Aquel hombre que veía irse muy temprano y regresar cuando la noche ya había ganado la calle.Mi padre. Entraba a una fábrica, cumplía sus horas, descansaba apenas lo justo y volvía a marchar hacia otra. Yo, entonces, no entendía por qué no estaba más tiempo en casa. La infancia no siempre comprende los sacrificios; los vive, pero no los nombra.
Con los años, todo se volvió más claro, más certero. Entendí que su ausencia era presencia de otra forma: era pan sobre la mesa, dignidad intacta y futuro en construcción. Era amor expresado en silencio, a fuerza de trabajo.
Mi padre me dejó una herencia que no figura en papeles ni se guarda en cajas fuertes: la cultura del trabajo, la disciplina, la convicción de que el progreso verdadero se forja con el sudor de la propia frente. Me enseñó, sin discursos, que el esfuerzo no degrada, dignifica.
Primero fue cortador de moldes de cuero, dando forma a las piezas que luego serían zapatos. Más tarde, fue zapatero remendón: ese oficio noble que devuelve vida a lo gastado, que se niega a descartar lo que aún puede seguir andando. En sus manos, un zapato vapuleado por el tiempo encontraba una nueva oportunidad, como tantas personas que siguen caminando gracias al trabajo silencioso de otros.
Hoy, al homenajear el oficio del zapatero, lo homenajeo a él. A sus manos cansadas, a sus jornadas largas, a su ejemplo. Porque cada paso firme que doy lleva algo de su andar, y cada valor que sostengo fue, alguna vez, remendado con paciencia en el banco de trabajo de su vida. |
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