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BOULEVARD SARANDÍ
Por. Milton Schinca

   
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Chorros en la noche colonial (y otras acechanzas)

Había que ser muy temerario para aventurarse fuera de las casas durante las noches montevideanas de comienzos de la Colonia. Si la esquiva Luna no tenía a bien asomarse aunque fuera entre nubes, la oscuridad era completa y sepulcral, por cuanto no existía el más mínimo sistema de iluminación por rudimentario que fuera. Aquél que se atreviera a salir a la calle en medio de tamañas tinieblas, se arriesgaba, como es natural, a un sinnúmero de contratiempos, que a veces le caían encima sumados y como en rosario. La primera desventura, y la de menor cuantía, era el vulgar tropezón, en aquellas veredas que no eran tales, sino una sucesión de zanjas, baches, charcos, barreales, dispuestos desordenadamente y sin señalización alguna. Pero si llegara a haber algún viandante que tuviera la suerte de no tropezar, era casi seguro que en cambio resbalaría, cayendo de lleno sobre un charco fétido o un barreal infecto, con lo cual quedaba inhabilitado para presentarse con semejante facha en la tertulia a la que se dirigía, invitado por alguna familia copetuda a la que había pensado deslumbrar con su porte y elegancia intachables... (si es que el desdichado no se encaminaba más bien a su visita semanal de novio flamante, desventura que ocurría con pérfida frecuencia). A veces se tenía la suerte de contar con la colaboración de los oficiosos pulperos, que para facilitar los desplazamientos de sus eventuales clientes, colocaban de tanto en tanto pedazos de tablones, ladrillos o voluminosos bloques de piedras, con los que lograban construir lo que se llamaba un “paso”, esto es, una especie de puente precario y casi siempre movedizo, donde podía aventurar su pie y hacer equilibrio el que tuviera necesidad de avanzar a pesar de las tinieblas. Pero supongamos que teníamos la suerte de no tropezar ni de resbalar ni de rodar ni de encharcarnos (lo que es mucho suponer). No por eso ganábamos mucho, porque bien podía ocurrir que en lo mejor de nuestro recorrido, nos cayera una lluvia formal desde el techo de alguna casa: un grueso chorro nos dejaba bañados y otra vez impresentables. Es que el desagüe de los techos caía sin ningún miramiento sobre las veredas desde tres metros de altura, con lo cual nuestra bella figura quedaba otra vez arruinada con aquella ducha inclemente con la que por cierto no habíamos contado. 15 Pero no terminaban aquí las vicisitudes del sobresaltado caminar en la noche. También podía ocurrirnos que, por no ver por dónde andábamos, chocáramos de lleno con alguna reja saliente que nos estropeaba la figura, cuando no la anatomía. Y ello porque los constructores de casas habían puesto de moda unas rejas sobresalientes que eran verdaderos armatostes, y que solían llevarse hasta 30 centímetros fuera de la línea de edificación. Y no se piense que el impacto de aquellas colisiones era de poca monta. A un montevideano, un golpe de éstos lo dejó manco para toda la vida. Y a una bella vecina le sacó un ojo que era un primor. El manco y la tuerta, coaligados, se presentaron ante el Cabildo reclamando una indemnización por su desdicha, y exigiendo una fuerte multa como sanción a los propietarios; demandas que les fueron concedidas (aunque se ignora si estas rejas asesinas fueron prohibidas en lo sucesivo). Para completar el cuadro de aquellas idílicas noches coloniales, debe agregarse la posibilidad perfectamente cierta de que algún maleante nos saliera al cruce y nos robara todo lo que llevábamos encima, amén de obsequiarnos con una soberana paliza. ¿Pero es que no había policía en aquellos tiempos? No, justamente: ni la sombra de un policía o de un sereno que brindaran la más mínima protección al vecindario. Pero téngase en cuenta que hablamos de los días coloniales de los comienzos: no pasará demasiado tiempo antes de que alguna autoridad organizada tome cartas en el asunto. Así que en aquel principio lo único sensato era recogerse en casita no bien se escondía el sol, vistas las tantas malandanzas que nos aguardaban puertas afuera. Profesión de hidalgos: dormir

Enterramientos en las noches montevideanas

No suele recordarse esta sobrecogedora costumbre que imperó en Montevideo en los primeros tiempos coloniales: trasladar a los muertos en su ataúd durante la noche. Sus deudos lo cargaban al hombro, y allegados y amigos del difunto marchaban en procesión portando faroles y antorchas encendidos. Así, en terrible silencio, iban recorriendo las calles desiertas, saludados por los escasos transeúntes, que con la mayor reverencia se hacían la señal de la cruz al paso del solemne cortejo. Se encaminaba éste hasta la Iglesia Matriz, y allí tenían lugar los oficios fúnebres y la misa de cuerpo presente. Luego el ataúd quedaba en el depósito de la Matriz, donde recibía sepultura religiosa. Cuatro reales costaba el permiso de enterramiento. Concluida la ceremonia, nos topamos con otra costumbre que tampoco aceptará fácilmente nuestra sensibilidad: el cortejo retornaba en procesión a la casa mortuoria, para hacer lo que se llamaba “despedir el duelo”. Consistía éste en pasar reunidos los concurrentes hasta las más altas horas de la noche, en torno a un rico chocolate con bizcochos...

 

 

MEMORIA DE LA CALLA BRECHA

Todo es memoria en la actual calle Brecha: una de las últimas que conserva algo de los aires del Bajo famoso. Las paredes descascaradas, el añoso estilo de algunas casas que aún sobreviven, los tablones desgastados en el piso de algún vetusto almacén. Todo compone un testimonio mortecino de que el Bajo estuvo allí ; de que por esa calle circularon francesas perfumadas, próceres a escondidas, la hosquedad del malevo con su faca pronta, músicos de buena y mala laya; en fin, la fauna consabida. Pero nada en Brecha recuera “lo otro” ; el episodio atroz que le da nombre , y que subyace tras la escenografía de aquel crapuloso pasado más reciente. Nadie diría, en efecto , que un siglo antes del Bajo, ocurrió allí el hecho de sangre más espantoso , la masacre más cruenta y feroz, de toda la historia montevideana. Allí mismo, sobre el enlosado hoy apacible de esa calle en Diagonal, cortita y huraña. Un inglés relató con insuperable vividez el episodio guerrero, Juan Paris Robertson era uno de los tantos súbditos británicos que, cuando las invasiones, aguardaba en una nave fondeada ante nuestro puerto, junto a cien embarcaciones más, el momento en que nuestra Plaza cayera, para abatirse sobre ella en busca de buenos negocios. Extraigo los pasajes más coloridos de la narración. “Oíamos el estampido del cañón y veíamos las baterías que arrojaban balas y granadas mortíferas sobre las casas de los atemorizados habitantes. En el puerto se veían botes atareados, yendo de un barco a otro; se veían bergantines de guerra navegando cerca de las murallas y bombardeando la ciudadela. Los cañones eran dirigidos con certera puntería a la parte de la fortificación elegida para abrir brecha ; y el mortero descargaba en la parábola mortífera sus bombas destructoras.” “Miles de espectadores escudriñaban desde los barcos el efecto producido por cada granada en la ciudad y por cada bala en la brecha. Las frecuentes salidas de las tropas sitiadas y  los rechazos que invariablemente sufrían, daban animado pero nervioso interés al espectáculo.” “Una mañana, por fin, antes del alba, el trozo de muralla en que estaba la inminente brecha mortal, fue envuelto, como se vio desde los buques, en una poderosa conflagración. El estampido del cañón era incesante y la atmósfera una densa masa de humo impregnada de olor a pólvora. Percibíamos, con auxilio de anteojos nocturnos, y del fogonazo de los cañones, que se desarrollaba una lucha a muerte en las murallas”. “Después se produjo una pausa tremenda , una tristeza profunda y solemne. La carnicería tocó a su fin ; y luego la aurora nos dejó ver la bandera británica desplegada y flameando orgullosa sobre los bastiones. Un grito triunfal simultáneo se elevó de la flota entera ; y miles que habían estado ayer suspendidos entre la duda y el temor, volvieron a dar libertad ilimitada a la perspectiva del feliz y próspero resultado de su empresa”. “Desembarcamos aquel día para encontrar que nuestras tropas estaban en completa posesión de la plaza. ¡Qué espectáculo de desolación y miseria se presentaba a nuestros ojos! La carnicería había sido terrible, en proporción al valor desplegado por los españoles y al valiente e irresistible empuje con que las masas fueron dominadas y los cañones silenciados por el inglés”. “Montones de heridos, muertos y moribundos se veían por doquier , y a cada paso encontrábamos literas llevando pacientes a los distintos hospitales e iglesias. Se podía ver, aquí, a la hermana infeliz buscando desesperada a su hermano; y allí la viuda abandonada en busca del marido. Después de cerciorarse de que no estaban entre los vivos, procuraban tributarles  con la solemnidad con la solemnidad conveniente, los últimos rezos”. “Un mero campo de batalla no puede contener la mitad de los horrores de una ciudad tomada por asalto. En este caso, el dormitorio conyugal y el círculo de familia están igualmente expuestos a la violencia; los parientes más cercanos, los amigos más queridos son separados por la espada de la muerte en presencia unos de otros; mientras para aumentar el horror del espectáculo, la lascivia, el pillaje y la ebriedad adquieren dominio sin control en los corazones recios de los vencedores. Tales espectáculos, aunque no pudieron evitarse del todo, fueron relativamente escasos en la toma de Montevideo”. Hasta aquí muy extractado , el relato del Robertson. Después de releerlo, si volvemos a pasar por la calle Brecha, ya no serán los fantasmas del Bajo los que vendrán a encontrarnos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un Montevideo con prejuicios sociales... y raciales

Los primeros tres años de la vida montevideana transcurrieron sin ninguna autoridad civil que rigiera su existencia. Nuestra ciudad no pasaba de ser entonces una precaria aglomeración de casuchas rudimentarias y endebles, con algo de campamento. Los rústicos pobladores de aquellos inicios llevaban una vida por demás sencilla y muy escasamente atenida a normas prestablecidas de convivencia y sociabilidad. Fue el fundador, don Bruno Mauricio de Zabala, quien consideró que aquel estado de cosas no era el más deseable para el poblamiento que él mismo echara a andar tres años antes, cuando debió fundar Montevideo acatando sin nuevas dilaciones las perentorias exigencias del rey de España. Pero se diría que Zabala, por más que demoró tanto la fundación, se sintió después apegado a los destinos del incipiente poblado que había dado a la vida, y procuró velar por él y por el bienestar de sus habitantes. Su primera preocupación fue entonces dar nacimiento a alguna forma de órgano público que rigiera los destinos del núcleo radicado en nuestra península; y entendió que debían ser los propios pobladores quienes lo integraran, haciéndose ellos mismos responsables de la marcha de los asuntos de interés común. Así, el 20 de diciembre de 1729 Zabala labra un acta creando un Cabildo, que sería, pues, histórico por ser la primera autoridad oficial que rigió los destinos de Montevideo. Pero Zabala entendió que no cualquiera podía ser llamado a formar parte de aquel órgano de tanta significación: los candidatos debían reunir varios requisitos, algunos de los cuales hoy nos chocan, ciertamente. En efecto, los vecinos que integraran aquel primer Cabildo debían ser –establece textualmente el acta– “personas las más beneméritas, de buenas costumbres, opinión y fama, que no fueran inferiores ni tuvieran raza alguna de morisco, judío ni mulato”. Como se ve, en tan escasos tres renglones aparecen estampados dos conceptos fuertemente discriminatorios: el de discriminación social (“que no fueran inferiores”), y el de discriminación racial (“ni tuvieran raza alguna de morisco, judío ni mulato”). En cuanto a estos prejuicios raciales, no podemos dejar de asombrarnos de su persistencia, si pensamos que habían transcurrido cerca de tres siglos de las persecuciones a moros y judíos en la España de la Reconquista...


Pocos días después, el 1ro. de enero de 1730, el mismo Zabala inviste de su autoridad a los nuevos cabildantes recién elegidos. El importante cargo de Alcalde de Primer Voto le fue adjudicado a uno de los vecinos llegados de las islas Canarias: José de Vera Perdomo. Otros tres también canarios fueron nombrados Alcalde de Segundo Voto, Alguacil Mayor y Alférez Real. Pero hubo también algunos fundadores provenientes de Buenos Aires: el Alcalde Provincial, el Regidor y Depositario General, el Regidor Fiel Ejecutor y el Alcalde de la Santa Hermandad. (Este último nos toca mucho más de cerca, por cuanto fue ocupado por el soldado zaragozano Juan Antonio Artigas, abuelo de nuestro prócer). Zabala en persona les tomó a los elegidos el juramento de rigor y les dio posesión de sus cargos con la mayor solemnidad. Y tuvo, además, un rasgo de generosidad que acaso obedezca a un sentimiento paternalista: vista la pobreza de nuestra ciudad recién creada, Zabala eximió provisoriamente a Montevideo de pagarle a la Corona contribuciones ni cargos de ningún tipo. Y así se echó a andar este primer gobierno que tuvo Montevideo, impoluto para los prejuicios de la época, en cuanto estuvo integrado por vecinos no inferiores socialmente, y sin gota de moro, judío o mulato...

 

 

 

 





   
 


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