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MONTEVIDEO ANTIGUO
por. Isidoro de María

 
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LA MATRIZ VIEJA

1En el siglo pasado, por el año 30, por disposición de Zabala se abrieron los cimientos de la primitiva iglesia parroquial den la plaza principal, esquina al norte de las calles, sin nombre entonces y hoy del Rincón e Ituzaingó, donde existe, poco más o menos , la antigua casa de Carreras. Hasta entonces no existía en la naciente población sino una capillita de los Padres de la Compañía, doctrineros de los indios. Pero tan escasos fueron los recursos disponibles para realizar la modesta obra, que pasaron sobre 16 años sin poderse concluir. Por fin, allá por el año 1746 terminó su construcción, compuesta de cuatro paredes mal formadas de piedra y barro, con techo de teja, de pequeña extensión, y un cuarto por el estilo para sacristía. Fue dotada de un altar de madera, púlpito, confesionario, un crucifico y dos imágenes, sirviendo de pila una sopera de loza, en donde recibieron el agua del bautismo nuestros ascendientes de aquel tiempo, desde Artigas hasta Durán, Herrera, Pagola, Zufriategui, Barreiro, etc.
Años después, se la dotó de un reloj, que en el año 80 estaba inservible, teniendo el Cabildo que proveer a su compostura. Esa era la Iglesia parroquial, que apenas merecía el nombre de tal, donde se daba sepultura a los fallecidos hasta el año 91, en que su cura, el presbítero don Juan José Ortiz, argentino, que desde el año 83 entró a servir el curato, formó un campo santo al sud, contiguo a la iglesia, con un cercado de piedra. Por más de medio siglo funcionó ese pobre templo con los honores de iglesia parroquial y la prerrogativa de inmunidad para los reos que se asilasen en ella, hasta el año 1804 en que se fue consagrada la Matriz Nueva. Aun entonces se retuvo en él la Majestad, por cuestiones surgidas entre el párroco y el Cabildo, no habiéndose efectuado la traslación a la Matriz Nueva hasta el año 8. Entonces se destinó su altar a la vice-parroquia del Cordón, cuya capilla acababa de construirse.

EL CABILDO

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El primer local que tuvo el Ayuntamiento, instituido a los cuatro años de fundado Montevideo, fue , como era consiguiente, una pobre pieza de techo de teja, que no tardó mucho en amenazar ruina. Siete años después (1737) se acordó erigir una Sala Capitular, un poco mejor, de 9 varas de largo por 5 de ancho, con dos ventanas, asignándose 211 pesos del Fondo de Propios para la obra. Se construyó, como la primitiva, en el mismo lugar que ocupa el edificio actual del antiguo Cabildo. Imagenémonos cómo sería , cuando pocos años después hubo que reedificarla, dotándola de algunas piezas más para oficina, cuerpo de guardia y cárcel. Desgraciadamente “las paredes se levantaron a fuerza de barro y con materiales de tan poca o ninguna consistencia – dice el Acuerdo del Cabildo – que todo el frente amenazaba ruina” , a principios de este siglo. En esta situación , acordó el Ayuntamiento a últimos del año 1803, demolería por completo y construir un nuevo edificio desde los cimientos, de cal y ladrillo, de bóveda, de un solo piso por lo pronto, pero en concepto de edificarlo de algo oportunamente.
Formóse el plano por el Maestro Mayor de Reales Obras don Tomás Toribio presupuestándose la obra en 83.491 pesos, contando el Cabildo para el comienzo con 13.372 pesos. En Noviembre del año 4 , se trasladaron los presos a la Ciudadela, y al mes siguiente se procedió a demoler el viejo Cabildo, rellenar los cimientos del nuevo, dándose comienzo a la construcción de las sólidas paredes en piedra sillar, sobre las cuales se levantó en seis años el monumental edificio del Cabildo, que ocupaba un área de 3.500 varas, 50 de frente a la Plaza, por 70 de fondo, quedándole un sobrante de terreno al este de 1.500 varas cuadradas.

 

MONTEVIDEO ANTIGUO
Por. Isidoro de María

El jornal del Tape

En los primeros cuatro años de fundada la población de Montevideo, poco había adelantado la línea de fortificación de la plaza. Empezóse entonces (1730) a activarse, ocupando en los trabajos 350 indios guaraníes, señalándoseles real y medio de jornal. De ahí viene el antiguo refrán del jornal del Tape, para significar la pobreza de los jornales. No obstante el número de brazos empleados en el trabajo, se invirtieron sobre diez años en la construcción de las murallas que circunvalaban la ciudad por la parte del río, viniendo a hacerse en 1741 el trazo de la línea de fortificación al este, por la parte de tierra de la península, donde debía levantarse la Ciudadela.

Los perros cimarrones

Se habían repartido suertes de chacras en una y otra parte del Miguelete, y tierras de pastoreo en Pando a los pobladores, distribuyéndoseles ganado vacuno y lanar, al que hacían daño los perros cimarrones. En el interés de exterminarlos, impuso el Cabildo (1730) la obligación a cada vecino de campaña, de presentar muertos dos perros cimarrones mensualmente.

Esa plaga que se hacía sentir en aquel tiempo en medo de la despoblación de los campos, se vio reproducida en la época de Artigas (1814) , dando nombre al Arroyo de los Perros, donde fue devorado por los tales cimarrones un asistente del oficial Mondragón, con cuyo motivo la tradición atribuye al famoso caudillo de nuestra independencia aquel dicho de “cuando me falte gente, he de pelear con perros

 

LA ENTRADA DE LAS TROPAS PORTUGUESAS

Era el 20 de enero del año 1817, cuando efectuaron las tropas portuguesas su entra a la Plaza de Montevideo, evacuada por los orientales con el delegado Barreiro.
A su frente venía el general Lecor, Barón de la Laguna, bizarro militar, conducido bajo palio. Una comisión del Cabildo había ido a recibirlo en las afueras del Portón de San Pedro, presentándole las llaves de la ciduad en una gran bandeja de plata. En la portada de la ciudad le esperaba el clero con el palio, para conducirlo bajo de él, como era costumbre. El repique de las campanas de los templos anunciaron la entrada, que se efectuó por el referido Portón, doblando por la calle de San Fernando hasta salir a la Plaza.
Delante de Lecor venía bajo el palio el Mayor de Plaza , trayendo en sus manos la bandeja con las llaves de la ciudad. En pos del Barón de la Laguna, venían las corporaciones. Seguíanle las tropas, de bizarro aspecto y bien uniformadas. Usaban grandes y pesados morriones. Los regimientos 1º y 2º de caballería traían pantalón azul, y casaca con vueltas amarillas el uno, y azul celeste el otro trayendo pendiente del lado izquierdo una gran cartera de cuero negro. La montura era de silla; el armamento:  tercerola y sable corvo grande. Los jefes y oficiales usaban pistoleras en la silla. Los caballos todos eran rabones y reyunos. El correaje de los cuerpos de infantería, blanco, cruzado en ambos lados , y fusiles de chispa.
En el 2º regimiento de caballería venía de cadete el entonces joven Augusto Posolo , de unos 14 años de edad, que después llegó a ser general de la república. Su cuerpo se detuvo en la marcha en la esquina de la Plaza, donde desviándose pidió un copo de agua a una criada, para aplacar la sed que traía. Episodio que presenciado por un niño criollo, entonces, se lo recordaba después de muchos años, a lo que contestaba que era exacto.
Las tropas de las tres armas formaron en el costado norte de la Plaza, y como era un día muy caluroso, se les hizo llevar barriles de agua de los aljibes inmediatos para que aplacasen la sed que traían de la marcha, mientras duró la formación.


Entretanto , se celebraba un Te-Deum en la iglesia Matriz a que había asistido el general Lecor con todas las corporaciones, después del cual se dirigió al Cabildo, desfilando las tropas por el frente, haciendo los honores de estilo al jefe y retirándose a los cuarteles que se les designaron, enarbolando la bandera de las quinas de Portugal en la Ciudadela.

 

LOS OMBÚES DE DOÑA MERCEDES (1804-1825)

A una legua justa de distancia de la ciudad descollaban dos grandes ombúes, conocidos por de doña Mercedes, que servían desde el tiempo del rey, como de Marco oficial de la legua. Llamaban a ese paraje el Cardal, porque e efecto existía uno de inmensas proporciones en aquel despoblado, donde no había más casa que la de doña Mercedes, esposa en primeras nupcias de don José Antuña, un buen español, cuyo trágico fin, como tal, ya lo sabrán los lectores. Tuvo por vecindad a principios del siglo una casucha, que allá por el año 4, sirvió de escuelita de Argerich.

Doña Mercedes era una criolla varonil, de buena pasta, hacendosa, matera como la mejor, que tenía delirio con los ombúes, pues aunque primos hermanos de tantos otros tan frondosos como aquellos que se alzaban en lo de Seco, Masini, Oficial Real, Árraga, Grajales, etc. Tenían, como ninguno, el mérito de servir de marco oficial de la legua. De eso hacía gala doña Mercedes, a cuya sombra se había criado.
Su primer marido, porque ha de saberse que fue casada tres veces, con Antuña, Tajes y Arévalo, se hallaba el año 7 en la plaza cuando el asalto de los ingleses, en que quedó prisionero y contuso. En esa condición lo embarcaron los ingleses con otros prisioneros para mandarlos a Inglaterra. Al subir al buque vio desde él la bandera inglesa flameando en la Ciudadela, y fue tal la impresión que le causó que exclamó: “¡Mis hijos en poder de los ingleses! , y cayó redondo sin vida.

Cuando la triste nueva llegó a oídos de doña Mercedes, que había quedado en el Cardal, ya puede uno figurarse la aflicción de la pobre señora. No abandonó su hogar al pie de los ombúes, y con el alma dolorida, vio pasar por su camino fuerzas anglicanas que se dirigían a la Chacarita de los Padres. Firme allí como una roca, pasó los años a la sombra de los añosos ombúes, casándose en segundas y terceras nupcias.
Los ombúes de doña Mercedes. ¿Quién no los conocía por aquellos parajes, en que fueron por tantos años testigos mudos de tantas cosas, de tantas peripecias políticas, resistiendo a la acción de los tiempos, como guardianes del cardal de sabrosos tallos, y guías para los viandantes que se dirigían a lo de Pacheco Medina, a lo de don Luis Sierra, a Maroñas o a la Chacarita?

Erguidos los encontró el año 25, cuando la guerra con el Brasil, y a doña Mercedes en su modesto hogar al pie de ellos, mateando como buena criolla, y convidando, franca y bonachona, con un cimarrón a los patriotas en armas de la línea sitiadora, que, desprendidos de Maroñas y de la guardia avanzada de la cuchilla frente a lo de Pacheco Medina, se venían hasta lo de doña Mercedes a platicar de la patria, hacerse de algunos avíos que les proporcionaba como buena patricia, y a tomar un mate de a caballo, cebado por su mano, con el ojo alerta a los portugueses del reducto en lo de Piñeirúa, que tenían su guardia avanzada en la esquinita del Molino de viento de don Manuel Ocampo.

Paisanos, solía decirles, apéensen no más, a matear bajo los ombúes, mientras les preparo una fritanga, que yo mandaré un muchacho de vichiador para que avise si salen los portugueses. Y como decía lo hacía; y ¡cuántas veces Marcelino Pérez, Juan Carballo, Martín Aguirre, Miguel Aguilera (a) el Diablito, Gregorio de la Peña y otros bizarros oficiales del Nº 9, no saborearon así las fritangas preparadas por la patriota doña Mercedes; la de los célebres ombúes de que dimos fe desde aquella época , y que aún se conservan, después de un siglo!

 

 

RAYMUNDO LARROBLA
1780-1805

Los indios minuanes no dieron poco que hacer a los pobladores con sus frecuentes excursiones y robos en la jurisdicción de Montevideo, y tanto , que por varias veces tuvieron que salir los vecinos armados a echarlos a sus toldos. En consecuencia, vino el año 70 el cacique Camamasán a pedir se les concediese un establecimiento a inmediaciones de Montevideo, pero no se llevó a efecto, aunque se trató de reducciones. Continuaron , pues, en sus correrías, descolgándose hasta 200 en la proximidad de lo poblado.

En una de esas excursiones, fue a caer en su poder un niño cristiano, de la vecindad de esta ciudad, de nombre Raymundo Larrobla, cuya historia vamos a referir. Raymundo era un niño de unos 9 años de edad, perteneciente a la antigua familia Larrobla, de que era jefe don Francisco, cabildante a la sazón. Acostumbraba salir a jugar con sus compañeros fuera de portones, y alejándose un día de los muros, extraviado en el gran despoblado que mediaba entre las murallas y el Cordón, se lo alzó un gaucho en su flete, con engaños.

El pobre muchacho desapareció, sin que su afligida familia pudiese averiguar su paradero, por más diligencias que hiciera para saber la suerte del desaparecido. Jamás se supo de él. Perdido en los desiertos campos, fue a caer, quién sabe cómo, en manos de los indios que merodeaban por los pagos cercanos. Cautivo de los bárbaros, el pobre niño fue a pdecer en la vida salvaje de los toldos, entre charrúas y minuanes. En esa vida errante y salvaje, en que pasó el infeliz muchos años, se familiarizó tanto con sus usos, costumbres y su lengua, que perdió hasta su propio idioma.

En esas correrías lleváronle los indios a Entre Ríos , después a Santa Fe, y últimamente a las Pampas de Buenos Aires. Por de contado, que en esas dilatadas peregrinaciones en los aduares de los indígenas, Raymundo se había hecho hombre. El cacique de la tribu adoptóle como hijo , y tanto, que al morir lo dejó de sucesor en el cacicazgo de la tribu. ¡ Quién habría sido capaz de reconocer en él al niño cristiano Raymundo, arrebatado 25 años antes de las cercanías de Montevideo por los bárbaros! ¡Si estaría transformado!

El año 1805, en una de las batidas dadas a la indiada de la Pampa por los soldados del Rey, quiso la casualidad que lo tomasen prisionero y herido, salvando de la muerte en la batida por haber acertado a balbucear al rendirse estas palabras : Cristiano Roble. Esa fue su salvación, sospechando sus vencedores que fuese algún cristiano de tantos cautivos de los indios.

En ese estado lo trajeron a Buenos Aires , y lo metieron en un cuartel, tratando de averiguar su origen. Muy luego se divulgó la noticia de haberse apresado un cacique que se decía Cristiano Roble, avivando la curiosidad de la gente. Hallábase a la sazón en Buenos Aires don Juan Francisco Larrobla, natural de Montevideo, que había ido a ordenarse de sacerdote y que venía a ser hermano de Raymundo el desaparecido. Llegando a sus oídos la nueva y fijándose en el nombre Roble del cacique, cruzó por su mente la idea de que veinte y tantos años antes, se habían llevado los indios en la Banda Oriental a un hermanito suyo llamado Raymundo, y aunque le pareciera un sueño que pudiera ser él el cacique de que le hablaba, trató de ir a verlo en el cuartel done le asistía.

Fue en efecto, obteniendo permiso para hablarle, pero como Raymundo no hablaba ni entendía ya joga del idioma castellano, nada pudo sacar de él que le iluminase, luchando entre la duda y la esperanza de que pudiese ser su perdido hermano. Valióse de un intérprete para que le interrogase, pero este no pudo obtener otra cosa sino que se llamaba Roble, que era cristiano, que los indios lo habían tomado chico en la otra Banda, y que con ellos había andado y vivido en los toldos. El padre Larrobla pareció ver confirmada su sospecha, y no cesó de interesarse por él durante la curación de sus heridas. Una vez restablecido, y después de haber adquirido la casi certidumbre de que realmente era Raymundo, lo trajo consigo el año  6 a Montevideo, para comprobar la identidad de la persona en la casa paterna.
¡Quién había de decirles que el cacique Roble, era ni más ni menos que aquel pobre muchacho Raymundo tan llorado, que había desaparecido niño, llevándoselo los indios! ¡Providencia divina! Era así.

 

 





 

 
   
 


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