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TESTIMONIOS DE NUESTRA IDENTIDAD
Por Nancy Ramos Boerr "fredda"

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TESTIMONIOS DE NUESTRA IDENTIDAD
Nancy Ramos Boerr “FREDDA”
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PREMIO GUYUNUSA- PRIMER PREMIO POESÍA ÉPICA LITERARIA INÉDITA CONCURSO ”Dr. PEDRO FREIRE”  año 2008
De ALBA ESTELA DE LOS SANTOS GONZÁLEZ:  “ROMANCE DE MUERTE Y GLORIA”
Jurado:
           ESCRITORA GENTA HORGALES
           PROFESORA DE HISTORIA MELBA PÍRIZ CORNALINO
           PROFESOR  JORGE BAEZA

"Raza", adscripción étnica y genética en Uruguay (Parte I)
Fuente: msan@fhuce.edu.uy

DÉCIMO SEGUNDO CONCURSO NACIONAL DE NARRARIVA HISTÓRICA Y POESÍA ÉPICA LITERARIA INÉDITA “DR. PEDRO FREIRE” AÑO 2009
JURADOS: ESCRITORA GRACIELA GENTA HORGALES
                    PROFESORA MELBA PÍRIZ CORNALINO
                    PROFESOR JORGE BAEZA
3ER. PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA de JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ MILÁN
“LOS DESERTORES DEL PASO DEL SOLDADO”

 

PRIMER PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA 13er. CONCURSO NACIONAL “DR. PEDRO FREIRE” Año 2010 - ÁNGEL CÉSAR GONZÁLEZ CATOIRA- “MÉDICO DE GUARDIA”
JURADO: ESCRITORA GRACIELA GENTA HORGALES-PROFESORA MELBA PÍRIZ CORNALINO - PROFESOR JORGE BAEZA

En forma de reconocimiento a quien no gustaba de los homenajes y se fue como vivió: humildemente y en silencio. A quien trató  la historia con respeto y fidelidad al documento. A quien fuera cuestionado hasta por sus propios pares por el interés en sus estudios sobre los Charrúas,  y en nombre de todos aquellos que de una forma u otra admiramos y respetamos su trabajo; desde este espacio en la Revista Raíces, vamos a ir compartiendo  documentación de Don EDUARDO ACOSTA Y LARA en LA GUERRA DE LOS CHARRÚAS.


3er. PREMIO NARRATIVA HISTÓRICA LITERARIA INÉDITA 16º CONCURSO NACIONAL "MELBA PÍRIZ CORNALINO"
JURADO:
                 Escritora GRACIELA GENTA HORGALES
                 Profesor JORGE BAEZA
                 Investigador OSCAR MONTAÑO
 
HERMANOS EN ARMAS- Autor JOSÉ LUIS RONDÁN

Esta historia que contaré es poco conocida, desconozco el motivo por el cual casi ningún historiador dejara asentado el hecho de aquel enfrentamiento entre fuerzas blancas y coloradas que tuviera lugar en los pagos de Soriano, allí, recostadito al arroyo Corralito,  muy cerca del Río Negro; enfrentamiento por cuyas características debió haber sido colocado entre los de mayor relevancia, heroísmo y entrega en una conflagración que para desarrollarse, pidió a cambio las privaciones y sacrificios más acentuados de nuestros criollos, la desolación de la campaña, y resquebrajamiento de familias enteras.
Esta historia llegó a mí, de boca del abuelo Eustaquio, Sargento Eustaquio ROSAS, SABLE FIERO, como le gustaba que le llamaran, quien habitualmente, mientras compartíamos con la peonada una mate o un pedazo de asado, refería a las crudas vivencias de esos días de confrontación de la guerra del Cuatro.
Contaba el abuelo que por aquellos días habían estado cabalgando durante varias jornadas, procurando evadir a las fuerzas del Gobierno quienes los superaban en número y ostentaban el  nuevo armamento recientemente llegado de los Estados Unidos. La orden era evadirlos cuanto se pudiera, retardando el combate hasta recibir a la gente que venía desde el Norte.
Los caballos acusaban el cansancio de tantos días de marcha; el descanso tanto para las bestias como para los hombres había sido por demás escaso, además fueron unos días muy crudos. Durante la  noche el frío era intenso, el agua de la lluvia estropeaba las garras y el poco armamento del que disponían y como si ello fuera poco, salvo algún pedazo de carne seca, la cual se había guardado bajo la carona, no había nada más para comer.
El objetivo de la marcha los había llevado a dar vueltas en círculos como para no alejarse demasiado del lugar en que habían pactado encontrarse con las fuerzas del Coronel Carmelo Vilela. No pocas veces pasaban muy cerca de alguna estancia, pero la seguridad del grupo les impedía acercarse a ellas como para reponer caballadas o buscar alimentos, debiendo mantenerse a la sombra de los inhóspitos montes criollos.
El abuelo me contó que si bien lo intentaban a diario, cada día se hacía más difícil evadir a los exploradores del ejército gubernamental quienes los seguían de cerca presagiando por su destreza para el rastreo, un inminente choque.
Fue en agosto de 1904, era domingo y la mañana se había presentado vestida de gris, gris plomo como el porvenir de una tierra ensangrentada a consecuencia de tantas  luchas.
Las persistentes lluvias habían hecho crecer un arroyo que debían vadear como para no exponerse a campo abierto, por lo que para seguir adelante con el plan de reunirse con las fuerzas del Norte, debieron salir momentáneamente del resguardo del monte y al hacerlo, no poca fue la sorpresa de la columna cuando ante ellos, sobre una colina, de espaldas al río Uruguay, se recortaba la silueta del regimiento que tanto habían evitado encontrar. Un sinfín de lanzas y carabinas enarboladas contra el cielo decían de la determinación de aquellos hombres. Ellos también tenías sus órdenes, evitar la reunión de las fuerzas Blancas con los refrescos provenientes allende el Río Negro y de ser posible, anular el accionar de la columna del abuelo.
El jefe Colorado, sabiéndose en ventaja numérica y estratégica y que por la posición de ambas fuerzas, el combate era inevitable, envió un emisario, el que se acercó al galope, pidiendo entrevistarse con quien estaba al mando, proponiéndole la rendición a fin de evitar el derramamiento de sangre.
La propuesta no fue aceptada; a pesar del agotamiento, el grupo de hombres hizo saber su indeclinable voluntad de plantear pelea. Los caballos se arremolinaban, caracoleaban levantando nubes de polvo y barro mientras los jefes mandaban preparar las  lanzas, a desenvainar los sables; los corazones se aceleraban, los ceños se fruncían, los gritos de guerra y los puños atenazando las armas, anunciaban en el campo, la presencia de la muerte.
Narraba el abuelo con su voz ronca y sus manos como garfios cortando el aire, que imprevistamente un jinete se apartó del grupo, se adelantó a los jinetes nacionalistas y lanzando su caballo al galope se acercó al grupo gubernamental, proponiéndole al jefe batirse con su mejor jinete, quien saliera victorioso le daría la victoria a su grupo, evitando con ello tantas muertes inútiles.
No hubo tiempo para las dudas, no hubo tiempo para buscar el consenso ni pedir órdenes, de entre el regimiento del gobierno emergió otro gaucho bravo, de tez curtida por el tiempo y los trabajos rudos del campo, quien acercándose al gaucho nacionalista aceptó el desafío; casi sin  mirarlo, y juntos se dirigieron al centro de la pradera, a un punto entre ambas fuerzas.
El enfrentamiento no se hizo esperar, los sables chocaron con fuerza rompiendo con un sonido seco el expectante silencio generado entre los ejércitos. Cada uno desde su experiencia buscaba asestar el golpe que dejara fuera de combate a su oponente.
Por momentos se olían la transpiración, se escuchaban mutuamente el jadear y los resoplidos por la agitación, por momentos se apartaban uno del otro hasta llegar frente a sus ejércitos, se arremolinaban, tomaban distancia, blasfemaban y colocando el sable a  degüello embestían con furia; una vez, dos veces, tres, cuatro, en irracional determinación por dar muerte al desafiante.
Las embestidas feroces despertaban la admiración de todo el gauchaje, el que sin darse cuenta, había empezado a formar un gigantesco círculo entorno a los hombres en lucha. El interés por el desenlace del combate los había hecho olvidar que eran enemigos.
En ambos guerreros habían empezado a surgir aparte de innumerables hilos de roja sangre, de sangre igual, de sangre hermana, indiscutibles signos de porfiado agotamiento.
Sin ocultar la emoción por lo que narraba, el abuelo Eustaquio revivía aquel momento póstumo, donde agitándose entre la cornamenta de la cabeza de vacuno que usaba de asiento, aseveraba con sus manos encrespadas, que casi al final de  la pelea, el sable del jinete colorado había enfilado con determinación hacia el pecho demasiado expuesto, transpirado y sucio del jinete nacionalista, pero por cosas del destino su zaino tropezó, desequilibrando  embestida y jinete, rodando caballo y hombre.
La lucha sin cuartel pasó de las cabalgaduras al suelo; a los sables curvos de caballería, se unieron las letales boleadoras. La pelea por la supremacía era feroz, las puntas y los filos sedientos de sangre buscaban insistentes horadar la ropa, llegar a la piel embarrada, cortar el músculo tenso, hacerse de la fuerza vital de la sangre que bullía alocada por las venas hinchadas.
Las fuerzas menguaban, las embestidas ya no eran tan firmes; llevaban más de una hora de inflexible voluntad por eliminarse uno a otro. No fue un filo ni un puntazo quien terminó con la pelea, sino que fue una de las bolas lanzadas al aire sin mayor precisión, sólo por sacársela de arriba, porque molestaba para el uso del sable.
La piedra forrada de cuero de caballo, habiendo tomado gran velocidad en el lanzamiento, dio de lleno en la cara del gaucho del Gobierno; sus ojos se abrieron como para estallar, casi se salieron de sus órbitas. Su cuerpo se detuvo como paralizado, confundido, desorientado, deteniendo en el acto la embestida. Dejó caer sus armas, llevó sus manos a la cara las cuales prontamente se tiñeron de la sangre que brotaba de uno de los lados de la cabeza. Se postró aguardando el final de tan épico encuentro.
Entre penumbras vio a su contrincante acercarse con el sable en mano, cayó hacia uno de los lados; su pálida cara sumergida entre la gramilla, el barro y los cardos; esperaba el habitual degüello de aquellas épocas.
Era el fin.
El jinete nacionalista se arrodilló a su lado, lo tomó entre sus brazos, podría decirse que casi lo acunó.-¡Humberto! ¡Humberto!...¡Hermano, no tenía que terminar así! Arrimó su rostro sudoroso al del moribundo, empapándose de su sangre, llorando en silencio, jadeando y allí se quedó.
Cuando levantó la vista el ejército colorado ya no estaba, de su columna solo quedaban junto a él, tres  o cuatro aparceros, vecinos de sus pagos.
Ese tan triste como violento día quedaría grabado para siempre en su corazón; el día en que por la histórica contienda el mismo abuelo Eustaquio ROSAS, Sable Fiero, había salvado cientos de vidas de uno y otro bando, dando muerte a Humberto ROSAS, el bravo oponente en campos de Soriano.
Un mes después el caudillo blanco, Saravia, encontraría la muerte en campos de Masoller; el abuelo, según supe, escuchó la noticia meses después, estando en su casa del departamento de Treinta y Tres.

 

 

 

 

EXALTACIÓN AL GAUCHO- 1er. Premio Poesía Épica Literaria Inédita
Autor: FRANCISCO ANTONIO RODRÍGUEZ CORREA

Nació  en la oscura grieta de un tiempo y su memoria
La inmensa pampa virgen, la vaquería del amar.
Fueron los escenarios para su humilde historia:
Desjarretando reses o domando un bagual

El horizonte ancho de aquellas lejanías,
pintaron su furtiva sombra entre el pajonal.
Y al galopar del flete su poncho parecía
bandera redentora, blasón de libertad,

Su querencia: el camino, la soledad, el  monte.
Sus amigos: seis sueños y triste bordonear.
Cielitos, vidalitas, en la voz de la noche,
desangrando una pena doliente y montaraz.

Humilde indumentaria: calzoncillo, camisa,
poncho, bota de potro, llorona y chiripá.
Chambergo de ala corta, ajustando la vincha
y bajo el cinto ¡alerta! el filo del puñal.

¿Quién envidiaría la suerte del triste peregrino?
Sin amigos, ni amores ni causas que abrazar.
Sólo el monte le tiende las citas de las yaras,
Las fierezas del puma, las zarpas del jaguar.

Por eso, vive arisco. Perseguido y odiado.
Su vida es un martirio de errante trashumar.
Todos los horizontes le pialan el caballo,
y todos los caminos lo quieren embretar.

Hasta que un día la historia pone fin al calvario…
¡Relámpago en Asencio! ¡Diana de Libertad!
¡Grito de rebeldía transita hacia la gloria,
y en siembra bienhechora germina un ideal!.

Aurora americana alumbra al paisanaje.
Se clava en las conciencias lo mismo que un facón.
Hace cuña en las almas nazarenas filosas,
y en los labios se liba la luz de una canción,

Hasta los pajonales crisparon sus melenas.
Una palabra nueva surcó el alma oriental,
y en el silencio yermo de llanos y cuchillas,
el eco repetía: ¡Libertad…Libertad…!

Veintiocho de febrero de  mil ochocientos once:
un himno de grandeza la Banda estremeció.
Y aquél, otrora paria, temido bandolero,
al trabuco extranjero le puso el corazón.

Su sangre generosa, manantial sin medida.
Su brazo: chuza al cielo, bastión de libertad.
Su pecho, escudo al viento, entró en los entreveros
y en épicas batallas ganó la eternidad…

Bendito gaucho paria, changador, vagabundo,
contrabandista errante, matrero, truhán, ladrón!
Esta  patria de héroes con orgullosa historia,
se forjó con la sangre de vuestro corazón!

 

 

 

SENTIMIENTO ANCESTRAL- de NÉSTOR JULIO CABRERA RAMÍREZ
Tercer Premio Poesía Épica Literaria Inédita

Amanecí, con un tigre
acechando, en la mirada.
En el árbol del coraje
afiló sus fuertes garras,
y el torrente de la sangre
como impetuosa cascada,
lo impulsa contra la proa
de carabelas extrañas;
que el viento de los recuerdos
está orientando a mis  playas.

Un sexto sentido advierte
en medio de una maraña,
un sonido misterioso,
como el crujir de hojarasca;
y unos cómplices murmullos
que mezclan voces foráneas…
Son fantasmas del ayer
que vuelven buscando el alma,
de Senaqué, Tacuabé,
de Guyunusa y Vaimaca.

¡Pero el sol de la verdad
iluminó la comarca…!
despertando las conciencias
de un letargo de ignorancia.
Y si otra vez la traición
un SALSIPUEDES buscara,
erizados de  justicia,
ejércitos de palabras,
tocando clarín de alerta,
evitarían la emboscada.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 







   
 



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