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TESTIMONIOS DE NUESTRA IDENTIDAD
Por Nancy Ramos Boerr "fredda"

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TESTIMONIOS DE NUESTRA IDENTIDAD
Nancy Ramos Boerr “FREDDA”
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PREMIO GUYUNUSA- PRIMER PREMIO POESÍA ÉPICA LITERARIA INÉDITA CONCURSO ”Dr. PEDRO FREIRE”  año 2008
De ALBA ESTELA DE LOS SANTOS GONZÁLEZ:  “ROMANCE DE MUERTE Y GLORIA”
Jurado:
           ESCRITORA GENTA HORGALES
           PROFESORA DE HISTORIA MELBA PÍRIZ CORNALINO
           PROFESOR  JORGE BAEZA

"Raza", adscripción étnica y genética en Uruguay (Parte I)
Fuente: msan@fhuce.edu.uy

DÉCIMO SEGUNDO CONCURSO NACIONAL DE NARRARIVA HISTÓRICA Y POESÍA ÉPICA LITERARIA INÉDITA “DR. PEDRO FREIRE” AÑO 2009
JURADOS: ESCRITORA GRACIELA GENTA HORGALES
                    PROFESORA MELBA PÍRIZ CORNALINO
                    PROFESOR JORGE BAEZA
3ER. PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA de JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ MILÁN
“LOS DESERTORES DEL PASO DEL SOLDADO”

 

PRIMER PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA 13er. CONCURSO NACIONAL “DR. PEDRO FREIRE” Año 2010 - ÁNGEL CÉSAR GONZÁLEZ CATOIRA- “MÉDICO DE GUARDIA”
JURADO: ESCRITORA GRACIELA GENTA HORGALES-PROFESORA MELBA PÍRIZ CORNALINO - PROFESOR JORGE BAEZA

En forma de reconocimiento a quien no gustaba de los homenajes y se fue como vivió: humildemente y en silencio. A quien trató  la historia con respeto y fidelidad al documento. A quien fuera cuestionado hasta por sus propios pares por el interés en sus estudios sobre los Charrúas,  y en nombre de todos aquellos que de una forma u otra admiramos y respetamos su trabajo; desde este espacio en la Revista Raíces, vamos a ir compartiendo  documentación de Don EDUARDO ACOSTA Y LARA en LA GUERRA DE LOS CHARRÚAS.


Rito ancestral

Comienzan las primeras heladas, la tribu apostada junto al río prepara su viaje hacia las serranías, pronto vendrán las lluvias y comenzará la creciente, la comida va a escasear, es hora...
Unas leguas campo adentro está la hacienda de los Saavedra "de los intrusos de nuestra tierra" como le dicen los indígenas.
Don Juan, como le llaman sus iguales, es hijo de un conquistador español, un terrateniente déspota, dueño de la hacienda y también de los desposeídos.
¡Ramón! -llamó "el amo"- encillá el tordillo y andá a la toldería. Decile al jefe que me envíe una de sus indias para ayudar a Merceditas en la casa, de preferencia joven.
Ya sabés lo que tenés que hacer. Pasá por la "charquería", llevales algo de carne y  una botella de caña para el cacique en agradecimiento.
No es la primera visita de Ramón a la todería, esta vuelta es por una india joven, ya ha traído algunos varones a trabajar en la hacienda. La paga es un jergón y una magra comida.
Salió Ramón buscando las márgenes del río para encontrarlos. Es finales de otoño, el suelo está empapado por el rocío, apura el trote, seguro la tribu estará en la búsqueda de un campamento más abrigado. Averiguó que los indios estaban en la margen derecha del río, como a cuatro leguas, son nomades. Si corro con suerte -se decía- los encontraré a media mañana.
Divisó una columna de humo muy gris -esa leña está mojada, seguro es el campamento.
Ramón es recibido con cortesía, los indios no le tienen recelo, ya lo conocen.
Las mujeres están sentadas en el suelo, cociendo los cueros de venado para abrigarse y armar los toldos para el invierno. Los hombres afilando las puntas de las lanzas y atando las boleadoras con tiras de tientos. Antes de desmontar Ramón deja caer la bolsa que "les mandó el amo" -les dice- hay algo de granos y charque. Luego desmonta y le ofrece al jefe la botella de caña, regalo especial de "su amo". El cacique acepta el regalo, en un momento sabrá cual es el precio que tendrá que pagar por él. El diálogo es limitado, pero siempre se han entendido, ellos ya se conocen, no hay resquemor.
Ramón le hace el pedido al jefe, este se queda pensativo, él sabe que ellos no son esclavos, pero sabe también que está obligado a acatar, porque ahora los dueños de sus tierras son los españoles y criollos. Sabía que cualquiera que fuera elegido se podía sentir hasta "suertudo".
Se levantó con parsimonia, se acercó a una de las mujeres que cocía sin levantar la cabeza.
Le habló en un dialecto tan cerrado, que Ramón no entendió nada, pero el llanto y el griterío de la mujer lo decían todo. Su hija Diodi era la elegida para ayudar a doña Merceditas en la hacienda.
Sin más, todo aceptado. Entró la mujer en la toldería y salió con una niña que ni llegaba a la adolescencia, desgreñada, descalza, los pelos lacios, renegridos como crines, sujetos con tiras de cuero, mirando a todos lados sin entender que sucedía.
Algo le dijo su madre, la pequeña con la cabeza siempre baja, se puso a llorar en silencio, con resignación. Ramón mira con indiferencia, fastidiado por la situación, solo le aflige que con tanto lloriqueo el regreso se demore. El tiene una hija de la  misma edad que la niña, sin embargo no se apena, tiene la conciencia fracturada, esto es lo que vino a hacer, ya está hecho. Es lo  más natural para él, ellos no tienen derechos, ni sentimientos.
No queriendo soportar tanto "griterío" monta en el caballo; el jefe ayuda a la niña a subir en las ancas. Ramón saluda con un gesto de fastidio y sin mirar atrás, pega la vuelta.
A medida que se alejan, los lamentos de la madre, desaparecen. Y eso es todo...
Llegó hasta la puerta misma de la casa grande, molesto, cansado y asqueado por el mal olor de la niña, llamó a gritos a Hortensia, la mulata sirvienta de la casa.
Hortensia también está allí desde que nació. Su madre antes de morir fue esclava de la hacienda, igual que ella ahora.
Mira a la niña con ternura, la ayuda a bajar, bien sabe lo que siente al verla llorar quedamente, con la resignación de los oprimidos.
Llama a su ama, para su aprobación, ésta al ver el estado de la niña le ordena a Hortensia que la bañe y le corte "las crenchas". Mandá a buscar al ministro, para que bautice a esta hereje y  le ponga "nombre cristiano".
Zinna recuerda muy bien a ese ministro, vestido de negro igual a un cuervo, cuando vino a bautizarla, ella no se llama Hortensia, sino Zinna, se lo puso su madre igual que a Diodi.
Los blancos jamás entenderán, aunque parezca que sí, que ellos seguirán adorando a sus dioses, mas tangibles y compasivos, que el de los blancos.
Y comenzó la nueva vida para Diodi en la casa, además de ella había otro niño, Bernardo, casi de su misma edad, hijo de sus amos. A veces mientras  Hortensia cocinaba ellos se encontraban, jugaban, se escondían debajo del mobiliario, se arrojaban pequeños objetos. Hortensia los reprimía con cariño- son solo niños-
Bernardo tenía prohibido todo contacto con cualquiera "de esa gentuza". La única excepción era Hortensia, solo porque lo había criado.
Diodi crecía, la adolescencia le llegó arisca, reservada, también para Bernardo, quien una tarde vino a despedirse pues viajaría a Europa, a educarse.
Diodi dejo de hablar, estaba encerrada en un mutismo impenetrable, Hortensia pensó que era por falta de su compañero de juegos, ya se le pasara- se decía-
En tanto, Guidaí la diosa que tanto amaba Diodi, esperaba ver cumplido sus planes para la india y el patricio.
Las diferencias culturales, raciales, no impedirían a la diosa naturaleza, cumplir cual partitura musical, con que cada nota del pentagrama se ajustara por si sola, a los genes de la nueva descendencia.
Pasaron algunos meses desde que Bernardo se fuera. Una tarde Hortensia, salió a buscar a la joven. No la encontraba.
Un peón le dice que la vio rumbear a la laguna. Allí estaba, sola, en silencio, pariendo. Hortensia impactada, rogaba piedad a sus ancestros- -no preguntó nada- la dejó hacer.
La joven en su instinto ancestral, ahuecó la tierra con sus manos y depositó en ella el resto del ombligo de su hijo. La siembra estaba hecha.
Lo envolvió en su delantal, ya de regreso le iba susurrando una canción. Oj, oj.. de cuna- le pareció a Hortensia- 
El niño blanco, de cabello renegrido, lacio como crines, llegó a este mundo llorando, como todos. La naturaleza en su sabiduría no tiene mangas cortas.
Doña Merceditas quedó horrorizada ¡Qué es esto! -gritaba desencajada -no había nada para decir-
Es tu culpa Hortensia! ¡Tú lo permitiste, maldita!, -sentenció-
!Que te quede claro Hotensia!, ¡Tu lo pariste!, el indio es tuyo y sabe dios de quien mas! ¡Oíste!                 

 

 

 

TESTIMONIOS DE NUESTRA IDENTIDAD
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1ER. PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA  16º CONCURSO “ MELBA PÍRIZ CORNALINO”

 “CHARRÚA“ (Ultima parte)
por ALEJANDRO CATENACCIO.

La pena que arrastraba por la matanza que la había dejado sola porque  no sólo le habían quitado al hombre que sin duda tendría, sino que habían suprimido a una nación entera y eso, aún para un botija de mi edad, era tremendo aunque me resultara absolutamente impensable cómo podía sentirse uno si le sucediera semejante tragedia. Ya no quedaban indios en el país. Eso era cosa sabida, mi viejo me lo había contado aunque yo, obviamente, ya lo venía escuchando en los fogones. En contadísimas ocasiones me contó con lujo de detalles la jornada trágica del Salsipuedes. Yo asistía, sin tapujos, así como ella me lo contaba, a la realidad de aquel día, y me iba inflando –no tengo un término más adecuado- de un odio tan insano como inútil por la soldadesca que montaba a las órdenes de Bernabé y que la mujer no sé porqué no procuraba apaciguar mi ánimo revuelto ni cuando me iba a la cama en el pequeño cuarto que me habían destinado. Ahí el alemán se acercaba a mi lado y me decía alguna palabra amable que sólo a veces lograba evitar mis pesadillas en donde galopaba como un demente cruzando ríos y escapando por el mato con la indiada aterrorizada y sorprendida. En el sueño se mezclaban confusamente boleadoras zumbando y girando enloquecidas en busca de las patas de algún caballo, riveristas sumamente encabronados de miradas asesinas emboscados en picadas esperando el paso de charrúas, relinchos de caballo, sangre, sudor y disparo de trabuco; llantos de niños y mujeres que no encontraban consuelo ante la traición del que hasta ayer era un amigo. Recién ahí pude por fin comprender el porqué del dolor en las expresiones de los rostros de las esculturas de los indios que habitaban el caserón e incluso en las de los guachos que había representado magistralmente y en tamaño natural en la arcilla. Y ni hablar del dolor que ella cargaba. Un dolor que tenía la particularidad de hacerme olvidar del estado de impresión en que me dejaba, cuando tomaba temprana conciencia de lo que es capaz de hacer un cristiano. Quizás hasta era la única charrúa de pura cepa que aún vivía. Calculo que tendría más de ochenta años cuando el faro comenzó a tomar forma en esa costa salvaje rodeada de inmensos arenales vírgenes. A veces se sentaba en la playa, cubierta con una ruana de lana cruda, y dejaba su melena azabache suelta que el viento agitaba todo el tiempo y en cualquier dirección; y contemplaba horas la formación de islas, islotes y rocas submarinas en un mutismo que nadie se atrevía a interrumpir. Esa es otra de las  imágenes impactantes que aún hoy tengo como soldadas a la retina, impresionaba en su quietud absoluta que no se correspondía con la melena que giraba inconcebiblemente con el pampero y que yo observaba de lejos, discreta pero totalmente fascinado. En otras ocasiones cruzaba sola el arenal y se internaba en el mato buscando vaya a saber qué plantas que conocía y que al náufrago lo aliviaban de ciertos dolores en las articulaciones. Otras veces montaba su zaino y se iba hasta los palmares, en el interior, y traía un butiá que sólo ella sabía seleccionar y conservar, y también fabricar un licor del cual nunca se mojó los labios y que dejó de destilar cuando el alemán comenzó a dar muestras de un alcoholismo progresivo que incluso yo mismo advertía aunque fuera vagamente. En esas ocasiones yo la veía irse, sin poder hacer otra cosa que seguir con la vista el vuelo de aquella ruana alejarse por el arenal y deseando que fuera a pedirle permiso a mi padre para acompañarla. Pero nunca lo hizo. Sin embargo en alguna otra ocasión pidió conocer las instalaciones del faro pero esa vez en especial sólo iría si yo la acompañaba. Así dijo. Era extraño, porque su vida era la alfarería, el telar y las plantas, y rara vez demostraba interés por las cosas de la demás gente; excepto cuando los hijos de los pescadores se enfermaban. No obstante en ese lance mostró un interés inusual en la construcción del faro y una sorprendente agilidad casi felina para subir los peldaños a su edad; y una también sorprendente curiosidad por la forma en que iluminaba el faro. Mi padre, que era el capataz de la obra, agradecido como estaba de que cuidaran a su muchacho en los inviernos y admirado por el notable contraste de su rostro terroso y su dentadura marfil; se comportó como un caballero en ese paseo, explicándole a la mujer con orgullo profesional evidente cómo funcionaban los destellos de luz gracias a los poderosos lentes con prismas dióptricos y catadióptricos que se  movían mediante ingeniosos mecanismo de precisión. A simple vista podría parecer una incongruencia esto de que una mujer india se interesara por algo que no le iba ni le venía; pero no era así. En realidad y pese a su aparente introversión se daba perfecta cuenta de la importancia del faro para el navegante, y más cuando su propio compañero sufría de una pena tan honda como podría sentir cualquiera que perdiese a su mujer en un naufragio. Sé que arrastraba una pena por la tragedia de su raza. Cómo no. No podía ser de otra manera, obviamente. Cuántas veces habrá querido irse de este mundo para ir al otro donde su tribu la esperaba según ella; no lo sé. Más de una vez se me antojó absurdamente que la idea de conocer el faro era para tirarse desde los cuarenta metros de altura que tenía gracias a la peonada que trabajaba sin descanso y contra reloj hacía ya un buen rato a cuentas del gobierno. No sé en realidad de dónde me venían esas ideas ya que la mujer llevaba su calvario con una dignidad a toda prueba, admirable y solemne. Quizás porque si me pasara a mí, ahora que lo pienso, no lo hubiera resistido. Sobre todo el tiempo que lo resistió. Incluso, en contadas y escasísimas ocasiones, en que pude pescar una mínima porción de ese tema tan especial que trataba con el germano, digo, el tema de la muerte; sostenía con pleno convencimiento de causa que todavía no era tiempo. Que los dioses se lo harían saber en su momento. Esas eran sus propias palabras, textuales, que escuché claramente aunque de refilón, y que conservo en mi memoria igual que sus manos, su melena y su rostro, dichas en su dialecto trabucado y gutural. Cosa de indios, que saben de estas cosas y que a nosotros, vaya uno a saber porqué, nos está vedado este conocimiento. Su alma todavía estaba aquí, vivía y palpitaba. Según ella, aún valía la pena.

 

 

 

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1ER. PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA  16º CONCURSO “ MELBA PÍRIZ CORNALINO”

 “CHARRÚA“ (Primera parte)
por ALEJANDRO CATENACCIO.

Rostro ancestral, cetrino y de mil arrugas, que impresionaba en su dignidad y en su nobleza; curtido por años de intemperie, era un rostro que parecía hecho de carbón o tallado en bronce, como los próceres. O tal vez sería más justo decir que fuera hecho por ella misma, con esas manos ásperas y agrietadas teñidas de terracota por la arcilla que amasaba con habilidad y destreza sorprendentes. De arranque nomás, se prendaron el uno del otro. La tremenda soledad en que ella quedó luego de la masacre del 31, y la tragedia de él con su propio buque los juntó en una extraña conjunción de razas  y de traumas diferentes. Yo era un gurí en ese entonces, absolutamente incapaz de comprender la inmensidad del drama que les había tocado vivir; pero no olvido cómo se lucía orgullosa con sus hermosas piezas de alfarero al resplandor candente del horno de barro que ella  misma había levantado detrás de la pared del fondo del rancho, a salvo de los vientos, donde tenía plantadas sus hierbas y yuyos medicinales, e incluso especias para sazonar comidas. También tenía maceraciones y matas de espliego al que le extraía un aceite aromático que usaba para perfumar los ambientes y pigmentos para teñir las telas cuyos secretos no compartía con ningún cristiano. Era un lugar casi sagrado para mí, y estaba tan ingeniosamente ubicado que nunca le llegaba el viento: ahí uno podía sentir cómo el aroma de la arcilla cocinándose se mezclaba con el de la carqueja, el romero, la albahaca y el cedrón. En ese lugar incluso se reía, cosa que rara vez sucedía. Yo en esos momentos me sentía tan contento como ella de que pudiera reír, aunque fuera fugazmente, cuando admirábamos extasiados las piezas que moldeaba con esas manos resecas, casi polvorientas podría decir; que aún hoy no se borran de mi memoria. Era esa única y breve sonrisa que yo ansiosamente esperaba como un chiquilín cuando podía ver su dentadura blanquísima que contrastaba notablemente con el rostro bronceado por el sol y la sal del océano en donde había decidido quedarse. Algo le había llamado la atención en el náufrago que ya nunca más se separó de su lado. Yo personalmente creo que ella encontró un alma tan solitaria y dolida como ella misma, y decidió compartir ese dolor con él; pero sólo cuando él se lo pidió. Esto sí lo supe porque el alemán me lo contó en las noches en que me quedaba con ellos cuando el frío apretaba demasiado y mi viejo me mandaba a ayudar a la mujer en el horno o en el telar. El faro del Polonio demoraba en terminarse y las barracas donde dormían los operarios encargados de la obra estaban demasiado mal hechas para dar abrigo a un gurisito tan chico como era yo en ese entonces. El viento helado de las noches se colaba por las rendijas de las tablas mal encuadradas que  no había tiempo de arreglar. El gobierno apuraba las obras a fin de terminar con los  naufragios que hacía ya demasiado tiempo se sucedían en estas aguas y nadie se preocupaba ya de reparar los barracones donde la peonada descansaba de las jornadas agotadoras levantando paredes contra reloj. Entonces allá iba yo al caserón del náufrago; una de las pocas visitas que tanto uno como otro admitían sin chistar e incluso disfrutaban aunque nunca abandonaran del todo el pesar que cada  cual cargaba en sus espaldas. El alemán tenía en el rancho un estufón hecho con planchas de hierro que había rescatado junto con otras cosas - muy pocas en verdad- del accidente que lo había dejado viudo; y calentaba hasta el último recoveco de la construcción de ladrillo donde convivían estos dos seres tan disímiles; entre piezas magistrales de tamaño natural de indios dolientes, plantas y campanas de barco.
A mí estas visitas me resultaban muy particulares y extrañas; y pese a mi extrema timidez iba sin ningún reparo a pasar la noche con ellos. Me gustaba. Y no era precisamente porque tuviera frío, que lo hacía. Cómo no. En esas noches interminables de vientos huracanados, de sudestadas feroces, cada cual me contaba cosas de su propia vida como si yo fuera un fulano de su misma edad que entendiera de los asuntos y las cuestiones que rigen el mundo; cuando en realidad lo que tenía que hacer ya desde el vamos era un gran esfuerzo para entender lo que me decían cada cual en su idioma. Ellos también hacían su parte hablando el castellano lo mejor que podían. Sobre todo él. Ella hacía demasiado tiempo que trataba y sobre todo padecía el abuso del hombre blanco y conocía todos los giros, lunfardos y malas palabras del gaucho de tierra adentro. A mi me trataba con una delicadeza que ni siquiera tenía con el que le había dado asilo; eso a mí me gustaba; y más viniendo de este ser tan especial. Porque la historia era con ella. Él también me deslumbraba con su conocimiento de las cosas del mar y de las ciencias, de os puertos en que había estado, de la gente con la que había tratado y las tormentas que había sufrido en el Cabo de Hornos y en el Atlántico Norte, en el mar de Béring y en el océano Índico, hasta que invariablemente se detenía en el temporal que lo había arrojado a estas costas y en los detalles del desastre; y sobre todo que venía de una ciudad para mí tan lejana cono enigmática como  lo era Hamburgo. Pero aún así mi interés se centraba en ella, a pesar de que nunca había ido más allá del río Uruguay. Tal vez fuera porque yo no tenía madre, o simplemente porque era india. Tal vez y seguramente fueran las dos cosas al mismo tiempo. Lo cierto era que la mujer ejercía en mí una fascinación que no era superada por ninguna de las tantas cosas que había a mi alrededor en ese remoto lugar del país. Todo lo que hacía, y de la manera en que lo hacía, me llamaba poderosamente la atención…

 

 

TERESA DÍAZ SÁNCHEZ
“HOY UNA NACIÓN EN EL MUNDO SE PRESENTA” (Primera parte)

El Virrey Elío sentía el griterío. Una mezcla de algarabía y furia, rodeaba Montevideo. Lo sitiaban las tropas de Rondeau y de Artigas, ese hombre, casi un bandolero, que los derrotó en Las Piedras. Logró reunir bajo su mando más de mil hombres, un montón de desarrapados, por muy bravíos. La chusma del gritérío.
Elío no podía entenderlo. Sus ancestros provenían de Zaragoza, gente hidalga que luchó en la guerra de Sucesión Española, en un ejército con fuerte disciplina militar; en el Virreinato continuaron leales a España. Contaba con buenos genes de estratega. Sin embargo eligió como soldados, criollos vagabundos, negros prófugos, indios a los que consideraba los verdaderos dueños de estas tierras. "Los indios tiene el principal derecho sobre la Naturaleza", decía a quién quisiera escucharlo. ¡Aquellos infelices poseían derechos! Y tampoco entendía por qué sus compatriotas se pasaron de bando en Las Piedras. No comprendía que en las guerras, los poderosos ponen la riqueza y los pobres los muertos.
La ciudad protegida por muros de nueve  metros de altura  y seis de ancho, con cuatro bastiones rodeados por un foso y cincuenta cañones, resultaba inexpugnable para las fuerzas revolucionarias escasa de artillería. Bombardeaban la plaza de día con cañones y de noche con morteros, nada más que para hacer mella en el ánimo español. Sin abastecimientos de alimentos y agua, aparecieron enfermedades típicas de las poblaciones sitiadas. Para empeorar la situación, inquietaba la historia del brioso caballo que nadie comandaba y vociferaba improperios con voz femenina, frente a las murallas. Había oído hablar del estremecimiento, esa sensación comparada a la del fragor de la batalla ante los feroces alaridos de los infieles.
Sus mujeres causaban  miedo; peleaban y amaban con la misma desenvoltura. Gozaban de  una libertad singular, que no conocían las europeas. Unas verdaderas brujas, sólo parecidas a Juana de Arco, pensó, haciendo la señal de la cruz. Según otros soldados, una mujer con habilidad de hereje, amparada en la noche, montaba "en pelo" con un carcaj* a la espalda donde llevaba la guitarra y entonaba esos cantos agraviantes. Con antorchas trataban de localizar su procedencia y descubrían un caballo sin jinete que se alejaba al galope, porque se cubría colgada al costado del animal, como los indios. Decían los esclavos que se llamaba Victoria La Payadora.
Nunca había presenciado el extraño suceso. Hasta esa noche. Los acordes de una guitarra quebraron con brusquedad sus pensamientos, ya que nadie percibió su llegada.
"Cielo, los Reyes de España/ ¡la p... que eran traviesos/ Nos cristianaban al grito/ y nos robaban los pesos"..
La voz de Victoria, potente y desafiante, rondaba las murallas de la Fortaleza del Cerro.
"Cielito, cielo que sí/ guárdense su chocolate/ aquí somos Indios puros/ y sólo tomamos mate"...
Los sitiados respondieron con descargas y amenazas a las coplas insultantes. Cuando cesó el amplio repertorio, distinguieron entre las sombras propicias, un caballo veloz que se alejaba serpenteando hacia el campamento rebelde. Como si lo cabalgara el mismo diablo.
Los revolucionarios la vieron arribar radiante, mujer y caballo en bella y perfecta simbiosis. 
Victoria tenía la sonrisa ancha y lechosa, y los ojos felinos de los nativos oteadores de horizontes, que llameaban al entonar cielitos libertarios. La piel canela delataba ancestros de distintos colores y únicamente el cabello ondeado, que ostentaba largo y salvaje, señalaba la presencia europea.
Al cabo de casi tres siglos de conquista una nueva sociedad surgía en las tierras usurpadas, todavía no contaminada con el machismo de las doctrinas "civilizadas". Mujeres y hombres, se movían con igualdad, gracias a las costumbres nativas y africanas.
En la espléndida vaquería, el caballo, amo y señor absoluto de las praderas, un guerrero más, hermanaba gente huérfana y dispar.
En esa fraternidad de naturaleza indómita, se unieron en el desamparo y en la búsqueda de un lugar para soñar, el negro y la negra fugada, el negro libre que lucha por liberar a sus hermanos, el indio infiel o bautizado, el criollo pobre, el indio acriollado o agauchado, el negro aindiado, inmigrantes acriollados... A este mundo iletrado y descalzo, se incorporaban criollos y europeos intelectuales y revolucionarios.Y van amasando una utopía, ecos que viajan por los ríos peregrinos que surcan América, inundad praderas y cruzan cordilleras. Sólo hacía falta un hilo conductor. El prestigio de Artigas crecía, a la par de las ansias generalizadas de libertad.
Con el Hombre de los Sueños, comparten ilusiones, fatigas, peligros y traiciones.
Este fogón gaucho, multicultural, no deja afuera a la mujer de a caballo, combatiente y compañera.
Paulatinamente acampaba en el Sitio, una noche encendida de fogones, cañonazos reales, morteros rebeldes y un hervidero de gente entusiasta, ávida de  luchar por sus derechos; una noche vigorosa de un tiempo que amanecía.
Los tambores africanos y nativos, las guitarras gauchas, el arpa-miní y la mbaraká de los guaraníes, llenaban los silencios del campo. De a ratos resonaba la letanía de la aldea africana y del chamán amerindio organizador de danzas cantadas.

 

 

 

 

16º CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA HISTÓRICA Y POESÍA ÉPICA LITERIA INÉDITA “PROFESORA MELBA PÍRIZ CORNALINO”
JURADO
ESCRITORA GRACIELA GENTA HORGALES
PROFESOR JORGE BAEZA
INVESTIGADOR OSCAR MONTAÑO

2do. PREMIO NARRATIVA   
TERESA DÍAZ SÁNCHEZ

HOY UNA NACIÓN EN EL MUNDO SE PRESENTA (Ultima parte)

Paulatinamente acampaba en el Sitio, una noche encendida de fogones, cañonazos reales, morteros rebeldes y un hervidero de gente entusiasta, ávida de  luchar por sus derechos; una noche vigorosa de un tiempo que amanecía.
Los tambores africanos y nativos, las guitarras gauchas, el arpa-miní y la mbaraká de los guaraníes, llenaban los silencios del campo. De a ratos resonaba la letanía de la aldea africana y del chamán amerindio organizador de danzas cantadas.
Soledad Cruz, hija de africanos, aguerrida lancera de Artigas, apuntalaba el fuego, que le aportaba fugaces chispazos a la vitalidad de la mirada, conocedora de penas, pero de la que prendía una esperanza. Mujer protegida en los entreveros, por el espíritu de Lucio, transformado en jaguar, el charrúa dueño de su corazón. Entonces contaba lo que ya sabían, pero era agradable escucharlo de su boca. ¡Qué hermoso ver juntos a tantos hermanos en la rueda sagrada del mate y la pipa! Hablaban lenguas diferentes, pero a esas alturas, mezcladas entre ellas y con la portuguesa y la española. Señalaba a los originarios de estas tierras, con una sonrisa. Ahora,  los hombre de a caballo como ella, usaban telas inglesas, cuchillos de metal y pólvora holandesa. El Karay Guazú soñaba para "sus indios bravos", la Nación del Jaguar*, vacunas, maestros, que vivan en ranchos, trabajen la tierra, extiendan la industria de buenos artesanos y conserven sus instrumentos musicales. El mate, conocido desde hacía cuatro mil años, se tomaba con bombilla de metal, traídas por aquellos de allá, de las Misiones. Venían por el "camino", que es igual a "tapé"; esos Tapes, indios cristianos, guaraníticos, desmantelados venía a la tierra Charrúa, con sus raíces al hombro, en una manera desesperada de salvar algo. Los indios guaycurúes y abipones, llegaban desde el Chaco, rastreando al Protector, que quería grandes territorios para las naciones originarias, las afroamericanas y las gauchas. Una cosmovisión de la Naturaleza que los conquistadores nunca comprenderían.
El semblante de Soledad, se suavizó al recordar la devoción de su gente, la Nación Bantú*, hacia el Padre. Los nacidos en África querían volver, pero lo negros jóvenes deseaban ser americanos. Lanceras y lanceros negros y mulatos lo seguirían con fe ciega, hasta el fin de sus días, en la búsqueda de ese lugar para soñar; búsqueda empezada muchos años antes de la Revolución Oriental, a orillas del río Yí.
Soledad se palpó la cruz que llevaba en el cuello y fortalecía el collar de dientes de yaguareté de Lucio. Las muchachas negras le daban sus hijos recién nacidos, para que los bañara con luz de Luna. Las paraguayas consultaban a su abuela-rezadora, que con la mbaraká emplumada del ritual, podía curar enfermedades, heridas de combate o hacer "daño", ayudada por pohá ñaná y otras plantas medicinales. Los poderes chamánicos del monte, del río se sumaban a los de San Miguel, el santo negro, hacedor de milagros, que la Iglesia no canonizaba, el Dios blanco descalzo, el "preto velho", los charrúas, Zapicán, Abayubá, Anagualpo y otros, muertos en las primeras batallas contra los invasores, la corajuda China María que murió peleando en la defensa de Paysandú, unos días atrás nomás, espíritus todos del Jaguar, las ánimas de las lejanas montañas, donde la gente le llamaba Pacha Mama a la Tierra.
Esa noche Victoria se arrimaría a las murallas a cantar cielitos. Esta vez irían juntas.
La nueva catequesis, hecha de retazos, como la Patria Grande, se entreveraba en armonía y orarían por ellas, bajo las mismas estrellas. Los españoles les tirarían orinas, agua sucia, balas y maldiciones, pero no las verían, aunque cada vez la Payadora los desafiaba más cerca. Le encantaba acompañarla; sentía el mismo coraje que en el campo de batalla, lanza en mano, pero ahí los humillaba. Y podía palpar el miedo. Un miedo distinto al de ellas. Un miedo vacío, que mata antes de caer herido. Un miedo sin colores antiguos, sin niños y sin naciones que defender con la cabeza en alto.
-Con música es  lindazo soñar. Los cielitos revolucionarios de Bartolomé les revuelven las tripas a los invasores. Sus coplas se parecen a las del Medioevo Europeo, por su lengua y forma, pero con términos nativos y africanos, antiguos y actuales -agregó Victoria y se dispuso a cantar como todas las noches al son de la guitarra.
"Si perdiésemos la acción/ ya sabemos nuestra suerte/ y pues juramos ser libres/ O LIBERTAD O LA MUERTE" - "Allá va cielo y más cielo/ libertad, muera el tirano/ o reconocernos libres/ o adiosito y sable en mano"..
En la Banda, vientre fecundo, todo nacía. Canto y guitarra, poderosa arma de combate, llamaba a hombres y mujeres a luchar, entretenía y daba valor a la hora de morir.
Al heroico Joaquín Lenzina, no le temblaba la mano en el rugir de la contienda, ni al escribir versos, memoria viva de un pueblo dentro y fuera de la Banda Oriental.
Los cielitos emancipadores de Bartolomé Hidalgo, administrador y comisario del Sitio, inauguraban una literatura que mostraba la identidad del nuevo hombre americano.
"Hoy una nación en el mundo se presenta/ pues las Provincias Unidas/ proclaman su Independencia"...
La patria recién parida ya tenía dos poetas. Y quién cantara por ella empuñando una guitarra. 
Victoria La Payadora, portavoz de un tiempo, arriesgaba la vida, con un cielito en los labios.

Ndel A:
Cielitos de Bartolomé Hidalgo- Cielito de la Independencia- Cielito de Tres por Ocho- Diálogos Patrióticos
Carcaj- Bolsa de los nativos americanos donde llevaban las flechas.
La Nación del Jaguar- Según algunos historiadores, Nosotros La Gente, o Nosotros los Hombres o Nosotros los Jaguares, se llamarían a sí mismos los Charrúas.
Bantú- Nosotros la Gente, como se llamaban a sí mismos los negros de la Banda Oriental. Antes de la Revolución Oriental fundaron una Comunidad Negra Independiente a la llamaban Nación Bantú del Hum.

 

 

 

16º CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA HISTÓRICA Y POESÍA ÉPICA LITERIA INÉDITA “PROFESORA MELBA PÍRIZ CORNALINO”
JURADO
ESCRITORA GRACIELA GENTA HORGALES
PROFESOR JORGE BAEZA
INVESTIGADOR OSCAR MONTAÑO

2do. PREMIO NARRATIVA   
TERESA DÍAZ SÁNCHEZ

HOY UNA NACIÓN EN EL MUNDO SE PRESENTA (Parte I)

El Virrey Elío sentía el griterío. Una mezcla de algarabía y furia, rodeaba Montevideo. Lo sitiaban las tropas de Rondeau y de Artigas, ese hombre, casi un bandolero, que los derrotó en Las Piedras. Logró reunir bajo su mando más de mil hombres, un montón de desarrapados, por muy bravíos. La chusma del griterío.
Elío no podía entenderlo. Sus ancestros provenían de Zaragoza, gente hidalga que luchó en la guerra de Sucesión Española, en un ejército con fuerte disciplina militar; en el Virreinato continuaron leales a España. Contaba con buenos genes de estratega. Sin embargo eligió como soldados, criollos vagabundos, negros prófugos, indios a los que consideraba los verdaderos dueños de estas tierras. "Los indios tiene el principal derecho sobre la Naturaleza", decía a quién quisiera escucharlo. ¡Aquellos infelices poseían derechos! Y tampoco entendía por qué sus compatriotas se pasaron de bando en Las Piedras. No comprendía que en las guerras, los poderosos ponen la riqueza y los pobres los muertos.
La ciudad protegida por muros de nueve  metros de altura  y seis de ancho, con cuatro bastiones rodeados por un foso y cincuenta cañones, resultaba inexpugnable para las fuerzas revolucionarias escasa de artillería. Bombardeaban la plaza de día con cañones y de noche con morteros, nada más que para hacer mella en el ánimo español. Sin abastecimientos de alimentos y agua, aparecieron enfermedades típicas de las poblaciones sitiadas. Para empeorar la situación, inquietaba la historia del brioso caballo que nadie comandaba y vociferaba improperios con voz femenina, frente a las murallas. Había oído hablar del estremecimiento, esa sensación comparada a la del fragor de la batalla ante los feroces alaridos de los infieles.
Sus mujeres causaban  miedo; peleaban y amaban con la misma desenvoltura. Gozaban de  una libertad singular, que no conocían las europeas. Unas verdaderas brujas, sólo parecidas a Juana de Arco, pensó, haciendo la señal de la cruz. Según otros soldados, una mujer con habilidad de hereje, amparada en la noche, montaba "en pelo" con un carcaj* a la espalda donde llevaba la guitarra y entonaba esos cantos agraviantes. Con antorchas trataban de localizar su procedencia y descubrían un caballo sin jinete que se alejaba al galope, porque se cubría colgada al costado del animal, como los indios. Decían los esclavos que se llamaba Victoria La Payadora.
Nunca había presenciado el extraño suceso. Hasta esa noche. Los acordes de una guitarra quebraron con brusquedad sus pensamientos, ya que nadie percibió su llegada.
"Cielo, los Reyes de España/ ¡la p... que eran traviesos/ Nos cristianaban al grito/ y nos robaban los pesos"..
La voz de Victoria, potente y desafiante, rondaba las murallas de la Fortaleza del Cerro.
"Cielito, cielo que sí/ guárdense su chocolate/ aquí somos Indios puros/ y sólo tomamos mate"...
Los sitiados respondieron con descargas y amenazas a las coplas insultantes. Cuando cesó el amplio repertorio, distinguieron entre las sombras propicias, un caballo veloz que se alejaba serpenteando hacia el campamento rebelde. Como si lo cabalgara el mismo diablo.
Los revolucionarios la vieron arribar radiante, mujer y caballo en bella y perfecta simbiosis. 
Victoria tenía la sonrisa ancha y lechosa, y los ojos felinos de los nativos oteadores de horizontes, que llameaban al entonar cielitos libertarios. La piel canela delataba ancestros de distintos colores y únicamente el cabello ondeado, que ostentaba largo y salvaje, señalaba la presencia europea.
Al cabo de casi tres siglos de conquista una nueva sociedad surgía en las tierras usurpadas, todavía no contaminada con el machismo de las doctrinas "civilizadas". Mujeres y hombres, se movían con igualdad, gracias a las costumbres nativas y africanas.
En la espléndida vaquería, el caballo, amo y señor absoluto de las praderas, un guerrero más, hermanaba gente huérfana y dispar.
En esa fraternidad de naturaleza indómita, se unieron en el desamparo y en la búsqueda de un lugar para soñar, el negro y la negra fugada, el negro libre que lucha por liberar a sus hermanos, el indio infiel o bautizado, el criollo pobre, el indio acriollado o agauchado, el negro aindiado, inmigrantes acriollados... A este mundo iletrado y descalzo, se incorporaban criollos y europeos intelectuales y revolucionarios. Y van amasando una utopía, ecos que viajan por los ríos peregrinos que surcan América, inundad praderas y cruzan cordilleras. Sólo hacía falta un hilo conductor. El prestigio de Artigas crecía, a la par de las ansias generalizadas de libertad.
Con el Hombre de los Sueños, comparten ilusiones, fatigas, peligros y traiciones.
Este fogón gaucho, multicultural, no deja afuera a la mujer de a caballo, combatiente y compañera.

 


 

3er. PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA LITERARIA INÉDITA 16º CONCURSO NACIONAL "MELBA PÍRIZ CORNALINO"
JURADO:
                 Escritora GRACIELA GENTA HORGALES
                 Profesor JORGE BAEZA
                 Investigador OSCAR MONTAÑO
 
HERMANOS EN ARMAS- Autor JOSÉ LUIS RONDÁN

Esta historia que contaré es poco conocida, desconozco el motivo por el cual casi ningún historiador dejara asentado el hecho de aquel enfrentamiento entre fuerzas blancas y coloradas que tuviera lugar en los pagos de Soriano, allí, recostadito al arroyo Corralito,  muy cerca del Río Negro; enfrentamiento por cuyas características debió haber sido colocado entre los de mayor relevancia, heroísmo y entrega en una conflagración que para desarrollarse, pidió a cambio las privaciones y sacrificios más acentuados de nuestros criollos, la desolación de la campaña, y resquebrajamiento de familias enteras.
Esta historia llegó a mí, de boca del abuelo Eustaquio, Sargento Eustaquio ROSAS, SABLE FIERO, como le gustaba que le llamaran, quien habitualmente, mientras compartíamos con la peonada una mate o un pedazo de asado, refería a las crudas vivencias de esos días de confrontación de la guerra del Cuatro.
Contaba el abuelo que por aquellos días habían estado cabalgando durante varias jornadas, procurando evadir a las fuerzas del Gobierno quienes los superaban en número y ostentaban el  nuevo armamento recientemente llegado de los Estados Unidos. La orden era evadirlos cuanto se pudiera, retardando el combate hasta recibir a la gente que venía desde el Norte.
Los caballos acusaban el cansancio de tantos días de marcha; el descanso tanto para las bestias como para los hombres había sido por demás escaso, además fueron unos días muy crudos. Durante la  noche el frío era intenso, el agua de la lluvia estropeaba las garras y el poco armamento del que disponían y como si ello fuera poco, salvo algún pedazo de carne seca, la cual se había guardado bajo la carona, no había nada más para comer.
El objetivo de la marcha los había llevado a dar vueltas en círculos como para no alejarse demasiado del lugar en que habían pactado encontrarse con las fuerzas del Coronel Carmelo Vilela. No pocas veces pasaban muy cerca de alguna estancia, pero la seguridad del grupo les impedía acercarse a ellas como para reponer caballadas o buscar alimentos, debiendo mantenerse a la sombra de los inhóspitos montes criollos.
El abuelo me contó que si bien lo intentaban a diario, cada día se hacía más difícil evadir a los exploradores del ejército gubernamental quienes los seguían de cerca presagiando por su destreza para el rastreo, un inminente choque.
Fue en agosto de 1904, era domingo y la mañana se había presentado vestida de gris, gris plomo como el porvenir de una tierra ensangrentada a consecuencia de tantas  luchas.
Las persistentes lluvias habían hecho crecer un arroyo que debían vadear como para no exponerse a campo abierto, por lo que para seguir adelante con el plan de reunirse con las fuerzas del Norte, debieron salir momentáneamente del resguardo del monte y al hacerlo, no poca fue la sorpresa de la columna cuando ante ellos, sobre una colina, de espaldas al río Uruguay, se recortaba la silueta del regimiento que tanto habían evitado encontrar. Un sinfín de lanzas y carabinas enarboladas contra el cielo decían de la determinación de aquellos hombres. Ellos también tenías sus órdenes, evitar la reunión de las fuerzas Blancas con los refrescos provenientes allende el Río Negro y de ser posible, anular el accionar de la columna del abuelo.
El jefe Colorado, sabiéndose en ventaja numérica y estratégica y que por la posición de ambas fuerzas, el combate era inevitable, envió un emisario, el que se acercó al galope, pidiendo entrevistarse con quien estaba al mando, proponiéndole la rendición a fin de evitar el derramamiento de sangre.
La propuesta no fue aceptada; a pesar del agotamiento, el grupo de hombres hizo saber su indeclinable voluntad de plantear pelea. Los caballos se arremolinaban, caracoleaban levantando nubes de polvo y barro mientras los jefes mandaban preparar las  lanzas, a desenvainar los sables; los corazones se aceleraban, los ceños se fruncían, los gritos de guerra y los puños atenazando las armas, anunciaban en el campo, la presencia de la muerte.
Narraba el abuelo con su voz ronca y sus manos como garfios cortando el aire, que imprevistamente un jinete se apartó del grupo, se adelantó a los jinetes nacionalistas y lanzando su caballo al galope se acercó al grupo gubernamental, proponiéndole al jefe batirse con su mejor jinete, quien saliera victorioso le daría la victoria a su grupo, evitando con ello tantas muertes inútiles.
No hubo tiempo para las dudas, no hubo tiempo para buscar el consenso ni pedir órdenes, de entre el regimiento del gobierno emergió otro gaucho bravo, de tez curtida por el tiempo y los trabajos rudos del campo, quien acercándose al gaucho nacionalista aceptó el desafío; casi sin  mirarlo, y juntos se dirigieron al centro de la pradera, a un punto entre ambas fuerzas.
El enfrentamiento no se hizo esperar, los sables chocaron con fuerza rompiendo con un sonido seco el expectante silencio generado entre los ejércitos. Cada uno desde su experiencia buscaba asestar el golpe que dejara fuera de combate a su oponente.
Por momentos se olían la transpiración, se escuchaban mutuamente el jadear y los resoplidos por la agitación, por momentos se apartaban uno del otro hasta llegar frente a sus ejércitos, se arremolinaban, tomaban distancia, blasfemaban y colocando el sable a  degüello embestían con furia; una vez, dos veces, tres, cuatro, en irracional determinación por dar muerte al desafiante.
Las embestidas feroces despertaban la admiración de todo el gauchaje, el que sin darse cuenta, había empezado a formar un gigantesco círculo entorno a los hombres en lucha. El interés por el desenlace del combate los había hecho olvidar que eran enemigos.
En ambos guerreros habían empezado a surgir aparte de innumerables hilos de roja sangre, de sangre igual, de sangre hermana, indiscutibles signos de porfiado agotamiento.
Sin ocultar la emoción por lo que narraba, el abuelo Eustaquio revivía aquel momento póstumo, donde agitándose entre la cornamenta de la cabeza de vacuno que usaba de asiento, aseveraba con sus manos encrespadas, que casi al final de  la pelea, el sable del jinete colorado había enfilado con determinación hacia el pecho demasiado expuesto, transpirado y sucio del jinete nacionalista, pero por cosas del destino su zaino tropezó, desequilibrando  embestida y jinete, rodando caballo y hombre.
La lucha sin cuartel pasó de las cabalgaduras al suelo; a los sables curvos de caballería, se unieron las letales boleadoras. La pelea por la supremacía era feroz, las puntas y los filos sedientos de sangre buscaban insistentes horadar la ropa, llegar a la piel embarrada, cortar el músculo tenso, hacerse de la fuerza vital de la sangre que bullía alocada por las venas hinchadas.
Las fuerzas menguaban, las embestidas ya no eran tan firmes; llevaban más de una hora de inflexible voluntad por eliminarse uno a otro. No fue un filo ni un puntazo quien terminó con la pelea, sino que fue una de las bolas lanzadas al aire sin mayor precisión, sólo por sacársela de arriba, porque molestaba para el uso del sable.
La piedra forrada de cuero de caballo, habiendo tomado gran velocidad en el lanzamiento, dio de lleno en la cara del gaucho del Gobierno; sus ojos se abrieron como para estallar, casi se salieron de sus órbitas. Su cuerpo se detuvo como paralizado, confundido, desorientado, deteniendo en el acto la embestida. Dejó caer sus armas, llevó sus manos a la cara las cuales prontamente se tiñeron de la sangre que brotaba de uno de los lados de la cabeza. Se postró aguardando el final de tan épico encuentro.
Entre penumbras vio a su contrincante acercarse con el sable en mano, cayó hacia uno de los lados; su pálida cara sumergida entre la gramilla, el barro y los cardos; esperaba el habitual degüello de aquellas épocas.
Era el fin.
El jinete nacionalista se arrodilló a su lado, lo tomó entre sus brazos, podría decirse que casi lo acunó.-¡Humberto! ¡Humberto!...¡Hermano, no tenía que terminar así! Arrimó su rostro sudoroso al del moribundo, empapándose de su sangre, llorando en silencio, jadeando y allí se quedó.
Cuando levantó la vista el ejército colorado ya no estaba, de su columna solo quedaban junto a él, tres  o cuatro aparceros, vecinos de sus pagos.
Ese tan triste como violento día quedaría grabado para siempre en su corazón; el día en que por la histórica contienda el mismo abuelo Eustaquio ROSAS, Sable Fiero, había salvado cientos de vidas de uno y otro bando, dando muerte a Humberto ROSAS, el bravo oponente en campos de Soriano.
Un mes después el caudillo blanco, Saravia, encontraría la muerte en campos de Masoller; el abuelo, según supe, escuchó la noticia meses después, estando en su casa del departamento de Treinta y Tres.

 

 

 

 

EXALTACIÓN AL GAUCHO- 1er. Premio Poesía Épica Literaria Inédita
Autor: FRANCISCO ANTONIO RODRÍGUEZ CORREA

Nació  en la oscura grieta de un tiempo y su memoria
La inmensa pampa virgen, la vaquería del amar.
Fueron los escenarios para su humilde historia:
Desjarretando reses o domando un bagual

El horizonte ancho de aquellas lejanías,
pintaron su furtiva sombra entre el pajonal.
Y al galopar del flete su poncho parecía
bandera redentora, blasón de libertad,

Su querencia: el camino, la soledad, el  monte.
Sus amigos: seis sueños y triste bordonear.
Cielitos, vidalitas, en la voz de la noche,
desangrando una pena doliente y montaraz.

Humilde indumentaria: calzoncillo, camisa,
poncho, bota de potro, llorona y chiripá.
Chambergo de ala corta, ajustando la vincha
y bajo el cinto ¡alerta! el filo del puñal.

¿Quién envidiaría la suerte del triste peregrino?
Sin amigos, ni amores ni causas que abrazar.
Sólo el monte le tiende las citas de las yaras,
Las fierezas del puma, las zarpas del jaguar.

Por eso, vive arisco. Perseguido y odiado.
Su vida es un martirio de errante trashumar.
Todos los horizontes le pialan el caballo,
y todos los caminos lo quieren embretar.

Hasta que un día la historia pone fin al calvario…
¡Relámpago en Asencio! ¡Diana de Libertad!
¡Grito de rebeldía transita hacia la gloria,
y en siembra bienhechora germina un ideal!.

Aurora americana alumbra al paisanaje.
Se clava en las conciencias lo mismo que un facón.
Hace cuña en las almas nazarenas filosas,
y en los labios se liba la luz de una canción,

Hasta los pajonales crisparon sus melenas.
Una palabra nueva surcó el alma oriental,
y en el silencio yermo de llanos y cuchillas,
el eco repetía: ¡Libertad…Libertad…!

Veintiocho de febrero de  mil ochocientos once:
un himno de grandeza la Banda estremeció.
Y aquél, otrora paria, temido bandolero,
al trabuco extranjero le puso el corazón.

Su sangre generosa, manantial sin medida.
Su brazo: chuza al cielo, bastión de libertad.
Su pecho, escudo al viento, entró en los entreveros
y en épicas batallas ganó la eternidad…

Bendito gaucho paria, changador, vagabundo,
contrabandista errante, matrero, truhán, ladrón!
Esta  patria de héroes con orgullosa historia,
se forjó con la sangre de vuestro corazón!

 

 

 

SENTIMIENTO ANCESTRAL- de NÉSTOR JULIO CABRERA RAMÍREZ
Tercer Premio Poesía Épica Literaria Inédita

Amanecí, con un tigre
acechando, en la mirada.
En el árbol del coraje
afiló sus fuertes garras,
y el torrente de la sangre
como impetuosa cascada,
lo impulsa contra la proa
de carabelas extrañas;
que el viento de los recuerdos
está orientando a mis  playas.

Un sexto sentido advierte
en medio de una maraña,
un sonido misterioso,
como el crujir de hojarasca;
y unos cómplices murmullos
que mezclan voces foráneas…
Son fantasmas del ayer
que vuelven buscando el alma,
de Senaqué, Tacuabé,
de Guyunusa y Vaimaca.

¡Pero el sol de la verdad
iluminó la comarca…!
despertando las conciencias
de un letargo de ignorancia.
Y si otra vez la traición
un SALSIPUEDES buscara,
erizados de  justicia,
ejércitos de palabras,
tocando clarín de alerta,
evitarían la emboscada.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 







   
 



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