tanto, si no eres tú el que se casará con él?. Se llama Alfredo, estudia abogacía y viene seguido a casa!! Mi hermana tiene un carácter bárbaro, lo tiene “cortito” y el está “metido” con ella. Ahí sus golpes de boxeador no funcionan, cosa que yo debía aprender en vez de creerme invencible. Ahora que lo conozco mejor, debo admitir que es más gente que yo. ¡Jamás hablamos de ese encuentro y creo que no se lo ha dicho a nadie!!.-

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con los cuentos de  ANTONINO CABANA con RAICES de Enero-2013)

 

 

LA PITUFA

La cachorrita era un pequeño y desvalido animal cuando le llegó a nuestra nieta Silvana. La niña tenía locura por los animales y hacía días que estaba sin consuelo porque un pollito que cuidaba con esmero y amor, en un descuido, guiado por el calor de la estufa a leña se incineró al meterse dentro. El regalo de la pequeña perrita, blanquita con manchas negras, distrajo su pena por el infortunado pollito. Refugiada en los brazos de la niña, junto al calor de su pecho, parecía buscar la sustitución maternal desde donde fuera separada. Nuestra nieta Silvana la bautizó con el nombre de “Pitufa”. Vivíamos en el Parque de Vacaciones, en la casita Nº 119, permanentemente a la orden de la institución, con el cargo de Gerente Administrativo. En los brazos de mi nieta y el calor de mis rodillas, creció y adquirió una permanente dependencia, la pequeña Pitufa. Apenas me sentaba a tomar mate, la perrita con asombrosa agilidad, saltaba en mi falda y allí dormía. Se hizo costumbre casi insustituible para la niña y los abuelos, esa vibrante presencia, ansiosa de mimos, amor humano y protección. Cuando alguien llegaba a casa o tocaba la puerta, Pitufa ladraba armando tremendo alboroto. Era celosa guardiana y detectaba el más leve ruido de extraños a la familia. Siempre nos recibía exteriorizando una alegría conmovedora, acompañada de saltos cortos y pequeños ladridos y un correr alocado a nuestro alrededor. Le encantaba jugar en el verde césped del patio, corriendo pájaros o ladrándole al personal de servicio y a los turistas. Cuando viajábamos a algún lugar o recorríamos con la familia los hermosos rincones de la granja, jardines y criaderos, Pitufa nos acompañaba muy feliz en el asiento del auto. Siempre hay algún episodio de estos animales asombrosos y que muchas veces, o la mayoría de las veces nos enseñan lo que es el amor, la fidelidad y el perdón. Saben comunicar sus emociones con gestos inconfundibles, entienden nuestro lenguaje y hasta los estados de ánimo. Salvo muy lejanas ocasiones, muy distantes a la de los humanos, reaccionan con violencia. Por esa razón han conquistado un sitial universal insuperable en el seno de las familias y son para los niños, pasión, amor y alegría. También en su medida, son capaces de brindarnos protección

(Queridos amigos, los invitamos a seguir con los maravillosos cuentos de ANTONINO CABANA con RAICES de Noviembre-2012)

 

 

 

LA  PARABOLA  DE  LA  LOMBRIZ  (Parte I)

Varios animales estaban reunidos en lo que se llamaría “El foro de la verdad”. El búho había criticado con dureza la conducta de los humanos en la tierra. Decía que no son seres inteligentes, racionales ni obedientes a los designios del creador e todas las cosas. Ellos rompen los códigos establecidos, contaminan el suelo, aire y agua, practican la violencia, el crimen y el odio, solo por placer, ambición y soberbia. Crean sus propias normas de justicia, determinan quienes deben vivir, modifican sus códigos genéticos, experimentan con ellos y se hacen llamar “sabios”, “privilegiados” y “dioses” de una especie superior. La humilde lombriz, casi desconocida por los seres que habitan la superficie de la tierra, se asoma apenas por los seres que habitan la superficie de la tierra, se asoma apenas por una pequeña abertura de una de sus numerosas galerías y pregunta: -¿Quisiera saber quién arroja tanto veneno en la tierra, contamina el agua de las lluvias, la de los ríos y arroyos, y las que la naturaleza preserva en las capas subterráneas para abastecer la vida cuando demora en llover. Ya casi no podemos aguantar reciclando tantos venenos que nos van matando al igual que a nuestros compañeros de tareas, los virus, las bacterias, los hongos y los millones de especies de insectos que nos ayudan a mantener la tierra sana y productiva? - ¿Es el hombre!! – dice la urraca sumamente enojada, - ¡Sí!! – Sentencian casi todas las demás aves. - ¡Están sucediendo cosas muy raras, cada día hay menos alimentos y el que comemos está siempre contaminado. ¡Nuestros huevos son infértiles y hay menos especies sobre la tierra. No solo contaminan sino que destruyen montes, queman las pasturas, infectan los yuyos con herbicida. Las serranías con nuestros hogares y refugios en los montes indígenas, son arrasados, destruidos hasta la raíz y luego sembrados de eucaliptus! – El cuervo planeador de las cuchillas opina: - Ya no podemos encontrar alimentos ni refugios seguros. Todo está tapado por altos árboles donde ni los valles se ven. – Los pájaros y cientos de insectos también se lamentan: Ya no hay flores ni posibilidad de subsistir. - ¡ Eso es muy cierto!! – Se queja la abeja. – Antes en los montes indígenas habían flores todo el año. Las carquejas y marcela que abundaban en las laderas de los cerros, el hombre las destruyó con un polvo mortal que arrojaba desde los aviones. Luego tapó todo con eucaliptus! – La lombriz, algo indignada por lo que estaba oyendo, interviene de nuevo: - ¡Con razón ya no tenemos hojas y hierbas para alimentarnos y transformar el suelo, combinándolas con valiosos minerales , para los compuestos que nos reclaman las plantas. El antiguo mullido suelo, hoy no tiene restos vegetales por lo que se endurece, se hace impermeable y el agua de las lluvias resbala por la superficie, para perderse en los mares. Nosotras las lombrices, coordinamos con todos los demás seres de la tierra, incluso las plantas, para trabajar unidas y cada cual con una función específica, para transformar toda la materia orgánica, enriquecer el suelo con ella, y sostener cooperativamente, nuestras vidas y la de nuestros hijos.-

LA  PARABOLA  DE  LA  LOMBRIZ  (Última Parte)

…de pronto aparece el hombre y casi gritando les dice: ¿Qué se quejan miserables criaturas; seres inferiores sin inteligencia ni facultades para criticar lo que hacen los hombres sabios. Ustedes vivirán cuando y donde nosotros queramos y todo ese progreso que el humano ha conseguido, jamás podrá compararse con lo que ustedes se atribuyen como importantes. Les diré para que lo sepan y no lo olviden jamás. El hombre inventó el fuego, los autos, trenes, barcos, aviones y llegó con sus naves hasta otros planetas. Arrancó el oro, la plata, el uranio y otros valiosos minerales que estaban a cientos de metros bajo tierra. Dominó a la materia, rompió el átomo para aprovechar su energía. Es capaz de reproducir cualquier ser de la faz de la tierra, incluso los miserables microbios y a los insectos como ustedes. El Búho que escuchaba impaciente, preguntó: ¿Señor humano; puedo opinar? - ¡Está bien pero hágalo rápido, porque no puedo perder el tiempo escuchando a seres carentes de las más mínima inteligencia!!  - El Búho opina :  Es muy cierto que los humanos han hecho todo eso y mucho más. Sacan toneladas de oro del vientre de la tierra y por cada kilo, arrojan miles de kilos de residuos. Luego el oro no le da ningún beneficio. Tienen que esconderlo en cámaras blindadas y con todo tipo de alarmas, porque ustedes roban y matan por eso. Han fabricado armas cada vez mas poderosas, para destruir. Llenando la superficie de residuos, chatarras, tóxicos que contaminan el suelo y el agua. La atmósfera ya no resiste más de tantos gases y compuestos que destruyen el orden de la creación. Y ahora nos quieren cambiar todas las funciones que el creador impuso para que el Planeta no fuera destruido. El hombre interviene:  - Es que ustedes no saben valorar los éxitos de la ciencia, la inteligencia y capacidad de los humanos. Podemos demostrarles nuestra superioridad. ¿ A que esa miserable lombriz que solo es útil para el anzuelo no obtiene tantos recursos, compuestos, combinaciones y energía de la materia como el hombre? . El Búho replica : - No …, la lombriz no es capaz de crear la bomba atómica ni ninguno de los letales compuestos que el consumismo humano vierte cada segundo sobre el planeta. No lo hace porque cumple estrictamente con los cometidos y funciones para las cuales fue creada. Por eso, la sabiduría de su presencia, es razón de orden y vida. ¡ Jamás cometería el error de fabricar un arma que también acabaría con ella!!,.

 (Queridos amigos, los invitamos a seguir con estos hermosos cuentos, en RAICES de Agosto-2012)

 

 

EL SOBORNO

El soborno en mi País, es una modalidad inmoral, altamente practicada por las personas, en los distintos lugares, condiciones sociales y en especial, en los cargos públicos de control. Esta corrupta actividad, atenta contra las leyes, comportamientos sociales y la justicia igualitaria. El más poderoso, el encumbrado y de bolsillos llenos, el inmoral que avasalla las normas que rigen el orden y el funcionamiento adecuado de toda actividad en el corrupto beneficiado de la indecente maniobra. No es un inocente pasatiempo ni la satisfacción de las exageradas vanidades de personas egoístas. El más humilde, el respetuoso de las normas que delinean los comportamientos, el “pobre diablo” o el “tonto de turno” , como comúnmente se les encasilla a los honestos que se sacrifican de sol a sol todos los días del año, no piden ni aceptan ningún tipo de soborno. El ingreso del nocivo contrabando, de los nocivos condicionantes de los vicios, la evasión de los impuestos necesarios para el sostén de la clase trabajadora, la corrupta escuela que heredan las futuras generaciones, el desprecio por la igualitaria justicia social y respeto a los derechos y una cadena casi interminable de daños en todos los órdenes para cualquier soberanía, son el corolario de esa práctica que aparece como inocente y disimulada la mayoría de las veces, por quienes deben castigarla. La mano tímida del niño, con ese amor inocente en una edad aún no contaminada, cautelosamente se acerca a la cabeza del hermoso perro. El animal, permanece inmutable y silencioso, instintivamente seguro de la caricia inofensiva del niño. Toca la parte alta de la cabeza, se desliza por entre las orejas y llega hasta el ancho collar del cuello. La madre del pequeño, permanece ajena y descuidada, absorta mirando los cuadros en la pared, un gran mural del alto cromatismo del pintor Zomma Baitler, el pulcro cielorraso de color blanco de apariencia inmaculada, las paredes bien pintadas y el piso de cerámica lustrada de la amplia sala de espera. De reojo ve los intentos del hijo, gira hacia él y le grita : - ¡Cuidado Jorge no lo toques que te puede morder!. – El perro no se conmueve y parece una estatua erguida en el pulcro piso, recostado a una pierna del soldado. El militar, sentado en un extremo de un largo banco donde también está el niño y su madre, parece indiferente a todo lo que lo rodea. A la derecha, la gran puerta de la Oficina del Director de UTE. Los visitantes la observan a cada instante, esperando ver aparecer al secretario, llamándolos por sus nombres. El niño hace un ademán de contrariedad al recibir la reprimenda. Mira al perro y casi en secreto le dice: -¡Perro lindo! - ¿Verdad que no me vas a morder? – El soldado, apenas desvía su mirada, sonríe levemente y mueve negativamente la cabeza con casco. De nuevo, la mirada impaciente de la mujer que espera y se distrae observando las paredes, las luces del techo, las columnas revestidas de lustrosa madera, la pasiva inquietud de otros visitantes que esperan ser atendidos y con más atención el piso bastante gastado en algunos lugares. De pronto, el segundo intento del niño, que aprovecha la distracción materna. Confiado de no ser visto, avanza su mano temblorosa hasta la cabeza del animal. -¡Hijo ya te dije que no lo toques!! , no ves que te puede morder! – Resuena en la sala la reprimenda de la mujer y parece despertar a la adormecida concurrencia, que en voz baja opinan entre ellos y comentan la cariñosa actitud del niño. La escena se repite, con el niño contrariado, el perro inmutable y el soldado que parece ajeno a todo lo que lo rodea. La señora observa por varios minutos esa quietud pasiva y muda del can y del militar. Una mano del soldado sujeta una correa hasta el ancho collar donde pende una chapa. La otra, sostiene el fusil entre las piernas, con la culata apoyada al piso…

(Queridos amigos , los invitamos a seguir con la segunda y ultima parte de este hermoso cuento , con RAICES de mayo-2012)

 

EL SOBORNO  (Última Parte)

…La mirada del niño que ama los animales, se vuelve implorante. Su madre se suaviza y se atreve a preguntar: ¡Señor! , ¿su perro muerde? – La rigidez de la cara del soldado no cambia cuando contesta: ¡ Este perro no muerde sin una orden mía! . Esta adiestrado para obedecer y sacrificarse a costa de su vida! La mujer se calma y pregunta de nuevo - ¿Mi hijo no corre peligro de ser mordido si lo acarician? El adora a los perros…No señora, déjelo que lo acaricie; no hay riesgo alguno y además estos animales no solo son mansos y dóciles, sino que les encantan las caricias. Media hora después, el niño está hincado en el piso, abrazado al cuello del can, acariciándole la cabeza, las orejas, el hocico y tironeándole el grueso collar. El perro parece de piedra, no muestra contrariedad ni complacencia. Se somete pacíficamente a las caricias. Pasado los temores, la madre agradecida, se acercó con un paquete de galletitas. Le da algunas a su hijo y le lleva otras hasta la boca del perro. El animal no las mira ni las olfatea, tampoco las come. La señora insiste, hablándole y al ver que todo es inútil, las coloca en el piso. Allí quedan sin que las toque el perro, por lo que la mujer decide cambiar el sistema. Se las entrega al niño creyendo que a él no lo despreciaría. Ante el nuevo ofrecimiento, se renueva el rechazo total. Agotados los intentos y las palabras cariñosas, la señora se dirige de nuevo al imperturbable soldado, tan rígido y mudo como el can y pregunta: ¿A este perro no le gustan las galletitas? - ¡Al perro “este” , le gustan las galletitas y no es delicado, le gustan todas las comidas! No es un animal despreciador sino que jamás acepta algo sin una orden mía. ¡Puede estar desesperado de hambre y de sed, puede estar solo o lejos, pero si no le ordeno comer o beber, se muere con los alimentos y el agua a su lado! – La mujer no sale de su asombro y admirada exclama : ¡Es increíble, parece que es algo que ningún animal podría aprender ni que fuera enseñado así! – El soldado, más confidente agrega: ¡Mire señora, no crea que estoy exagerando! Estos perros son enseñados y adiestrados pacientemente por el ejército, desde que son cachorritos. Hay varios como él, y su comportamiento es el mismo. Pero no abusamos ni le sacrificamos su nivel correcto de vida. Los cuidamos con amor pero le enseñamos disciplina. Tienen alimentos y sanidad al igual que un soldado. La señora lo escucha maravillada y hasta su hijo detiene las persistentes caricias y escucha en silencio y conmovido, las palabras del militar. Entonces creyendo hacer justicia por el comportamiento del animal, exclama: ¡Es increíble! El militar endurece sus facciones y en un tono duro y de reproche, responde : ¡No señora, no es como un ser humano, es muy diferente a las personas, porque no acepta sobornos!!

(Queridos amigos , los invitamos a seguir con la segunda y ultima parte de este hermoso cuento , con RAICES de Junio-2012)

 

 

EL “CANARIO” Y EL “TURQUITO”
Cuento premiado por la Embajada del Líbano – Año 2004

Los primeros años liceales, fueron duros y difíciles para un hijo de campesinos. La escuela rural de tres años resultaba insuficiente en aquellos niños del 1938, para sortear nuevas exigencias. También estaban las diferencias sociales entre los jóvenes de las ciudades y los del campo. Las sociedades cosmopolitas, en efervescencia y contagiada de poetas, músicos, escritores y filósofos europeos soñaban con imitar y conducirse por esa luz universal del progreso, el refinamiento y una cultura creída superior. Esos comportamientos eran muy pronunciados frente a los jóvenes chacareros de manos rústicas y callosas, caminar torpe, hoscos, tímidos y con cultura elemental para enfrentar esos cambios. Sobrevivía en las llamadas altas sociedades resabios clasistas y burgueses, de fino amaneramiento donde el negro y el campesino, eran estigmatizados y considerados como un estamento inferior. También la casi nula concurrencia a los liceos de jóvenes campesinos hacían más difícil las posibilidades para conseguir un compañero o un amigo entre estudiantes. Esas fueron las razones para que Nepomuceno, deambulara soltario por el patio y los pasillos de la casa de estudios. La compañía inseparable de los libros y ese afán persistente, eran para el chacarero, un refugio sustitutivo. Cuando llegó el segundo año liceal, conoció a otro joven como él. Hablaba poco y vestía tan humilde como los campesinos. Eso era en esos tiempos, un motivo de discriminación. Como sucede casi siempre en los jóvenes, esas razones los acercó mutuamente. Ambos deseaban compartir la soledad, los estudios y las futuras ilusiones. Nepomuceno era morocho, de cabello negro y el misterioso compañero reciente, se le parecía mucho. Era más delgado, sus manos parecían más grandes y el caminar lento. La humildad de ambos, con el tiempo fue fortaleciendo esos lazos invisibles de la amistad. La amistad no condicionada por oportunidades ventajosas y materialistas. A mitad del segundo años liceal, los encuentros eran mas seguidos, estudiaban juntos, paseaban y soñaban con ser artistas y profesionales. Concurrían al taller “Amigos del Arte” fundado y dirigido por el extraordinario maestro Edgardo Ribeiro. Algunos grupos de jóvenes de alta sociedad, algo molestos por esa consecuente amistad entre los dos amigos y la constante superación en los estudios, los comenzaron a llamar “el Canario y el Turquito”. Pese a la poca base escolar de uno y la dificultad de idioma el otro, culminaron el año promovidos. Decidieron festejarlo juntos en el taller de artes plásticas. En un gran patio, merced a la experiencia de Nepomuceno, hicieron y degustaron un excelente asado. Luego sentados a la sombra de un coposo árbol, comenzaron las confidencias. Ambos jugaban con una ramita seca, haciendo sobre la tierra seca y polvorienta , figuras que casi automáticamente, le dictaban sus emociones. Nepomuceno rompió el silencio : “tu te llamas Jorge y desde que te conocí, te decían “El Turquito”. ¿Acaso eres de Turquía?” , el amigo sonríe, no se enojaba nunca aunque lo ofendieran. “¡Yo soy Libanés y nada tengo que ver con los Turcos!. Aquí en Uruguay, cuando vine, muchos nos llamaban “Los Turcos” , no se las causas. Hace tres años, un hermano de mi padre que hace diez años vino a Uruguay y le va muy bien en su empresa, fue a mi país y convenció a nuestra familia para que viniéramos aquí. Estuvimos el primer años en Montevideo donde mi tío le consiguió trabajo a mi padre, mientras yo y mi hermana, aprendíamos el idioma español. Mi país es muy pequeño y pobre, con una cadena montañosa que prácticamente lo recorre de norte a sur, con montañas de 1600 metros como máximas alturas, paralela al mar Mediterráneo, con más de 200 kilómetros de playa, hay una faja de tierra fértil con algunos cultivos y cría de unos pocos rebaños. Nosotros nacimos en la falda del cerro Becharre, en una de sus laderas donde teníamos al igual que otros vecinos, pequeños huertos, que rodeábamos con piedras y árboles. Cosechábamos hortalizas y frutas donde se destacaban damascos, naranjas, cerezas , olivos y las excelentes uvas. Estábamos próximos a un pueblito llamado Kafarabida. Hace dos años que nos vinimos para Minas, porque mi tío tiene un negocio de importación y venta de automotores y necesitaba la ayuda de mi padre”. Jorge hace un pequeño silencio luego agrega : “Mi apellido es Majluf y mi madre se llama Brígida Bulos”. Nepomuceno consideró que debía ampliar sus vínculos familiares: “Yo nací en las chacras donde desde muy niño, comencé a aprender todos los secretos de siembras, cosechas, cría de animales y amar la tierra. Somos doce hermanos y nos criamos dependiendo de la generosidad de sesenta cuadras de tierra, el trabajo y los sacrificios. Siempre soñé con aprender cada día más, escribir y pintar. Leí mucho a Lamartine y soñaba con ser como él y jamás pude olvidar su novela Graciela”. Jorge interrumpe : “Lamartine vivió en el Líbano y escribió su nombre en un grueso cedro, el cual se conserva testimonialmente. También en mi Patria, vivió un gran poeta, pintor, filósofo y escritor, llamado Kahlil Jibran y adorado por mi pueblo. Murió de tuberculosis en Nueva York..” Esa tarde a la sombra del árbol en el patio del taller, suspendidos los pinceles, cerrados los libros de estudios, renació entre las confidencias familiares, el intercambio de sueños, fantasías y las pujantes esperanzas de una juventud fermental. Como el arado en la tierra, luego la semilla en la siembra culta y limpia, la amistad con todos sus valores, se fue afianzando en dos jóvenes de patrias lejanas ..

(Querido lector con el número de Abril-12 , los invitamos a seguir con esta hermosa historia….)

 

 

EL “FLAUTA” GORGOROSO  (Parte I)
Por. Antonino Cabana

El “Flauta” nació en la localidad de Aguas Blancas del Departamento de Lavalleja. Eran Tres hermanos varones y él, el mayor. Tal vez mirando y caminando junto a su padre que era “una bestia” para trabajar, desde la edad de cuatro años, también se fue transformando en la imagen de su progenitor. Se levantaba temprano para poder ir con su padre a la chacra. Si no lo llevaba, lloraba todo el día. Su crecimiento fue un misterio, crecía hacia arriba, fino , largo y resistente como un fuste de trigo. A los doce años era más alto que su padre y su madre, pero seguía siendo largo y flaco, por lo que, un vecino ocurrente, lo empezó a llamar “el Flauta” Gorgoroso. Así creció, así lo llamaban por lo que con el tiempo, hasta él olvidó su propio nombre. Sus dos hermanos menores, cuando tenían 19 y 21 años respectivamente se fueron a trabajar a Montevideo. El Flauta llevaba la chacra en el alma y su corazón estaba desposado con la tierra y el mundo animal y vegetal que la habitaba. Ya a los doce años de edad, nadie le podía ganar en una corta de maíz. Manejaba la hoz con pericia y velocidad y sus brazos eran incansables ante las pesadas “gavillas” de chalas y choclos. Su reino estaba allí, próximo a los cerros de Aguas Blancas, en un fértil valle surcado por el inagotable arroyo Mataojo. Cuando su padre se enfermó, el ya tenía treinta años. Falleció en Montevideo en la casa de uno de sus hijos, donde había ido para mejor asistencia. El Flauta se hizo cargo de la chacra y de su madre a quién amó y protegió con devoción y gratitud. Un año después falleció su hermano en un accidente de moto. Su madre, como toda mujer que ama a sus hijos, casi sucumbe de tristeza. Durante un año, el Flauta jamás la dejó sola un día. Dos años después, fallece el otro hermano de un paro cardíaco y también su madre. El Flauta se quedó solo, mitigando sus penas en largas horas de trabajo. En las cortas de maíz, era contratado por varios chacareros. Con el tiempo hizo amistad profunda y sincera con el “Sapo Valentini”. Tenían la misma edad y cuando andaban juntos, parecían el “Gordo” y el “Flaco”. El Sapo era algo perezoso pero el Flauta lo tenia “cortito”. Las chacras se empezaron a vaciar y un capitalista poderoso económicamente, comenzó a comprárselas por poco dinero a los fundidos y desesperados granjeros. Las familias desaparecían y la estancia del poderoso argentino, crecía cada año más. La chacra del Flauta quedó encerrada entre las tenazas del latifundista, que pese a la insistencia del estanciero, el Flauta no vendía. Hacía cuatro años que se había casado y un día la esposa, tentada por la buena oferta, comenzó a trabajar como cocinera, mucama y limpiadora en la residencia del estanciero. Venían solo los fines de semana y en los feriados. Poco tiempo después, se la llevaron con ellos para Montevideo y también para Argentina cuando viajaban. En varias oportunidades le ofrecieron trabajo al Flauta y que se fuera con ellos y su esposa. El Flauta se negó y al final quedó solo, su esposa prácticamente lo abandonó. Cada vez demoraba mas tiempo en visitarlo. Gorgoroso desquitaba su rabia y angustia, trabajando cada día más. Se habían hecho amigos inseparables con el Sapo. Tanto era así, que hasta le ayudaba en la mayoría de las tareas de su chacra. El Sapo no era tan dispuesto a pasarse todo el día y el otro también, calzado en sus tamangos, arando, sembrando y cosechando. Siempre hacía tiempo para la “siestita” de dos horas, levantarse más tarde, comer bien y con pausas, ir todos los domingos y alguna tardecita “entreverada” al boliche para truquear y tomarse unas cañitas. Sentía lástima por la desesperación de su amigo el Flauta. No lo aconsejaba más porque era una roca para escucharlo al hablarle de no trabajar tanto y disfrutar un poco la vida. Ambos coincidían  en no vender las chacras. Tozudamente seguirían pisando terrones “uñendo” bueyes y cortando “maíces” , hasta que la carroza los llevara al cementerio. Los compradores de tierras los asediaban, pretendiendo entusiasmarlos con las comodidades y maravillas de la gran ciudad. Los patrones de la esposa del Flauta, atacaron por el lado más débil del afligido Gorgoroso. Le aseguraban que lo que quería su compañera, era estar junto a él pero en Montevideo. Ellos tenían una casa en la calle Cádiz a tres cuadras de Larrañaga. Harían un trueque de propiedades y además lo compensaban con una abultada cifra de dinero. El Flauta algo indeciso, consultó con su amigo el Sapo, quién que no siguiera penando solo, que se fuera con su esposa, ya que no iba a vivir siempre y otras cosas más. El Sapo también había decidido  su futuro : - ¡Yo hace tiempo que pensé arrendarle a ese otro ganadero que me acosa, irme al pueblo Solís, ya que también estoy solo. Nunca me casé, no tengo a quién  dejarle los bienes que he logrado trabajando y con privaciones como tú, así que voy a disfrutarlos!...

(Noche de la Nostalgia)    (Última Parte)
Por. Antonino Cabana

…El Flauta piensa un rato, y le contesta : - ¡ Está bien lo que dices!, pero en Montevideo, ¿Cómo podré vivir sin trabajar? . No se hacer otra cosa, y menos pasar una sola hora sin hacer algo. - ¡ Allá en Montevideo, para los no “avivados” y los hombres como tú , honrados y responsables, los trabajos, ¡Sobran!!.  La vida en la ciudad, al principio no fue fácil. Para el Flauta, los ruidos lo enloquecían, y la población “apretada” le era insoportable. Peor aún fue, cuando su esposa que había vuelto, se fue pidiéndole el divorcio. Estaba enamorada de otro hombre, y antes de serle infiel, puesto a plazo fijo en el Banco, porque no lo necesitaba. Ella no aceptó porque su nuevo esposo, era un argentino poderoso económicamente. Desde entonces Gorgoroso se pasaba todo el día trabajando. Le llovían ofertas de las que casi todos los desocupados no querían ni sabían hacer. Limpiar baldíos, podar, curar frutales, carpir y acondicionar jardines, pintar casas y rejas, hacer y reparar veredas muros e incluso la mayoría de las instalaciones. Era un trabajo garantido en calidad, pulcritud y eficacia. Además de cobrar poco, igual si no había plata, lo hacía gratis. Estaba tan acostumbrado a la solidaridad que extrañaba aquellas de las rutinas en las chacras. En mayo, el día de San Isidro, su presencia era infaltable en el pueblo Solís. Era el “palenquero” infaltable para transportar la imagen del Santo alrededor de la plaza. Era el representante de los labradores y cuando oía los cánticos religiosos, no podía evitar las lágrimas de emoción. Finalizaba el día con el amigo inseparable el Sapo, quién tenía casa en el pueblo de Fabini. Muchas veces se quedaba dos o tres días y el tema de las chacras, siempre era inagotable en ese tiempo. Al retirarse le dejaba a su amigo un rollo con dinero en la mesa de luz. Al principio el Sapo quiso devolvérselo pero le dijo : - ¡ Si no aceptas, no vengo un día más!.  En las afueras de la calle Cádiz, entre algunas quintas que se resistían al progreso y al crecimiento de Montevideo, aún quedaba un boliche parecido a los de la campaña. El Flauta concurría a veces y cuando estaba tranquilo el ambiente, conversaba por horas con el dueño. Los unía un pasado común de pasión granjera. Había aparecido una fiesta nueva, sumándose a las interminables que ya existían para el ocio de los uruguayos. El Flauta  no entendía el significado de “el día de la nostalgia” , pese a las exhaustivas explicaciones dadas a su pregunta. Esa noche del 24 de agosto decidió preguntarle al dueño del bar, por la razón de esa “joda” como él la bautizaba. El dueño del bar trató de explicarla, pero sin entenderla muy bien, razonaba : - ¡Mira Gorgoroso solo es otro día más de la “caterva” de feriados que inventan los uruguayos que no les gusta trabajar. Aquí el ocio y las “jodas”, son el pan diario. Nunca alcanzan las que ya hay y son como los cargos públicos de los políticos. Cada día hay más y cada día se trabaja menos. Antes cuando nosotros éramos jóvenes, una cuadrilla de obreros de diez personas, rendía cincuenta veces más que una cuadrilla de treinta de las de hoy. Entre feriados, partes de enfermo, descansos interpolados en las horas, limitación de jornadas por insalubres, dirigencias gremiales, permisos especiales, paros por protestas, ocupaciones de locales, manifestaciones callejeras contra todo  lo que no les gusta y a favor de sus partidos políticos, más el aumento de feriados para el ocio que nunca alcanza, hoy se le agrega el del “día de la nostalgia”. Pero no es la nostalgia por aquella cultura moral, de trabajo, sacrificios y solidaridad que nos enseñaban nuestros abuelos y padres. No es la nostalgia por aquellas familias unidas con hijos respetuosos, lejos de las drogas, la pereza y la violencia. Tampoco hay nostalgia por tu humilde arado de mancera, el buey forjador de un patrimonio productivo sano, abundante y al alcance hasta de los más pobres. Por la carreta que tanta riqueza nos dio además de ser integrantes del Éxodo del Pueblo Oriental, acompañando a Artigas, en una demostración sin precedentes en la historia de la humanidad. No hay nostalgia de las numerosas familias afincadas en nuestras también numerosas chacras y campos, ni por las jornadas de sol a sol, sembrando, cosechando e industrializando nuestra producción, hoy avasallada y destruida por las importaciones y el contrabando. No hay nostalgia para el orgullo que sentimos por nuestros héroes, los hermanos de esta Patria que nos representan dignamente en la sociedad y para esa historia de dignidad, sacrificio y tolerancia del Charrúa y el criollismo. Como tu ves, solo es una fiesta más para el alcohol, las trasnochadas, el ocio y la exaltación modernizada de la música y los bailes. Lo demás no cuenta porque incomoda a los que llenan su caja, a los que producen insumos para las fiestas, a los que llenan sus locales de gente que solo llama nostalgia a las otrora costumbres para divertirse!. Gorgoroso se rasca la cabeza, y cabizbajo retorna a su soledad. Ahora ya entendió lo de la fiesta de la nostalgia. Esa sensación interior que en cada minuto, le grita que vuelva al campo hasta el día  final de su vida. El día siguiente, llamó a su vecino y le entregó las llaves de su casa mientras le decía : - ¡Amigo, quédese con mi casa porque no pienso volver a ella, me voy a vivir y sentir las nostalgias de lo que tanto amo, a la casa de mi amigo en Solís!!.

 

 

LOS CABALLOS  (Primera Parte)
Por. Antonino Cabana

Vigoroso animal doméstico, vinculado a los humanos, de tal manera íntima, que la mitología lo reprodujo , creando la figura del centauro. Junto al buey y el perro, fueron los pioneros en las difíciles horas de los pueblos. En la lucha contra la agresividad del mundo sin tecnologías, fue puntal para la supervivencia de la libertad y los recursos. Para nosotros los orientales y especialmente en las patrias de Argentina, Paraguay y Brasil, representan algo más que un simple animal. Héroe indiscutido en la supervivencia de las familias, las libertades y el patrimonio sagrado de las soberanías. Hoy, como sucede con los reconocimientos y gratitud de los humanos, apenas es un pellejo con cuero olvidado. La fragilidad de las memorias y la indiferencia de los valores lo han sepultado en las sombras de la historia. El progreso acelerado, las soberbia de las tecnologías y los despiadados comportamientos, no necesitan más de su salvadora presencia ni de su abnegado sacrificio. Solo en la mente de algún niño aún no contaminado, hace que brillen sus ojos de ternura al verlos. Hoy el caballo se refugia en los rincones de alguna estancia, en el potrero de los pocos criollos que van quedando y en las incansables sociedades nativistas. Aparecer para deleite de los pueblos, en las jineteadas del Prado, Parque Roosevelt, las carreras y algún evento tradicionalista del interior del país, donde aún quedan uruguayos que se resisten a olvidar las raíces de nuestra historia. La tecnología de los modernos y suntuosos rodados, ha invadido hasta los potreros, sustituyendo el caballo por autos, motos, los codiciados 4 x 4  y las avionetas. La economía de países como el nuestro, de abundantes y muy productivas tierras, ha sustituido totalmente, la generación propia de la riqueza de las pasturas, por las onerosas importaciones del costoso petróleo, devorador incansable de nuestras sacrificadas divisas, y contaminante predador de los suelos naturales. En algún evento comercial, se pretende enfrentar la bravura del caballo con la destreza del hombre, que a espuelas y  talerazos, se busca el premio del más capaz. Olvidados que ayer, en los momentos más difíciles, su carrera salvó su vida, su coraje y arrojo salvó la Patria. Que fue compañero inseparable y hermano de causas en las más duras adversidades. Es tal la magnitud del caballo en fidelidad y presencia que cualquier mención a su estirpe, despierta admiración, valor y dignidad. Recorriendo la historia, en el mundo entero, el caballo fue el más importante de los animales domésticos, hacedor de economías, gladiador en los entretenimientos, vencedor en las batallas, cuya importancia hizo que su presencia superará la del hombre. Su estampa noble, hermosa, de sacrificio y coraje, aparece en las lides más importantes y perdura en el arte. Junto al perro, es el animal más apreciado y reconocido por quienes aún conservan, ese rinconcito del afecto desinteresado en el corazón. Cuando tomamos contacto con las páginas de nuestra historia, hablamos de fechas, batallas, héroes de hombres y mujeres, sangre derramada en los campos de la patria por nuestros criollos independentistas, pero nos olvidamos del caballo, esa parte motriz del centauro que hizo posible la rapidez de las lanzas y boleadoras, que también murió luchando por nuestra libertad, por el sagrado ideal de los hijos del suelo americano. En nuestros cómodos hogares con electrónicas computadoras y ociosas botoneras, no oímos el eco sonoro de los cascos de los caballos transportando los jinetes que hicieron posible la heroica epopeya patria. No tomamos contacto afectivo con sus relinchos de desafío ante el invasor esclavista, ni  percibimos la imagen arrolladora que jamás retrocedía al igual que sus montas. Cómodos en la molicie del progreso, cuyo mundo importado desde las sangrantes tecnologías europeas, no nos permite un solo segundo del acelerado tiempo para recordar y venerar a nuestros benefactores, cuya gesta libertadora, producía en cada avance el entrevero, terror en el enemigo. No dimensionamos al jinete y al caballo, fundido como un centauro, ofrendando ambos su vida para que hoy, seamos patria libre, independencia lograda con sangre y coraje, estirpe con garra charrúa e hijos de una raza que no admite presión alguna en su soberanía. Por suerte para la sagrada vivencia de nuestros ancestros, a quienes nunca podremos compensar tanta gloria y sacrificios, siempre aparece en la inspirada pluma, algún criollo que no olvida.
La musa poética de Santos Inzaurralde, nos regaló una página inolvidable. En un poema, que sin ninguna duda, puede ser un himno al caballo. La extraordinaria voz de Carlos Paravís (Santiago Chalar), hoy nos permite pasearla por  todo América, resonando con justicia y amor, en los más humildes rincones de la Patria, para orgullo de los hijos de este bendito suelo artiguista…

LOS CABALLOS  (Ultima Parte)
Por. Antonino Cabana

En la voz privilegiada y sentida de Paravís, cobró vida en el éter con el título de “Pida Patrón”, como un gigantesco grito de justicia y reconocimiento al caballo, transformándolo en un himno para los pueblos agradecidos y que no olvidan, del Río de la Plata. Hasta el frío bronce lo perpetúa junto a las más grandes figuras de América, cuya calidez emocional al contemplarlo, nos reconforta y nos hace sentir orgullosos de ese patrimonio de sacrificio, lealtad y valentía. El sagrado relieve de nuestro escudo, destaca la figura del caballo, libre, majestuoso y soberano, como indicándonos el camino de una soberanía admirable. Corriendo por el suelo patrio, incontenible y magnífico, reproduciendo los entreveros de lanzas, sables y boleadoras. Hasta parece oírse sus relinchos, arrollando escuadras disciplinadas y con armas superiores. En enfrentamientos sin espaldas donde el caballo peleaba a la para del local libertador, muriendo abrazados en el suelo patrio. Su furia avasallante producía miedo y asombro del invasor y el mito del centauro, de montas casi desnudas, se enardecía de melenas, lanzas, boleadoras y sables. Sin su presencia, hubiera sido imposible tanta gloria, tanto heroísmo y el derecho legitimo de héroes. Soportó el peso de las distancias, la metralla a la gratitud eterna de una estirpe indomable identificada con el charrúa.  En las amargas horas de nuestro héroe máximo, sacudido con incomprensión, la vanidad y egoísmo de quienes debieron apoyarlo, acompañó en una caravana histórica y sin similar en el mundo, a la más grande expresión de patriotismo y sacrificio, en el memorable “Éxodo del Pueblo Oriental”. Más allá de las horas obscuras de la patria y que él alumbró, fue apoyo del hombre, la mujer y el niño, forjando la producción, la escuela rural y la paz en el sacrificio sin límites. Incansable servidor del gaucho criollo, el labriego y los transportes de los primeros años de nuestra soberanía. Fue el “Chasque” en el correo, conductor de las diligencias, el carro, el sulky ; por campos y caminos difíciles, arroyos y ríos peligrosos. El más grande escultor del planeta, José Belloni, hizo vibrar en el bronce, el yeso y en el hormigón, su fibra indomable, el dinamismo de su fuerza y la belleza de su estampa bravía. Reprodujo con autenticidad, sus fibras vitales en la diligencia, en el entrevero y en el monumento ecuestre más grande del mundo , unido al héroe de las Américas José Gervasio Artigas, con hormigón uruguayo, en un cerro de Lavalleja. Es y será difícil para un simple y modesto humano como yo, poder reproducir con letras y con ideas, las imágenes representativas de tanta grandeza, de este infaltable precursor de nuestra libertad. Hoy desaparecidos los polvorientos caminos, las botas y los cañones del invasor, los campos abiertos, los pasos difíciles de los vados; sorteados por el asfalto, los puentes, los automotores, las costosas maquinarias modernas, las comunicaciones electrónicas y todo lo que ociosamente desde nuestros asientos podemos manejar, el caballo, el simple animal, considerado por la soberbia de la humanidad como un ser inferior, solo es un recuerdo cada día más lejano y más insignificante. Es un animal doméstico olvidado de la gloria que fue capaz, aún con su muerte y su gesta heroica de nuestra patria. El bronce y el hormigón el Belloni, y la tela y los pinceles de Blanes, al igual que una poesía épica, son la historia escrita por hermanos agradecidos. Jamás estará lejano para los verdaderos uruguayos, el caballo con su imagen indómita, fiel y charrúa. Como epílogo de una grandeza casi imposible de dimensionar, el caballo fue infaltable en la mente y labios de nuestro José Artigas a la hora de morir físicamente.

 

RUMBOS
EL GRAN PREMIO (Primera Parte)

Era un pueblo pequeño. Tenía apenas unas mil personas. Las casas eran casi todas muy modestas pero limpias y confortables. El progreso, la tecnología y las nuevas costumbres hasta allí no llegaban. Todas las casas tenían un aljibe en un bello patio poblado por un jardín esmeradamente cuidado. No faltaban los parrales de variadas uvas y los enormes naranjos, grandes como ombúes, donde los muchachos de cada hogar, se trepaban hasta sus copas, comiendo las grandes, dulces y perfumadas naranjas. Al fondo de cada terreno, el infaltable huerto que proveía a toda la familia, de verduras, guisantes y tubérculos. También había un horno de barro para el pan y a su lado, un pequeño gallinero con dos o tres gallinas, alimentadas con lo que proveían el huerto y las sobras de las comidas. Ellas compensaban a las familias, con los codiciados huevos de yemas rojas. Aparte de las autoridades constitucionales, los vecinos nombraron una comisión de varios vecinos, para apoyar la escuela y la policlínica, el Ministerio les había enviado un destacamento Policial, pero como nunca había problemas u otros delitos, al fin quedó un solo policía que casi no usaba su uniforme porque aprendió las costumbres de los pobladores y también hizo su huerto, su aljibe, sus frutales y muchas veces integró la Comisión Rotativa de Vecinos. Pero el pueblo tenía una costumbre que provenía de los primeros pobladores. Todos los años, en la noche víspera de Navidad, después de la Iglesia, se reunían en la escuela para otorgarle al poblador más meritorio, en moral, apoyo a los semejantes y buenos ejemplos, el más distinguido y codiciado premio. Este objeto de arte que distinguía virtudes, era colocado junto a la puerta de entrada del hogar, como la placa del mayor mérito. Era un gran disco de bronce, marginado al igual que el Escudo Nacional, por un lazo de Laurel y Olivo que simbolizaban a la madre tierra, luego en el centro , el sol, mensajero de la inteligencia, la cultura y la vida. Bajo el sol, con sus manos extendidas hacia el, la figura de dos niños de ambos sexos , como los destinatarios de los buenos ejemplos de sus mayores, caso distinguido, los del premiado. Otra costumbre que el pueblo sostenía, era la humildad y la igualdad de todos los derechos y obligaciones. Allí no había ricos ni pobres, la sociedad costumbrista mantenía junto al orden y la justicia, el apoyo indispensable para los imposibilitados. No era una obligación ni se consideraba una limosna. Era la voluntad solidaria y moral que nacía desde el corazón, apoyada por la razón propia de una hermandad sentida y practicaba. Para ellos, los valores de las personas, se medían por lo que se daba y no por lo recibido. En el pueblo vivían dos abuelitos entre los muchos que habían llegado a esa edad, pero ellos, Lucio y su esposa Clara, padecían algunos problemas. Lucio casi no veía y Clara caminaba solo con dos bastones. Pero con ellos vivían dos nietos, Tulio y Rosita. Los nietecitos estaban al cuidado de los abuelos, eran tan buenos y obedientes y jamás se separaban de los dulces viejitos. Gracias a los dos niños, los ancianos vivían felices y la vida tenía un significado muy importante. Era tanto el amor y gratitud de la compañía, que sus padecimientos no los preocupaban. Los dos nietecitos iban a la escuela y a su regreso, en los días especiales, Rosita ayudaba a la abuela en el jardín y la preparación de las comidas. Clara hacía unos bizcochos de harina de maíz con pasas y cáscaras de naranjas, que a los niños les gustaba mucho. Un día llevaron algunos a la maestra y fue tanto el éxito que la educadora concurrió al hogar de los ancianos para aprender como se elaboraban. Tulio, en cambio, siempre estaba junto al abuelo, ayudándolo en el huerto, a preparar leña, al extremo que el niño había aprendido muchos de los secretos para preparar la tierra y las fechas de siembra de las distintas hortalizas. También tenían sus horas de juegos, entre el césped del jardín, junto a los muchachos animalitos que confiados de no ser agredidos, compartían esa horas felices. A los niños les encantaba las sabrosas comidas que hacían los abuelos y que ellos, no solo los ayudaban descascarando los frescos granos de las arvejas, habas, chícharos, porotos y deschalando las dulces mazorcas de maíz cosechadas en el huerto, sino que aprendían el arte de cocinar y valorar la eficacia de los alimentos. Para ellos era un deleite, en el desayuno y la merienda, aquellas rebanadas de pan casero, cubiertos por las ricas mermeladas de duraznos, higos, ciruelas, frutillas, etc. Prodigiosos alimentos sanos y puros elaborados por la abuela y la gran taza de leche, sin aditivos ni conservantes. Siempre había, tanto en invierno como en verano, verduras frescas y frutas variadas. En los meses fríos, abundaban las espinacas, acelgas, remolachas, repollos, coliflores, naranjas, nísperos, macachines y luego, las tempranas uvas, frutillas, moras, duraznos, peras, manzanas, etc. No tenía rival para el paladar, el dulce de zapallo en cuadraditos, de color ambarino y con al almíbar casi como miel. Para el invierno,  todos los veranos la abuela llenaba varios recipientes con pasas de uvas, orejones de duraznos, ciruelas e higos, secados sabiamente con los excedente de las cosechas.

 

EL GRAN PREMIO (Última Parte)
Por. Antonino Cabana

Los nietitos  hacían todos los mandados y era común verlos caminar por las calles y en la plaza, los abuelos en el centro tomados de la mano, Tulio y Rosita flanqueándolos. Cuando cobraban la jubilación, los niños les guardaban sus pasividades en las carteras escolares hasta las casas. Pero la noche de Navidad, llegó como siempre, con la misma alegría y expectativa de los pobladores. Era un reencuentro sagrado, emotivo y pasional. No importaba ser Teista o Ateo, pertenecer a un gremio, religión o partido diferente. Tampoco ser negro, rubio o amarillo, ser alto o enano, ser hermoso o feo. Esa cáscara material que formaba los cuerpos con nombres distinto, de sentir la sorpresa de verse por dentro y la infinita pasión que despertaba el alma, a través del rostro y los ojos. La abuela había vestido cuidadosamente a sus nietitos, con ropas humildes, pero prolijamente arregladas. Puso unas gotitas de aquel frasco de perfume inacabable y que casi no lo usaba, en las mejillas de los niños. Cuando llegó la hora de entrega del gran premio, todo fue silencio, emociones contenidas, nerviosismo y expectativa. Los dos nietitos, casi abrazados a sus abuelos, recorrían ávidamente con sus inocentes miradas, a la enorme concentración de público. Pronto la Comisión otorgaría el premio cien a un ciudadano del lugar, que sería distinguido con el máximo reconocimiento a sus virtudes. ¿Quién será el digno depositario?  Se preguntaban Tulio y Rosita. También esa interrogante invadía el silencio de la sala. La Presidenta apareció en el escenario y habló sobre esa fecha, la felicidad de que en la población eran muchos los merecedores y que además, ese premio era el número cien. Luego se despidió del público, diciendo que la secretaria y los otros miembros, entregarían el premio. Que los destinatarios, por primera vez, serían dos personas y en algo distintas a las acostumbradas. Cuando la Secretaria se presentó con el Gran Premio y dos paquetes adicionales, nadie se atrevía ni a toser. Desplegó el gran pergamino que acompañaba al premio, donde se establecía el nombre del triunfador y leyó : “Esta comisión, con la soberanía que le otorga la población, analizando con los ciudadanos más notables, autoridades y nuestros propios integrantes, sin ninguna dificultad y por primer vez, evaluando virtudes, méritos y sentimientos de amor, considera que son los más dignos del premio, los niños-nietos, Tulio y Rosita”.
El aplauso duró varios minutos y de pié. Los niños además del premio, ambos recibieron una colección de cuentos infantiles editados por la Fundación “Lolita Rubial” . Los nietitos, todos los días se turnaban para leerles un cuento a sus abuelitos. Luego, antes de acostarse, con una franela que siempre mantenían limpita, le sacan brillo al Gran Premio.

 

 

RUMBOS
LA FAMILIA OLIGOQUETOS (Cuento para niños)
Por. Antonino Cabana

Toda la familia se encontraba reunida en el “laberinto”, un cómodo y espacioso hogar bajo tierra. La preocupación había llegado a un extremo insostenible. El abuelo don Oligoqueto, miro con ternura y dolor a sus numerosos nietitos. La abuela Oligoqueta, contenía apenas sus lágrimas. En un rincón del hogar, no quería demostrar debilidad en esos momentos tan necesarios para no perder la fe ni la esperanza por alguna solución. La familia era muy unida y los más pequeños creían en la sabiduría y consejos de sus mayores. Era el colmo de la preocupación, la inseguridad y el miedo. La debilidad de la familia para defenderse, los hacia conscientes de la impotencia frente a la creciente catástrofe ambiental. El abuelo también opina; -¡ Si esto sigue así, no habrá salvación para nuestra familia!.- La Abuela también interviene : -¡En esas condiciones en vano será la lucha y no se como podremos soportar el dolor de ver a nuestros hijos y nietos, morir lentamente! Prosigue con voz de reproche : ¡No comprendo tanta maldad, acaso los humanos se han olvidado de los propósitos del creador y de colaborar en la sustentabilidad y renovación de la tierra? Al igual que nosotros, ellos también están enfermándose y muriendo por culpa del hambre, las pestes y la contaminación de todo lo que existe en el suelo. Es cierto que nuestra modesta presencia carece de significación para juzgar tanta ambición y egoísmo que les nubla la razón, la moral y la fraternidad. ¡Solo esperamos la luz que los ilumine y se den cuenta lo que están haciendo!. El abuelo conmovido por esas palabras, responde : ¡Tienes razón amada compañera mía, es que con solo pensar en otros tiempos, sin las bombas atómicas, los generadores nucleares, todas esas armas modernas, la producción de tóxicos químicos, el envenenamiento de cuanto rincón hay en la tierra; nos quedan muy pocas esperanzas, tanto para nosotros como para todos los demás seres. Cada día se nos hace imposible a nosotras las lombrices y a todos los compañeros colaboradores, sostener la pureza del suelo y elaborar todos los compuestos que necesita el reino vegetal. Me duele que los humanos que son los beneficiados sin aportar nada, ni siquiera se conmuevan, tengan un instante de piedad y no reconozcan toda la perfección natural que el creador organizo sobre la tierra. Solo se creen los únicos privilegiados, los mas inteligentes y con el derecho de tomar, cambiar y destruir lo que les estorba para tener mas riquezas y poder. No quieren escuchar las leyes universales del orden y por momentos, su vanidad y egoísmo los hacen sentir superiores al gran creador!. Interviene la Abuela: - ¡Ya no se conforman con envenenar el aire, el agua y la tierra, justifican sus plaguicidas, las alteraciones genéticas y orgánicas, sino que talan, queman y modifican todo lo natural y biodegradable. Sus residuos y deshechos industriales transforman en desiertos miles de hectáreas que antes producían con nuestra ayuda. No existen las hierbas, hojas y los rastrojos para nuestro alimento y poder hacer con ellos, los miles de nutrientes que mantienen sano y productivo el suelo. Cuando no lo destruyen con herbicidas los queman. Entonces la tierra se transforma en asesina de nuestros hijos y de todas las demás especies que la habitamos. Así nuestros hogares se van transformando en desiertos y las plantas mueren también porque ya no hay nutrientes y algunas que sobreviven, lo hacen a través de productos químicos que los humanos les aportan, después de modificarles sus códigos genéticos. El abuelo mira la despensa vacía, la tierra que quema con su contacto y comenta ¡Dicen los genios modernos, que los viejos somos anticuados, ignorantes y caprichosos. Que queremos vivir estancados en el pasado y que no sabemos apreciar las virtudes de la ciencia moderna que con sus conquistas, esta superando la lenta y deficiente obra de nuestro creador. Al parecer, todas las experiencias milenarias son erróneas y nosotros un estorbo para ese progreso que los sabios; los nuevos brujos del planeta, han logrado para que los animales y las plantas crezcan mas rápido, fructifiquen antes del tiempo natural, tengan mejor color y tamaño, pero sin importar cuantas vitaminas, encimas y compuestos orgánicos han perdido! Es como tener una casa muy bonita por fuera, pero vacía por dentro. Recuerdo cuando yo era joven, el campo estaba lleno de chacras y familias como nosotros. Después de cada cosecha, quedaban en el suelo miles de nutrientes y muchas veces, desde los corrales de los numerosos animales domésticos, nos llegaban toneladas de alimentos. Las plantas crecían sanas y vigorosas, creaban su propias defensas y trabajamos en comunidad, cumpliendo cada cual con su función especifica, concordantes con lo dispuesto por la naturaleza. No existían ni eran necesarios los millones de pesticidas que se vierten en el aire, el suelo y el agua. Recuerdo a aquellos humildes agricultores que de sol a sol, sin una sola queja, cantando y silbando alegremente, sembraban y cosechaban con arados de manceras y bueyes, miles y miles de parcelas que sostenían a sus numerosas familias. Ellos como nosotros, éramos y nos sentíamos parte de esa cadena renovada y sustentable, sin agresiones ambientales, protegiendo y enseñando a sus hijos, los deberes contraídos al ser creados y la gratitud a nuestra madre naturaleza. Uno de los nietos Oligotepos que había escuchado en silencio, pregunto : ¿Qué podemos hacer nosotros para salvarnos y salvar a la tierra? Como el brillo que es capaz de dar la esperanza y el amor, la Abuela interviene : ¡Seguir luchando como lo están haciendo algunos humanos y esperar que pronto y cuando no sea demasiado tarde, se den cuenta los demás, que este drama que estamos viviendo, también nos afectara y destruirá a todos por igual! Apelamos a que ese don de la razón que el creador les dio, les haga comprender que la supervivencia del todo, depende de la conducta moral de cada especie y del cumplimiento estricto de los cometidos para los cuales fue creado. ¡ Solo así se podrá lograr que evitemos la destrucción total!

 

 

 

RUMBOS
Por. Antonino Cabana
POESIA DE PAJAROS Y JARDIN

Aun en los fríos días de invierno hay vida esplendorosa de verdes, flores y el trinar melodioso de pájaros. Refugiados en los abrigos de ramas y techos de galpones, llenan de vida y sonidos el pequeño entorno de mi jardín. Desde los primeros días de primavera, hasta los últimos del otoño, la ventana esta días y noche abierta. Por los finos orificios del tejido penetra la luz esplendorosa desde el amanecer hasta la noche. Junto a la luz filtrándose por las ramazones de varias enredaderas, saltan, pían y se esconden varios pájaros. El colibrí, diminuto y veloz se afana sin pausas detrás de cuanta flor armoniza en los matizados verdes. Las horneras, apenas amanece, abandonan sus nidos de barro, más lejanos y mas altos, con el clásico parloteo de aviso. Con los meses más cálidos crece el mundo alado, que se mezclan, anidan formando familias y cautivando con sus agradables conciertos onomatopéyicos. Finaliza la primavera y el verano grita desde un cielo más cálido y luminoso su mensaje de calor y días más largos. La luz se prolonga devorándose varias horas de la noche. Desde muchos nidos que la mano criminal del hombre no destruye, aparecen mansos y tímidos, cientos de pichones. Desde mi ventana, un inagotable mundo de vida y color llega incesante, renovándose, transformándose y llenando cuanto vacio espiritual necesita la vida plena. Desde mi cotidiano escritorio, todas las mañanas me deleito con esa visión inigualable de la creación, junto al mate y el cuaderno donde escribo lo que me dicta el corazón y la conciencia. Es el impulso de una vida que se va y quiere dejar de alguna manera, especialmente la modesta, lo sublime que el creador nos regalo como un soplo inextinguible, el misterio de las emociones. La ventana abierta deja entrar raudales, junto con la luz, sonido y color. Es el modesto entorno del mundo verde de visitantes alados, que como las aguas de un rio caudaloso, nos regalan lo mejor de nuestro patrimonio. La naturaleza incansable y sostenida se viste, desviste y se transforma sin agredir. Todo es positivo, luchador, sacrificado y compartido. Es la conjunción de una obra maestra de arte, practicidad y colaboración para sostener el orden en pos de los designios del creador. No existe la ira, el odio, el mal llamado derecho avasallador, ni la muerte ejecutada por el fusil, la soberbia y el dinero. Me conmueve ver desde la ventana a un trío de zorzales que a diario me visitan. Allí junto al comedero desde muy temprano, lleno de migas, trigo, maíz quebrado y algún conocimiento con carne picada. Revolotean benteveos, sabias, calandrias y muchos otros pájaros que se renuevan, glotones y golosos llenan con su presencia, aleteos y trinos, el entorno verde de un hábitat protegido y seguro. En los amaneceres y las últimas horas de la tarde, las parejas de picaflores recorren raudas y veloces las flores y construyen sus pequeños nidos, canastitas, pendiendo de las ramas fuertes de las enredaderas y casi ocultos en el follaje. También oigo a diario los trinos reproducibles de las calandrias y sabias, alternando con precisión en la sinfonía, el bajo gutural de las torcazas. No hay jaulas, manos agresivas, hondas ni chumberas. Convivir, tolerar y disfrutar es la inviolable ley de la creación. Amar y respetar los cimientos del orden, la paz y los derechos igualitarios que no caducan ni pertenecen absolutamente a la auto-creida especie superior. Hay momentos que esos pequeños maestros alados del creador, reproducen el embrujo sutil y melodioso del gran Eduardo Fabini, en su obra extraordinaria de la “Isla de los Ceibos”. No hay nada comparable con tanta belleza, la vida plena, el grito de felicidad latente y la inagotable imaginación renovada lejos de los paraísos.

 

 

RUMBOS
EL MOZO (Parte I)
Por. Antonino Cabana

El dueño del Café Oriental de Minas, miro pensativo a su socio y le dijo ¡Parece mentira…, es el mejor mozo que tiene el café, vale por dos o tres juntos y siempre termina borracho! Si sigue así, tendremos que arreglarle la cuenta y que no venga mas!
Pedro y Martín, los dueños del negocio, analizaban la marcha del café ; sentados junto a una mesa, bebiendo un vaso de agua mineral. Eran extremadamente cuidadosos del prestigio del comercio y fanáticos de la atención esmerada del personal. Lo mismo de la presencia de los eficientes empleados, pulcramente vestidos con uniformes de calidad, bien afeitados y peinados, en el exigido corte corto de cabello. Observaban sin faltar un solo día, educando a los novatos para evitar las mínimas torpezas. No permitían que los mozos tomaran una escoba o un trapo de piso, para limpiar los casuales derrames. De pronto aparecía una mujer, también prolijamente uniformada, encargada de la limpieza y realizaba la tarea. No se trataba de categorizar ni discriminar sino de evitar que el cliente viera al mozo utilizando en la limpieza las manos con que lo servían. Además, todos los mozos usaban guantes blancos. El café Oriental, junto a la plaza Libertad, trabajaba a capacidad llena, tanto de día como de noche. Ofrecía un servicio de total garantía, en atención como en la calidad de sus productos. Apenas llegaban los ómnibus de las empresas ínter departamentales a sus agencias, los pasajeros casi corrían hasta ese prestigioso café. El ojo del amo, experiente y sabio, era la mejor garantía de promoción. No descuidaban esa formula que a la postre, los beneficiaba de un equipo diestro, elegante y confiable para su variada y heterogénea clientela. Hacia años que no había una queja y no se hacia distinción al servir un café, un vaso de agua o la copa mas cara. Todos eran tratados con el mismo esmero y cortesía. Los dueños tampoco toleraban las  demoras y llegado el cliente, de inmediato aparecía el infaltable mozo con elegante traje negro, camisa blanca y moñita negra al cuello. Doblada con prolijidad profesional, la infaltable servilleta en el brazo izquierdo. El cabello prolijo, bien corto y peinado con gomina, una sonrisa agradable y el “que se sirve señor, señora o señorita”. Al retirarse el cliente , el mozo siempre le agradecía su presencia, consiente de que esas visitas estaban garantizando su sueldo. Anselmo , el mozo de referencia, caminaba con la elegancia de un modelo profesional. Toda su figura, aseada y firme, sosteniendo la bandeja colmada, zigzagueando con prestancia admirable entre las mesas y publico concurrente. La modulada pronunciación del “si señor” o “señora” , una leve inclinación y la sonrisa apenas dibujada en su bien afeitado rostro, lo hacían el mozo perfecto para los dos socios. Anselmo era alto y delgado, de ojos grandes y saltones que sonreían a la par de sus labios. Su porte elegante, el bigotito fino y bien recortado, armonizaban con el cabello corto y negro, siempre húmedo y aplastado por la gomina…

 

RUMBOS
EL MOZO (Ultima Parte )
Por. Antonino Cabana

…las manos grandes, de largos dedos, parecían dóciles tentáculos de armoniosos movimientos. Pese a las continuas recomendaciones y el control impuesto sobre el para que no bebiera, todos los días terminaba el horario, casi apenas de pie. Había compañeros que opinaban : -¡ Este se mama solo con el olor de Whisky! Pedro y Martín, los dos exigentes socios, decidieron llamarlo a la sala apartada del escritorio. Muy serio y procurando ser lo mas duro posible, Pedro le habla : ¡ Mire amigo Anselmo! , si Ud. Persiste en comportarse así …bebiendo tanto, tendremos que despedirlo! Martín asiente con la cabeza como haciendo suyas las palabras del socio. Pedro prosigue : ¡Es una lastima que un mozo con su categoría y responsabilidad, deje de ser competente y arruine su vida, por tomar unas copitas de mas! El problema mayor es por los otros funcionarios, el prestigio ganado desde hace años en el negocio y la ofensa que le hacemos a los clientes! . Si le permitimos a Ud. Este comportamiento, no podríamos observar ni corregir otras faltas. No se si Ud. Se ha dado cuenta que esta perjudicando el negocio y a todos sus compañeros!. Antes de tomar graves medidas, creímos conveniente conversar, ya que Ud. Es un mozo con antigüedad y muy eficiente y muy eficiente. Se puede decir que esta destruyendo con los pies lo que hace con la cabeza! . En esas condiciones no podemos dejar que sirva a nuestros clientes!. Anselmo escuchaba muy serio, sin una palabra en defensa, mirando a sus patrones con esos dos ojos grandes y saltones. Parecía la estatua de la culpa, parado al lado del escritorio. Martín que había guardado silencio, trata de suavizar la molesta situación y lograr la enmienda del mozo para no perderlo. Lo mira fijamente mientras le habla : ¡Mire Anselmo! , no queremos ser injustos y menos no reconocer otras virtudes que nos ha demostrado. Creemos que podemos hacer un compromiso de caballeros y darle una oportunidad. Si Ud. nos promete no emborracharse mas en las horas de trabajo, nos olvidamos del pasado y continua atendiendo la clientela con esa calidad que lo distingue! Renacen las esperanzas en el mozo y una sonrisa ilumina su rostro : ¡Si , les prometo no tomar bebidas alcohólicas en mis horas de servicio ni venir ebrio! Entonces, todo parece arreglado y entre apretones de mano y palabras reconfortantes, se rompe la tirantez del encuentro. Al llegar a la puerta, Anselmo se da vuelta y pregunta : ¿Una maltita por lo menos me podré tomar reservadamente cuando el trabajo me lo permita? Los socios sonríen y le contestan a coro : ¡Si , claro maltitas todas las que quieras! Pasaron unas semanas y la obscura botellita de malta, permanecía en un lugar oculto a la vista de los clientes. Allí se reponía a diario como si fuera una reliquia y Anselmo periódicamente, le daba un “beso” . Para asombro de los dueños y de los compañeros de trabajo, Anselmo terminaba la jornada casi cayéndose de ebrio. ¡No puede ser posible! , repetían a coro. ¡Hasta con malta se emborracha!
El secreto estaba en los paseos que Anselmo hacia hasta el sótano del Café que estaba próximo a los baños. Allí vaciaba la oscura y panzona botella de malta y la llenaba de caña Habana que venia en tolenes de roble. Lo demás para el enviciado mozo, era “pan comido” , mas bien dicho “bebido”.

(Queridos lectores …por razones de espacio ofreceremos la segunda y ultima parte del cuento en Raíces de julio 2011)

 

 

 

RUMBOS
LOS GRANJEROS

Los niños estaban reunidos para hacer sus juegos. El amplio patio del jardín, rodeado de coposos árboles, ofrecía un entorno seguro y acogedor. Se turnaban en los puestos que cada juego consideraba. A Emilia le toco el momento deseado y ella eligió ser “La Maestra”. Imitando a la docente, adopto una postura severa a su juicio. Comenzó a llamar a sus compañeros de juego, por sus nombres. Ya reunidos, con un gesto de solvencia ordeno silencio e inicio las preguntas. La clase comenzó a funcionar con observaciones, amenazas para los malos comportamientos como penitencias y comunicaciones a sus padres. Todos los niños tienen curiosidad y debilidad por algún animal. Luisito era un apasionado de los cangrejos. Los había conocido cuando acompañaba a sus padre en las pescas. Su padre le hablo sobre la vida, costumbres y características de estos crustáceos. A Luisito le había llamado la atención el habito de caminar para atrás, apuntado por su padre. En pleno funcionamiento de la clase, el niño levanto la mano. Emilia lo miro un instante y pregunto : ¡”Maestra”! , ¿Por qué los cangrejos caminan para atrás? – La improvisada maestra del juego, sintió el aprieto de la pregunta. Noto la expectativa de todos los demás niños, pendientes de la acertada respuesta. En su posición de máxima autoridad disciplinaria y educativa, no podía fallar al asumir la verdadera responsabilidad del cargo que había elegido. Menos aun, ignorar el porque esos crustáceos se comportaban así. Los niños son mas inteligentes de lo que creemos, son incansables investigadores, con mucha memoria no se les engaña fácilmente. También sus códigos del honor y la vergüenza , no admiten mentiras ni engaños. Su autoestima sin prejuicios, es lógica y racional, lastimándolos profundamente sus fracasos. Emilia hace un gesto con la mano y apelando a la inteligencia, contesta : ¡Niños!! , ya es la hora del recreo, así que vayan a jugar y cuando regresen, les voy a explicar porque los cangrejos caminan para atrás! Disuelta la improvisada aula, Emilia corrió hacia donde estaba el abuelo. Apresuradamente inquirió sobre la razón insólita de esos crustáceos. Enterado el anciano de los aprietos de su nieta, comenzó a narrar la historia de ese comportamiento. – Sucede cuando el creador fue poblando la tierra con animales buenos. Luego, al igual que con los humanos, algunos se volvieron malos. Habito los mares primero, incluyendo entre muchos crustáceos a los cangrejos. Así se fueron reuniendo en grandes familias para protegerse, ayudarse y procurar alimentos. Los cangrejos formaron sus hogares en los lugares rocosos. Cavaron largos laberintos para seguridad de sus hijos y guarecerse de los temporales. Para ellos, eran ciudades con casas como las de ustedes en Minas. También guardaban sus reservas de alimentos y era el refugio de los abuelos como yo. Los mayores y los mas fuertes, salían todos los días en busca de alimentos. En esa época, vivían en paz y confiados. Elegían a su rey, llamándolo “El Cambado” , para que los gobernara. Pero un cangrejo ambicioso y fracasado llamado “Crac” , no conforme con la decisión mayoritaria que no lo elegía, se volvió malo. Quería ser rey a todo costo, sin importarle el respeto y la voluntad de su colonia. Se fue muy enojado, empujado por la ira y la ambición hasta el rincón de las tinieblas donde los malos tienen sus cuevas. Allí estaban guarecidos los monstruos mas poderosos y despiadados. “Crac” los tentó hablándoles de las grandes riquezas que sus hermanos guardaban. El les facilitaría el camino para el saqueo a cambio de ser el rey. Traiciono a su familia diciéndole a los malos cuando la colonia quedaba desprotegida. Era el momento cuando los jóvenes y os mas fuertes se iban a buscar alimentos. Así los monstruos sorprendieron a los niños y a los viejos. Cuando los buenos regresaron confiados, fueron atacados por los malos que los esperaban escondidos. Para salvarse tuvieron que huir y refugiarse en el océano. Los monstruos comenzaron a festejar la victoria y mientras comían y bebían, dejaron una guardia en la entrada. El rey “Cambado”, por la suerte de su pueblo, le pidió al creador que los ayudara. Este envío un mensajero con una varita mágica y armo a los cangrejos buenos, con fuertes pinzas para romper las rejas y los doto de una resistente coraza. Como estrategia para engañar al centinela, hizo que avanzaran marcha atrás, de manera que los malos creyeran que huían. Cuando el centinela noto su error era demasiado tarde. Los cangrejos sorprendieron a los malos, arrojándolos muy lejos, junto con “Crac”. El traidor. El ángel mensajero del creador se fue y el rey “Cambado” estableció que ningún cangrejo cambiara en honor a la feliz estrategia, por lo que, toda la vida seguirían caminando para atrás. Al reiniciar la clase, Emilia asombro a sus pequeños alumnos con la narración aprendida del abuelo.

 

 

 

RUMBO
LA PIEDRA
Por. Antonino Cabana

Esta narración, le pertenece a mi padre. En los días de temporales de lluvias, tanto el como nuestra madre, siempre tenían alguna vivencia, cuyo epilogo y la filosofía del contenido, era un sabio ejemplo de la moral. Era el disimulado, constante y diario, predicar hacia nuestra formación, cimentada en las buenas costumbres. Esas, hoy casi perdidas en la “Patria Potestad”.
La respectiva narración; según nuestro padre, sucedió en su niñez. Mucha gente culta aun hoy día, estaba convencida que el hombre de campo “el de tierra adentro” , no solo inculto sino ingenuo e incapaz de razonar plenamente y contribuir a una buena formación en la familia. Bastaba escuchar sus consejos basados en una educación ancestral, para encontrar en ellos, sabiduría, indulgencia, amor y respeto. La mayoría no sabia leer ni escribir, pero si sabían de la responsabilidad asumida, el premio a la tenacidad y esfuerzo. La fraternal solidaridad de la convivencia, en las familias. Ese celo infinito para trasmitirles a sus hijos, destacaban siempre las virtuales que hacían dignas a las personas y el desprecio como castigo para los picaros e inescrupulosos.

Este es pues el cuento:

Don Zenón era un comerciante en el pago de muchos chacareros. Tenia un negocio de ramos generales, vendía de todo y también compraba lo que producían los agricultores. Su almacén, solvente, bien surtido, no solo abastecía sino que también oficiaba ante tramites y otros encargos con sus clientes cuando viajaban a Montevideo. En el vecindario lo apreciaban, le tenían confianza y su fidelidad no solo era comprar allí sino que jamás averiguaban precios en otros lugares. El surtido especial del negocio de don Zenón, eran las herramientas de trabajo, yerba, tabaco y combustibles. Pero ente el vecindario, como sucede en las sociedades mas depuradas, siempre aparece algún individuo sin escrúpulos, que se cree el mas inteligente aunque abuse de la confianza de los demás. En un termino injusto, ue no pretende racismo ni injurias, se les catalogaba como “la obeja negra” del rebaño. Así apareció un vecino, ventajero cuando se le brindaban las oportunidades. Le vendía al vecino mas pobre una vaca, que ya no daba leche, sin advertirle como lo harían los demás. Lo mismo sucedía con todos los productos de su granja, por lo que los “mercachifles” , resabiados por algunos “clavos”, revisaban con los ojos clínicos, cuanto compraban allí. Especialmente los huevos donde siempre habían mezclados con los buenos, otros descompuestos. En cierta oportunidad, don Zenón recibió un pedido de maíz mas barato de un colega de Montevideo. Aprovechando los viajes que hacia a la capital, llevando productos y surtiéndose al regreso con las necesidades del almacén, le compro a ese avivado chacarero, cinco bolsas de maíz. El comerciante no conocía las “mañas” del inmoral vendedor, a quien creía de la mejor confianza. El señor Emiliano Manfredi, era el “oveja negra” del pago y quien le llevo y cobro el maíz a don Zenón. Cuando volvió a Montevideo, al mes siguiente de llevarle el pedido a su colega, este le entrego sonriente, una enorme piedra de trece kilos que venia dentro de la bolsa del cereal. Lejos de enojarse don Zenón sonriendo le pidió dos bolsa mas a Emiliano. Pero, mantendrían los negocios, siempre y cuando el pícaro agricultor le comprara una barrica de yerba para matear. Con la esperanza de mantener un negocio mas fluido y ventajoso, el pícaro acepta la propuesta. Cuando Emiliano le pago la yerba, don Zenón le dijo : - ¡No me traiga el maíz porque tiene mucha piedra! – Lo que no supo hasta que comenzó a usar la yerba, era que dentro de la barrica, estaba su piedra de trece kilos, descontada del contenido.

 

RUMBOS
LOS PERROS (Parte I )

Se levantaron un poco mas temprano de lo acostumbrado. La luna llena en un cielo despejado, alumbraba casi como de día. A media altura entre el cenit  el oeste, permitía calcular la hora, cuatro antes del amanecer. La noche templada de marzo del año 1942 , le deparaba a los dos jóvenes chacareros, una sorpresa y un día muy caluroso. Las seis cuadras de maíz sembrado en los primero días de diciembre, estaban en todo su esplendor y prontos para la cosecha. Aquel pedazo de tierra generosa de rastrojo del trigo que recién se había cosechado y la caída de varias lluvias durante su crecimiento, hicieron que la siembra fructificara con hasta dos choclos en la casi totalidad de las plantas. En la tarde del día anterior, junto a su padre, el “Lolo” y el “Toto”, observaron el optimo desarrollo del maíz ya sazonado, de chalas resecas y robustas mazorcas. La generosidad de la tierra, el esmero de su preparación y el amor que acompañaba a los cultivos, lograban la satisfacción y esperanzas en la familia de chacareros. Habían decidido iniciar la corta del maíz , desde las horas mas tempranas posible, aprovechando “la fresquita” y la suavidad de las chalas humedecidas por el rocío. Los dos jovencitos de 14 y 16 años de edad, salieron al patio de los ranchos, observando la propicia luminosidad lunar que favorecería la tarea. Una breve brisa, fresca y agradable, soplaba desde el norte y al este, aun sin el resplandor de la aurora, Venus, el lucero de los amaneceres, se destacaba en el firmamento, por su plateada luminosidad y tamaño visible. En la cocina, matearon de apuro, junto a su padre que los acompañaba orgulloso y feliz, de esa silenciosa obra educacional en sus hijos, propia de la generacional estirpe. Antes de partir para el maizal, disfrutaron de sendos tazones de leche y gofio, prepararon los delantales de arpilleras, se calzaron los tamangos y , hoces en mano, partieron muy decididos, rumbo al sembrado. Las hoces subían y bajaban a un ritmo sostenido, con un “chasquido” corto y seco en dada corte. Las chalas secas del maíz, producían otros sonidos ; ásperos y crujientes. Las bruñidas herramientas dentadas, brillantes por el uso, relampagueaban a la luz de la luna. La mística “Seleneida” parecía caer por un resbaladizo cielo, hacia el oeste. Las primeras luces del naciente día, iban opacando su brillo y devorando estrellas. Los dos muchachos movían sus brazos como pistones, con precisión y destreza, con rapidez y eficacia mientras avanzaban por los surcos, dejando hacia atrás las hileras de tallos cortos y de una perfecta altura. Esos trabajos, aprendidos desde los siete a ocho años, ganaban en eficacia, rendimiento y automatismo. Avanzaban en silencio, abrazados al manojo de maíz cortado, que a intervalos, los depositaban en “gavillas”. Todas sus energías y atención, estaban dedicadas al proceso de la cosecha. Ya habían pasado cuatro horas sin pausas de idas y vueltas de un extremo a otro del maizal, encorvados empuñando las hoces, convencidos de la importancia del trabajo y de las obligaciones familiares. No había pausas ni descansos en ese continuo trajinar semiencorvados, acompañados por los sonidos de las  hoces y las chalas. A pequeños intervalos, llegaban hasta ellos, el canto de los gallos, ladrar de perros y el mugir de algún ternero. Casi no se daban cuenta, de ese concierto familiar, de vida y actividad, repetido al naciente de cada día, en toda la vecindad. En silencio, la concentración y los brazos musculosos y fuertes, acostumbrados a las rudas tareas de la chacra, casi no sentían el peso del manojo del maíz cortado. Serian las nueve de la mañana cuando sucedió. En tropel y a la carrera, llegaron los tres perros. Uno grande de color cobrizo, orejas caídas, vientre y terminación de patas como si usara medias blancas y la misma franja, alrededor del cuello. Otro negro con algunas pintas blancas, mediano, robusto y de orejas cortas. El tercero, mas chico, un cuzco barbilla de pelo blanco agrisado y sucio. Las patas y la panza mojada en los tres animales, por los pastos altos cargados del rocío. Apenas llegaron a la carrera hasta los dos cortadores, algo fatigados pero decididos, comenzaron a ladrar, formando un concierto disfonico. El Lolo el mas joven de los muchachos, miro a su hermano Toto, dos años mayor que el, mientras se detenían a observar la presencia de los perros. Después de unos minutos de observación, expreso, mas que una pregunta, una exclamación de asombro ¿De donde salieron estos perros que no los conozco? El Toto también intrigado, contesto : ¡Yo tampoco los conozco…., creo que nunca los había visto por aquí!  Del vecindario no son….pero además, porque vienen a ladrarnos a nosotros? Luego de los razonamientos, llegaron a la conclusión de que esos animales no eran del vecindario.Asi como llegaron, desaparecieron ladrando detrás del alto maizal. Agotadas las conjeturas sobre los visitantes, recomenzaron con los mismos bríos, la corta de maíz. Así como llegaron, desaparecieron ladrando detrás del alto maizal. Agotadas las conjeturas sobe los visitantes, recomenzaron con los mismos bríos, la corta de maíz. Hacia media hora que solo el ruido de las chalas llegaba a los oidos de los dos jovencitos, cuando a la carrera, ladrando desaforadamente, volvieron los tres perros. Nueva pausa en la tarea y las mutuas interrogantes : ¡ Otra vez estos Pichinchas !! - ¿Querrán algo de comer o estarán perdidos?  Comenta el Lolo. El Toto opina : ¡No creo que por hambre nos esten visitando y los perros no se pierden con facilidad. Si fuera uno solo, tal vez, pero los tres son compañeros y del mismo lugar. Es rara y acostumbrada esta forma de visita! - ¡A lo mejor; algun tropero acampo en el arroyo junto al camino y ellos salieron a divertirse!  Los dos zafreros se ríen de ese comentario y terminan por creer mas razonable esta opinión. Se ajustan los delantales de bolsas de arpillera, beben agua de una damajuana resguardada del sol dentro de una “pirva” (parva) y de nuevo acometen hoces en mano, el sembradío maduro para cosechar…

LOS PERROS (Parte II )
Por. Antonino Cabana

…el sol de marzo aun conserva el fuego del verano y el viento norte cargado de humedad, hace prever un día caluroso a mediodía y en las primeras horas de la tarde. Era urgente adelantar la tarea mientras estuviera mas fresco y las chalas conservaran parte de la humedad del rocío. El ritmo de las hoces y los sonidos ásperos de los tallos y hojas , les hicieron olvidar las visitas de los perros. No habían avanzado mas de una cuadra, cuando aparecieron de nuevo. Esta vez, se arrimaron a dos pasos de los muchachos, mas insistentes y ladrando con mas bríos. El Lolo se detiene , tira para el costado el brazado que había cortado y grita : ¡No! ..,no puede ser! ¡Algo grave les esta pasando a estos “pichichos” y sus visitas no son de cortesía! Ellos, nos quieren decir algo. El Toto asiente pensativo y agrega : Si, estoy seguro que tienes razón y nos indican algún problema. Insisten demasiado y no porque sean perros; quieren nuestra ayuda. ¡Vamos a seguirlos para ver que pasa!.
Cuando los muchachos avanzan hacia los canes, estos giran rápidamente y en fila, corren por el mismo sendero anterior. Son más rápidos que los cortadores de maíz, pero cuando se alejan demasiado, se detienen lengua afuera, a esperarlos.
Dejan atrás las seis cuadras de maíz, avanzan orillando un rastrojo de trigo, cruzan un alambrado lindero y penetran en un potrero de vacunos. Están en los campos de un vecino y a las seis cuadras mas, llegan al arroyo. Siempre en veloz carrera, vadean la laguna por el paso, saltando sobre las piedras mas salientes. De nuevo otro rastrojo, un “manchon” con un montecito de talas, higueras y el pajonal. A una cuadra del mismo, orillan un conjunto de álamos criollos. Han atravesado tres propiedades vecinales y parece no haber pausa en las carreras de los perros. Los tres animales incansables, ladran, corren y se muestran desesperados. Después de un bajo, otro alambrado, un potrero y el chircal. Los muchachos se sienten cansados de esa persecución sin pausas. Han recorrido como dos kilómetros por chacras y campos sin viviendas. Llegan a un albardón con barracas y se detienen indecisos. También lo hacen los perros que se vuelven hacia ellos y les ladran con insistencia. El Toto opina : Ya hemos recorrido mas de dos kilómetros y no creo razonable abandonar a estos perros locos!!  El Lolo agrega: ¡Ahora no hay mas remedio que seguir hasta no se donde!. A coro: ¡Avancemos, pues porque algo sucede y nos están pidiendo ayuda!.
Después de otro kilómetro, penetran en un campo de serranías. Los animales vacunos de los potreros, los miran recelosos. A la distancia se divisan algunos establecimientos junto a pequeños arbolados. Al superar una colina, ven en la ladera, casi escondido entre árboles y arbustos, dos ranchos. El Lolo los señala con el dedo y dice : ¡Mira…, nos están llevando hasta esas viviendas! Son las de Martínez; no hace mucho tiempo que lo conocí en la feria. ¡Es increíble que desde tan lejos, nos hayan ido a buscar estos perros! . El Toto razona : A la hora que ellos buscaban gente, la mayoría de los vecinos están mas lejos o no se encuentran en el campo. ¡Hoy es domingo y nosotros ni cuenta nos habíamos dado! Llegan y se detienen frente a la puerta abierta del rancho que tiene una chimenea humeando. Pero los perros pasan por el patio y sin detenerse, continúan corriendo por la ladera. Los muchachos los observan desilusionados, fatigados y deseosos de finalizar la aventura. Golpean con insistencia las manos, silbaron y gritaron por si había alguien. ¡Aquí no hay nadie! Y los perros se detienen a unos pocos metros, junto a un montón de tierra y piedras próximos a una cañadita. ¡Míralos como corren y ladran alrededor de esos montones que se ven allá! Algún animal tal vez. ¡Los mato si nos hicieron correr tanto por eso!
Avanzan decididos y al llegar, ven la oscura boca de una cachimba, rodeada de postes y algunas tablas quebradas. Con cautela se aproximan y miran hacia el interior. A unos tres metros, divisan un bulto que se movía. Luego un grito ahogado por el cansancio y la desesperación. Uno de los jóvenes corre hacia el galpón en busca de cuerdas. El otro trata de calmarlo, instándolo a resistir ya que lo iban a sacar en pocos minutos. Los perros calmados, sentados alrededor de la cachimba, lengua afuera, parecían mudos espectadores, ansiosos y esperanzados. La operación de rescate se cumple rápidamente, arrastrando fuera de la resbaladiza trampa, un bulto viviente, totalmente cubierto de barro. Tendido boca arriba el agotado Martínez , espera unos minutos para reponerse y hablar. Los dos muchachos parados, lo miran en silencio, sorprendidos y asustado. El agotado Martínez, apoyándose en los codos, levanta algo el torso y la cabeza, mira a los dos jóvenes, luego gira la mirada hacia los perros y dice : ¡Gracias a ellos estoy vivo! Cuando hoy temprano vine a buscar agua, como esta muy bajo el manantial, me incline demasiado apoyándome en el cerco de palos y se rompió cayéndome adentro! Hay como tres metros desde la boca al agua. No se cuantas horas estuve intentando salir, pero el barro de las paredes es muy resbaladizo y volvía a caerme. ¡Ya estaba acalambrado, cansado y pensé que seria mi ultimo día!
Como horrorizado se cubre el rostro con las manos embarradas y murmura casi llorando : ¡Jamás olvidare tamaño favor! A ellos que salvaron mi vida. Si uno lo cuenta lo tildan de loco o fantasioso porque nosotros los humanos, nos sentimos superiores a ellos y los creemos como seres inferiores. Esto es un inolvidable ejemplo de fidelidad y nobleza, algo que nos cuesta tanto reconocer como practicar, concluyo bajando la cabeza, mientras dos gruesos lagrimones le surcaban el rostro , y los tres perros se arrastraban sumisos hacia el a lamerles las embarradas manos.

 



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RUMBOS A LA TRADICION

Es probable que ese termino no refleje todas las emociones, sentimientos y recuerdos que se pretenden encasillar. Nada hay mas puro y representativo que las vivencias. ¿Entonces porque escribo, insisto y me apasiono por los temas de los chacareros, campesinos, labradores, los “pisatierra” y “tamangudos”? ¿Es esa semilla que germina desde mi infancia, forma mi carácter y me hace solidario empedernido con un pasado inolvidable y que se niega al olvido? No es que se pretenda volver a las tecnologías del pasado, pero si advertir, cuanto deterioro se les esta causando a las familias, a la diversidad de cultivos, al amor a la tierra con la galopante contaminación. Son muchas cosas que se pierden y se ignoran tras la seducción de promocionadas técnicas, adulteraciones de la naturaleza y modificaciones de los comportamientos que regulan el orden de la creación y sus transformaciones. Un día me aparte físicamente de mi inolvidable chacra, familia y vecinos para ilustrarme. El liceo y preparatorios pulieron algo mi ignorancia, al igual que el arado con los terrones. Pero nunca pude separar mi corazón de las mujeres y hombres del pago. Tampoco de cada rinconcito del suelo donde nací, crecí y aprendí a amar. Esta viva en mi gratitud la arcilla que le dio a mis manos la fantasía e ilusión de modelar. También del carbón del horno de pan, para mis dibujos. Hace unos pocos años me interne por la desolada campaña, donde otrora mugían bueyes, chirriaban carretas y arados, florecían cultivos variados que sostenían en paz y con amor a cientos de familias, forjadoras del bienestar de una patria admirada y respetada. Ya no encontré tierra arada, animales domésticos, sinfonía de voces, risas y cantos, ni a esa comunidad feliz y fraterna cuya humildad, traducía todo el amo de la tierra. Camine como perdido, como en un país extraño, por campos desiertos y cubiertos de malezas, sin los armados anchos, sin nidos de horneros, ni vida de pájaros e insectos. Los arroyos y cañadas, agotados por los montes foráneos y la flora y fauna indígena desaparecida. Borradas para siempre las huellas de pezuñas, de carretas  sulkys. Derruidos alambrados rodeando taperas, en el silencio que deprime y la tristeza que lastima. Sin mangangaes en los cardos y carquejas, ni camoatíes en las ramas. La invasión de pesticidas  monocultivos esta transformando nuestro prospero suelo en un cementerio. Avance por la décima tercera sección de Lavalleja, buscando un motivo de la tradición, con algún ermitaño que simbolizara el pasado, con el esqueleto de referencia como huella de una época ue no puedo olvidar. No perdurara en los archivos de la historia, porque la humanidad solo le otorga dimensión sobresaliente, a las promociones, las dinastías a los políticos  a los criminales. La humildad, el sacrificio, el trabajo y la dedicación en silencio, no merecen ni el mas pequeño recuerdo. Quería pintar algo de ese símbolo tradicionalista que se atomiza en las chacras abandonadas. En un recodo del camino, junto a un vacilante ranchito de terrón con techo de paja, casi vencidas sus paredes por el tiempo, apuntalado para no caer, enhiesta, soberbia y caprichosa, elevaba su porte una destartalada carreta. Su pertigo casi vertical, apuntaba al cielo como un brazo extendido, resistiendo la tradición. Un anciano nervioso por mi presencia con una tela y un caballete, sentado en la puerta del rancho, mateaba y soñaba con los tiempos de cosechas y familias. Antes de iniciar la pintura del cuadro, llegue hasta el solitario campesino, para saludarlo y comunicarle lo que pretendía hacer. Mientras conversaba, su huesuda mano aun con callos, acariciaba el mate y recorría por sus ojos llorosos con timidez. Se sentó junto a mi mientras reproducía el paisaje, con el ranchito, un añoso ombú, un matorral de cañas y ligustros. A la distancia, un potrero con el alambrado caído y las otrora fértiles tierras cubiertas de chilcales, sin voces, risas y cánticos felices de las familia. El anciano solitario nació allí y allí moriría. Tan fiel a la chacra como lo fue con su desaparecida esposa. Los hijos huyeron para la ciudad y sus nietos no soportan la quietud del campo, sin computadoras, equipos electrónicos, pantallas, maquinitas y los diarios y sofisticados pasatiempos para el ocio, la molicie y las modas sociales importadas. El aun araba con un vieja yunta de bueyes, unas melguitas para maíz, zapallos, papas, boniatos y porotos. Las gallinas le proporcionaban huevos, los pollos la carne y aun le quedaba para la yerba, algún fideo y su modesta ropa. Pero jamás abandonaría ese rincón tradicional, ni a su amada carreta. Al finalizar mi pintura, me acerque a ella y vi su amazon de tablas deterioradas por el tiempo, herrumbrada la chapa de su techo, tambaleantes las ruedas, desgastándose lentamente bajo las lluvias y el sol, pero firme, caprichosa y testaruda como su viejo propietario, orgullosos de sus raíces patrimoniales, sublime como sus hermanas que acompañaron a Artigas en el Éxodo, hasta que el soplo del tiempo incorpore sus átomos al suelo de la patria.

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Nacido “pa´pion”
Por. Antonino Cabana

El alboroto de los tres perros casi junto a la portera, hicieron que Don Juan Mendizábal se levantara de su ahuecada silla de cuero y mate en mano, saliera al patio. Basto un corto gruñido y un ademán, para que los perros se callaran. Allí junto a la cerca, un joven de no mas de 20 años, sombrero en mano, esperaba tímidamente. Era próximo al mediodía de aquel otoño de 1940. Vestía bombacha de brin  gastadas botas. Sobre la camisa estilo escocés, un chaleco de lana gris, hecho a mano. El infaltable pañuelo blanco de “gauchito” , anudado bajo el mentón, resaltaba el rostro juvenil del mocito. El cabello negro, cortado sin ninguna coquetería, estaba bien peinado hacia atrás  se notaban las marcas del sombrero como un anillo a la altura de las orejas. Era un muchacho hermoso, bien formado, alto y fornido, elegante y nervioso. Su caballo tordillo, estaba atado a una rama de un grueso paraíso al borde del camino. La voz de Don Juan resonó firme y autoritaria : ¿Qué se le ofrece amigo? – El muchacho hizo girar el sombrero entre sus manos  algo entrecortado respondió , ¡Buenos días don Juan…!  Me llamo Tomas, Tomas González para servirle…Yo…yo , creo que nací “pa pion” y desde chiquito quise ser peno de estancia …! Supe que Nicasio se fue a trabajar en Montevideo  pensé que a Ud.le faltaba un trabajador….Don Juan lo mira un instante y le pregunta : ¿Dices que te llamas Tomas, de los González chacareros de la falda de los cerros de Aguas Blancas? – “ Si Don Juan”. - ¿Y…cuantos años tienes, que experiencias para trabajar en una estancia?  Esto es distinto a ser chacarero. - ¡Yo se hacer de todo Don Juan! , aprendí de chiquito , en mi casa, en la hacienda de los Rossi, aprendí a domar, enlazar novillos, domar caballos y le prometo que aprenderé enseguida lo que Ud. me enseño. ¡Ah, tengo 18 años, los cumplí ayer! - ¿Así que naciste para peón! , ¿Quién te lo dijo? – Nadie Don Juan, cuando trabajaba con mi padre en la chacra siempre soñaba con ser tropero y trabajar en una estancia…como la suya!!.
Don Juan Mendizábal era un vasco de pocas palabras, alto, flaco y huesudo con cara sonrojada, ojos pequeños, azules y hundidos bajo una frente saliente como sus pobladas cejas. Nariz fina y larga, boca pequeña casi si labios y mentón agudo, un ancho cinto de cuero, gastado  descolorido, ajustaba su bombacha marrón, abotonada en los tobillos. Calzaba alpargatas al estilo de chancletas. Miro al joven, luego hacia el galpón  y pregunto : ¿Y…, cuando quieres empezar a trabajar conmigo? ¡Ya, ya mismo si a Ud. no le parece mal! – Bueno, esta bien si vienes tan decidido, entra el caballo y allí en los galpones encontraras a Lucio que te va a dar de comer, donde dormir y las tareas que tienes que hacer! Aun no habían pasado dos años Tomas, el nacido “Pa pion” como el decía ya se había ganado el afecto y confianza de los patrones, sus compañeros peones y la familia del dueño de casa. Era el primero en levantarse , encender la cocina, acarrear leña y agua, carnear cuando era necesario y al final de la jornada, el ultimo en suspender las tareas. No era necesario decirle dos veces las tareas nuevas  las cotidianas como alambrar, curar bicheras, encarnerar ganado y supervisar rodeos, se cumplían con celo y responsabilidad. Don Juan y su esposa Adela, satisfechos y agradecidos, a veces lo invitaban a la gran cocina de la estancia, pero Tomas siempre alegre y respetuoso, sombrero en mano,se retiraba hacia los galpones y su aposento porque en ese código que imponían las relaciones entre patrón  peones, era ejemplo cumplidor…

2a Parte

…A los 5 años en la estancia, su manejo, selección del ganado para el frigorífico compra de específicos y bienes de reposición como alambre, postes y piques, eran celosamente recomendados por Tomas. En cierta oportunidad, Don Juan le ofreció dinero para el pago de las compras  el jovencito, se excuso cortésmente haciéndole ver, que no era necesario, que no deseaba asumir esa responsabilidad ya que el patrón tenia crédito en todos lados y el dinero siempre trae involuntariamente “malos entendidos”. Los dos hijos varones de Don Juan , estudiaban en Montevideo y Natalia, la hija menor en el liceo de Minas. Viajaba en ómnibus todos los días. La esposa de Mendizábal, pasaba la mayor parte del tiempo en la capital, apoyando a sus dos varones. Una mañana de enero, Tomas se acerco a Don Juan y le dijo : Tengo unos ahorros para comprar un pedazo de campo en Aguas Blancas, próximo a su estancia y hacer un rancho porque pienso casarme. Así que en los ratos libres, los ocupare en construir mi casa . ¡Pero hijo! – le dijo paternalmente el patrón – no compre nada, elija un pedazo de mi campo en el lugar que le guste mas, unas 40 cuadras, alámbrela y deshaga alguno de esos galpones que ya no usamos, corte la paja brava del bañado y toda la madera que precise del monte y haga su rancho aquí. No gaste sus ahorros, compre con ellos algunas ovejas y llévese alguna vaca de ordeñe que a nosotros nos sobra. Por los campos de serranías, valles y quebradas de las dos mil hectáreas de la estancia corría un inagotable arroyo. A pocas cuadras del casco habitacional, una gran laguna rodeada de sauces, álamos, ceibos, coronillas, arueras y la enmarañada vegetación propia de los lugares húmedos de los valles de las serranías. A pocos metros de una de sus orillas, hasta la misma laguna, como una gran raíz de un cerro de Aguas Blancas, llegaba una cadena rocosa con grandes bloques horizontales como asientos ; allí, casi junto a la orilla, sentado sobre uno de ellos, Don Juan pasaba horas solitario, meditabundo y al parecer, contemplando la belleza natural de ese prodigo remanso. Hacia 15 años que Tomas trabajaba en la estancia cuando Don Juan falleció . Por un tiempo todo el lugar se transformo. La viuda y los hijos buscaban cuanto rincón, hueco , troncos y raíces, techos de la casa y los galpones y en cuanto recipiente había un posible escondrijo de los ahorros en vida de Don Juan. No había ni aparecía por ningún lugar, el producto de la venta de ganado y de otros bienes. Incluso empezaron a dudar de la honestidad de Tomas a quien creían sabedor del lugar donde se escondía el dinero. Fueron días de desconfianza, disgustos y veladas acusaciones. Tomas quiso renunciar, pero la esposa del patrón, le pidió llorando y arrepentida, que no los abandonara en los momentos que mas lo necesitaban. El tiempo fue alejando la fatigada búsqueda y el misterio ocupo esos lugares junto con los mas increíbles e insidiosos comentarios. La viuda se fue con sus hija a vivir a Minas y los hijos ya crecidos ejercían sus profesiones en Montevideo. Pasaron 5 años donde Tomas, con celo, honestidad y esfuerzo , sostuvo vigente y productiva la estancia. Aquel mocito nacido “pa’ pion” , con madurez segura  experiente, era para sus nuevos patrones, la solución perfecta en el manejo de sus bienes. Cada vez que Tomas recorría el campo al pasar por el paso de la laguna, se detenía frente al montículo de rocas donde tantas veces Don Juan pasaba horas sentado meditando. Por simple curiosidad, bajo del caballo y llego hasta la gran roca plana  se sentó en ella. La roca se movió algo inclinándose. La empujo y ella se corrió varios centímetros. Miro el lugar vació y vio el recipiente casi totalmente enterrado. Doña Adela, la viuda de Don Juan estaba en la cocina cuando oyó llamar a la puerta. Allí estaba sonriente, con un enorme envoltorio cubierto por una bolsa, su peón Tomas. La gran cantidad de monedas, muchas de oro, superaban las mas optimistas suposiciones. La familia reunida, con mas asombro que alegría, miraba la figura robusta,  y rustica de aquel hombre nacido “pa`pion” La lealtad y la honestidad no tienen precio y no hay tesoro que la emule. Muchos amigos y vecinos de Tomas le reprocharon su gesto, incluso lo tildaron de torpe y bobo. ¡De ninguna manera podía quedarme con una sola moneda ya que no me pertenecen y que ejemplo le daría a mis tres hijos! – decía con convicción – Siguió en la estancia hasta el fin de sus días, pero no en sus 40 cuadras sino que la viuda le regalo la mitad de esa propiedad, incluido sus cascos.


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chanchos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pitufa

 

 

 

 

 

 

 

 

lombriz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El gran premio

 

cabana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cangrejos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

piedra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los perros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 





   
 


PÁGINAS AMIGAS