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GLORIAS DEPORTIVAS

Obdulio Varela, el prócer que hizo escuela y prefirió el anonimato.
Por. Camilo Francka


   
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obdulio

 

El delantero brasileño Friaça convierte el primer gol de la final del Mundial de 1950. Obdulio Jacinto Varela, el capitán uruguayo, saca la pelota del arco vencido, la guarda entre su brazo derecho y su cuerpo y camina lentamente hacia la posición del árbitro inglés. Son segundos que valen horas, días, años. Mientras festejan, los hinchas locales, tiburones que ven sangre y quieren más, lo insultan, le reclaman que deje el balón para que continúe la fiesta. Si de pibe su escuela fue la calle, hijo de una familia pobre y que contando cada integrante le daba para armar un equipo de fútbol con suplentes, ¿cómo no iba a cargarse sobre sus hombros a más de 150 mil fieras? Reclama una presunta posición adelantada de Friaça, pero la puesta en escena remonta al potrero del barrio La Teja, donde entre la tierra se forjó el carácter de un hombre que sin darse cuenta escribe una leyenda que será impermeable al paso del tiempo: hay que enfriar el partido, demorar la reanudación, impedir que esa máquina de jugar al fútbol continúe la demolición.
Casi dos minutos después de la conquista de Friaça, el partido sigue su curso. El resto es historia conocida: Uruguay gana 2-1 y le da vida al Maracanazo. Es el Edén de un plantel que emerge desde el barro. El cielo es celeste, y el Maracaná también.    

 
Los jugadores de Uruguay se sumen en un clima de fiesta. Todos menos Varela, quien le huye al éxito como si la victoria hubiera muerto en el césped del Maracaná. A Obdulio lo perturba un vacío que solo puede saciar en los bares de Río de Janeiro. La pluma de Eduardo Galeano lo explica a la perfección en su libroEl siglo del viento, publicado en 1986: “Al anochecer, Obdulio Varela huye del hotel, asediado por periodistas, hinchas y curiosos. Obdulio prefiere celebrar en soledad. Se va a beber por ahí, en cualquier cafetín; pero por todas partes encuentra brasileños llorando. Todo fue por Obdulio –dicen, bañados en lágrimas, los que hace unas horas vociferaban en el estadio-. Obdulio nos ganó el partido (…) La victoria empieza a pesarle en el lomo. Él arruinó la fiesta de esta buena gente, y le vienen ganas de pedirles perdón por haber cometido la tremenda maldad de ganar (…)”.


Según reconstruye Armando Fernández, profesor de educación física e íntimo amigo de Varela, en su libro Obdulio, más allá del mito, hay otro motivo que tiene el mediocampista central para alejarse de la celebración uruguaya: el rechazo que le genera la utilización política que se le va a dar al resultado. Y tiene razón. En las horas posteriores se realiza un festejo con el embajador de Uruguay en Brasil, y los futbolistas figuran en un segundo plano, como si los protagonistas de la gesta hubieran sido los hombres de traje. Entre los más felices está un dirigente que en la previa a la final le susurra al delantero uruguayo Óscar Míguez que el deber está cumplido si pierden por cuatro goles.
Obdulio entra a un bar y comienza a beber. En el paisaje se amontonan hinchas brasileños encadenados a la tristeza. Su identificación con el perdedor es instantánea; el triunfo propio queda al margen. Sabe que en su país hay millones que festejan –y se siente orgulloso por eso-, pero en el bando de los derrotados las cifras se multiplican sin cesar. Obdulio explica cómo se le unen los fanáticos locales: “En vez de insultarme, agredirme o algo así, me dieron su admiración y reconocimiento por el valor mostrado hace unas horas. Empezamos a tomar y a brindar juntos. Luego comenzamos a caminar por la ciudad. ¡Vamos a tomar acá; vamos a tomar allá! ¡Caipirinha!”.


 Obdulio Varela, en el sorteo con Augusto, capitán de Brasil, antes de la final del Mundial de 1950.
De regreso en Uruguay, la población le prepara al plantel un recibimiento con honores. Pero Obdulio se escabulle entre la multitud con un sombrero metido hasta los ojos y un impermeable de solapas levantadas. Se escapa de la historia que él mismo autografió, de la fama y del oportunismo. Camina entre la gente, irreconocible, e ingresa rápido a su casa, donde lo espera Doña Cata, su esposa. Pocos saben que antes del Mundial, el Negro Jefe, el fenómeno que todos buscan en la multitud y nadie encuentra, le exige al presidente de la AUF, César Batlle Pacheco, un empleo público porque con casi 33 años es lo único seguro para mantener a su familia con dignidad. El fútbol llena el espíritu, pero no el bolsillo. Sin empleo no hay viaje a Brasil. Batlle Pacheco promete y luego del certamen, cumple: se desata la génesis del campeón del mundo.


“Recordar es malo. Aquello ahora se fue. Usted está viviendo otra vida. Lo pasado, pisado”, confiesa Obdulio en una entrevista con el periodista Jorge Traverso, en 1992, cuatro años antes de morir. Le habla a su amigo Armando Fernández en tercera persona, como si se sintiera en un cuerpo extraño, asqueado de tanta alabanza ajena: “¿Quién es Obdulio? Nadie, absolutamente nadie. Pregúnteselo a la prensa que es la que hizo todo el humo”. El secreto de la vida, subraya Varela, está en la familia y los amigos. El resto es prescindible.


No le gusta hablar del Maracanazo. Las entrevistas suelen incomodarlo, por eso rechaza más de las que acepta. No quiere homenajes y mucho menos que lo adulen. Se despega del paraíso que conquistó. Su humildad no lo deja ver su grandeza. Pasa el tiempo y su voz se apaga lentamente. En febrero de 1996, Doña Cata se va para no volver. Y él, seis meses después, la acompaña. Deja a modo de despedida: “Yo no soy caudillo. Yo no represento nada. Soy una persona como cualquier otra y lo único que me queda es la satisfacción de haber cumplido. La gloria no existe. La gloria es tener amigos que a uno lo quieran. Con la fama no se vive. A la olla hay que meterle algo adentro”.
En los tiempos modernos, Oscar Washington Tabárez es el Maestro que enseña con la biblia de uno de los 11 apóstoles del Maracanazo: les regala a sus jugadores un libro sobre la vida de Obdulio Jacinto Varela, con la condición de lectura obligatoria. ¡Qué paradoja!: Obdulio, que apenas pisó un aula de colegio primario, hace escuela en las nuevas generaciones.


Diego Lugano, el caudillo, el líder, siente una atracción especial por la historia del Negro Jefe. En 2011, antes de la Copa América que Uruguay ganaría en la Argentina, el zaguero estaciona su camioneta enfrente de la casa de Forlán, donde al plantel lo espera una parrillada. Deja el bolso adentro del vehículo e ingresa a la vivienda del delantero. En medio de la comida, alguien lo alerta: “Me avisaron que me habían robado el bolso pero como estaba la cena, dije ´ta, voy a comer, y después hago la denuncia´”, le cuenta el zaguero a El Gráfico. En el bolso tiene la billetera, dinero suelto, una computadora, lentes, documentación. Y el libro de Obdulio que Tabárez le obsequió.
Cuando los ladrones se dan cuenta que el botín pertenece a Lugano, se comunican con un canal de televisión y avisan que habían dejado el bolso en tal lado. Está todo en su lugar. No falta nada. Lugano vuelve a leer al Negro Jefe. Recupera un pedazo de historia. Idéntica historia que Uruguay buscará defender en la Copa América de Estados Unidos, con el objetivo de levantar el mismo trofeo que Obdulio ganó en 1942.

 

 

 

 

 

 





   
 


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