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MALDONADO EN EL SIGLO XVIII

Un breve recorrido por su primeros 45 años (Primera Parte)

 

   

 

 
 

Sobre una leve meseta rectangular rodeada de arenales que se extendían en todas direcciones, se levantaba el pequeño poblado de Maldonado. No existían aún bosques que contuvieran el avance de las dunas y el viento que venía cargado de arena y salitre y se filtraba sin permiso entre calles, patios y ranchos. Desde ese punto algo elevado la mirada se abría libre hacia el litoral oceánico al este, dominaba la bahía al sur, se recostaba sobre las sierras de las Ánimas y su entorno al oeste y hacia el norte se perdía en los campos ondulados que se prolongaban hasta las sierras de Carapé.

Las crónicas de viajeros como Diego de Alvear y José María Cabrera junto a trabajos históricos como los de Atilio Cassinelli, permiten recrear la vida en aquellos primeros años, donde el poblado comenzaba a tomar forma en un entorno tan amplio como desafiante. Fundado entre 1755 y 1757 por José Joaquín de Viana con fines defensivos, Maldonado surgió como un punto estratégico en la Banda Oriental. Sus primeros pobladores fueron aborígenes a quienes se les proporcionaron tierras, semillas y ganado para asegurar su subsistencia. Con el tiempo se sumaron criollos y algunos europeos, formando una comunidad pequeña y diversa, unida más por la necesidad que por afinidades de origen.Tras un primer asentamiento entre la Laguna del Diario y el arroyo El Potrero, el poblado fue trasladado en 1757 a su ubicación actual, donde inició un desarrollo lento, condicionado por su entorno y por las circunstancias históricas.


La plaza era un campito amplio y desproporcionado para la escala del caserío. A su alrededor se distribuían construcciones precarias, una iglesia de techo de paja en estado modesto y viviendas de barro y piedra, austeras y sin mayores comodidades. No existía un trazado urbano perfectamente definido, las calles eran de arena y tierra, a veces desdibujadas por el viento o convertidas en barro con la lluvia, dificultando la circulación.


El vecindario era reducido apenas unos cientos de habitantes, la vida transcurría con una sencillez marcada por la subsistencia, las quintas, pequeñas chacras y la cría de animales constituía la base económica junto a producciones de cueros, grasa, manteca y quesos, que en ocasiones se enviaban a otros puntos de la región. La alimentación reflejaba esa relación directa con el entorno, carnes abundantes, productos de granja, caza y pesca. Era una dieta simple pero nutritiva.
Las jornadas comenzaban con el amanecer y se organizaban en torno al trabajo, en las chacras, en el cuidado de los animales de granja o en las tareas propias de la producción doméstica en las quintas. La caída de la noche marcaba el fin de casi todas las actividades y cada vecino se “arropaba” en su rancho junto a los suyos, inmersos en la tenue luz de velas o faroles, entre la preparación de la comida y el descanso, así transcurrían las jornadas hasta que la salida del sol, que era el verdadero despertador de la época que anunciaba el inicio de un nuevo día.

(Querido lector de RAÍCES, con Raíces de Julio estaremos ofreciendo la última parte de este artículo)

 

 

 

 

 

   
   
   

 





   
 


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