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CRONICAS SABROSAS DEL VIEJO MONTEVIDEO
por. ROMULO ROSSI

   
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CARNAVALEROS DE ANTAÑO

Si hemos de dar fe a lo que nos dicen los viejos y a los recuerdos que conservamos de la agonía de los carnavales que fueron, los de ahora dejan mucho que desear en lo que al entusiasmo se refiere.

Las primitivas comparsas que se vieron en Montevideo, eran accidentales puramente, -del momento – puesto que sus componentes no tenían otra finalidad que la de asistir a bailes y tertulias improvisadas.

En cuanto a disfraces, no habían mayores exigencias: un dominó o en su defecto una gran sábana que como túnica se ceñía al cuerpo, sobre la ropa de uso y que se ataba con una cinta a la altura de la cintura, con otra a la del cuello y otra, finalmente, sobre la parte superior de la cabeza, rematando con un gran moñón formado por los pliegues de la parte superior de la sábana.

Uka careta de cartón, o un antifaz completaba tan casero disfraz.

Las comparsas líricas , - llamémosles así – fueron muy posteriores; y en las primeras de este género figuraban jóvenes de la buena sociedad.

A los grandes bailes, realizados en el Teatro Solís, concurrían las familias más distinguidas; y las jóvenes de nuestra élite – hoy abuelas – se organizaban en comparsas. El doctor Ferreira, en sus interesantes “Memorias” , nos habla de una de esas agrupaciones, constituida por monjitas con su correspondiente madre abadesa, y si no fuésemos mal pensados, no habríamos sospechado que una de la de la hermandad o la propia abadesa tal vez, interesó vivamente a don Mariano.

Pero, indiscutiblemente lo que constituía la gran nota del Carnaval era el juego con agua, que se autorizaba mediante el disparo de un cañonazo y terminaba a la puesta del sol con análoga prevención.

En esos días de bullicio se desocupaba totalmente la sala que daba sobre la calle, colocándose en el interior de la misma, una a dos tinas que los esclavos o sirvientes se encargaban de tener siempre repletas de agua. Y así las cosas.. ¡pobre del que por allí pasaba!

Debemos hacer la salvedad de que a los disfrazados se les respetaba, y que éste era el único recurso para salir a la calle sin que se le ensopase.

Muchas veces se formaban en una casa determinada de antemano , “cantones” defendidos por señoritas y que a su vez atacaban los jóvenes amigos de las defensoras. En la parte superior de una de las rejas de las ventanas de la sala, se ataba “sólidamente” una corona de flores naturales, trofeo que debían conquistar los atacantes , desatándolo, acto éste de verdadero arrojo que se premiaba siempre con felicitaciones y licores. Y decimos actos de verdadero arrojo, porque en la defensa del trofeo tomaban parte hasta las “reservas” , constituidas por viejos y chichos y sirvientes y esclavos, que echaban desde el interior de la finca, desde la azotea y desde la propia acera, verdaderos  torrentes de agua con baldes, jarros y trisleles, sobre los atacantes.

El piso de los zaguanes, en donde se establecían cantones, era cuidadosamente enjabonado, para evitarse posibles sorpresas por retaguardia.
Era tanto el entusiasmo y el derroche de agua en algunas casas, que los aljibes se secaban durante el Carnaval.

Los jóvenes se proveían del líquido elemento en las casas vecinas y en las del frente; y el denodado arrojo de los mismos, fue siempre premiado con la conquista del fuerte, como también con los remojados, pero ardientes corazones femeniles que lo defendían.

Desde los balcones se arrojaban también a los transeúntes, huevos de gallina o de gaviota, o simulados de cera, rellenos de agua, como así también grandes bombas que se hacían con diarios y que se llenaban totalmente con el mismo líquido.

 

 

EL PRIMER CEMENTERIO Y UN MUERTO QUE RESUCITA

Si bien es verdad que en los terrenos inmediatos a las iglesias se daba sepultura a algunos muertos, Montevideo desde la época de su fundación, contó con su cementerio público, que dentro de un perímetro formado con cercos de piedras en bruto, que se levantaban en seco, - vale decir, piedra sobre piedra, - ofrecía su último albergue a los habitantes de la ciudad, allá por Andes e Isla de Flores, haciendo esquina, precisamente con el edificio en donde funciona actualmente la Usina del Gas.

En frente a la necrópolis “supo haber” , - como así decían los antiguos, - durante la época del coloniaje, una “pulpería” que, aparte de la venta de comestibles y copetines de ginebra, bebida entonces en boga, expendía también café a la gente de trabajo.

Un buen día se le ocurrió morir, aparentemente, nada más, dado que se trataba de un ataque epiléptico, a un vecino, y como por aquellos buenos tiempos, no se enterraba a ningún mortal, si hombre, con hábito sacerdotal; y si mujer, con el “del Carmen”, se obtuvo mediante un patacón, un sayal de un franciscano de convento – hábito que aunque ya bastante deshilachado por el uso – servía perfectamente para el caso.

Hacía las veces de rotunda, de depósito y de sala de autopsias a la vez, del cementerio, una dependencia con techos de paja y paredes de piedra, levantadas en idéntica forma que la del cerco exterior.

No sabemos por que causa, el “presunto cadáver” quedó en depósito para ser inhumado al día siguiente, cuando allá, en los albores del otro día despertó de su letargo.

No entra en los planes del cronista describir la impresión que podrá haber recibido el “resucitado” , al volver en sí y encontrarse dentro de un ataúd, amortajado de franciscano y a un paso de la fosa.
Pero sí, debemos decir el susto que se llevó el “pulpero” de enfrente, que había asistido al sepelio, quien, al abrir las puertas de su boliche, vio que el finado, violando las leyes del otro mundo, saltaba la tapia del “Camposanto” y emprendía veloz carrera hacia su negocio.

Ver el “pulpero” al “muerto” y cerrar con estrépito las puertas, fue obra de un momento.

Segundos después se sentían golpes de llamada en la aldaba, a la vez que la voz del hasta momentos antes, extinto, imploraba , castañeándole los dientes:

-¡Abrame, por favor, don, que me muero de frío.
-¡Jesús, María y José! Santa María, madre de Dios…
-¡Por favor!
-¡Benditas ánimas del purgatorio!
-Abrame que soy fulano…
-¡Que Dios te tenga en su santa gloria!
-¡Por caridad! Abrame que no estoy muerto! ¿No ve que no estoy muerto?
Abrame y despáchame un cafecito con ginebra que estoy muerto…pero de frío.

Después de no pocas preguntas y respuestas se abrió primero y muy cautelosamente, el ventanillo practicado en una de las hojas de la puerta, para poder así apreciar sin mayores peligros el de adentro, si era un “vivo” o un “muerto” quien quería reconfortarse en hora tan temprana y con hábito de franciscano.

Y la misma fuente de información nos dijo que, después de tonificado el cuerpo con un buen pocillo de café y de reconfortado el espíritu con unos copetines, el “finado” fue en persona a dar a los suyos, la grata nueva de su resurrección.

 

 

LAS COMPARSAS DE NEGROS

“La Raza Africana” – “Negros lubolos” de mozos bien.
Las canciones y sus dedicatorias.

La primera comparsa de negros que se vio en Montevideo, fue en el carnaval del año 1867, formada por cincuenta morenos africanos y nativos, bajo el nombre de “La Raza Africana”.
La visita inicial que efectuaron los componentes de la agrupación , fue a los hombres de gobierno, para luego hacer lo mismo con las principales familias de Montevideo, quienes no solamente los obsequiaban con refrescos y cerveza, sino que también les hacían regalos de dinero y coronas para los entandartes.
La cuestión del estandarte, siempre resultaba punto de capital importancia, pues no era cosa de sacarlo a la calle sin el previo “bautizo” , para cuya ceremonia se buscaba el padrino y la madrina capaces de pagar su costo y de contribuir además con algunos pesos para extraordinarios.

El bautismo tenía lugar a pocos días antes del Carnaval.
Los componentes de “La Raza Africana” que llamaron la atención por su número, por su disciplina y por su orquesta, vestían los del sexo fuerte, pantalón blanco, chapona colorada y sombrero de paja de amplias alas. Las mujeres lucían blusa colorada, pollera blanca y boina blanca.
En sus marchas, hacía cabeza el estandarte; y en la retaguardia cerraba la columna un farol de tela pintada. Las crónicas nada nos dicen de los pintorescos personajes conocidos hoy con las denominaciones de “escoberos” y “gramilleros”

La música la integraban pistones, clarinetes, violines, flautas , bajos y guitarras; y la composición de las piezas era fruto de la inspiración de algún pardo, que como ya lo hemos dicho en otra oportunidad, gozaban fama de ser excelentes músicos. Los componentes de la comparsa cantaban acompañados por la orquesta, valses, polkas, habaneras, mazurcas y marchas, con sus correspondientes “solos” a cargo siempre del moreno o morena de mejor voz.

Cuando los tamboriles y masacallas rompían en los redobles del tango, entonces la sangre africana se posesionaba de los morenos quienes cada cual en su sitio, se balanceaban siguiendo el compás de los instrumentos africanos y los gritos de “igüe , l`amita!!! y “Igue , l`amito!
Generalmente estas comparsas se formaban en los cuarteles de los batallones de infantería con la decidida protección de sus jefes, - y todavía algún viejo habrá de recordar aquella comparsa nacida en un batallón de cazadores que había arreglado al criollo una canción de puro candombe africano con el nombre de “Bamba queré” , composición que tuvo éxito tal, que de inmediato se popularizó.

NEGROS FALSIFICADOS

Años más tarde, en 1874 , un grupo de jóvenes de la mejor sociedad de Montevideo organizó una comparsa que remedaba a las de los morenos con la denominación de “Negros Lubolos” y que fue la primera que con tal nombre recorrió las calles de la ciudad, cuya aparición constituyó una verdadera novedad. En 1879 la “Raza Africana” recorría todas las calles de la capital, llamando como siempre la atención por lo numerosa que era y por la excelente orquesta que acompañaba sus canciones.

EL CAPITAN VIRUTAS

Ya que nos hemos ocupado de tantas cosas del Montevideo antiguo, justo es que rindamos tributo también, a algunos tipos populares que con sus modalidades contribuyeron a endulzar las horas de nuestros mayores. Allá, por 1880 alcanzó su mayor esplendor, un hombre de regular estatura, carón y que cubría su amplia cabeza con una galerita que caía sobre la frente hacia la derecha, ni más ni menos que el compadrito orillero más pagado de su garbo.

El capitán Virutas que así lo llamaban todos , y que , con tal apodo, pasó a la posteridad, era un inquieto de resuello largo. Su insania lo había llevado a correr paralelamente a los tranvías, que en aquellos tiempos eran tirados por caballos, haciéndose preferentemente su recorrido , por 18 de Julio.
Nuestro hombre que se creía un tranvía de verdad, hacía idénticos movimientos que el guarda freno, que era el que guiaba los caballos, ya simulando dar un buen chicotazo al perezoso cadenero, ya tocando la corneta antes de cruzar la boca calle, o bien frenando , para que ascendieran o descendieran los pasajeros, después de un imaginario sonido de timbre.

En los días de corridas de toros, el Capitán Virutas extendía su recorrido hasta La Unión, con la consiguiente alegría de los pasajeros y especialmente del elemento joven que, con sus gritos y sus chanzas, lo estimulaban para que excediese en velocidad a los trenes, haciendo así el viaje de regreso a la ciudad, en idénticas condiciones, una vez que terminaba el espectáculo.
¡Pobre Capitán! ¡Tuvo un fin trágico! ¡Haciendo honor a su jerarquía, murió a manos de un soldado!.

Una noche cruda de invierono, de pertinaz llovizna , y cuando por lo avanzado de la hora ya no circulaban por las desiertas calles los tranvías, falto de todo estímulo para la marcha y falto también de ropas que abrigaran su cuerpo, el inquieto Capitán , mojado, tiritando de frío, buscaba abrigo en una de las paredes exteriores del viejo caserón que servía de sede al Cuartel de la Artillería de Plaza, ubicado en las calles Colonia, Minas y Mercedes.

Por aquel entonces, de Mercedes para abajo, la edificación era muy escasa; apenas uno que otro barracón levantaba sus construcciones en medio de grandes zanjones, matizados aquí y acullá por ejemplares del tradicional ombú.
-¡Alto! ¿Quién vive? , gritó el centinela apostado en el portón que daba sobre la calle Mercedes, al ver que un bulto se escurría a la sombra del lienzo de pared.

Y ¡oh ironía del Destino! Aquel capitán que no entendía de voces de mando ni de prevenciones militares y que habría detenido su marcha si el centinela con solo bajar a la calzada le hubiera levantado una mano para que detuviera su marcha siguió avanzando, avanzando…
-¡Alto! ¿Quién vive? Volvió a tronar con idéntico resultado la voz del militar, a la vez que se sentía el ruido característico y amenazante del levantamiento del gatillo de fusil.

En el llorar de aquella noche sonó un tiro; y el capitán Virutas rindió tributo a la Vida , cuando la buscaba, precisamente, tratando de procurarse un poco de abrigo para sus pobres miembros, ateridos por la lluvia y por el frío, al amparo de un lienzo de pared.

 

 


EL NEGRO SAYAGO

El negro Sayago, aparte de su popularidad en los días de paz y muy especialmente en los de las corridas de toros, fue hombre de epopeya. Soldado de la Defensa, actuó también como clarín de órdenes de Garibaldi, en la célebre acción de San Antonio.

Africano, fue traído muy niño de las selvas de los trópicos como esclavo conjuntamente con sus padres, en épocas en que se ejercía tan triste comercio, cabiéndole en suerte pasar a pertenecer a la familia del señor Sayago. De ahí su apellido.

El negro Sayago, que así lo llamaba todo el mundo, era uno de esos morenos educados por gente antigua, sumamente prolijo en el vestir y extremadamente cumplimentero y bien hablado. Sus motas, siempre cuidadosamente peinadas, con raya al costado, eran cubiertas por una gorra de visera dura, que a poco, quedaba gastada con tantas reverencias a que la obligaba su dueño.

Como buen africano, aunque su pronunciación española era correcta, Sayago ostentaba orgulloso dos aros de oro que pendían de sus orejas, el lujo de los de aquella raza; con cuya costumbre fue consecuente, hasta la muerte.

Conocido y querido por chicos y por grandes, era detenido nuestro hombre, a cada momento, con la consiguiente recompensa de algunos vintenes o de algunos reales; y su proverbial saludo, lleno de ceremonias, dirigido a hombre o mujer, según los casos , sin dar tiempo casi, a que se le contestara, se hizo célebre.

-¿Cómo está el joven? ¿Cómo se encuentra la niña? ¿Su señor papá? ¿Su señora mamá? ¿Sus hermanitos y sus hermanitas, se encuentran bien?

Sumamente respetuoso, como todos los de su raza, jamás tomó el lado de la pared a ninguna persona blanca, en sus correría habituales por las calles de la ciudad; y así, ya viejo, pero erguido, continuó haciéndose estimar por todos, hasta que la muerte lo llamó a su seno, después de la guerra de 1904.

Retirado de la vida militar con su correspondiente premio de constancia, mejoraba sus medios de vida, repartiendo prospectos a toques de clarín, - siendo su especialidad y el que le diera fama, el de atención, - No se concebía entonces que pudiera haber corrida de toros sin que ella fuese pregonada anticipadamente y en todas las boca calles, por los vibrantes y prolongados sones, que tan armoniosamente arrancaba de su instrumento, el veterano moreno.

En las corridas de toros, Sayago desempeñaba a conciencia su rol de clarín de órdenes poniendo su mayor cuidado, en el toque de atención , para que los “porteños” se diesen cuenta de cómo las gastaba.
Tan popular llegó a ser nuestro biografiado que nos dejó un refrán: el que refiriéndose a una persona que tiene muchas relaciones , se le dice : más conocido que Sayago.

 

 

 

 





   
 


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