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BOULEVARD SARANDÍ
Por. Milton Schinca

   
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Un Montevideo con prejuicios sociales... y raciales

Los primeros tres años de la vida montevideana transcurrieron sin ninguna autoridad civil que rigiera su existencia. Nuestra ciudad no pasaba de ser entonces una precaria aglomeración de casuchas rudimentarias y endebles, con algo de campamento. Los rústicos pobladores de aquellos inicios llevaban una vida por demás sencilla y muy escasamente atenida a normas prestablecidas de convivencia y sociabilidad. Fue el fundador, don Bruno Mauricio de Zabala, quien consideró que aquel estado de cosas no era el más deseable para el poblamiento que él mismo echara a andar tres años antes, cuando debió fundar Montevideo acatando sin nuevas dilaciones las perentorias exigencias del rey de España. Pero se diría que Zabala, por más que demoró tanto la fundación, se sintió después apegado a los destinos del incipiente poblado que había dado a la vida, y procuró velar por él y por el bienestar de sus habitantes. Su primera preocupación fue entonces dar nacimiento a alguna forma de órgano público que rigiera los destinos del núcleo radicado en nuestra península; y entendió que debían ser los propios pobladores quienes lo integraran, haciéndose ellos mismos responsables de la marcha de los asuntos de interés común. Así, el 20 de diciembre de 1729 Zabala labra un acta creando un Cabildo, que sería, pues, histórico por ser la primera autoridad oficial que rigió los destinos de Montevideo. Pero Zabala entendió que no cualquiera podía ser llamado a formar parte de aquel órgano de tanta significación: los candidatos debían reunir varios requisitos, algunos de los cuales hoy nos chocan, ciertamente. En efecto, los vecinos que integraran aquel primer Cabildo debían ser –establece textualmente el acta– “personas las más beneméritas, de buenas costumbres, opinión y fama, que no fueran inferiores ni tuvieran raza alguna de morisco, judío ni mulato”. Como se ve, en tan escasos tres renglones aparecen estampados dos conceptos fuertemente discriminatorios: el de discriminación social (“que no fueran inferiores”), y el de discriminación racial (“ni tuvieran raza alguna de morisco, judío ni mulato”). En cuanto a estos prejuicios raciales, no podemos dejar de asombrarnos de su persistencia, si pensamos que habían transcurrido cerca de tres siglos de las persecuciones a moros y judíos en la España de la Reconquista...


Pocos días después, el 1ro. de enero de 1730, el mismo Zabala inviste de su autoridad a los nuevos cabildantes recién elegidos. El importante cargo de Alcalde de Primer Voto le fue adjudicado a uno de los vecinos llegados de las islas Canarias: José de Vera Perdomo. Otros tres también canarios fueron nombrados Alcalde de Segundo Voto, Alguacil Mayor y Alférez Real. Pero hubo también algunos fundadores provenientes de Buenos Aires: el Alcalde Provincial, el Regidor y Depositario General, el Regidor Fiel Ejecutor y el Alcalde de la Santa Hermandad. (Este último nos toca mucho más de cerca, por cuanto fue ocupado por el soldado zaragozano Juan Antonio Artigas, abuelo de nuestro prócer). Zabala en persona les tomó a los elegidos el juramento de rigor y les dio posesión de sus cargos con la mayor solemnidad. Y tuvo, además, un rasgo de generosidad que acaso obedezca a un sentimiento paternalista: vista la pobreza de nuestra ciudad recién creada, Zabala eximió provisoriamente a Montevideo de pagarle a la Corona contribuciones ni cargos de ningún tipo. Y así se echó a andar este primer gobierno que tuvo Montevideo, impoluto para los prejuicios de la época, en cuanto estuvo integrado por vecinos no inferiores socialmente, y sin gota de moro, judío o mulato...

 

 

 

 





   
 


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