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Por. Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com
   
     

CAFÉ UNIVERSAL Sociedad anónima
Por Juan Antonio Varese


Pocas veces hemos encontrado, en la historia y tradiciones de los cafés montevideanos, uno tan extraño como el presente, fundado por un grupo de amigos y que adoptó la forma de una sociedad comercial, anónima por añadidura. Parecía casi la fundación de una agrupación secreta o uno de esos clubes privados a que fueron tan adeptos los británicos de la época. Y sin embargo se trataba de inmigrantes de apellido italiano y próspera situación económica.
En el año 1871, en la por entonces gran aldea de Montevideo con poco más de ciento treinta mil habitantes, se reunió una extraña comisión de amigos de la colectividad italiana para suscribir un contrato con el inusual propósito de instalar un establecimiento donde pudieran reunirse y a la vez funcionara públicamente como café para solventar los gastos.

Gracias a la amabilidad y espíritu de colaboración del coleccionista Winston Sterling, conocedor de nuestra pasión por el tema de los cafés, pudimos acceder a un ejemplar original de los estatutos de la citada sociedad anónima. Del análisis del texto del proemio resulta claramente establecido el objeto social, que transcribimos textualmente: “Los abajo firmados venimos por medio del presente contrato a establecer una Sociedad Anónima con el objeto de que, a la vez de socios podamos ser consumidores de los artículos que expenda el establecimiento de la sociedad, que se denominará CAFÉ UNIVERSAL, el cual se instalará en la calle de Buenos Aires esquina la de Juncal o en el local en que el Gerente, de acuerdo con la Comisión, considere conveniente”. El contrato, de 25 artículos, fue firmado en el mes de junio de 1871 por los trece socios fundadores, deduciéndose del mismo de se trataba de un grupo de amigos que buscaban un lugar donde reunirse para conversar con tranquilidad y celebrar sus libaciones. El capital social, cuyo monto nos parece disparatado para la época, estaba compuesto de mil acciones del valor de $ 10 cada una, las que deberían ser integradas al momento de la firma. Una vez reunida la suma se nombraría una Comisión de Vigilancia, compuesta de 3 socios titulares y 3 suplentes, que se encargaría de vigilar la marcha del negocio. Esta comisión deberá renovarse cada año, pudiendo los miembros ser reelectos. Ninguna duda cabe de que la finalidad contractual era la de se abriera el café a la brevedad, al punto que el gerente estaba designado por propia cláusula de los estatutos; como prueba de confianza, se nota que era conocido y aprobado por todos, este no podría ser renovado de su cargo excepto por dos circunstancias extremas: mala administración o por malversación de fondos. Que el gerente debía ser hombre de confianza, tal vez el promotor del proyecto, no cabe duda por cuanto se le reconocía el exorbitante sueldo de 60 pesos mensuales y una retribución extra de un diez por ciento de la utilidad líquida que se obtuviera. Como si fuera poco el Gerente “tendría libre disposición sobre todas y cada una de las operaciones así como la de contratar el personal que le resultara necesario y determinar sus sueldos”. Una vez que estuviera abierto el CAFÉ UNIVERSAL, si hubiera personas que pretendieran entrar en la sociedad, deberían, además, pagar un cinco por ciento mensual en concepto de prima. Con lo que no caben dudas de que la finalidad era la concurrencia personal y disfrute del café por parte de los socios, puesto que, aunque parezca extraño, no habría reparto anual de utilidades  ni otro incentivo que la concurrencia “hasta el día de la liquidación total de la sociedad”. Las acciones podrían ser transferidas pero, para tuviera validez la cesión, tendrían que ser previamente comunicadas al gerente para su conocimiento y registración. Y otra cláusula que parece casi increíble y da la pauta del poco sentido jurídico y comercial del emprendimiento establecía que “cualquiera de los socios que dedujera alguna gestión contra la sociedad perderá todos los derechos y acciones que tuviese sobre la misma”. Reafirmación del poder decisorio del gerente lo determina el texto del articulo 20, que le asignaba doble voto en la Comisión de Vigilancia. La única prohibición que se le imponía al gerente era que “no podría abrir cuenta” a nadie sin previa autorización de la Comisión. Y en acuerdo con ésta estaba autorizado para abrir una cuenta corriente en el Banco de la capital que le ofreciera mayores garantías. El Estatuto estaba firmado por los trece socios iniciales, con las siguientes categorías: Presidente: Giacomo Mazzini, Vocales David Boccardo, José De Bernocchi, José Moffini, Juan Bautista Garibotto, Juan Bautista Zanetti, Garavagno Hermanos, Sebastián Péndola, Felipe Deferrari, Juan Rubbo, Antonio Tealdi y Bernardo Magnano y Secretario, Eugenio Grau.

Luego de firmado el estatuto, conforme a lo dispuesto por el articulo 405 del Código de Comercio, ante el Secretario del Ministerio de Hacienda, para su aprobación en los siguientes términos: “A Vuestra Merced suplicamos se sirva aprobarlo por ser de rigurosa justicia”. Previa vista favorable y sin perjuicio de lo dispuesto por el articulo 419 del citado código se ordenó la anotación en el libro respectivo, constando la firma de E. Stewart, quedando inscripto al folio 234 del libro respectivo con fecha 2 de octubre de dicho año 1871.

Lamentablemente no hemos podido ubicar constancia alguna de la inauguración del café, entendiendo que la reserva de su origen se habrá manifestado también respecto de su apertura y primeros años de funcionamiento. La ubicación estaba prevista inicialmente en un local de la calle Buenos Aires esquina Juncal, seguramente en el mismo lugar que luego ocuparía el Tupí Nambá, que fue inaugurado recién en el año 1889. Evidentemente la cercanía del Teatro de Solís era una de las mejores ubicaciones del momento. El gerente, como hemos dicho, tenía potestad de elegir otra ubicación, la que podría haber sido en la planta baja del Palacio Pons, que estaba en la esquina en Diagonal. O también podría haber dado frente a la cuadra de la calle Juncal hacia el mar o el propio costado del edificio del Mercado Central, recién inaugurado por entonces con el pomposo título de Mercado Nuevo, que venía a sustituir al viejo que funcionara más de 40  años en el viejo periplo de la antigua Ciudadela de Montevideo.
Por último otro detalle de interés para la historia de los cafés. Hasta principios de la década del 60 y años después, la gran mayoría de los locales los habrían inmigrantes de origen francés y alguno que otro proveniente de la madre patria. Recién por la década de 1860 comenzaron a aparecer los apellidos italianos en los dueños y nombres de evidente raigambre itálica como el Café de la Bella Italia, en la calle Maldonado a una cuadra del Mercado, frente al edificio de Esteves. O el “AVISO AL PUBBLICO: NEL CAFÉ DELL´ARCO NEL MERCATO PRINCIPALE. Medio Fonda y Posada, todos los días festivos ofrecería “Ravioli o taglarini, riso e buseca alla Milanese”. (Junio, 1864). O el CAFÉ RISTORANTE DEL RECREO, propiedad del señor Carlo Novelli (Setiembre, 1864). O el CAFÉ DELLA RADA, ubicado en la calle Yacaré N. 16, en la que el propietario “tenía el deber de prevenir al público y ESPECIALMENTE A SUS AMIGOS, que desde esa fecha prepararía todos los días macheroni, riso alla Milanesa, taglarini e ravioli a precio equitativo. Y que en rapto de modernismo agregaba: Se hacen envíos a domicilio y se reciben pensionistas semanales o mensuales.

En 1869, dos años antes de la firma del contrato de la sociedad del CAFÉ UNIVERSAL S.A. aparecía publicado en Montevideo la Guía Comercial, Industrial y particular de Montevideo, editada por Jean Jacques Liefrink, en la que aparecían computados 130 cafés en Montevideo. O sea que la apertura del nuevo establecimiento coincidió con un momento de auge cafetero en la ciudad.

 

 

Un café con Alejandro Michelena

Por Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com


El encuentro con Alejandro Michelena lo tenía previsto desde hacía mucho tiempo, pero distintas circunstancias lo fueron retrasando hasta que llegó el momento adecuado para tomarnos un café y dialogar mano a mano sobre un tema que nos apasiona a ambos. Llegó el momento, finalmente, un martes de setiembre a las 17 horas, frente a frente en una apartada mesa del café Tribunales, estratégicamente ubicado sobre la Plaza Libertad, en la planta baja del Palacio de los Tribunales.
Alejandro, uno de los primeros en escribir sobre los cafés montevideanos, sus trayectorias, sus ambientes y sus peñas desde la visión de asiduo concurrente, nació en junio de 1947 en Montevideo. Por edad y aficiones tuvo la oportunidad de conocer algunos de los últimos cafés representativos de tiempos pasados. Escritor y periodista, sus vetas literarias transcurrieron en forma casi paralela. Empezó como poeta, pero bien pronto aparecieron el cronista, el ensayista, el crítico y el periodista a nivel escrito y radial. Actualmente trabaja en Radio Uruguay y tiene una columna cultural en el programa El Tunguelé, junto a Nelson Caula.
Respecto de los cafés, el tema central de la entrevista, coincidimos en que en estas últimas décadas se ha ido perdiendo la costumbre de concurrir al café, sobre todo en esta orilla del Río de la Plata, ya que en la opuesta se conserva algo de la tradición y siguen dándose peñas y tertulias en algunos de los lugares más tradicionales, que todavía subsisten.
Sus primeras inquietudes sobre temas ciudadanos comenzaron desde que era adolescente y gustaba de salir con sus amigos a visitar rincones pintorescos. El frecuentar cafés vino más tarde, cerca de los 20 años. Empezó sus primeras tenidas cafeteras en el Sorocabana de la plaza Libertad en compañía de amigos de la Facultad de Derecho. Les gustaba ir para observar gente variada sumida en un mundo intelectual y bohemio y se hizo habitué en compañía de su amigo Roberto Mascaró, también poeta. El Sorocabana, poco a poco, se fue convirtiendo en su café.
Al tiempo conocieron a Ricardo Prieto, por entonces un joven escritor pero después notable dramaturgo, quien los introdujo en el ambiente de las peñas juveniles de las que también participaban Marta Martínez y Horacio Mayer, grupo que al que a veces se acercaba Saúl Pérez Gadea, un gran poeta que fue para ellos un maestro. Recuerda de aquellos tiempos juveniles a un tal Santana, apodado Santanita, hombre muy peculiar que andaba en silla de ruedas y vivía prácticamente del convite de la gente, aprovechando sus contactos y su don de la palabra. Fue él quien los introdujo en las mesas donde se celebraban las peñas de los intelectuales mayores: a la mañanera que integraban el profesor Reyes Abadie y el pensador Alberto Methol Ferré; a la de las tardes que lideraba Carlos Denis Molina, célebre narrador y dramaturgo, y más adelante a la nocturna de la astrónoma Gladys Vergara y el epistemólogo Mauricio Maidanik y a la de los periodistas como Adhemar Acerenza y Oribe Irigoyen.
Al principio Alejandro y sus amigos participaban como oyentes. Iban a escuchar las conversaciones de alto nivel que allí se daban, en especial en la tertulia de Reyes y Methol, donde se hablaba de historia y de política, suscitándose polémicas memorables que, siempre lamenta, nadie haya grabado ni registrado en fotografías.
Recuerda que el Sorocabana cerraba a las 12 de la noche, muy temprano para sus inquietudes de jóvenes noctámbulos por lo que, cuando los limpiadores emergían de las sombras y los corrían con lampazos y baldes de agua, no tenían más remedio que levantarse a riesgo de terminar empapados y salir a 18 de Julio, todavía llena de gente, para ir caminando hasta el refugio del café Antequera, en la plaza Independencia.
Por entonces también asistía a un curso de periodismo, donde uno de sus profesores, Juan Silva Vila (hermano de María Inés Silva Vila y por tanto cuñado de Carlos Maggi), solía contarles del viejo café Tupi Nambá de la plaza Independencia, trazando emblemáticas semblanzas de los personajes que lo frecuentaban. Con entusiasmo pero a la vez con la desazón de no haberlo conocido personalmente porque había cerrado sus puertas en 1959, para dar lugar a la construcción del edificio Ciudadela, tuvo curiosidad de conocer lo que quedaba de él, visitando su sucedáneo de la calle Colonia, que se mantuvo por unos años más, hasta fines de la década del 70. Claro que se decepcionó bastante porque no era ni sombra de su pasado. En tal actitud acercó a conocer el Boston, un clásico café de billares sobre la calle Andes, entre Mercedes y Uruguay, frente al Estudio auditorio antes del incendio. Típico reducto con tres partes bien diferenciadas: el salón del café, el rincón destinado a los juegos de dados y dominó y el fondo a los billares. Su visita fue casi histórica, porque poco después cerraba sus puertas.
Descubrió también los cafés Palace y Armonía, en el recodo de la plaza Independencia, a los que solía ir por las tardes aprovechando algún alto en su trabajo, por entonces en una oficina liquidadora del Banco Trasatlántico, en el edificio donde estuvo La Industrial, de Francisco Piria. Recuerda que la clientela del Palace era muy particular, sobre todo en horas de la noche cuando se juntaba mucha gente del ambiente artístico y teatral. Era como «una corte de los milagros» donde fulguraban actores y actrices, snobs e integrantes de la comunidad gay de aquellos tiempos. A veces al lado de su mesa se sentaban personajes de enjundia como Carlos Real de Azúa, Armando Pirotto y Arturo Scarone , para hablar de libros antiguos y de historia.
El siguiente paso, de frecuentar los cafés a escribir sobre ellos, de dio mientras colaboraba con la revista Realidad. Hechos y Fotos, publicación pensada para editarse en las dos orillas del Plata. Juan Silva Vila, su viejo profesor de periodismo, le sugirió que encarara algunas notas culturales, lo que lo llevo a escribir sobre el Sorocabana. «Fue mi inauguración en el tema», reflexiona.
Luego de este primer paso se fue a vivir a Buenos Aires y recién en 1977, ya de vuelta en Montevideo y como colaborador de la revista Actualidad, retomo la tarea con una pequeña serie de artículos sobre los cafés montevideanos. Empezó por escribir tres notas, con visión panorámica, para lo que tuvo que investigar en los artículos publicados por Aníbal Barrios Pintos para el Diario de la Noche y para Cambadu.
Su primerr libro sobre el tema derivó de una circunstancia fortuita. El escritor Wilfredo Penco, a quien conocía del Sorocabana, había empezado a colaborar en Arca como lector editorial. Un día que se encontraron le propuso que escribiera un libro sobre los cafés, sus personajes y sus historias, lo que le pareció una buena idea y empezó a trabajar en ello. Lo fue armando de a poco, con sucesivas contribuciones, y para 1984 ya estaba pronto con el título de Los cafés montevideanos. La primera edición apareció recién en 1986 editada por Arca, del que luego se hicieron tres ediciones más y varias reediciones.
Después siguió escribiendo crónicas diversas sobre la ciudad. Primero Rincones de Montevideo (Arca, 1990), luego Más rincones (Arca, 1994) y después Montevideo: historia de gentes, reuniones y lugares (Cal y Canto, 1998), este último con un capítulo dedicado a las tertulias de cafés y librerías desde el siglo xix.
Gracias al apoyo de la editorial Cal y Canto publicó en el año 2003 el libro Gran café del centro. Crónica del Sorocabana, tema en el que había empezado a trabajar desde el año 2000. El libro tuvo tanta repercusión que Ana Inés Larre Borges, la editora, le sugirió seguir la racha escribiendo sobre un café de la otra orilla del Plata, el legendario Tortoni, el más antiguo y clásico porteño en funcionamiento. Alejandro ya había escrito antes algunas notas sobre él, pero en esta oportunidad no contaba con el tiempo necesario para quedarse en Buenos Aires para investigar a fondo.
La oportunidad se dio cuando Larre Borges habló con el escritor Enrique Estrázulas, a la sazón funcionario de la Embajada en Buenos Aires, y le consiguió brindar una charla y contar con una estadía en la ciudad. En ese tiempo pudo pasar varias veladas en el Tortoni y conversar con sus contertulios. El dueño gerente del Tortoni, Roberto Fanego, le proporcionó diversos ejemplares de la revista que por entonces sacaba regularmente el café y le presentó a varios parroquianos. Estuvo tres semanas en Buenos Aires y más tarde pudo quedarse un mes, con lo que le fue posible ir a la biblioteca del Congreso y luego a la Nacional para consultar la prensa y libros sobre los cafés de Buenos Aires y del Tortoni en particular. Y a su vez encarar más de 40 entrevistas a historiadores y clientes del lugar. Terminado el libro tuvo la oportunidad de publicarlo con una prestigiosa editorial argentina, El Corregidor, especializada en temas de tango y tradiciones ciudadanas. De esta manera Alejandro Michelena se convirtió referente y escritor de las dos orillas, unidas a través del tema y las humeantes tazas de café.

 

 

Un café con Julio Toyos

El encuentro con Julio Toyos, a quien solo conocía a través de la pantalla de televisión, tuvo lugar en el bar LOS BEATLES, en la esquina de Pérez Castellano y Cerrito. Nombre moderno para un viejo café en plena zona portuaria, que vaya a saberse cuantos cambios de nombre tuvo en su marquesina. Era una fría y lluviosa tarde de principios de setiembre y ya veremos al final el motivo de haber elegido un lugar tan especial para la entrevista. Toyos, entre serio y sonriente, con los casi 80 años que proclama pero que no aparenta dada su vitalidad y entusiasmo, estaba sentado en una mesa que daba a la ventana, con una hoja de apuntes en la mano y dispuesto a oficiar de libro abierto sobre los lugares que le tocó vivir.

Tratándose de un hombre múltiple, de esos que tienen tantos temas y desarrollan tantas facetas como años de vida, juzgué prudente enviarle un cuestionario previo acerca de los cafés que había frecuentado, costumbre que suele darme buenos resultados para ordenar el desarrollo de una entrevista. Porque si bien destaca su faceta de periodista con especialización en lo deportivo, en realidad se desempeñó en casi todos los puestos, desde el cultural al social y político. Ejerció el periodismo tanto en Uruguay como en Brasil, en medios escritos, radiales y televisivos y hasta en el cine, donde actuó en la película argentina “Una noche sin luna”. La personalidad de Toyos prometía (y resultó cierto) haber participado del café durante su etapa como lugar de encuentros, por lo menos hasta la década del 80 o principios de los 90 en que los boliches tradicionales empezaron a desaparecer. Y también resultó un buen memorialista de aquellos tiempos y un agudo observador de los motivos que llevaron a su transformación en lugares de paso y de comida, como lo son hoy en día. Julio nació el 18 de julio de 1937 en un conventillo de la calle Rio Negro Nº 1266, casi frente a la Estación Central, en el barrio llamado Galicia Chica. De familia modesta, desde los 8 años tuvo que ayudar vendiendo diarios (canillita como se llamaba antes) hasta que a los 25 años ya era periodista. En realidad aprendió en la universidad de la calle, como se llamaba al aprendizaje que se hacía mirando trabajar a los mayores y empezando de abajo hasta subir con esfuerzo y dedicación, pagando el “derecho de piso”. Pero como Toyos siempre fue un hombre múltiple, más que como periodista, debemos considerarlo un comunicador. Con cierto orgullo y algo de nostalgia dice haber trabajado en casi todas los diarios (El Debate, El Día, B. P. Color y Mate Amargo) y en varias radios y canales de televisión. Lo hizo en Brasil, en Rio de Janeiro y luego en Recife. Y al regreso al Uruguay intervino en programas de corte polémico como “Conozca su derecho”, “Glorias deportivas”, “Debate abierto” y hasta otros de los que prefiere no acordarse. En cuanto a los cafés, tema central de la entrevista, “boliches en forma más genérica”, larga es la lista de los que frecuentó. Eso pasa siempre que uno va cambiando de escenarios y de personas según las etapas etarias por las que pasa y los barrios donde vivió. Seguiremos la lista de cafés en el orden que trazó en la primera respuesta que nos envió, desde EL MOTOCAR al que iba de niño hasta LOS BEATLES, el café que visita hoy en día. Cuando estuvimos sentados mano a mano, café por medio, empezó por aclarar que la lista dada comprendía tan solo los boliches que “representaron su oficina”, pero que hubo otros muchos de “picadas temporarias” que no menciona.La referencia comenzó con EL MOTOCAR, en la calle La Paz y Rio Negro, cuyos dueños eran los hermanos Ruanoba y en algún momento su padre entró como socio. De niño recuerda haberlo acompañado y saboreado como premio un espumoso Capuchino con galletas de mandioca. El plato fuerte de la casa era un fabuloso “minestrum” y que una visita frecuente solía ser la de Washington Beltrán (hijo), quien previo a una gira política por el interior solía llegarse hasta el café para charlar largo y tendido con su padre. La referencia continuó con el café BOHEMIO. Claro que me sorprendió con la aclaración de que en su vida hubo dos cafés de tal nombre. El primero en Cerro Largo y Sierra (hoy Fernández Crespo), propiedad de los hermanos Rodríguez, “tremendos hinchas de Wanderers”, un lugar famoso porque durante las mañanas se alineaban en fila los capuchinos con mandiocas sobre el mostrador, los que eran devorados por los obreros de las inmediaciones a medida que llegaban. Y el otro BOHEMIO quedaba en el barrio Villa Muñoz, en Arenal Grande y Concepción Arenal “donde se encontraban los dos arenales”, con la diferencia de que allí se alineaban sobre el mostrador sendas copas de bebidas espirituosas. El boliche oficiaba de sede de un cuadro de fútbol al que le habían puesto de nombre “Dos Arenales” y usaba la casaca de la IASA pero al revés, negra de fondo con cuello y puños de color naranja. Allí paraba el gordo Furman, célebre personaje que solía llevar en su camión a la hinchada de Goes hasta la cancha, con cantos y bocinazos. “Varios gargueros del entorno se amasijaban allí”, sonrió Toyos. Y un poco más allá, en la esquina de Isla de Gorriti y Joaquín Requena, se encontraba LAS BRISAS, un café de rompe y raja y reducto de contrabandistas. Muchas veces, dado el clima, no entró y pedía las copas desde el marco de la ventana. Se refirió a la clientela como logia de los “importados sin permiso”. La tercera referencia fue a los cafés que frecuentó desde mediados de los 50, como “muchacho de Villa Muñoz”. El barrio era su radio de acción y el punto de encuentro con los amigos el Palacio Vaccaro, donde supo cantar sus buenos tangos. Y también el bar Caballero, sobre General Flores frente a la Estación Goes, ambos lugares que milagrosamente sobreviven en esta época. También fue ineludible EL FORTIN, en Isla de Gorriti y Defensa, casi frente a su domicilio. Los clientes eran casi todos de la IASA, “fanáticos y empedernidos buzones”. Es que por aquellos tiempos los cafés eran el ineludible centro social de los barrios, por supuesto que siempre masculinos, sonrió. El FORTÍN era el típico del barrio Kruger, lindero a Villa Muñoz, y los asistentes una mezcla de obreros, empleados y pequeños comerciantes entre los que había algunos judíos como Lipatin y Cibukisky. De su frente partía el camión del turco Antonio Azzi, los días de partido, cargado de hinchas de la IASA. Con lo que podemos decir que el boliche “era una postal del barrio”, agregó entre sonrisas. La mesa del billar, ubicada en el centro del local, era escenario de inolvidables tenidas de Casin y Carambola pero también se jugaba a las cartas, al truco y al chorizo y algún que otro Seven Eleven, por supuesto que al margen de la ley. Luego vino la época de las tenidas con periodistas, los compañeros de prensa, cuando trabajaba en EL DIA. Las habituales picadas eran en el MINCHO, de Colonia y Yi, donde se reunía con Otto Esposto y el Gaucho Aurelio Molina Cabrera. Por supuesto que también solían ir al café AÑON, que lo define como “ámbito larguirucho”, donde se encontraba con Julio César Puppo, el Hachero, donde también se reunían Carlitos Soto y Alberto Silvio Montaño. Era por fines de la década del 60 y principios de la del 70, cuando para no tener problemas por hablar en voz alta solo se hablaba de fútbol. Pero claro, en los rincones y en tono más bajo el tema era la dictadura y los amigos que se encontraban presos. Del AÑON pasó al SOROCABANA de la Plaza Cagancha, donde solía sentarse junto con algunos refugiados brasileños Joao Goulart, Alonso Mintegui y Leonel Brizola, este último un gran amigo con el que después fue vecino en Rio de Janeiro. También recuerda el café y bar ESMO, al que definió como “boliche con alma”, ubicado en la esquina de San José y Julio Herrera y Obes. Entre sus clientes, imposible olvidarlo, se encontraba el futbolista Guido Bastarrica, que tenía pinta de jailaife con su infaltable traje Príncipe de Gales y zapatos de charol. Inolvidables las historias de aquel argentino que jugó en Brasil y terminó por recalar en Uruguay. Hasta que un día dejó de aparecer por el ESMO y vinieron a enterarse que había empezado a parar en La Castellana, elegante confitería de Pocitos donde se puso de novio y “se salvó de una vejez de pobre”. El querido ESMO fue resistiendo hasta que al final, males del mundo moderno, terminó convertido en una verdulería. Por aquellos tiempos Toyos vivía en el hotel Cervantes, habitación número 111, en la que se alojaron Carlitos Gardel y Jorge Luis Borges. “De noche conversaba con los duendes, pero nunca me respondieron…”, cuenta Toyos. De allí y en rápida sucesión, empezaron las referencias a otros cafés, al TORRADO, al LATINO de 18 de Julio y Yí y también a EL FACAL donde mantuvo interminables charlas con Morlino, Mario Patrón, el “Pulpa” Etchamendi y su hermano “Pirulo” hasta que cerraban. Y cuando bajaban las cortinas cruzaban la calle hasta EL CHIVITO DE ORO, donde seguían las charlas hasta el amanecer. Por entonces, como el picaflor va de flor en flor, Toyos iba de mesa en mesa. Aunque confesó que nunca tuvo una mesa reservada para él o para su grupo, como solía pasar con otros personajes que entrevistamos. Cuando le pregunté sobre si había conocido el legendario TUPÍ NAMBÁ de la calle Buenos Aires, que cerró en 1959, supone que debe haber ido con su padre, que siempre se detenía frente cuando iba al Mercado Central, pero solo recuerda las charlas de su padre con el dueño, el legendario San Román. De allí pasamos a una de sus frases habituales, que es un “filósofo de café”. Para él, el café como institución ha tenido una profunda influencia en la vida social y cultural de nuestra sociedad. Porque en tiempos pasados en el café se hablaba de todos los temas y muchas veces se dictaba cátedra. Uno aprendía de lo popular, del lunfardo, de la poesía, del carnaval, de las artes y las letras. Y por supuesto que hasta de los burros de Maroñas. No había tema que no se tratara en una mesa de parroquianos y bastaba con escuchar y querer aprender para adquirir conocimientos de muchas cosas. Claro que luego había que saber discernir. Porque el bagaje era heterogéneo, y era necesario saber distinguir entre los que sabían y los que eran meros charlatanes. Había que saber discernir y en eso estaba la filosofía y el buen criterio. Por eso es que solía decirse que “el café era como una escuela de vida”. En las últimas décadas se ha ido perdiendo la tradición cafetera. Desaparecieron los esforzados gallegos que aguantaban día y noche al pie del cañón, a los que no les importaba que los clientes se quedaban horas y horas tras una taza de café. Ahora, en aras de un capitalismo a ultranza, los comerciantes ya no permiten aquellas aulas, de muchas charlas y pocas consumiciones. Pero también, Toyos lo dice con nostalgia, muchos amigos de los viejos tiempos se han ido, “han tomado el piro en su última vuelta olímpica”. Ahora vive en la Ciudad Vieja, en el hermoso entorno de la plaza Zabala. Pocos cafés de los de antes le quedan en el entorno. A veces viene hasta LOS BEATLES y se sienta, solo, a tomar un café y recordar los buenos tiempos. El sabor del brebaje le despierta los recuerdos aunque a veces prefiere los olvidos. Terminó la entrevista comentando que, de tan bolichero que fue, terminó por casarse con Lula López, la antigua dueña de FUN FUN, emblemático negocio que ahora dirige Gonzalo, el hijo de ella.

Un café con Pablo Marks

Marks

Muchas veces tuve la oportunidad de conversar con Pablo Marks, director de la Galería Latina, sobre temas artísticos y culturales, a veces en la galería misma y otras tantas en el café Brasilero. Como lo sentí referirse con frecuencia a su amistad con pintores y dibujantes, con quienes solía entrevistarse en los cafés, juzgué que resultaría muy interesante entrevistarlo a él mismo para hablar sobre el tema, en especial los que conoció personalmente. Pablo, a pesar de haber nacido en el departamento de Florida, se considera hombre de la Ciudad Vieja. Nació en 1944 y se mudó a Montevideo con su madre Yolanda en 1956 al terminar la escuela. Entró a trabajar de mandadero, en la Galería Bruzzone, donde aprendió el oficio con Kurt Speyer, primero su jefe, luego su maestro en valoración artística y su amigo. En 1980 inaugura en la calle Sarandí como director responsable Galería Latina ―trasladada a la calle Juan Carlos Gómez 1420, casi frente a la Librería Linardi y Risso. Desde que llegó a Montevideo hasta que la Galería Latina se mudó siempre trabajó sobre Sarandí, primero en Sarandí y Bartolomé Mitre y después en Sarandí y Bacacay, cruzando la vereda. Desde el primer momento tuvo fascinación por ella. La conoció antes de ser peatonal, época de calle elegante y de grandes tiendas, con cafés y confiterías como el Jockey Club y La Catedral de los Sándwiches, donde la gente se reunía a tomar el té, entonces la Ciudad Vieja era un lugar realmente para personas de un cierto estatus económico, intelectual y cultural.

Nos contó que su madre era cantante de tangos, Chola Miranda era su nombre artístico. Cuando llegaron a Montevideo ella conoció al bandoneonista, Luis Maquieira, que integraba la orquesta de su padre, Panchito Maquieira, por lo que Pablo desde muy joven estuvo relacionado con el tango, algo que siempre vivió como un privilegio porque podía entrar en muchos sitios y espectáculos musicales, ya fuere por su madre o su padrastro. Se considera ante todo un hombre de mostrador, recibido en la universidad de la vida, ya que al no recibir educación secundaria todo lo que aprendió lo hizo trabajando. Desde niño siempre hizo vida de adulto, pero considera que nunca fue un peso para él, que era muy feliz viviendo así.

Empezó por referirse a los bares que juzga más representativos, aunque ya no estén, como el Tupí Nambá, donde se reunían los grandes maestros, y el Vasquito, donde hoy se encuentra el café Bacacay, en la esquina de Buenos Aires y Bacacay, frente al Teatro Solís. Ese histórico edificio, que data de 1844, tiene varios pisos y en el primero vivía el pintor José Echave, que era escenógrafo del Teatro Solís, quien luego se fue a París porque su señora era primera actriz en una obra de gran suceso llamada “Todos en París conocen”, del escritor uruguayo Luis Neulander, que firmaba Novas Terra. Todos ellos se reunían en el Vasquito. Ese café era el favorito de Marks, porque el gallego Verdes, el dueño, era muy amable con él y siempre lo convidaba con un café con leche y un par de bizcochos. Además, su patrón Speyer paraba allí y lo mandaba a buscar las cosas al bar, por lo que se hizo muy cercano a ellos.

Recuerda que también en el mercado viejo, detrás del Solís por la calle Reconquista, había muchos cafés y boliches donde se juntaban los artistas. Por ejemplo eran asiduos al Fun Fun los pintores Manolo Lima ―un pintor muy famoso del taller Torres García―, Denry Torres ―un pintor de escenas de boliches―, el grabador Miguel Bresciano y Zitarrosa, al que le gustaba compartir sus letras con los pintores.

Por la plaza Independencia estaba el Antequera, en un edificio que tiraron abajo e hicieron todo nuevo. En dicho café se jugaba mucho al ajedrez y entre los que iban estaba Rosa Luna, una famosa bailarina negra, muy hermosa, que paraba en ese lugar pero no jugaba al ajedrez. Marks recuerda que el Antequera era uno de esos lugares al que se iba con mucha curiosidad, un bar muy afrancesado, donde había mucha madera en todo, sillas de madera, mesas de madera, mesas de ajedrez de madera, todo precioso. Recordó otro bar en la calle Bartolomé Mitre, el Jauja, famoso por su “gin fizz”, donde paraban un montón de intelectuales, artistas y políticos. Pablo, que era jovencito por entonces y trabajaba en la galería Bruzzone, iba y miraba. No tomaba, pero le gustaba conversar con los artistas y los artistas lo empezaron a conocer. Recuerda que era recurrente del café Eduardo Víctor Haedo, que, aparte de ser pintor, era profesor de literatura y escritor, un hombre muy amable, muy entrador y muy bondadoso. Una vez llegó incluso a convidarlo con un refresco e invitarlo a visitar su casa, donde tenía una importante colección de pinturas.

También recuerda el cabaret El Polaco, en Bartolomé Mitre y Sarandí, en el subsuelo, al que iba cuando cantaban artistas de la talla del inolvidable Charles Aznavour. Considera que ese mundo que vivió de joven empezó a cambiar cuando el país empezó a tener conflictos políticos. La gente salía menos porque tenía miedo, se exponían menos, y como consecuencia al haber menos clientela todos esos lugares tuvieron que empezar a achicarse primero y a cerrar después. En los sesenta empezó a bajar la vida cafetera de Ciudad Vieja y después del 65 hasta que no volvió la democracia no se retomó, aunque actualmente siga sin ser lo mismo que antes.

El 12 de diciembre de 2013, la intendenta Ana Olivera, declaró Ciudadano Ilustre de Montevideo a Pablo Marks, fundador y director de Galería Latina. La ceremonia se realizó en la sala de Acuerdos de la IMM, con la presencia de la intendenta de Montevideo, Ana Olivera; el secretario general, Ricardo Prato; otros jerarcas departamentales y un numeroso grupo de artistas, familiares y amigos.

El 27 de mayo de 2016, la Intendencia Municipal de Florida, declaró “Ciudadano Ilustre del Departamento de Florida”, el acto contó con la presencia del Intendente Carlos Enciso y autoridades nacionales y departamentales, así como amigos y familiares.

 

Un café con Atilio Larrosa

varese

Entre los años 1995 y 2005 solía concurrir a la redacción de “Ciudad Vieja”, capital de Montevideo, un mensuario que dirigían Fernando Caputi, Juan Cabarro y Atilio Larrosa, tres viejos periodistas del diario EL DIA que luego de jubilados como reporteros encararon un emprendimiento periodístico propio. Mi visita tenía la finalidad de llevar mis artículos sobre antiguas fotos de Montevideo para la sección Foto Patrimonio y, de paso, como el café negro siempre era ofrecido al visitante, aprovechaba para beberlo mientras conversaba con periodistas de raza. En dos o tres oportunidades acerté a entrevistar a Larrosa con respecto a los bares y cafés a los que había concurrido, tema en el que deslumbraba con sus comentarios y anécdotas. Nacido en Montevideo el 4 de noviembre de 1940, en la esquina de las calles Reconquista y Maciel, vivió su juventud en pleno barrio Guruyú, el corazón de la Ciudad Vieja. Perteneció, le gusta decir hoy en día, a una rancia estirpe de periodistas, tan bohemios como trabajadores. Se sentían periodistas de alma, oficio ganado a pulmón porque en aquellos tiempos no existían cursos de periodismo sino que había que empezar de abajo, ganando el puesto con años de esfuerzo y dedicación. La entrevista para este artículo la tengo grabada desde el año 2000, corroborada telefónicamente pocos días atrás. Hablamos primero de sus experiencias cafeteras y bolicheras de juventud. Por entonces, la década de 1960, paraba en el bar “La Goleta”, ya desaparecido, ubicado en la esquina de Guaraní y Piedras, en las cercanías del puerto, lugar de encuentro de trabajadores portuarios, que era atendido por su dueño don Manuel Iglesias. Caso curioso que este le permitía a los clientes más asiduos que en las noches de verano llevaran latas de mariscos y otros artículos que bajaban de los barcos para acompañar el vino blanco que les servía bien helado. “El Galeón”, era también visitado por los deportistas que concurrían al club Waston, en donde se practicaba básquetbol y fútbol. Por entonces Atilio era socio del club, donde jugaba al fútbol y al basquetbol. Era proverbial la rivalidad entre los dos clubes de la zona, el Waston y el Guaraní, los socios del primero eran asiduos de La Goleta y los segundos del almacén y bar El Hacha. Otro de los bares de su etapa juvenil era el llamaban el bar Espantoso, en la esquina de 25 de Mayo y Guaraní, que tal era el apellido del dueño y como llamaban los muchachos al negocio. Después, cuando empezó a trabajar en el diaro EL DIA, el centro de su vida cambió de la Ciudad Vieja al centro de la ciudad, en el entorno de 18 de Julio y Yaguarón y su boliche preferido pasó a ser el CAFÉ Y BAR AÑON, ubicado sobre Yi casi 18. Por entonces, A mediados de la década del 60, sus dueños eran Aparicio Barrales y Juan Bonilla, quienes mantuvieron la sociedad hasta el año 1985, en que no tuvieron más remedio que mudarse hasta la Ejido y Soriano. Pero no fue lo mismo para los clientes acostumbrados a su querido bar, que se volvieron parroquianos del Mincho, también sobre Yí casi Colonia. Por las décadas del 60 y del 70 el Añón, por encontrarse próximo a la sede de El Día, se convirtió en un típico reducto de periodistas. Para Larrosa y la gran mayoría de los periodistas era casi una asistencia casi religiosa después de terminar una ardua jornada de trabajo. Llarrosa, periodista de ley que se ocupó de varias secciones pero especialmente de la página del turf. Terminada la jornada de trabajo los periodistas la continuaban en el bar. Recuerda que integraban la mesa García Pintos, Homero Fernández, el Laco Domínguez y él mismo, amén de que muchos otros iban, se sentaban, bebían algo y luego se iban. Se quedaban conversando hasta el amanecer. Veían despuntar el día, era un poco el chiste repetido. Hablaban de las notas, de las que se habían escrito y de las que pensaban escribir. Eran verdaderas tertulias que empezaban a la salida del diario, sobre la 1 de la mañana y se prolongaban hasta el amanecer. Veían salir el sol todos los días charlando animadamente, copa tras copa, en el Anón. Solía contar que esto fue siempre así, desde su ingreso en el año 1961 hasta que se casó y en parte cambió su vida aunque sin dejar de ir al café, por supuesto que con menos horario que antes. Después que El Día cerró definitivamente el 24 de setiembre de 1993 pasó a trabajar en el Diario de la Noche y en El País y luego con el emprendimiento del mensuario Ciudad Vieja. Para Larrosa lo que generaba el encuentro en el café era el espíritu de bohemia que siempre acompañó a muchos periodistas del pasado, la necesidad de hablar después de tantas horas de encierro y de tensión en la redacción. La urgencia de sacar hacia fuera, aunque se hablaba de temas periodísticos, la tensión que se vivía en la mesa de trabajo, en que había que entregar las notas siempre con apuro y la lengua fuera. «Ir al café era como liberarse de toda la tensión, porque la hora de cierre siempre era brava». Atilio nos comentó que para él esa bohemia se había perdido. El Añón se transformó para los periodistas de la época en una importante referencia ligada al trabajo periodístico. Por eso mismo las anécdotas con las que ilustraba la entrevista tenían todas que ver con el café. Una de las más jocosas tuvo que ver con García Pintos, un periodista encargado de cubrir los hechos policiales. Larrosa lo tenía por brillante reportero, muy veloz mentalmente, que en algunas ocasiones lo acompañaba en el Añón. Cierto día que estaba tomando una copa sintió la sirena de un carro de bomberos y sin más decidió llamar por teléfono al secretario de redacción, que en ese momento era Pereira González, para decirle que se quedara tranquilo, que había un incendio pero qué él ya había cubierto la nota, a lo que el jefe le respondió: «Bueno, véngase para acá, porque el incendio es en El Día…»

Otro bohemio consecuente del Añón era el periodista Francisco Machi, quien en una oportunidad debía cubrir una nota sobre la llegada de un barco. Hizo la nota sin haber estado en el lugar y lo echaron del periódico. Aunque parezca increíble, al día siguiente llegó el representante de la compañía del barco para conocer al periodista porque le había parecido formidable la nota. Otro asiduo concurrente era el locutor de Radio Sport, el Gordo Varela, famoso y muy pintoresco porque tenía la particularidad de afirmar la locución en el número tres cuando decía la quiniela. También acostumbraba visitarlo el portero del El Día, Omero Fernández, y periodistas como Paulillo, Fernando Caputti y Juan Carlos Bruno, con los que integraba la mesa. En algunas oportunidades se colaban periodistas de El País, que compartían la mesa con los de El Día y confraternizaban, aunque Larrosa confirmó que se cambiaba el volumen de la conversación cuando rondaba algún tema que no era conveniente debatir con los colegas de la competencia. Pero no todos los periodistas de El Día iban al Añón. Por su parte los políticos y dirigentes del diario iban al café y bar Montevideo. Y la gente de la literatura iba al Sorocabana, todo en un breve radio de acción. Preguntado sobre si había conocido el viejo Tupí de la plaza Independencia, dijo que solía ir con su abuelo a tomar el café de la tarde y ahí veía reunida a la florinata del Solís o de la Academia.


Frases y personajes del café

Lo maravilloso del café es que tiene en todos sus adictos una función o un efecto diferente. En un recorrido por la historia y la memoria asistimos a las frases que inmortalizaron una líquida taza humeante como motor de inspiración o como requisito para entrar en el mundo del pensamiento. Profusa es la pasión que, como bebida, ha sabido inspirar en el mundo del pensamiento y del arte y hasta en el espíritu de los gobernantes.

Tracemos entonces un recorrido en busca de aquellas frases que calaron hondo en la comprensión de la bebida, no tanto en los lugares donde se consume, sino de la infusión por sí misma. De su larga nómina, en realidad inacabable porque somos demasiados los que hemos pronunciado alguna frase sobre sus efectos, vamos a rescatar algunas que consideramos representativas. Para el poeta inglés Alexander Pope (1688 – 1744), tal vez demasiado entusiasta «El café hace que los políticos sean sabios, y que puedan ver a través de todas las cosas con sus ojos medio cerrados». Mientras que el escritor irlandés Jonathan Swift mira más lejos cuando dice «El café nos hace mal y es grave, pero nos hace filosóficos». Por su parte Voltaire decía irónicamente «Claro que el café es un veneno lento; hace cuarenta años que lo bebo». Del lado del espíritu germano, adusto y certero, tenemos la opinión de Immanuel Kant, otro adicto cafetero para quien «La amistad es como el café, una vez frío nunca vuelve a su sabor original, aún si es recalentado.» Por su parte el gran Honoré de Balzac solía decir en rueda de amigos: «Cuando bebemos café, las ideas marchan como un ejército» para agregar más tarde «Tan pronto como el café llega a su estómago, sobreviene una conmoción general. Las ideas empiezan a moverse, las sonrisas emergen y el papel se llena. El café es su aliado y escribir deja de ser una lucha». Otro adicto era el genial escritor Alejandro Dumas ―padre―, célebre por sus romances tanto como por la pasión literaria. Él solía decir «La mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma, no deja dormir». El nicaragüense Rubén Darío, de estirpe universal, más cauto en sus apreciaciones, señalaba «Una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta». Y César Vallejo, poeta y escritor peruano, solía decir: «Me gusta la vida enormemente pero, desde luego, con mi muerte querida y mi café». Tal vez el más elocuente de los amantes del café fuese Talleyrand, sacerdote, político y diplomático francés, al decir con tanta pasión: «El café debe ser caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y dulce como el amor.» Por su parte, el gran Thomas S. Elliot, poeta y dramaturgo, solía decir metafóricamente que «Yo he medido mi vida en cucharitas del café». Y el escritor austríaco Heimito von Doderer, tal vez gracias a los tradicionales y elegantes cafés vieneses, dijo que «Si no existieran los cafés, muchas cosas jamás habrían sido hechas, dichas, ni pensadas». Y hasta los reyes apreciaron el valor del líquido negro para tomar decisiones, Alejandro I de Yugoslavia opinaba que «De hecho, esta parece ser una necesidad básica del corazón humano en casi toda crisis importante: una buena taza de café caliente». No podían estar ausentes los músicos de esta evocación con la frase del gran compositor italiano Giuseppe Verdi: «El café es un bálsamo para el corazón y el espíritu». Respecto de los personajes los consideraremos en base a dos requisitos: que sean famosos y fueran adictos al café. Honoré de Balzac (1799 –1850) tomaba, rigurosamente contadas, 50 tazas de café por día. El hábito de tener una cafetera humeante arriba de la mesa donde escribía lo acompañaba con una rutina de trabajo de casi quince horas al día. Cuando no estaba bebiendo café turco, llevaba consigo granos molidos en el bolsillo para prepararlo donde estuviera y, en ocasiones, masticaba los granos enteros. Gracias a esta afición al café, que en sus palabras definía como una gran influencia en su vida, la literatura le debe sus más de veinte novelas de largo aliento. Johann Wolfgang von Goethe (1749 - 1832), era tan aficionado al café que su espíritu investigativo lo llevó a estudiar los efectos de la cafeína. El genial autor de Fausto y Las cuitas del joven Werther, se dispuso a estudiar los efectos que producía en el ánimo motivado por el gusto que sentía por la bebida y entusiasmó a su amigo, el científico Friedlieb Ferdinand Runge, para que estudiara los efectos de unos granos de café. Voltaire (1694 –1778) le ganó a Balzac en cuanto a la adicción al café, pues bebía entre 50 a 72 tazas diariamente. Además de consumirlo para soportar arduas horas de escritura, era un asiduo en los cafés parisinos, donde se congregaban los intelectuales de la época. Marcel Proust (1871 – 1922), otro novelista francés apasionado del café, lo bebía con afán durante sus largas jornadas de escritura. Cuando creó su mayor obra En Busca del tiempo perdido, una novela colosal de siete volúmenes, el autor solo se alimentaba con café con leche y croissants. Truman Capote (1924 –1984), autor de Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría, conocido como el «escritor horizontal» porque tenía la costumbre de escribir acostado, ya fuese en la cama o en el diván, era famoso porque para escribir necesitaba tener un cigarrillo y un café en la mano. Bebedor audaz, sus borradores frecuentes reposaban en la mesa junto a tazas de café y vasos con jerez o Martini. En nuestro entorno podemos considerar adictos al café, tal vez más que a la bebida a la costumbre de reunirse en un café, a muchos de nuestros pensadores, artistas y políticos. Como muestra podemos considerar cafeteros de ley a los escritores pertenecientes a la generación del 45 como Juan Carlos Onetti, autor de El pozo, Mario Benedetti, de Montevideanos y Carlos Maggi asiduos al Metro y el Sorocabana, emblemáticos cafés de Montevideo. Y también a Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, que tenía reservada su mesa en el café Brasilero.

 

Un café con Nacho Suárez

Por Juan Antonio Varese


El encuentro con Ignacio “Nacho” Suárez fue en el café y bar El Candil, en la esquina de San José y Paraguay donde antes abría sus puertas otro de los cafés tradicionales, el Boli Bar. Apenas llegamos, “Nacho” extendió la vista y señaló una mesa que estaba libre, hacia la primera ventana que miraba a la calle Paraguay. Nos sentamos en ella para la entrevista, comentando que era la misma mesa en la que se sentó tiempo atrás, en los comienzos de los ´70, con su amigo Alfredo Zitarrosa. El encuentro con Alfredo fue a las 17 horas en punto y el motivo era pedirle autorización para grabar unas milongas ciudadanas, ya editadas, en base a poemas escritos por Nacho y musicalizados y cantadas por Yamandú Palacios, que había sido editado con singular éxito en un L.P. llamado “Poeta al Sur”. En la oportunidad pasaron horas conversando, casi sin levantarse, enfrascados en todos los temas que explican aquello de que “Nada de lo humano les era ajeno”. Empezamos la entrevista por el principio, hablando de su nacimiento en el departamento de Rocha, el 9 de setiembre de 1944.

Si, dijo, - nací en una gran casona, allá en la calle Ramírez Nº 68, a una cuadra de la plaza Independencia, dónde  hoy las autoridades de Cultura de Rocha han reproducido un fragmento de un cuento suyo. Y donde, con todo lo que ama la cinematografía, en la pared de la habitación donde nació, está ubicada la pantalla del Cine Club de Rocha que funciona en la vieja casa solariega.

De allí pasamos a sus vivencias de infancia campesina y atlántica a la vez, comarcales pero universales al mismo tiempo, porque, como señalaba Confucio, desde tu ventana se puede conocer el mundo. Y en tal sentido, la comarca tiene mucho de universal. Luego habló del pueblo 18 de Julio al que cariñosamente los artistas llaman de “San Miguel del aire”, de la Barra del Chuy, Costa Azul y La Paloma y luego de la ciudad de Rocha, donde compuso los primeros temas que le inspiraron sus sueños de adolescente. Después de radicado en Montevideo, desde la adolescencia, comenzó una actividad artística, cultural y comunicacional que no abandonó jamás. Y desde la década del 60, lo dice con orgullo, tuvo la oportunidad de ocupar espacios en la docencia, la prensa, la radio, la televisión, la publicidad y las relaciones públicas. E incluso tuvo un tiempo para la vivencia internacional y la posibilidad de comparar la comarca con la capital y Montevideo con las ciudades del mundo gracias a la posibilidad de “haber vivido” en Buenos Aires, Madrid, México y Londres, experiencia que le permitió adquirir una visión más sensible de la peripecia del hombre actual, enfrentado a las desolaciones de la multitud y los supuestos valores del pos-modernismo. Yendo al tema de los cafés montevideanos, fue y sigue siendo un hombre de café, de los que gusta sentarse en una mesa de boliche para dar rienda suelta a sus pensamientos y escribir sus historias o poesías. Sobre una mesa de boliche se habla de todos los temas y se aprende de todos los lugares, se tejen los entretelones de un romance o se escribe una obra literaria o un tema musical. Pero también se habla con los amigos, se comparten las alegrías y se mitigan las penas. ”Los boliches eran –y son- como úteros donde uno se reencuentra con lo que fuimos, porque lo que fuimos, nos espera en el futuro. Y, siendo uno mismo, estamos más capacitados para el reencuentro con el hermano…!", dijo en tono filosófico.

                                                                                                                                                                  

 Respecto de la difusión de Poeta al sur” al decir de sus amigos fue como un eslabón encontrado entre el Tango de la década del ´40 y el Canto Popular o el Tango del siglo XXI. El amor por la poesía y música ciudadana fueron mérito suficiente para que fuera declarado Académico Correspondiente de la Academia Nacional del Tango de la República Argentina. Con el flaco Zitarrosa, con Horacio Ferrer, con Enrique Estrázulas o con el Cristo Olivera, solían decir que aportaban algo, tal vez no mucho pero algo a un nuevo idioma que hablara más cercanamente de Montevideo-  esa “madre cruel”, al decir del poeta Líber Falco- ciudad que tanto ama. A mi pedido empezó a recitar los poemas de “Los boliches”, “María de las esquinas” y “Poeta al sur”, terminando con el recitado de la “Milonga del hombre aquel”, que tanto le gustara a Zitarrosa pero que nunca llegara a grabar. El poeta y novelista Enrique Estrázulas, un gran amigo suyo, afirmó que Suárez y Palacios, poeta y músico, habían retomado, quizá sin saberlo, la esencia urbana de las singulares milongas montevideanas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, “expresándose - sin caer en facilismos - en la placa musical como en el libro”.


El maestro César Zagnoli, artista y conocedor del tema dijo un día que “la poesía ciudadana de “Nacho” Suárez era un eslabón de fino equilibrio entre su estructura y su contenido. Sensible y respetuosa, unía armoniosamente los modelos musicales y poéticos de la década del ´40 con el tango contemporáneo, eslabón que, a su gusto, estaba faltando”.


Sus poemas, que por supuesto fueron escritos en mesas de café, calaron profundo en el corazón del público y de artistas como Washington Carrasco, Carlos Benavides, Carlos Alberto Rodríguez, María Elena Melo,  Raúl “Ciruja” Montero, Omar Romano, Yabor, Juan José de Mello, Enrique Rodríguez Viera, Julio Julián, Carlos González-Lara, Enrique Gómez, Andrés Stagnaro, Darío López- “El Hachero”- Daniel Guerra y la gran Mercedes Sosa, que los interpretaron. Su curriculum sigue por los campos del periodismo, la crítica literaria, teatral y cinematográfica. Es coordinador del Centro Cultural Casa del Autor de AGADU, y uno de sus últimos galardones fue el de haber sido nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Montevideo. Y, hoy en día, vive en el mismísimo Palacio Salvo, del que preside su centro cultural. La larga charla terminó con una metáfora poética, el recuerdo a los tantos amigos “que no se murieron sino que, simplemente, se nos mudaron al corazón”.




Un café con Enrique Estrázulas


Varias charlas mantuvimos con Enrique Estrázulas. La primera a principios de la década de los 90, para hablar sobre el faro de Punta Carretas y el entorno costero, puesto que era su barrio y en cierto modo su mundo. Y la última con este singular personaje de la literatura uruguaya, escritor, periodista y diplomático nieto por línea materna de Juan Zorrilla de San Martín y nacido en Montevideo el 9 de enero de 1942 y fallecido el 8 de marzo de 2016, tuvo lugar en una soleada tarde de marzo del año 2010 en su casa de la calle Ellauri y 21 de Setiembre.

Fue una larga entrevista para hablar de su relación con los cafés, los que había frecuentado y de los que tenía noticias y referencias. Para mí la relación entre un escritor y los cafés que ha frecuentado como entorno literario resulta muy significativa y reveladora de su personalidad. Su relación con los boliches empezó desde que era un adolescente de pantalón largo. Nació y se crió en la calle Tabaré, casi sobre la costa de la Punta Brava y muy cerca del puertito de pescadores. Desde niño lo llamaba el ambiente de los dos boliches que existía en la calle Tabaré, de solo dos cuadras de extensión y en un entorno por entonces muy apartado. Casi como un milagro ciudadano que en aquel paraje coexistieran dos boliches híbridos, mezclas de almacén y café de copas: el de Manuel y el bar Tabaré.


El boliche de Manuel, popularmente conocido como el Roncadora, por los sonidos que dejaba escapar el dueño al servir las bebidas era principalmente de clientela de pescadores y serenos de obra, aunque a veces aparecían también deportistas del Sporting Club y algunos organilleros, que eran una de las diversiones de los niños de entonces.1 Enrique siempre fue un niño especial desde cuando tenía 11 o 12 años, le gustaba ir a observar a los parroquianos, escucharlos hablar. Y lo mismo hacía en el Tabaré, al que describe como «un boliche común y corriente, también con almacén de un lado y bar del otro». Ya entonces se le había despertado la curiosidad, casi la vocación literaria, empezó a escribir desde los 7 años, principalmente poemas de amor.

Parece mentira que en la zona había un tercer boliche, estaba dentro del club de bochas La Estacada, cantina del club siempre llena de gente, de personajes pintorescos, donde recuerda haber conocido al gran Capitán Obdulio Varela contando la hazaña del Maracaná, o al músico Washington Oreiro y al famoso futbolista argentino José Manuel Moreno. Y también en Punta Carretas, dentro de la punta misma y al borde del mar, sobre todo en verano, había un boliche de cañas al lado de la farola, es decir que estaba construido en cañas de tacuara por lo que solo se utilizaba en verano. Pasada la adolescencia Estrázulas empezó a trabajar como periodista en el diario El País. A la salida del trabajo se juntaba con sus compañeros de trabajo y de otros diarios para iniciar la vuelta de boliches. El preferido era uno en la calle Andes casi 18 de Julio, que era como un corredorcito hacia el fondo con un mostrador largo que todavía hoy abre sus puertas con el nombre de COCKTAIL BAR y también iban al Metro, donde se reunía la generación del 45. Uno de los preferidos era el Neutro, en el que solía encontrase con el Pepe Sasía y con sus amigos Martín Aguirre, Carlos Soto, Mario Patrón, entre otros. El Neutro congregaba siempre una mezcla de gente, algunos muy pintorescos como un personaje que decía ser el presidente de la Isla de Pascua y que también decía haber encontrado a Adolf Hitler trabajando como revisador de boletos de cutcsa y que por Montevideo andaba el káiser de Alemania, Guillermo de Hohenzoller, pruebas de surrealismo que calaron hondo en su creatividad literaria. Recuerda que alguna vez salieron a buscarlo con su amigo Rolando Faget, porque les pasaban el dato de que estaba en Teluria, una vinería famosa de los 70, pero el káiser nunca se hizo presente. Estrázulas viajó mucho por el mundo gracias a su oficio de periodista y su condición de escritor a países como Alemania, Cuba y Argentina. Al regreso al Uruguay comenzó como director de la página literaria del diario El Día y se reencontró con viejos amigos, con los que se juntaba en el café y bar Outes, de Yaguarón y Mercedes. Allí se encontraba con Juan Peirou, Tanguito Herrera, Pedro Graffigna y el Gordo Aicardi. Allí conoció y se hizo gran amigo de Alfredo Zitarrosa.

Destacó también al Morini, en Reconquista y Bartolomé Mitre, un viejo caserón convertido en restaurant de lujo ―donde conoció a Ramoncito, quien se vanagloriaba de haber sido el mozo que atendía a Gardel―, al Hacha, en Buenos Aires y Maciel, al Fun Fun del Mercado Central, con su famosa uvita, una bebida que solo hay en Montevideo y en ninguna parte del mundo más, a los boliches del barrio Goes, el especial el café Vaccaro, y el boliche que funcionó en el club Yacumenza, que estaba dentro del conventillo Medio Mundo.

Sus recuerdos se templan de nostalgia al evocar al café del Seminario, sobre San José, al que solía ir con Juan Carlos Onetti para tener grandes charlas, de las que alguna vez participó Zitarrosa, que era gran admirador de Onetti. Y de tiempos más recientes solía encontrarse con Juan Capagorry y Mario Delgado Aparaín en el boliche Poco Sitio, en Villa Dolores, que se llamaba así porque era muy pequeño. Lo típico es que tenía foto original de Gardel con un guitarrista y al lado un negro mirando con cara de asombro que el dueño mostraba con orgullo pero nunca dejó que nadie la fotografiara. Hablamos luego de sus libros más conocidos, “Pepe Corvina” entre ellos. Un personaje que había conocido en Punta Carretas en su época de niño y que le había influenciado mucho y luego lo trasladó en la imaginación hasta el Cabo Polonio. Le siguieron “Lucifer ha llorado”, “Claroscuros” y “El sueño del ladrón”.


1 Los organilleros solían pararse en una esquina a tocar habaneras. Cuando terminaban aparecían las muchachas para que les adivinara la suerte una cotorra verde que estaba en un cajoncito lleno de papelitos, entonces la cotorra con el pico sacaba un papelito donde aparecía la predicción, que siempre eran proyectos optimistas de vida.

Un café con el autor

Juan Antonio Varese

jvarese@gmail.com

La gentil periodista revolvió su café, preparó el block con las hojas en blanco, tomó la lapicera y encendió el grabador. Con gesto decidido y la mirada firme de sus ojos negros comenzó a interrogarme sobre los bares y cafés que yo había conocido y el porqué de mi interés en escribir sobre ellos. Para este artículo ―y el libro futuro― quise someterme a la misma metodología que apliqué en tantas otras notas, siendo interrogado en base a un cuestionario. Valoro la fuerza espontánea de una entrevista y la personalidad del entrevistador para permitir la profundización en los recuerdos y obtener respuestas que el entrevistado tenía ocultas bajo la memoria. Muchas veces irrumpen episodios y conceptos de los que ni siquiera nosotros somos conscientes. Y de allí, tras la firmeza y perspicacia de Carolina fueron emergiendo mis recuerdos y aclarándose mis ideas. El primer café del que hice mención fue del Brasilero, en la calle Ituzaingó 1447, casi 25 de Mayo. Lo tengo bien presente porque la escribanía de mi padre, con entrada por la calle Ituzaingó 1439, quedaba justamente encima. Bufete que abrió mi abuelo en 1916 y que continuó mi padre, también escribano, hasta 1970, en que lo trasladé a otra ubicación. De niño me gustaba ir de visita a la oficina para jugar ordenando viejos papeles y carpetas. Entonces, a media tarde, mi padre bajaba a tomar un café al Brasilero y el mozo, que también se llamaba Juan, decía en voz alta «un café para don Juan» y mirándome con sonrisa cómplice, agregaba «y una Coca-Cola para Juancito». Bueno, que coincidencia, nada menos que estoy hablando del Brasilero, uno de los cafés más emblemáticos en el devenir de Montevideo. Años después me enteré, con gran sorpresa, que en la misma calle estuvo ubicado el primer café del que se tienen mentas, el de San Juan, como se llamaba por entonces la calle Ituzaingó. Mis primeros recuerdos del café como lugar de estudios y de encuentros provienen de fines de los cincuenta, de cuando era estudiante de preparatorios en el Seminario. Mis días hasta entonces de vida hogareña y juego de pelota con mis amigos se hicieron más cosmopolitas. En las horas libres iba con mis compañeros hasta los bares de 18 de Julio y otros más habituales y cercanos como un café, cuyo nombre no recuerdo, en frente mismo al Seminario y otro al lado del Anglo. Cuando había más tiempo nos llegábamos al Expreso Pocitos, en Avenida Brasil, porque quedaba cerca de casa. Con los amigos del barrio nos encontrábamos en 21 de Setiembre y Ellauri, en el Chez Piñeiro, el Saroldi o el emblemático Añón, donde ahora está McDonald’s. Con mi padre solía ir al Sorocabana de la calle 25 de Mayo y por mí mismo al de la plaza Independencia, desde donde me gustaba observar el tráfico tras sus amplios ventanales. En la época de estudiante de notariado concurríamos casi diariamente al Sportman, de 18 y Tristán Narvaja, frente mismo a la facultad. Nos reuníamos algunos compañeros para discutir sobre las clases, las materias y la preocupación por los exámenes y otras muchas veces sobre política, fútbol y hasta cine. A veces para el último repaso antes de los exámenes me sentaba solo en una mesa del fondo, que antes era bastante oscuro. Y otras veces me corría hasta el Universitario, o Uni Bar, como lo llaman ahora, que queda en Eduardo Acevedo y Guayabo, en una zona poblada de pequeños boliches tanto para la gente del iava como para los de Derecho. Después de terminados los estudios y recibido de escribano mi vida cambió. Los bares y cafés empezaron a formar parte de mi trabajo y forma de vida. De aquellos tiempos recuerdo mis primeras incursiones a lugares emblemáticos como el Jauja de la calle Bartolomé Mitre, donde degustar un generoso gin fizz, y el Fun Fun, en el antiguo Mercado Central, con sus paredes tapizadas de cuadros, afiches, diplomas, condecoraciones y la famosa foto autografiada de Gardel, que por entonces poco significaba para mí. Otro lugar que me gustaba frecuentar era el Roldós, en el Mercado del Puerto, adonde iba después de hacer gimnasia en el Club Neptuno para pedir un medio y medio, mezcla de espumante y vino seco que se servía desde dos botellas a la vez sostenidas por el barman con excelente pulso pero respetando el pedido del cliente si se lo quería más o menos dulce. La copa venía acompañada de deliciosos sándwiches de mariscos o quesos importados. Pero mi verdadera afición a los cafés, costumbre que me ha perdurado toda la vida, era y sigue siendo durante las mañanas. Desayunar en el café es algo que disfruto, en especial para sentarme tranquilo, leer el diario y preparar la agenda del día, placer siempre renovado. El lugar elegido dependía del domicilio cercano, lo fue el café Añón de 21 de Setiembre, el Valerio de Avenida Brasil y el Defensor de 21 de setiembre, entre otros tantos. Pero mi concurrencia, antes y ahora, es de tipo solitario, como lugar de encuentro conmigo mismo, un diálogo con la taza, que me gusta ver humear, con ese líquido negro del que se desprende su peculiar aroma. Fueron muchos los cafés a los que iba, porque no siempre fueron los mismos. Le siguieron el Fray Mocho, en Bulevar España y Libertad, el Sporting, en 21 de Septiembre y Libertad, otras el bar Congreso, también sobre Bulevar España. Dependía un poco del día, de para qué lado saliera esa mañana. Después he desayunado en cafés del centro, como en el Imperial de en Río Branco y Mercedes. Mi relación con los cafés volvió a dar un giro después del año 1980. Hasta entonces estaba dedicado a un trabajo profesional y al asesoramiento de los clientes, pero ese año tuve la oportunidad de realizar una beca en el extranjero. Mis intereses cambiaron, me desperté en el mundo de la cultura y del arte. Empecé a estudiar fotografía, a escribir artículos para la prensa e investigar sobre ”Sorocabana de la plaza Cagancha. Me atraía y fascinaba ese ambiente distinto al que llegaba temprano para ocupar una mesa. Después de saludar a los conocidos venía el contemplar cómo se iba llenando su micromundo. Me dedicaba a observar, dejaba que el mundo me viniera desde cada mesa porque cada una era un mundo diferente. Otras veces, terminado el curso de fotografía en el Foto Club, nos reuníamos en el Sorocabana para continuar las discusiones sobre el tema. En un momento en que realicé una investigación sobre la vida y obra de Alfredo de Simone me encontré con varios pintores, artistas y antiguos periodistas y, detalle interesante, a todos los citaba en el Sorocabana para entrevistarlos. También me atraía la cantina El Luzón, sobre la calle Yaguarón, y otros barcitos de su estilo que eran pequeñas joyitas desde el punto de vista de las relaciones humanas, que tuve oportunidad de ver todavía abiertos en el año 2006 cuando comencé a escribir los artículos sobre los viejos cafés para la revista Raíces. Por ejemplo el Mincho, un lugar especial para encontrarse con personajes de la vida bohemia y literaria, como Marosa di Giorgio, Campodónico, Mario Delgado Aparaín, Milton Fornaro, entre otros. Desde que empecé a escribir e investigar el café se transformó en mi lugar de inspiración, costumbre que adquirí y sigo a rajatabla. Escribo en mi oficina y luego imprimo y voy a corregir a los cafés. Me abstraigo de la gente pero sé que están ahí, me siento solo pero a la vez acompañado, en una rara mezcla creativa de inconsciente colectivo, donde corrijo, me inspiro, apunto, anoto y dejo claros para profundizar. Siempre pensé que el café como bebida tiene un espíritu estimulante, por algo la leyenda de su descubrimiento es de un pastor que siguió los pasos de las cabras más agiles del rebaño después de haber comido unas bayas rojas de un arbusto. Lo que no puedo perdonarme, me lo reprocho mil veces, es no haber conocido determinados bares y cafés de Montevideo en épocas en que estaban abiertos. Por ejemplo el Tupi Nambá de la calle Buenos Aires, que cerró en el año 1959, cuando yo contaba con 17 años, ¡bien que podría haberlo conocido!. Lo mismo con el Ateneo y el Británico y otros tantos que marcaron una etapa y que se me escaparon de la vista y del recuerdo. «¿Cómo no entré a mirar?» me pregunto y reprocho muchas veces. El proyecto de escribir sobre los cafés montevideanos, aparte de esa fascinación especial que siempre sentí por los cafés, me sobrevino cuando comencé a escribir crónicas sobre Montevideo y empecé a buscar fotos para ilustrarlos. Al escribir sobre algunos emblemáticos boliches como el Polo Bamba o el TUPI NAMBÁ, me costó encontrar viejas fotos. También me fascinaron las crónicas sobre los primeros cafés como el de San Juan, el de la Bella Moza, el del Agua Sucia, el del Turco Adrián, el del Ruso o el de los Patriotas. Me sorprendió al registrar la gran cantidad de pulperías existentes en Montevideo al tiempo de las invasiones inglesas, y su desarrollo como forma de socialización, que comprendían el almacén y al otro lado un sector para la venta de bebidas. De ahí pasé a investigar en mis propios recuerdos, en la lectura de la prensa, en la entrevista a los parroquianos de más temple, que cada vez quedan menos. Y así, transcurrido el tiempo, llevo más de ciento veinte artículos publicados y otros tantos sobre la marcha.


UN CAFÉ CON LUIS GRENE

Por Juan Antonio Varese

jvarese@gmail.com

Nacido en Montevideo durante la primavera de 1916 y fallecido a los 93 años en enero de 2011, Luis Grene ―don Luis, como muchos lo llamaban― fue, ante todo, un fiel exponente del montevideano de mediados del siglo xx , y en otra de sus facetas, un periodista de radio y de prensa escrita. Durante más de 50 años relató y escribió anécdotas e historias del devenir de la ciudad, muchas veces matizadas con reflexiones sobre personajes y costumbres.

Comenzó su trayectoria en Radio del Pueblo y luego pasó por varias emisoras entre las que recuerda CX 14, CX 30, CX 44 y CX 46 con su programa Prohibido para Nostálgicos. Desde el año 2000, en coordinación y con apoyo de su hijo Ángel Luis Grene, profesor de Literatura y también comunicador, tuvieron a su cargo una columna en el diario La República.

Nacido en el barrio Bella Vista, cambió muchas veces de domicilio, por lo que conoció diversos lugares de la ciudad como los barrios Belvedere, La Teja, la Unión, la Ciudad Vieja, Goes y La Comercial. Trabajó en Funsa y como funcionario municipal lo hizo en los expendios. Amante de la música y el carnaval, fue animador de bailes e integrante de las troupes dirigidas por el Loro Collazo y Carmelo Imperio. Conoció desde dentro el ambiente de muchos de los cafés y bares, tanto de los ubicados en las «luces del centro» como de los «bravos» y los barriales. En tal sentido conoció y fue contertulio de los dos Tupís (del Viejo y del Nuevo), del Ateneo, del Británico, del Avenida, del Sport, del Sorocabana y de otros más recientes, aunque también desaparecidos. De ahí que fuera un deber entrevistarlo.

La primera charla tuvo lugar en el 2006, cuando había cumplido los 90 años. Recuerdo que fue para hablar sobre el Mercado del Puerto y de ahí en adelante se dieron para tensar sus recuerdos sobre la vida y personajes de Montevideo, con especial énfasis en los cafés, bares y confiterías. El lugar de reunión era la fonoplatea de Radio Fénix, sobre la calle Canelones, después de terminar su audición. Como era de suponer, empezamos hablando de los bares tradicionales de las décadas de los cuarenta a los sesenta, pero luego y con buen criterio empezó a orientar la charla a los boliches menos conocidos, los «bravos» y fundamentalmente los barriales, los que conoció a lo largo de tantos cambios de domicilio.

No obstante lo dicho, don Luis hizo especial hincapié en algunos cafés del centro donde paró, con buen conocimiento de causa. Entre ellos Las Cuartetas, en la calle Andes entre 18 y Colonia que también tenía entrada por la plaza Independencia. Tenía un mostrador largo sobre el que se apoyaban los que entraban para tomar un trago, que generalmente consistía en el «pucherito», la especialidad de la casa, una copa de caña con orejones que se servía desde unos botellones de boca ancha. Los orejones se dejaban macerar dos o tres días en la caña hasta que quedaban blandos y despedían un fuerte gusto dulzón. Lo típico era servirlo con dos cucharones de madera: uno para la bebida y otro con el que se pescaba el orejón que la acompañaba. También recordaba la novedad de unas máquinas automáticas que venían de Europa en las que se ponían cinco centésimos y se arrimaba el ojo para ver una película «solo para hombres», como le decían en aquellos tiempos «de luces rojas».

Otro de los cafés del centro dignos de recordar era el Antequera, sobre la plaza Independencia. Se trataba de un bar tradicional, con muchos años, cuyo local tenía una entrada que se abría a un codo que daba acceso a un amplio salón donde se encontraban los baños. Al lado de ellos se ubicaban varios casilleros de madera que utilizaban los guardas y conductores de tranvías y ómnibus para el cambio de turno, puesto que algunos recorridos terminaban en la plaza. También en la sala se acostumbraba jugar a la generala por dinero, lo que estaba prohibido por las autoridades. Pero, en vez de apuestas en metálico, se ponían porotos de manteca pintados de colores. En los vasos de cuero se hacían sonar los tres dados y antes de tirarlos se miraba para todos lados, no vaya a ser que hubiera entrado la policía. Después de levantado el juego los porotos se canjeaban en la caja por dinero.

Otro bar inexcusable del centro lo era el Yoyo, también sobre la calle Andes casi Colonia, en la planta baja del Teatro Artigas, edificio que fue demolido en 1981. Don Luis recordaba que la entrada del bar estaba pegada a la del salón de apuestas del Jockey Club. El Yoyo tenía un local muy chico, pero se llenaba de carreristas que aprovechaban los intervalos entre carrera y carrera para tomar copas y pasarse algún dato. Es que por entonces las carreras de caballos movían mucha gente, no solo en el centro, sino en algunos bares y cafés ubicados en las inmediaciones del hipódromo de Maroñas, por ejemplo en el café Missouri, frente a las calles Guerra y Echegoyen, nombre tan extraño que en realidad era el de un caballo, un precioso tordillo blanco. Un poco más adelante abría las puertas el Guerra, sobre la calle del mismo nombre y frente a la Tribuna de Socios, y más allá estaba el palco oficial, donde iba la gente de galera y bastón. Don Luis recordó que en ambos bares, en el Missouri y el Guerra, llegaban algunos parroquianos en el tranvía 51, bajaban, tomaban una copa y antes de sentir la campana que anunciaba el comienzo de las carreras se acercaban al cajero para entregarle un peso, pidiéndole que se lo guardara para tener con que pagar el boleto en caso de fundirse. Pero también había otros que se gastaban todo, claro que como eran clientes habituales se les terminaba prestando dinero para el tranvía.

Sin embargo, lo más interesante de la charla versó sobre los cafés más apartados, los «bravos» o de «rompe y raja» y los de barrio. «Bravos» eran algunos como La Proa, de 8 de octubre y Joanicó, donde siempre se armaban peleas. Contó la anécdota de que estando un día tomando unas copas un parroquiano le pegó una trompada a otro que lo proyectó fuera de la ventana, con vidrio y todo. Ahí siempre había lío, aunque había lugares peores, como el Puerto Rico, en la calle Avellaneda, cerca de donde vivió. Y finalmente los bares de barrio, como El Moscón, El Ferrocarril y La Recadala. El primero, El Moscón, estaba en el barrio Bella Vista, sobre la calle Uruguayana casi el cruce de la vía, entorno que fue tirado abajo para el ensanche de Bulevar Artigas. Recuerda que era un galpón con una puerta grande y que había que bajar tres escalones para llegar al subsuelo, donde estaba el bar casi siempre poco iluminado. Un letrero mal escrito le daba el nombre de «Centro Cultural y Recreativo El Moscón». Los dueños del Moscón lo eran también de una chata que estaba anclada frente a la playa Capurro y que los fines de semana se llenaba de gente. Se hacían comilonas en una cocina a carbón y muchos de los socios se disfrazaban en medio de general diversión. Había que llegar en bote porque estaba retirada, a unos cuantos metros de la orilla. Muchas veces las fiestas eran de muchachos bromistas, en que alguno aparecía vestido de novia y otro de galera, se tocaba la marcha nupcial y luego los tiraban al agua, «era una alegría». También estaban los bares el Rama y El Ferrocarril, muy cerca el uno del otro, el primero en Agraciada entre Uruguayana y Olivos, frente a la farmacia Bella Vista (ahora la calle se llama José Nazasi en honor al gran capitán uruguayo del 30, que vivía al lado), y el segundo en la esquina. Don Luis recuerda haber sido compañero de escuela con Nazasi desde primer año hasta cuarto y que en el recreo jugaban a la pelota en una canchita al lado. El cura del colegio se ataba la sotana con un nudo y hacía de juez, pero donde alguno pegara una patada de más lo mandaba en penitencia. En El Ferrocarril Grene recuerda que los mayores iban a jugar campeonatos de truco, costumbre que por entonces se daba en muchos bares de Montevideo, mientras otros jugaban al casín o a la generala. Muchas veces se bajaban las cortinas por si venia la policía, porque se jugaba por dinero.

El bar La Recalada estaba en la esquina de Agraciada y Asencio, un lugar medio especial porque se formaba una proa, de un lado seguía Agraciada para el Paso Molino y del otro doblaba Uruguayana. Allí solían parar el tenor José Soler y el relator de fútbol Carlos Solé y afuera vendía diarios un personaje famoso en el barrio al que le decían El Japonés, que era un canillita que se había hecho un carrito con un cajón de kerosene al que le colocó ruedas por ambos lados. Solía cargarlo con los diarios del día y los repartía de mañana y de noche. Terminada la charla don Luis me hizo un guiño cómplice y me recitó su frase de siempre: «prohibido para nostálgicos». Pero no crea que siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.

 

UN CAFÉ CON ANTONIO DOMÍNGUEZ

Por Juan Antonio Varese

jvarese@gmail.com


Dentro de las entrevistas pensadas para brindar un panorama de los cafés desde diferentes puntos de vista, era importante contar con la del dueño de uno de ellos, mejor todavía si fuera el hijo de un exitoso español, gallego por más datos, que vino como emigrante y terminó como propietario de varios establecimientos del ramo. Y que, con sudor, esfuerzo y dedicación, representó toda una época en tiempos en que el trabajo era un valor trascendente y casi un sentido de vida. El encuentro con Antonio Domínguez Fernández, -hombre apenas mayor de los 60 años, de buen aspecto y mejor talante,- fue en el pequeño café tipo salón de desayuno con que cuenta el hotel Orpheo, en la esquina de Andes y Mercedes, frente al Estudio Auditorio del Sodre. Precisamente en la misma esquina –y la misma ubicación- donde años atrás estuvo ubicado el GRAN CASTRO, hoy desaparecido. Pero que durante casi 30 años fue de propiedad de su padre y donde trabajó él mismo. Hasta que en el año 2001, cansados de esperar por la nunca llegada reconstrucción del Sodre, lo vendieron a un intermediario quien a su vez lo canalizó para la construcción del moderno hotel que hemos citado. Antonio, reitera que su apellido es Domínguez y no Castro como muchos clientes lo bautizan pensando que el nombre del bar sería el de su apellido, llegó sobre la hora y dejó que se enfriara su té antes de abordar el tema de la entrevista, es decir su propia historia. Su padre vino de España, de Galicia, por la década de 1940, sin dinero pero con buenos contactos y espíritu de superación. Empezó a trabajar en La Española y luego como empleado de la firma López y Bouzas. Y de allí, con sus ahorros y capacidad de trabajo, se orientó al rubro de los cafés y bares. A veces como propietario único y otras en sociedad con otro u otros gallegos, sociedades muchas veces de palabra y de hecho, en las que se repartía el trabajo y las ganancias con rigurosa honestidad. Principios morales y trabajo de sol a sol, una actitud que caracterizó a los que llegaban desde las empobrecidas tierras de Galicia. El primer café que tuvo, de una lista de casi 10, estaba en la esquina de Maciel y Piedras, en plena ciudad Vieja, de donde saltó a LAS CUARTETAS, largo y espacioso local que daba frente a la calle Andes entre 18 y Colonia y contaba con una salida hacia la Plaza Independencia y por estar frente al Teatro Artigas tenía numerosa clientela tanto de día como de noche. De allí saltó a 8 de Octubre y Garibaldi, el clásico MERA, que marcó toda una etapa en la importante esquina. De allí se vino de vuelta para el centro, nada menos que al LA CATEDRAL, frente a la plaza Matriz donde hoy existe una casa de remates, de donde pasó a EL PINAR en la esquina de Andes y San José. El siguiente paso fue muy importante, cuando compró el DORSA en Convención entre 18 y Colonia. Y recién después, en 1976, y en sociedad con Ángel González compró CASTRO en la esquina de Andes y Mercedes, frente a las ruinas del Estudio Auditorio del Sodre. Para entender esta historia hay que retrotraerse en el tiempo. Antes del Sodre había funcionado el Teatro Urquiza, uno de los más lujosos de Montevideo, inaugurado en 1905 hasta que por ley de 1929 pasó a propiedad del Estado, que lo destinó al Estudio Auditorio del S.O.D.R.E. Pero en el año 1971 un voraz incendio destruyó casi todas sus instalaciones, permaneciendo casi baldío durante 30 años. Enfrente suyo estaba ubicado el café CASTRO, no se sabe desde cuando, tal vez desde principios de la década de 1930. Su padre lo compró en 1976 para someterlo a una importante reforma. Tal cual su costumbre le mantuvo el mismo nombre aunque la remoción fue importante, agregándole lo de GRAN CASTRO. Antonio, que era muy joven entonces, colaboró con su padre en la atención del café, en varias funciones según cuadrara el panorama. Al principio atendía los pedidos de la calle, recorriendo las dependencias y recovecos del Sodre, donde era uno de los pocos que podían entrar. Por entonces seguía funcionando la radio del Sodre con inolvidables programas como Archivos de la Memoria y lo más interesante, era que los bailarines del ballet ensayaban en uno de los salones que había quedado en pie. Todos eran todos clientes del Castro y Antonio recuerda un mozo que había trabado especial simpatía con ellos, fiándoles los pedidos hasta que a fin de mes hacían cola para pagarle. La ubicación era de las más concurridas de Montevideo, en tiempos en que la calle Andes todavía brillaba con sus luces de neón. Recordemos el artículo publicado en Raíces donde nos referíamos a que la calle era llamada la Pequeña Corrientes en virtud de la cantidad de negocios que permanecían abiertos hasta altas horas de la noche. Entre ellos el Teatro Artigas que funcionó hasta su demolición en el año 1981. En aquellos tiempos el CASTRO fue el primero en inaugurar el sistema de las 24 horas dada la multitud de la clientela. Toda la gente que trabajaba en las boites y centros nocturnos de las inmediaciones terminaba tomando un café en sus mesas. Antonio, entonces, pasó a encargado de la noche; su padre estaba de día y Antonio durante la noche.

De aquellos tiempos recuerda especialmente el lindero estudio de grabación donde iban a ensayar y grabar Jaime Roos, Ruben Rada y otros artistas del momento. Jaime Roos solía venir antes del ensayo y se sentaba en la mesa que estaba ahí –señala la moderna pecera- para tomarse largamente un café en vaso. A veces charlaba con él y recuerda haberle pedido que autografiara alguno de sus discos. También solía venir Rada, que tomaba alguna copa y Cacho de la Cruz que se quedaba parado frente al mostrador. En realidad, sonrió en forma expresiva, pasó más de medio Montevideo por el Castro... Solía venir René Jolivet, quien atracaba frente a la puerta su vistoso coche rojo. Y también Rosa Luna, que muchas veces venía acompañada de los muchachos de la cuerda de tambores, convidando a todos con cerveza. Era muy generosa, aclara.

Pero tanto su padre como Antonio no descansaron solo con el CASTRO, sino que ambos tuvieron otros emprendimientos, con ese espíritu de trabajo y de empresa que caracterizó a los gallegos. Aunque Antonio no lo fuera, porque nació en Uruguay, pero tuvo y tiene la misma actitud de su padre frente a la vida. Este compró parte del NUEVO MUNDO en Paraguay y Galicia y luego de venderlo adquirió parte del METROPOL en la esquina de Rondeau y Uruguay. Y también, para el yerno compró parte de LAS PALMAS en 18 de Julio y Gaboto, aunque luego no se concretó. Por su parte Antonio tuvo durante años EL PRINCIPE, un pequeño boliche de copas muy famoso y concurrido, que trabajaba increíblemente bien. Todavía eran épocas en que los cafés y bares trabajaban mucho, sobre todo los fines de semana en que todo el mundo se volcaba en el centro. Los bailes del “Coco” Bentancur en el Palacio Salvo, atraían multitudes, los viernes de tango y los sábados de música tropical, la mayoría de los que terminaban el baile al amanecer con un pasaje y última parada en el CASTRO. Pero desde hace más de 40 años, digamos que desde la década del 80, los típicos bares empezaron a desaparecer. Y pensar que antes llegaron a haber dos o tres por cuadra pero, como no supieron o no pudieron adaptarse a los tiempos, terminaron por desaparecer. En el CASTRO , al final, como estaba abierto toda la noche se empezó a llenar de gente de mal vivir. Hubo entonces que contratar dos policías uniformados del servicio 222, que pagaban ellos, para evitar los disturbios, pero igualmente la gente se agarraba a las trompadas y terminaban rompiendo la vitrina exhibidora y las sillas y mesas, las copas y los platos. Eran verdaderas batallas campales, recuerda Antonio. Al final no hubo más remedio que vender, después de tanta espera por la reconstrucción del Sodre. Y ahora fíjese que hermoso edificio, hasta tiene una cafetería que se llama ENTREACTO. Hoy Antonio cambió de rubro, trabaja en Hotelería, como encargado del FLORIDA.




Un café con Nery González ( Parte I)

Por Juan Antonio Varese


La entrevista con el arquitecto Nery González1 estuvo precedida de una llamada telefónica y un cuestionario previo, no por exigencia del entrevistado sino por mi necesidad de estudiar el tema y afinar previamente las preguntas. En este caso no se trataba de una conversación nostálgica o informativa sobre los bares o cafés que había frecuentado, sino de una charla técnica sobre su evolución y presencia en la ciudad, nada menos que con uno de los referentes en temas de carácter patrimonial.

El lugar del encuentro fue convenido en la esquina de 18 de Julio y Río Negro. Como se trataba de una tarde fría y lluviosa no debe extrañar que la elección del lugar para la charla, café mediante, fuera en el McCafé ubicado enfrente. Paradoja del destino que no dejamos de advertir ni de bromear, reunirse en un McDonald para hablar de los cafés tradicionales. Nery traía en la mano un ejemplar del libro Boliches montevideanos. Bares y cafés en la memoria de la ciudad, editado por Banda Oriental. Una estupenda edición con textos de Mario Delgado Aparaín y fotos de Leo Barizzoni y Carlos Contrera.

Empezó refiriéndose a que los cafés estuvieron ligados a la vida del país como condensadores sociales, jugando un importante papel como referentes de la manera de vivir de los ciudadanos. El proceso de desarrollo tuvo similitud con el ocurrido en Buenos Aires y Rosario de Santa Fe, en Argentina. Pero claro, en Montevideo se dieron algunas particularidades dignas de ser señaladas, que le dieron perfil propio, en especial con una tipología que, si bien no fue un invento nuestro, tuvo acá un desarrollo particularmente fuerte: el del almacén y bar regenteado por un matrimonio de españoles, en la mayoría de los casos. El típico almacén-bar fue uno de los centros de actividad característico, que también se dio en lo que podemos llamar las «capitales de los barrios», donde existían identidades con referencias centrales muy fuertes, como en el entorno de General Flores y Domingo Aramburú donde abrió sus puertas el almacén y bar de Yirumin, que años más tarde devengó en el viejo café Vaccaro. Hubo un tiempo donde los bares y cafés ocuparon locales decorados con el aporte de artesanías muy significativas, entre ellas los clásicos mostradores de mármol trabajados con gran nivel artesanal y resultado artístico. Esta práctica artesanal deviene emparentada con un hecho relevante de la evolución de la ciudad, porque en los años veinte se construyeron grandes obras, en particular el Palacio Legislativo y el Salvo, lo que generó la llegada de técnicos y artesanos que vinieron para trabajar en las terminaciones de los edificios y después se quedaron a vivir en el país para trabajar en su oficio, dando lugar a escenarios muy calificados desde el punto de vista de su formalización. Era tal la oferta de mano de obra calificada que hasta en los lugares más apartados de Montevideo el café y bar tuvo nivel alto en su decoración. El período de desarrollo y auge de los bares y cafés en la ciudad se dio aproximadamente entre los años 1920 a 1950, recuerda que incluso en algunas calles céntricas llegaron a coexistir dos o tres cafés por esquina. Ese período coincidió con una época de crecimiento económico y cultural del país, la etapa de la Suiza de América, con lo que es posible señalar un paralelismo entre la historia de los cafés y de la ciudad misma.

Hasta 1955 Uruguay era un país receptor de inmigrantes, de puertas abiertas para los perseguidos por la política o el hambre. Podía ser considerado un captador, una tierra de promisión para muchos desplazados, lo que generó una situación muy particular. La gente que abandonaba Europa en los años veinte tanto le daba ir a Norteamérica como al Río de la Plata, donde encontraba las puertas abiertas. Llegaban en masa a los grandes puertos de Buenos Aires, Rosario o Montevideo y aquí se quedaban dando lugar a un fenómeno muy notable que podemos llamar de multiculturalidad integrada, donde cada uno seguía vinculado a sus raíces pero a su vez empezaba a formar parte de un todo, cosa que no pasaba en Europa, donde las distintas colectividades quedaban cerradas en sí mismas, en guetos, situación problemática para Alemania o Inglaterra, por solo poner un ejemplo.

Esta integración al medio que se dio en la sociedad rioplatense fue ayudada y propiciada en gran medida por el espacio social ocupado por el café y bar, que actuó como medio integrador. También los cafés tuvieron que ver con la consolidación del espíritu democrático del que nos sentimos orgullosos porque el bar era el lugar donde todo se discutía, donde todos podían expresar sus ideas en temas políticos, laborales y hasta deportivos. Fue como una fragua donde se trataban los problemas y donde todos podían expresar lo que pensaban, sentían o deseaban. También cumplieron una función de referencia y de solidaridad social porque muchos de los problemas del barrio o urgencias de algún enfermo o necesitado fueron resueltas por la iniciativa o decisión de alguno de los vecinos planteada entre las mesas de un café. Hasta los años cincuenta, tal vez un poco más, se mantuvo el carácter lúdico del boliche porque era el lugar donde se socializaba, se jugaba a las cartas, al ajedrez y donde las mesas de billar constituían la gran diversión. Todo eso desapareció. Pone como ejemplo al café Británico, cuyo edificio fue demolido en el año 1954, famoso por las tenidas de billar. Allí se generaron dos campeones del mundo, incluso al nivel de la carambola o casín. Uruguay tuvo campeones mundiales de billar como Monestier. También interesantes eran los cafés con palco para la actuación de orquestas o algún solista, lo que propició el desarrollo de la música típica y su aceptación y desarrollo en toda la sociedad. Y otro detalle característico, que también se perdió, era que muchos de los cafés o bares contaban con un apartado para barbería y peluquería. Hoy existe todo un movimiento de rescate para tratar de recuperar esa función social que detentaban los cafés y bares. Pero claro, con la nostalgia sola no alcanza para lograrlo.

1 Arquitecto (Facultad de Arquitectura UdelaR), Secretario Ejecutivo de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación (1998-2003) Asesor Honorario en Avance del Plan de Gestión de Colonia del Sacramento aprobado en San Petersburgo (1912) Desde 2004, cursos vinculados a la cuestión patrimonial en ort, claeh, fhuce y Facultad de Ciencias Sociales. Representante de Uruguay en la vii biau (Medellín.2010. "Arquitectura para la integración ciudadana”).

Publicaciones diversas en medios nacionales e internacionales y vínculo estrecho con cedodal y cicop. Asesor de cambadu (1987-2002) participando en publicaciones de temática afín (“Boliches Montevideanos / Bares y Cafés en la memoria de la ciudad” / 2005; “Cafés y Tango en las dos orillas” Buenos Aires-Montevideo / 2010).

Actual miembro de la Comisión Directiva del claeh y del Comité de Patrimonio Cultural de la Facultad de Arquitectura.

Un café con Washington Blanco

Por Juan Antonio Varese

jvarese@gmail.com


Para conocer sobre la vida interna de un café, en especial de uno tan representativo como lo fue el SOROCABANA de la plaza Libertad, nada mejor que entrevistar a uno de los mozos que lo conoció bien. No era tarea fácil ubicar alguno, por cuanto el negocio cerró hace más de dieciséis años y en ese plazo los antiguos empleados se dispersaron en nuevas ocupaciones o marcharon en pos de otros destinos, por lo que fue una suerte contactar con Washington Blanco, un hombre cálido y amable que pese al tiempo transcurrido conserva indelebles recuerdos del «Gran Soro», como lo llama nostálgico.

Lo conocí a raíz de la exposición «Té, chocolate y café», que se realizó en el Museo del Gaucho durante los meses de julio y agosto del corriente año 2015. Una espléndida muestra que reavivó los sentimientos de muchos memoriosos de la vida del café y cristalizó los recuerdos de centenares de personas que se acercaron a ver antiguas fotografías, objetos coleccionables y a sentarse en las mesas del SOROCABANA rescatadas al efecto, que lucían como en sus buenos tiempos.

Washington concurrió una tarde a visitar la exposición y dejó una esquela con sus datos, asegurando tener tantas anécdotas como buena disposición para contarlas. Nos encontramos un día de setiembre en una de las mesas del LINDO BAR, en Colonia y Rondeau, y desde el propio saludo comenzó la andanada de sus recuerdos, que brotaba con la fluidez del agua que ha sobrepasado un embalse. Nacido en Montevideo pasó la infancia en Piñera, cerca de Guichón, departamento de Paysandú, de donde la familia regresó a la capital algunos años después. Contaba con 11 años cuando, costumbre muy común en aquellos tiempos, empezó su vida laboral en el bar MIRAMAR, en la esquina de Florida y Galicia y de frente al puerto, propiedad de un amigo de su padre, en donde aprendió los secretos del oficio de mozo.

Después de una temporada en Argentina regresó al país y el 22 de mayo de 1976, fecha que tiene bien presente, empezó a trabajar en el SOROCABANA de la plaza Libertad gracias al contacto circunstancial con Paco Riani, que luego se volvió un buen amigo y lo recomendó no bien presentada una vacante. Washington entró a trabajar como limpiador, luego pasó a lavacopas, mozo de mostrador, mozo de mesas e incluso a vendedor ambulante en el Estadio Centenario los días de partido, para lo que debía colgarse un gran termo amarillo y verde del hombro con la leyenda «Café SOROCABANA, puro del Brasil».

Lo más interesante de la entrevista versó sobre sus compañeros y el ambiente de trabajo que se respiraba en un café que llegó a contar con dos dueños y 17 empleados, una empresa más que mediana. Por entonces se trabajaba en dos horarios, el matutino de 8.30 hasta 16.30 y el vespertino de 16.30 hasta las 00.30 horas, en turnos que se rotaban mes a mes. Claro que no siempre se cerraba a esa hora, lo que era aceptado por todos sin protestar, porque en ciertas ocasiones los clientes conversaban tan animadamente que resultaba imposible bajar las pesadas cortinas metálicas.

De los seis mozos recuerda a Celiar Duarte, Oscar Yanuzzi, Camaño, Maciel y Hugo Rosas, también al lavacopas, a los dos encargados de venta de café molido en el mostrador, al que fabricaba los helados y al encargado de preparar los sándwiches. También recuerda a Gervasio Suárez, el encargado del servicio de café en el Estadio y al propietario principal, un argentino llamado Manuel de la Orden, hombre discreto y afable; a las encargadas de la administración y a las cuatro cajeras: Rosita Aquino, Julieta, Ana María Da Silva y Mónica, con las que siempre hubo buena relación.

El ambiente de trabajo era muy lindo y se armaron varias historias románticas entre los empleados, que tuvieron buen fin como la del mozo Hugo Rosas (que también era actor) y Ana María da Silva, una de las cajeras, muy joven y bonita. Ambos tenía previas parejas, pero el amor floreció entre ellos y al final se casaron y marcharon a España. Otra fue la de Mónica, la cajera de helados, que se casó con un mozo y ese sábado, cerca de las diez de la noche, entraron vestidos de novios y recorrieron el café en medio del aplauso de clientes y compañeros de trabajo. Uno de los grandes momentos fue la despedida que se le hizo a Armando Mauri, el jefe de personal, querido por todos.

Respecto de la clientela recuerda poco, porque para él era más importante el ambiente de trabajo. Recuerda con aprecio a un caricaturista que solía retratar a los clientes y mozos, él incluido, en dibujos que luego colgaba de la pared y también al inefable Palacios, el peluquero que atendía en el piso superior. Sí, el SOROCABANA contaba con un local de peluquería en un local del primer piso al que se subía por una escalera de madera.

En el año 1983, considerando que había cumplido un ciclo en su vida laboral, decidió trasladarse a Buenos Aires a probar fortuna. Cuando partió, con el abrazo de todos los compañeros, el SOROCABANA mantenía todo su esplendor. Después de unos años de trabajar en el club LOS LAURELES, de la localidad de Merlo, en la provincia de Buenos Aires, regresó al Uruguay donde ha desarrollado varias tareas. Fue mozo del café DE LA PAIX, en la Rambla Pocitos, y actualmente cursa estudios de hotelería. Pero no deja de recordar con nostalgia lo que él llama sus «años dorados» en que trabajó en el mítico café SOROCABANA.

Un café con Ovidio Cano

Por. Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com


Corría el invierno del año 2010 y, después de varios intentos telefónicos sin respuesta, opté por enviarle una carta. Me urgía una entrevista con Ovidio Cano ya que estaba enfrascado en una investigación sobre los cafés y confiterías montevideanos en los que se hubiera bailado o interpretado el tango y tenía sobradas noticias de que este hombre representaba una referencia ineludible. No lo conocía personalmente, pero varias personas me habían hablado de su sapiencia y dominio del tema, entre ellos el periodista Laco Domínguez, el cantante Oscar Nelson y el presidente de Joventango, Boris Puga. También me habían brindado elogios del Archivo Chelo, de su propiedad, que solía prestar a quienes lograran despertar su confianza. Todos me lo pintaban como un gran coleccionista y dueño de una memoria sin olvido.

Fue de esta manera que llegué a contactarlo y después de las disculpas del caso, porque su sordera le impedía escuchar el teléfono, fijamos un encuentro para la siguiente semana en el bar TASENDE, de San José y Ciudadela.

Lo esperé en punto, sentado frente a una mesa desde cuya ventana veía a la gente correr para guarecerse del viento y de la lluvia. Ovidio, el Pibe Cano, como también lo llaman, llegó con la sonrisa franca y la mano abierta de un hombre de 83 años que sabe lo que quiere y que está feliz de poder hablar sobre el tema que lo apasiona.

Tras preguntarme, sin ambages, sobre el motivo de la entrevista, pasé a explicarle que estaba escribiendo sobre los cafés de Montevideo, para lo que buscaba recabar testimonios de quienes los hubieran frecuentado. Ya sabía que tal no era su caso, que él no era un cafetero consuetudinario, pero lo había seleccionado por la recopilación de cafés y bares en los que actuaron conjuntos típicos, que había realizado después de años de búsqueda y estudio en antiguas publicaciones.

Empecé por el principio, es decir por sus datos personales. Nació en Montevideo en 1917, de padres que fueron bailarines de tango. De niño fue criado en casa de su abuela, que lo impulsó a estudiar linotipia, empezando un curso en la Escuela Industrial. Desde los 17 años que empezó a trabajar en la imprenta Costa y Cía., en la que estuvo varios años hasta que pasó a la de ute.

Ovidio, quien se auto denomina «hombre de Montevideo», fue siempre un enamorado del tango como género musical y un apasionado de su historia y evolución. Le gustaba escuchar los cuentos de su padre, bailarín profesional en el cabaret ARMENONVILLE, donde había sido compañero del popular Ricardo Scandroglio, el Pollo Ricardo, que de tanto sacar viruta le fue compuesto un tango con su nombre por Luis Alberto Fernández en 1911. El ARMENONVILLE, de igual nombre que el famoso cabaret parisino y otro de estirpe tanguera en Buenos Aires, estaba sobre la calle Agraciada casi Lima, en el repecho De la Sovera, en cuya subida el tranvía de caballitos requería de la ayuda de un cadenero, que acercaba un hábil cuarteador. Hoy, en su lugar, existe una estación de servicio, pero en tiempo intermedio recuerda una concurrida cervecería y café tipo recreo, el DOCAMPO.

De la ute Ovidio pasó a la imprenta de Varela, sobre la calle General Flores. Eran tiempos en que, por la década de los cincuenta, después del trabajo solía parar en el café y bar GOES, de la esquina de Libres y General Flores, frente a donde había nacido el Dr. Juan Carlos Patrón, el autor de la obra de teatro Procesado 1040, a quien conoció y de quien se consideró amigo. En este café paraba Roberto Barry, un cómico de fama, desde cuya mesa concertaba la atención de todos los presentes. El gran cambio en su vida y en su pasión por el tango se dio en 1958, cuando entró a trabajar en El Día, un diario de la mañana, como linotipista, hasta que se jubiló. Allí, en contacto con periodistas, pudo desarrollar su pasión por investigar sobre el tango y de coleccionar letras, reclames, fotos y discos, hobby que le venía desde la infancia, de cuando su abuelo le compraba la revista Billiken, de la que recortaba las páginas históricas. Con los años y paciente labor de buscador en la feria de Tristán Narvaja y de conversar con cantantes y bailarines fue aumentando su colección. Nada del tango le es ajeno, por lo que sus carpetas, famosas en el medio tanguero, terminaron por convertirse en el Archivo Chelo.

Para la entrevista trajo dos carpetas con recortes y documentos, una más gruesa que la otra. Las puso sobre la mesa y empezó a pasar las páginas. Anotaciones personales, hojas manuscritas y otras a máquina, fotos, recortes de diario y de revistas, se combinaban con citas de libros, programas de actuación de orquestas, notas de Gardel y Razzano, fotos que le fueron dedicadas. Me encantó un dibujo sin firmar del café ATENEO con el palco elevado para la actuación de las orquestas y un programa de la actuación de la orquesta de Edgardo Donato. En la carpeta chica venía algo de gran interés: una lista de cafés, bares y confiterías que presentaron espectáculos musicales y donde actuaron orquestas y solistas. Habló de la interacción del tango y los cafés, bares y confiterías entre las décadas del diez a los cuarenta, una etapa crucial en la historia del género, el pasaje entre el arrabal al cabaret y a los salones, para lo cual fue importante la función cumplida por las tarimas de los cafés.

Ovidio, gran honor para mí, me prestó el archivo. Así no más, con generosidad y la actitud abierta del que sabe y quiere compartir lo que sabe. Es más, dijo no tener copia del material pero que sabía bien a quien se lo prestaba. Que su meta era compartir el material con quien lo valorara. Sus carpetas fueron cumpliendo esta función, pasando en varias oportunidades a manos de investigadores y luego de serle devuelto lo prestaba a otro. Tal vez en la vuelta hubiera perdido algún documento, pero nada significativo. La cultura es para pasarla, para hacerla circular de mano en mano. En resumidas cuentas vayan los titulos: la primera carpeta se titula Una breve historia del tango, cuyos comienzos, conforme a la teoría de Vicente Rossi, se remontan al año 1866, año en que se bailó el tango por primera vez, el 2 de diciembre, en la Plaza de las Carretas, donde llegaban los carretones cargados con frutos del pais y formaban semicírculo en torno a los galpones ubicados en la actual plaza 1.o de mayo y la Facultad de Medicina, frente al Palacio Legislativo. La segunda carpeta comienza con un artículo sobre la Guerra al Tango, comienza en 1914. Le sigue una referencia al primer concurso de tango celebrado en Montevideo, el 8 de julio de 1914 en el Teatro Casino de Andes y Colonia, que paso después a llamarse teatro Artigas. Varios cafés tomamos durante la entrevista, que volvió a repetirse dos meses después, para la devolución del material con el agradecimiento consiguiente.

Un recuerdo para Óscar Nelson

Por Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com

osca nelson

 

Nació en el barrio Aguada el 25 de setiembre de 1922 bajo el nombre y apellidos de Eduardo Granja Barrere. Concurrió a la escuela Ecuador, en Ángel Floro Costa y Tala y cuando contaba con 18 años, comenzó a trabajar en la fábrica Alpargatas y después en ute.
Su carrera musical comenzó como integrante de los coros del sodre y con apenas 20 años debutó profesionalmente en el café Verdún, de Rivera y Miguel del Corro, como parte de la orquesta de Héctor Vasco Urtazú.
Fue en un viaje a Buenos Aires que decidió cambiar su nombre. Mientras se inscribía en un concurso para cantar en la orquesta de Pedro Maffia, la persona que recibía las inscripciones le dijo que Granja no era apropiado para un artista y le propuso que lo cambiara por el suyo. «Poné mi apellido, vas a ver que te voy a dar suerte», le digo. Ya fuera por el cambio de nombre o por su innegable talento, ganó el concurso y empezó a actuar como Eduardo Nelson. Pero el cambio lo completó de regreso a Uruguay, cuando se integró a la orquesta de Roberto Cuenca y el director le sugirió un nombre de pila más corto y de mayor impacto. Así nació el seudónimo Óscar Nelson, que lo acompañó a lo largo de su carrera artística.
Más tarde se unió a la orquesta de Puglia y Pedroza, gracias a la cual tuvo la oportunidad de actuar con Alberto Podestá, Julio Martel y Francisco Fiorentino. Con esa orquesta grabó tres canciones para el Club Atlético Nacional, del que era hincha: «Nacional», con música de Puglia y Pedroza y letra de Federico Silva; «Fútbol y Gloria», con música de Puglia y Pedroza y letra de M. Ángel Belmonte, y « Nacional para siempre» (música de Gerardo Hernán Matos Rodríguez y letra del Dr. Hector Bello Schmid.
En los últimos años de su vida canto a dúo con Roberto Maira. Falleció el 29 de Agosto del 2013.
Respecto del público y de los cafés de su época recordó que los espectáculos se llenaban. Antes la gente salía mucho más, sobre todo los fines de semana. No había televisión y florecían los cines y luego se la seguía en los cafés. Recuerda con nostalgia que, a pesar de haber tanto movimiento, la gente era más cordial, más amiga y hasta los maleantes tenían y respetaban sus propios códigos.

 

 

Un café con Óscar Nelson

Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com

Lo conocí una tarde de mediados del 2010 en un programa de radio en el que coincidimos como invitados. Su verdadero nombre era Eduardo Granja Barrere, pero había elegido el de Óscar Nelson para su vida artística, tan sonoro y recordable que lo adoptó para siempre. Hablamos de antiguas fotografías y ofreció mostrarme las que tenía sobre los viejos cafés de Montevideo, entre las cuales me deslumbró con una del TUPÍ NAMBÁ de 18 de Julio durante una de sus actuaciones. Gentilmente me la obsequió.
Tiempo después concertamos una entrevista para hablar sobre el tema de los cafés y bares que hubiera conocido, la que tuvo lugar en el living de su apartamento de Agraciada y Zufriategui, en medio del típico desorden de un hombre de 88 años que vivía solo. En el pequeño living destacaban una plaqueta de agadu en reconocimiento a su trayectoria, diplomas varios, la foto de una pareja bailando tango, un disco Sondor enmarcado en madera y dos retratos femeninos, uno en cada pared, de sus dos esposas fallecidas. Varios ejemplares de Cancionera y Cine, Radio, Actualidad, revistas de la década de los sesenta, estaban dispuestos sobre una mesita, abiertas y señaladas donde aparecía su foto o noticia de su actuación. Lo primero que dijo, con la locuacidad especial de contar con un interlocutor que se interesaba en hablar de su pasado, es que «nunca fue hombre de boliche», de salir y tomar copas. Se cuidó muy bien de no fumar ni beber alcohol para no afectar su voz, que siempre consideró su principal tesoro. Sin embargo tuvo oportunidad de conocer y cantar en muchos bares y cafés, también lugar de encuentro con los músicos, antes y después de sus actuaciones. Aclaró que solo se referiría a los que hubiera conocido personalmente, en torno a la década de los cincuenta.
En aquellos tiempos era común que los cafés o confiterías tuvieran un escenario o incorporaran una tarima para la actuación de conjuntos musicales. Fundamentalmente orquestas típicas, porque fue una época de gran desarrollo del tango. No se trataba de cafés concert, aclaró, sino de cafés comunes que incluían la presentación de artistas como complemento y atractivo para el público. El primero en traer a colación fue el café VERDÚN, ubicado en Rivera casi Miguel del Corro, muy próxima a Pablo de María, un local grande con palco para orquestas y con un terreno de fondo donde se jugaba a las bochas con fuertes apuestas en dinero. Lo recuerda muy bien porque fue el café donde comenzó su trayectoria como cantante, en el año 1945. Allí cantó con la orquesta de Héctor Vasco Urtazú, que había llegado de Colonia Suiza. El dueño del café, un brasilero llamado Próspero Da Cunha, les obligó a usar trajes elegantes pero de colores verde y amarillo, lo que resultaba pintoresco. De aquellos tiempos Nelson recuerda al pianista de la orquesta, Ruben Pérez, el Pocho, que años después llegó a ser famoso porque se convirtió en el director de la orquesta que acompañaba a Julio Iglesias en sus actuaciones por el mundo. En el barrio del Cordón, donde vivía, estaba al bar SOCIAL, en la esquina de 18 de Julio y Minas, un lugar muy concurrido que contaba con actuaciones artísticas de moda, como las hermanas Méndez, que causaban sensación. Otro de sus lugares de actuación fue el café LOS INMORTALES, en la esquina de Rincón y Juan Carlos Gómez. Con tono cómplice contó que se llamaba así porque había una mesa y una silla que nadie debía ocupar, porque se decía que sobre ella Florencio Sánchez había escrito una de sus obras. A pocas cuadras estaba EL FARAÓN, en la esquina de Ciudadela y Colonia, curioso nombre debido al nombre de su dueño, Faraón Baione, que comenzó como restaurant con parrilla pero luego fue transformado en café con palco para actuaciones artísticas, generalmente dúos de guitarra y bandoneón y donde Nelson cantó en varias oportunidades. También lo hizo en LA ESCALA, otro café de la calle Rincón, que daba frente por frente con un cabaret, por lo que trabajaba con la gente que cruzaba a tomar algunas copas o a despejarse con algún café. Muy cerca estaba el CENTRAL, también en la calle Rincón, entre Bartolomé Mitre y Juan Carlos Gómez, preferido por los cantantes. Y otro muy frecuentado era el café y bar LAS CAROLINAS, en la esquina de Cerrito e Ituzaingó, donde solían reunirse los músicos antes de empezar sus actuaciones en los centros nocturnos de la zona. De allí pasó a recordar el AMSTERDAM, en la esquina de Sierra (Fernández Crespo) y Miguelete, un café famoso porque el hijo del dueño, Radamés Vecchio, fue un notable cantante de carnaval.  Con especial afecto Nelson recordó sus actuaciones en el café ATENEO, de 18 de Julio y la plaza Libertad. Allí sí que desfilaron buenos conjuntos orquestales y excelentes cantantes. Los propietarios, los hermanos Gil, tenían una mente amplia y apostaban por traer los mejores conjuntos que pasaban por Montevideo. El local tenía un palco orquestal rodeado de mesas y en el subsuelo se jugaba a las cartas y al billar. Nelson solía cantar con un quinteto en el turno de las 5 a las 7 de la tarde, luego le seguía otro conjunto en el turno de 7 a 9 y finalmente otro de 9 a 12 horas. Ni que hablar del café MONTEVIDEO, en la esquina de 18 de Julio y Yaguarón, frente a la sede del diario El Día, donde era costumbre que se reunieran los políticos. Luego de discutir airadamente en el Parlamento se encontraban para conversar como amigos frente a una taza de café. Allí también se brindaban espectáculos con orquesta, siendo frecuente la típica Malán, curiosa porque estaba compuesta por once integrantes, todos de la misma familia. Por supuesto que recordaba a ambos TUPÍ, el viejo, frente al Teatro Solís, y el nuevo, sobre 18 de Julio. A este último lo definió como una confitería de lujo, de la que recuerda el decorado y las fotografías de los propietarios y de las personalidades que habían pasado por el local. En el TUPÍ tuvo oportunidad de actuar durante un largo tiempo y haber conocido a Azucena Maizani y al cantor Roberto Quiroga. Contó una anécdota que lo tuvo de protagonista. Un día que estaba a la entrada del Tupí, sobre 18 de Julio, acertó a pasar Luis Batlle Berres, el presidente de la República. Como Nelson estaba parado al lado de un letrero con su foto, Batlle le preguntó si era el mismo y quedó en ir a escucharlo al día siguiente. Nelson le dijo al dueño que no cobrara el servicio de esa mesa porque eran sus invitados pero San Román, al enterarse que la ocupaba el presidente, fue en persona a atenderlo y llenarlo de atenciones. Otro café de buena fama y concurrencia fue el del LITO, en la rotonda de la plaza Independencia, lugar de encuentro de la muchachada joven que se reunía para jugar a los dados. Una vez que terminaban de actuar, a las tres de la mañana, los músicos de su orquesta seguían la noche e iban a jugar, no teniendo más remedio que acompañarlos. «¡Qué tiempos aquellos y qué atorrantes que éramos!», suspiró con nostalgia. Recordó también un café sin nombre en la esquina de Gaboto y Rodó, que solía albergar a cualquiera que anduviera perdido y sin saber qué hacer. Nelson lo frecuentaba porque quedaba cerca de su casa. Una vez el dueño le pidió que cantara y Óscar aceptó con la condición de que lo recaudado fuera para el guitarrista, un amigo que andaba en la mala. También actuó en LA MEZQUITA, en la calle San José entre Río Branco y Julio Herrera, donde recuerda haber cantado buenos tangos y conocido a la española Lolita Torres. Lugar de grandes espectáculos, el propietario era medio pariente suyo. El último en la lista del recuerdos fue EL ÁGUILA, no el famoso restaurante de la calle Buenos Aires, al costado del Teatro Solís, sino un café pequeño ubicado en la calle Yí entre San José y 18, muy concurrido durante las noches para tomar «buenas birundelas».
El 28 de agosto de 1013, a los 90 años, falleció Óscar Nelson, lo que le confiere mayor valor testimonial a esta entrevista.

 

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