
Las vueltas de la vida y del periodismo me dieron la posibilidad de conocer a muchas personas valiosas. Hoy deseo detenerme en una figura que marcó profundamente a nuestro país: el científico uruguayo Dr. Rodolfo Tálice.
Lo entrevisté en su domicilio de Avenida Brasil, en el barrio Pocitos. Me recibió primero su hija, Francine, quien generosamente hizo posible aquel encuentro cuando el doctor estaba por cumplir un siglo de vida. Al llegar al apartamento donde se encontraba ese gran hombre, me invadió una emoción difícil de describir: estaba frente a una vida colmada de sabiduría, ante un ser humano receptivo, cariñoso y lúcido como pocos.
Siempre tuve de Rodolfo Tálice la imagen del médico consejero en la radio, del defensor incansable de los animales y de la naturaleza. Pero para poder entrevistarlo repasé a fondo su vida, y descubrí mucho más que esa imagen que solemos construir a partir de momentos aislados. Descubrí al hombre completo.
Durante la nota, Tálice repasó su infancia con una memoria asombrosa. Recordaba los sucesivos cambios de casa que su familia hacía en busca de un aire más sano para ese niño frágil que había sido, en aquel Montevideo de otros tiempos. Luego nos adentramos en su pasión por la etología, el estudio del comportamiento animal aplicado al ser humano. Me relató con modestia cómo se carteaba con grandes científicos del mundo que trabajaban en la misma línea, intercambiando ideas que lo nutrían y lo impulsaban.Hubo un pasaje de la entrevista que me quedó grabado para siempre. Tálice me contó su interés —casi una necesidad intelectual— de visitar a los criminales más peligrosos del país para intentar comprender las raíces de la violencia extrema, aquello que puede llevar a un individuo a eliminar a otro ser. Su conclusión era clara y repetida: en la gran mayoría de los casos, no había existido un verdadero vínculo de apego entre madre e hijo en los primeros dos años de vida, momento en el que se sella el “genoma afectivo” y se define, en buena parte, lo que será ese niño en la sociedad. “Nadie puede dar lo que no recibió”, me dijo. Esa frase se volvió un patrón luminoso para entender el comportamiento humano.
Mucho más podría contar de aquel encuentro que atesoro en el corazón. Pero quiero cerrar este homenaje a Rodolfo Tálice, con una reflexión suya que revela, con claridad admirable, cuánto nos diferencia nuestro propio comportamiento de la conducta de los animales:
“EL HOMBRE ES EL ÚNICO ANIMAL CAPAZ DE MATAR A OTRO SER DE SU MISMA ESPECIE, CAPAZ DE GENOCIDIOS, DE TORTURAS INVEROSÍMILES, PORQUE LA EVOLUCIÓN SE EQUIVOCÓ, PUSO AL HOMBRE EL CEREBRO DE LA INTELIGENCIA, DEL AMOR PLATÓNICO, DE LA CREATIVIDAD, DE LA POESÍA, DE LA MÚSICA, LA ALEVOSÍA Y TAMBIÉN DE LA SANGRE, PERO LO SEPARÓ DEL CEREBRO DEL INSTINTO, ESE QUE HACE QUE UN LEÓN JAMÁS MATE
A OTRO LEÓN QUE HA DOBLEGADO EN LA LUCHA”.
Acuarela / Álvaro Manuel Saralegui Rosé
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