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CRONICAS SABROSAS DEL VIEJO MONTEVIDEO
por. ROMULO ROSSI

   
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LAS COMPARSAS DE NEGROS

“La Raza Africana” – “Negros lubolos” de mozos bien.
Las canciones y sus dedicatorias.

La primera comparsa de negros que se vio en Montevideo, fue en el carnaval del año 1867, formada por cincuenta morenos africanos y nativos, bajo el nombre de “La Raza Africana”.
La visita inicial que efectuaron los componentes de la agrupación , fue a los hombres de gobierno, para luego hacer lo mismo con las principales familias de Montevideo, quienes no solamente los obsequiaban con refrescos y cerveza, sino que también les hacían regalos de dinero y coronas para los entandartes.
La cuestión del estandarte, siempre resultaba punto de capital importancia, pues no era cosa de sacarlo a la calle sin el previo “bautizo” , para cuya ceremonia se buscaba el padrino y la madrina capaces de pagar su costo y de contribuir además con algunos pesos para extraordinarios.

El bautismo tenía lugar a pocos días antes del Carnaval.
Los componentes de “La Raza Africana” que llamaron la atención por su número, por su disciplina y por su orquesta, vestían los del sexo fuerte, pantalón blanco, chapona colorada y sombrero de paja de amplias alas. Las mujeres lucían blusa colorada, pollera blanca y boina blanca.
En sus marchas, hacía cabeza el estandarte; y en la retaguardia cerraba la columna un farol de tela pintada. Las crónicas nada nos dicen de los pintorescos personajes conocidos hoy con las denominaciones de “escoberos” y “gramilleros”

La música la integraban pistones, clarinetes, violines, flautas , bajos y guitarras; y la composición de las piezas era fruto de la inspiración de algún pardo, que como ya lo hemos dicho en otra oportunidad, gozaban fama de ser excelentes músicos. Los componentes de la comparsa cantaban acompañados por la orquesta, valses, polkas, habaneras, mazurcas y marchas, con sus correspondientes “solos” a cargo siempre del moreno o morena de mejor voz.

Cuando los tamboriles y masacallas rompían en los redobles del tango, entonces la sangre africana se posesionaba de los morenos quienes cada cual en su sitio, se balanceaban siguiendo el compás de los instrumentos africanos y los gritos de “igüe , l`amita!!! y “Igue , l`amito!
Generalmente estas comparsas se formaban en los cuarteles de los batallones de infantería con la decidida protección de sus jefes, - y todavía algún viejo habrá de recordar aquella comparsa nacida en un batallón de cazadores que había arreglado al criollo una canción de puro candombe africano con el nombre de “Bamba queré” , composición que tuvo éxito tal, que de inmediato se popularizó.

NEGROS FALSIFICADOS

Años más tarde, en 1874 , un grupo de jóvenes de la mejor sociedad de Montevideo organizó una comparsa que remedaba a las de los morenos con la denominación de “Negros Lubolos” y que fue la primera que con tal nombre recorrió las calles de la ciudad, cuya aparición constituyó una verdadera novedad. En 1879 la “Raza Africana” recorría todas las calles de la capital, llamando como siempre la atención por lo numerosa que era y por la excelente orquesta que acompañaba sus canciones.

EL CAPITAN VIRUTAS

Ya que nos hemos ocupado de tantas cosas del Montevideo antiguo, justo es que rindamos tributo también, a algunos tipos populares que con sus modalidades contribuyeron a endulzar las horas de nuestros mayores. Allá, por 1880 alcanzó su mayor esplendor, un hombre de regular estatura, carón y que cubría su amplia cabeza con una galerita que caía sobre la frente hacia la derecha, ni más ni menos que el compadrito orillero más pagado de su garbo.

El capitán Virutas que así lo llamaban todos , y que , con tal apodo, pasó a la posteridad, era un inquieto de resuello largo. Su insania lo había llevado a correr paralelamente a los tranvías, que en aquellos tiempos eran tirados por caballos, haciéndose preferentemente su recorrido , por 18 de Julio.
Nuestro hombre que se creía un tranvía de verdad, hacía idénticos movimientos que el guarda freno, que era el que guiaba los caballos, ya simulando dar un buen chicotazo al perezoso cadenero, ya tocando la corneta antes de cruzar la boca calle, o bien frenando , para que ascendieran o descendieran los pasajeros, después de un imaginario sonido de timbre.

En los días de corridas de toros, el Capitán Virutas extendía su recorrido hasta La Unión, con la consiguiente alegría de los pasajeros y especialmente del elemento joven que, con sus gritos y sus chanzas, lo estimulaban para que excediese en velocidad a los trenes, haciendo así el viaje de regreso a la ciudad, en idénticas condiciones, una vez que terminaba el espectáculo.
¡Pobre Capitán! ¡Tuvo un fin trágico! ¡Haciendo honor a su jerarquía, murió a manos de un soldado!.

Una noche cruda de invierono, de pertinaz llovizna , y cuando por lo avanzado de la hora ya no circulaban por las desiertas calles los tranvías, falto de todo estímulo para la marcha y falto también de ropas que abrigaran su cuerpo, el inquieto Capitán , mojado, tiritando de frío, buscaba abrigo en una de las paredes exteriores del viejo caserón que servía de sede al Cuartel de la Artillería de Plaza, ubicado en las calles Colonia, Minas y Mercedes.

Por aquel entonces, de Mercedes para abajo, la edificación era muy escasa; apenas uno que otro barracón levantaba sus construcciones en medio de grandes zanjones, matizados aquí y acullá por ejemplares del tradicional ombú.
-¡Alto! ¿Quién vive? , gritó el centinela apostado en el portón que daba sobre la calle Mercedes, al ver que un bulto se escurría a la sombra del lienzo de pared.

Y ¡oh ironía del Destino! Aquel capitán que no entendía de voces de mando ni de prevenciones militares y que habría detenido su marcha si el centinela con solo bajar a la calzada le hubiera levantado una mano para que detuviera su marcha siguió avanzando, avanzando…
-¡Alto! ¿Quién vive? Volvió a tronar con idéntico resultado la voz del militar, a la vez que se sentía el ruido característico y amenazante del levantamiento del gatillo de fusil.

En el llorar de aquella noche sonó un tiro; y el capitán Virutas rindió tributo a la Vida , cuando la buscaba, precisamente, tratando de procurarse un poco de abrigo para sus pobres miembros, ateridos por la lluvia y por el frío, al amparo de un lienzo de pared.

 

 


EL NEGRO SAYAGO

El negro Sayago, aparte de su popularidad en los días de paz y muy especialmente en los de las corridas de toros, fue hombre de epopeya. Soldado de la Defensa, actuó también como clarín de órdenes de Garibaldi, en la célebre acción de San Antonio.

Africano, fue traído muy niño de las selvas de los trópicos como esclavo conjuntamente con sus padres, en épocas en que se ejercía tan triste comercio, cabiéndole en suerte pasar a pertenecer a la familia del señor Sayago. De ahí su apellido.

El negro Sayago, que así lo llamaba todo el mundo, era uno de esos morenos educados por gente antigua, sumamente prolijo en el vestir y extremadamente cumplimentero y bien hablado. Sus motas, siempre cuidadosamente peinadas, con raya al costado, eran cubiertas por una gorra de visera dura, que a poco, quedaba gastada con tantas reverencias a que la obligaba su dueño.

Como buen africano, aunque su pronunciación española era correcta, Sayago ostentaba orgulloso dos aros de oro que pendían de sus orejas, el lujo de los de aquella raza; con cuya costumbre fue consecuente, hasta la muerte.

Conocido y querido por chicos y por grandes, era detenido nuestro hombre, a cada momento, con la consiguiente recompensa de algunos vintenes o de algunos reales; y su proverbial saludo, lleno de ceremonias, dirigido a hombre o mujer, según los casos , sin dar tiempo casi, a que se le contestara, se hizo célebre.

-¿Cómo está el joven? ¿Cómo se encuentra la niña? ¿Su señor papá? ¿Su señora mamá? ¿Sus hermanitos y sus hermanitas, se encuentran bien?

Sumamente respetuoso, como todos los de su raza, jamás tomó el lado de la pared a ninguna persona blanca, en sus correría habituales por las calles de la ciudad; y así, ya viejo, pero erguido, continuó haciéndose estimar por todos, hasta que la muerte lo llamó a su seno, después de la guerra de 1904.

Retirado de la vida militar con su correspondiente premio de constancia, mejoraba sus medios de vida, repartiendo prospectos a toques de clarín, - siendo su especialidad y el que le diera fama, el de atención, - No se concebía entonces que pudiera haber corrida de toros sin que ella fuese pregonada anticipadamente y en todas las boca calles, por los vibrantes y prolongados sones, que tan armoniosamente arrancaba de su instrumento, el veterano moreno.

En las corridas de toros, Sayago desempeñaba a conciencia su rol de clarín de órdenes poniendo su mayor cuidado, en el toque de atención , para que los “porteños” se diesen cuenta de cómo las gastaba.
Tan popular llegó a ser nuestro biografiado que nos dejó un refrán: el que refiriéndose a una persona que tiene muchas relaciones , se le dice : más conocido que Sayago.

 

 

 

 





   
 


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