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Pedro Millán.
La sombra que sostuvo a Montevideo.

   

La historia suele recordar a los hombres que llegan montados en caballos blancos, a los que firman decretos o levantan espadas. Pero detrás de cada fundador hay otro hombre. Uno menos retratado. Más silencioso. Más cansado. Un hombre que permanece cuando todos se van.Ese hombre, en los primeros años de Montevideo, fue Pedro Millán. No vino buscando gloria. No era un conquistador de nombre resonante ni un militar célebre de la corona. Era escribano. Hombre de oficio. Capitán de Corazas al servicio del Rey. Un español formado en la obediencia, en el deber y en esa vieja idea de honor que obligaba a sostenerse aun cuando todo faltaba. Bruno Mauricio de Zabala lo dejó aquí como su hombre de confianza. Mientras el vasco manco del brazo de plata gobernaba desde Buenos Aires, Millán quedó enterrado en el barro de esta tierra áspera,
húmeda y todavía sin ciudad.


Y Montevideo, en aquel tiempo, no era más que viento, ranchos pobres y hambre. Pedro Millán pasó veinte años levantando una ciudad que parecía no querer levantarse nunca.  Escribía cartas constantemente. Cartas al Rey. Al gobernador. A las autoridades españolas. Pedía herramientas. Pedía comida. Pedía soldados. Pedía pólvora. Pedía auxilio.Las cartas aún existen en archivos dispersos, como heridas de tinta.En una de ellas, hacia 1726, describe hombres enfermos, mujeres llorando, niños muriendo y materiales robados antes de poder construir una sola casa digna. Implora ayuda.


No obtuvo respuesta.


Tiempo después vuelve a escribir. Dice que hace meses no cobra sueldo, que su familia pasa hambre, que también la padecen los indígenas y trabajadores que lo acompañan.


Otra vez, silencio.


Más adelante advierte que desde Colonia los portugueses observan cada movimiento y que un ataque puede llegar en cualquier momento. Confiesa que no tiene armas suficientes, ni soldados, ni pólvora.


Nadie responde.

Pero Pedro Millán continúa.
Sigue trazando calles sobre el barro. Reparte tierras. Organiza el primer censo. Vigila el ganado. Ordena aquella pequeña aldea sitiada por el viento y el abandono. Construye Montevideo con una herramienta mínima y poderosa: una pluma de ganso.Con ella redacta los primeros planos de la ciudad. Con ella registra nacimientos y muertes. Con ella deja constancia del miedo, de la pobreza y de la obstinación de quienes no retrocedieron. Por eso quizás la historia de Montevideo también pueda contarse así: Zabala fue el brazo de plata. Pedro Millán fue la pluma de ganso. Uno representaba el poder lejano de la corona. El otro, la permanencia. El desgaste. La vigilia.Y hay un detalle que el tiempo fue borrando casi por completo. En 1727, fue Pedro Millán quien propuso el nombre original de la ciudad: San Felipe y Santiago de Montevideo”. Quería colocarla bajo la protección de ambos apóstoles y honrar también al rey Felipe V. El Cabildo confirmó oficialmente ese nombre años después. Mucho tiempo más tarde la historia simplificó todo y quedó apenas Montevideo.Como si incluso el nombre hubiera aprendido a perder partes de sí mismo. Pedro Millán murió prácticamente olvidado. Se cree que sus restos descansan bajo la Catedral de Montevideo. Su última preocupación no fue el reconocimiento ni la riqueza. Fue pedir protección para su esposa y sus hijos, porque después de décadas entregadas a la fundación de esta ciudad, no conservaba nada para sí.


Ni tierras.
Ni fortuna.
Ni privilegios.
Solo el deber cumplido.


Montevideo no fue demasiado justa con Pedro Millán. Le dejó una avenida.
Y después, el silencio.


(Agradecemos al Dr. Ricardo Petrissans por su permiso para utilizar su trabajo original para poder desarrollar este trabajo)

 

   
   
   

 





   
 


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