linea horiz
LA REVISTA - PUBLICACIONES ANTERIORES - ARTÍCULOS DEL MES - MANDA UN ARTÍCULO - VÍNCULOS - DESTACADOS - CONTACTO - APOYAN - INICIO

 

articulos

 

 

 

 


   

PERSONAJES DE MI PUEBLO
por. Emilio Carlos Tacconi

   
linea  

 

Los Viejos Carnavales de Peñarol. (Primera Parte)

Los carnavales abuelos de Peñarol…Setentones. Gloriosos.
Inolvidables, como todas las cosas bellas de la infancia.
Si los muros del Centro Artesano hablaran de las fiestas de Momo, sus palabras equivaldrían a una página de Isidoro de María, de añejo sabor mundano, exaltando el colorido y la gracia de aquellos divertidísimos bailes de máscaras, de resonante fama lugareña – aún recordados con nostalgia por más de un patriarcal sobreviviente – que dieron lustre y esplendor a la institución organizadora, al punto de que la Empresa del Ferrocarril fletaba – casi siempre con pasajes agotados – un tren expreso de Central a Peñarol, para facilitar la concurrencia del público montevideano.

¡Qué “lanceros” y qué “cuadrillas”! ¡Qué esbeltez de parejas! ¡Y qué gusto para lucir figurines! Como aquel disfraz de “galesa”, por ejemplo, con que Gwendoline Davies obtuvo el primer premio. Siempre se dijo que Gweny parecía un cuadro de Gainsborough.
Y aquel otro con que la bella incógnita que lo vestía ganó el segundo premio, porque en el pecho le había bordado primorosamente los compases del vals “Iris” …Signos de una época, de una generación, de un estilo de vida.

Eso ocurría bajo techo, el local cerrado, como en familia; no a media luz, como en el difundido tango de Lenzi y Donato, sino al máximo de encendido de las lámparas incandescentes.
En la calle y a la luz del día, el panorama era otro. Más bullicioso, más popular. Desbordante de alegría, de carcajadas, de músicas, de brincos y piruetas.

-Baila, baila, Margarito.

Y el inefable oso de arpillera, con su collar de cascabeles, traspirando a mares bajo el sol quemante de estío, danza y danza en dos patas, al son del pandero gitano, contento de hacer las delicias de chicos y grandes, como los animales amaestrados lo hacen en las arenas del circo. Allá, una máscara suelta, de traje chillón y voz más chillona aún, descarga su batería de chispeantes alusiones vecinales, a conocidos y amigos, que le forman corro y le festejan alborozadamente las graciosas ocurrencias. Y la risa estalla en carcajada, cuando alguien detecta la identidad del personaje, encubierto bajo la careta de grotescos perfiles bigotudos.

-Uy, te conozco, mascarita. Yo lo conozco. Es el inglés Johny, Jonhy Dull.

Murga bulliciosa de chiquilines pintarrajeados, enarbolando un judas por estandarte y golpeando latas y cacerolas – como si fueran instrumentos musicales de percusión – aturden los oídos del vecindario y le malogran la bienaventuranza de la siesta.

Desaparece la farándula de tachos abollados y asoman a las veredas las niñitas preparadas, por la ternura materna, para la matinée bailable. Unas de “aldeanas”, con el típico vestido y un manojo de espigas. Otras de “holandesas” , de lo más coquetonas, con las capotitas, y los zuecos de rigor. Aquí una de “colombina” de diez años, bellísima, acapara simpatías. Cerca de ella suscita curiosidad un pequeño “piel roja” , con vincha de plumas, ensayando puntería con las flechas de su arco. Ahora nos copa la pupila una parejita gaucha: la “china” , de trenzas renegridas y pollera roja; 2l “hombre” , de chiripá y facón en la cintura. El cuadro se completa con la presencia de algunas de las madres, que resplandecen de gozo cuando la cortesía del transeúnte suelta un elogio para el modelo del disfraz infantil…

 

 

 





   
 


PÁGINAS AMIGAS